Historia y Arqueología Marítima

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Por casa de ximenez   Publicado en Ciclo de Conferencias año 2015

            Comencemos con un tema sudamericano conocido: el nombre de América, la biografía de Vespucio y conclusiones importantes de la Historia en el siglo XIX y en el XX,  y los previsibles conceptos de un acreditado historiador argentino.

            Como lo que ocupaba entonces  a historiadores de distintos países en América y Europa, la soberanía malvina es un caso basado en la Historia.

             Es lícito postular todo estudio acerca de la soberanía malvina cuya validez supondrá : una teoría  –respetada y efectivamente usada- ,  carencia de ucronía,  la evidencia expresamente cuidada en su tratamiento, y las normas de UNESCO cumplidas en un todo.           

Existen dos preceptos teóricos que menciona el estadounidense Oscar Handlin en La verdad en la historia, que son esenciales también a este tema y que transcribimos:

En el remolino de los datos, de las teorías, y de las ideas el historiador se puede asir a un seguro punto de orientación: la prueba. (pág. 288).

Luce como infantil, aparentemente; tal lo que decía Ranke en la primera mitad del siglo XIX respecto de la realidad buscada por el historiógrafo. Y para que no haya dudas, Handlin, concluye enseguida:

Pero aunque durante algunos instantes se pierda de vista, el hecho siempre estará ahí. (ibid.)

Nos interesan ahora las Malvinas en el período español final; dejamos implícito todo el moderno conjunto de aportes sobre qué es el hecho histórico, de Collingwood -inglés de Oxford- en delante:

La tendencia a estructurar,  que trata de encontrar asociaciones y disparidades a través de inmensas extensiones de tiempo y espacio, haciendo que todo sea igual, análogo u opuesto a cualquiera otra cosa, es inherentemente antihistórica al tratar de extraer fenómenos de su contexto.   Subordina tan totalmente los datos a la estructura teórica que deja al historiador sin nada que explicar. (ibid., p. 283).

            Los historiadores en alto número se han alejado del postulado básico que también Handlin menciona: el armado de la trama comienza, no en la contemplación de una teoría, sino en un encuentro con la evidencia.           

            No podría haberse estructurado una Historia en un período de poco más de 1/3 de siglo, y en un espacio geográficamente muy extenso: Buenos Aires, Montevideo, Madrid, Malvinas.   Un esquematismo algo rígido sería no sólo antihistórico, sino ahistórico, ya que iría contra la realidad y estaría   f u e r a   de ella. Semejante al marxismo leninista, que circunscribe al historiador a hallar el relleno de la receta, dejándole con poco que explicar.

            Concordar con las afirmaciones del historiador estadounidense precitado no supone, naturalmente, negar teoría,  sea de la Historia o de los temas en estudio. La investigación no maltratará la teoría, una teoría que no  sucumbirá ante rigor alguno. 

            Enfrentados a la soberanía malvina los historiadores, basados en una exposición defectuosa, con carencias significativas, hicieron decir a la historia lo que nunca pudo decir. Inevitable era en algún momento la revelación.   ¿Quiénes eran los responsables del error o de las omisiones?  Los que como científicos actúan de acuerdo a los niveles de aconteceres, criterios, documentación al alcance de cada época, y complementariamente los gobernantes y los mandones, con sus ineptitudes o limitaciones.

            Los conceptos que siguen –de un prolífico, riguroso, integérrimo investigador argentino (Roberto Levillier, 1886/1969) cuya deuda con él Iberoamérica no ha oblado- bien que le caben a nuestra inquietud.  Son un par de fragmentos de su prólogo al excepcional esfuerzo que tituló en los 2 tomos (1948)  América la bien llamada.

            Alguien podría sorprenderse e interrogar: ¿por qué no se hizo antes esta prueba?  Y si tal pregunta formulase, habría tocado un problema de fondo, que conviene dirimir por su contacto con el carácter en cierto modo escurridizco de los primeros hechos de la vida americana.   Dos causas parecen capitales, si bien existen otras, de menor cuantía.   La primera sería insuficiente investigación; la segunda, el desbarajuste de hechos, genes e ideas en críticas taradas por fobias y filias. (p. XXIII)

            Nuestra aspiración, en cambio, es una : conocer nuestro pasado, tal cual fue, desarraigando la cizaña que lo rodea. (p. XXIX) 

DERECHO INDIANO : SU PUNTO DE VISTA

            Nos impone precisiones serias el marco del Derecho establecido por España para esas centurias continentales.  

            La normativa integrante del Derecho Indiano se acompasa a una realidad mutante, como es natural.            

            No correspondería circunscribir los acontecimientos en el ámbito platense, suratlántico.  Sería dejar algún atisbo de duda acerca de la Historia americana global, que pudiera contener ingredientes que nos contradijeran.  Esta limitación errada ha sucedido varias veces en la historiografía del siglo XX; en lo rioplatense el ejemplo clásico puede ser el tema de la invasión británica 1806/1807, que ni podían ser entendidas ni eran cabalmente conocidas reduciéndola a la microhistoria en el

Plata: estudios como el excelente de William Kaufmann (1950) permitieron conocer las claves.  Lo mismo sucede con el artiguismo.           

            En un breve y hermoso estudio de Rodolfo Mondolfo, de 1969, acerca de G.B.Vico  sobre el final deslizaba una caracterización, que por su condición doble de escueta y sencilla, nos queda burilada:

…la humanidad dinámicamente en relación y en lucha continua consigo misma, es decir con sus propias creaciones históricas, con su propia actividad precedente, creadora de condiciones, de relaciones y de formas sociales.

            Por ello, es que la fundamentación de la soberanía  sobre Malvinas es un problema histórico antes que   t o d a   otra perspectiva o consideración; es prístinala inserción  de lo particular –la dependencia de Montevideo- en lo universal –la síntesis de lo que es Historia, del italiano Mondolfo-, comprehensiva de condiciones,relaciones y formas concretas, cotidianas en los 30 años antes de mayo 1810. GarcíaGallo, sabio, no colide con Mondolfo: concuerdan.  La investigación legítimamente procurará  estar a la sombra de ambos, legítimos representantes de una civilización.           

            Ya lo decía Ricardo Levene en el tomo IV de la Historia de la Nación Argentina: los acontecimientos son y pasan por Montevideo 1810. Más fenicio que en el siglo XVIII, más cartaginés también, Montevideo, es en el  último quinquenio de la primer década del siglo XIX, la metrópoli malvinera, ya no impuesta por el hombre, sino por el devenir histórico mismo.Y éste, no es demiurgo ni providencia ni deus ex machina alguno: es la conjunción de la mediación humana y los hechos determinados por ella, y fuera de ella.   Va acá el concepto de Historia, mostrado otra vez –reiteramos- en vivo, sobre las semanas de mayo 1810.

            El estudio de este período de las Malvinas no puede encuadrarse en un solo carril del  Derecho.  Es la omnipresencia del Derecho Indiano que obliga al historiador. La normativa integrante del Derecho Indiano se acompasa –como es natural- a una realidad mutante. Va cambiando y complementándose en el período 1766/1810.

Paulatinamente aparecen normas que documentan la ausencia del fijismo, algo inexistente en la realidad más aparentemente estática, y la sudamericana de esas  décadas, no lo era.

             No alcanza basarse en las recopilaciones conocidas, ya que luego de 1680 se dictaron muchas leyes indianas que nunca fueron oficialmente recopiladas por la Corona.  Véase a este respecto la obra de un especialista moderno venezolano en Derecho Indiano, Jesús Leopoldo Sánchez.

            Una toma de posición basada sólo en esta rama no es absoluta, ya que su bibliografía ha sido recién comenzada a conocer orgánicamente desde 1965, sobremanera.

             Hay un matiz que debe, aun luego de lo precedente, tenerse siempre a la vista. Es el principio teórico, tanto de Derecho como de Historia, sintetizado por el MaestroAlfonso García Gallo:

            El Derecho Indiano –como todo Derecho- es una ordenación de la vida social; pero en ningún caso es esta misma, ni puede confundirse con ella.

            Él está en la norma que hemos adoptado, de no ser exclusiva ni excluyente toda argumentación a plantearse sobre ese lapso español 1766/1810.

            Los problemas de método existen cuando un tema es elucidado en Historia, usando el Derecho Indiano; de ellos se ocupó en una incitante conferencia  en Bs. Aires, octubre 1966, el afamado García Gallo.  Puede consultarse para más afinamiento la bonaerense Revista del Instituto de Historia del Derecho Ricardo Levene (18), editada por la Universidad de Buenos Aires. Acá sólo nos detendremos en lo que específicamente  hemos creído más necesario.

            La inobservancia de la ley por propio desconocimiento, es posible haya llevado a procederes virreinales bonaerenses que hoy lucen al investigador equívocos o absurdos; éste puede conocer más sistematizadas las Recopilaciones o los códigos bajo el nombre que fuere.  Esa inobservancia –posible, admisible de buena fe- no permite inducir ni deducir otra realidad histórica: la que cuenta, la que sucedió en 1800/1810.  Esa realidad no era bonaerense, era regional.  Este rasgo es importantísimo.

            La naturaleza misma de la legislación indiana da lugar a su ignorancia.  Constituída aquella por multitud de disposiciones, de vivencia provincial, casuística, y que con frecuencia rectifican otra anterior, en gran parte no publicadas por dirigirse a autoridades determinadas. 

            Otro problema que se presenta en la configuración de la soberanía de Malvinas: la falta de seriedad de los estudiosos, en buena medida. ¿Qué dice García Gallo?

            Enfrentarse con el examen de los documentos administrativos, judiciales o notariales o con las fuentes de tipo no jurídico, es comenzar la casa por el tejado. Todos ellos se refieren a un sistema jurídico, que en ellos naturalmente se da por conocido y no se explica, con lo que las dificultades se multiplican,… (Revista, citada, pág. 59)

             Por fin, un tercer problema, es el de la costumbre como fuente del Derecho. Sería irreverente pretender  por un devoto de Clío, interpretar o resumir los lúcidos párrafos del Maestro García Gallo, a pesar de su extensión, inadvertida por su claridad: 

            La costumbre es fuente del Derecho en Indias, como lo es en España.  En las leyes constantemente se alude a la misma, para remitirse a ella o para prohibirla. Y sin embargo, las únicas leyes indianas que conozcamos en que se trata de precisar los requisitos que debe reunir para que sea válida, son tardías –de 1628 y 1636-, poco expresivas –repetición de muchos actos (no sólo dos o tres) continuados, ininterrumpidos y no contradichos-, y se refieren únicamente –esto se reitera- a la costumbre seguida en la concesión de mercedes reales.  Únicamente en relación con esta regalía del Poder soberano, el monarca, sin ir contra la costumbre, se ocupa de precisar lo que por tal debe entenderse.  Nada, en cambio, se dice sobre la costumbre en el inmenso campo del Derecho Indiano. Prueba indirecta del reconocimiento de su vigencia, sin perjuicio de que se controle su contenido.

            Al hablar de la costumbre insensiblemente se tiende a fijarse en una de sus manifestaciones: la costumbre contra legem.  Pero no es la única.  Hay una costumbre secundum [siguiendo, JCCF] legem, que no se limita a la mera aplicación de éste, sino que la confirma y le da fuerza, la interpreta y la matiza.  Una ley que no se usa, aunque el legislador otra cosa pretenda, no es la ley viva y aplicable; es una de aquellas leyes “muertas” de que antes se ha hablado.    Son la práctica administrativa y notarial, el estilo judicial, la aplicación diaria de las normas legales.  Existe también, pese a la masa inmensa de la legislación indiana una costumbre praeter [desarrollo y regulación de situaciones no regulado por la ley y por tanto no es ilegal, JCCF] legem, que abarca campos inmensos de la vida jurídica del Nuevo Mundo: todo el Derecho político o constitucional, amplios sectores de la vida local –v.gr. el Cabildo abierto-,  etc.  En estas materias la legislación –real o criolla- apenas ha intervenido para nada.  El Derecho consuetudinario no se ha enfrentado con la ley; ha coexistido con ella.  El contraste surge cuando nos encontramos con una costumbre contraria a la ley: a la de Castilla, a la general de Indias o a la privativa de una provincia.  Aunque en las leyes se siente el principio general que la ley prevalece sobre la costumbre contraria –y esto lo recojan fácilmente los historiadores del Derecho-, los juristas de la Edad Moderna –y entre ellos se reclutan parte de los consejeros de Indias, todos los magistrados de las Audiencias y buena parte de otros funcionarios- están muy lejos de aceptar aquella posición.  Para ellos, aunque no haya,  ni mucho menos, unanimidad en sus opiniones, la costumbre contraria a la ley –y no todos son muy exigentes en los requisitos que ha de reunir para valer jurídicamente- prevalece  en numerosas ocasiones.  Por ello, hay que romper con el hábito generalizado de reducir el estudio del Derecho Indiano al de la legislación. ( págs. 50/51) 

            Ya vemos porqué este tema de las Malvinas 1766/1810 no es para juristas. No es conclusión apresurada ni reivindicación , quizá tildada de imperialismo profesional.  La Historia del Derecho, y en particular el Derecho Indiano son imprescindibles, mas insuficientes: motivado por problemas como el trío que nos enseña la sabia conferencia de la primavera 1966 en la capital argentina.

Y EL MÉTODO… 

Cómo el método sirve a una teoría.

            La presentación y el orden de los datos presupone sus definiciones, y éstas implican ciertas opciones e hipótesis.  La objetividad cae por estar enmascarada: estaba supuesta en los hechos, en el quehacer del historiador.   Desde que cae, él está forzosamente comprometido a ser consciente que ha construído sus  propios hechos, y no el res gestae, y que la objetividad de ese su trabajo residirá en la corrección de método y en la relevancia acordada a sus propias hipótesis.  Feble soporte para una obra histórica.

            No ha tenido en cuenta la historiografía de este período de la España de ultramar, algo tan importante como el contexto del documento.  Este pilar de la crítica externa no se queda metodológicamente en la crítica de veracidad.   Un lector puede deleitarse con Roa Bastos sin antes conocer el régimen de Gaspar Rodríguez de Francia,  pero no puede conocer el ostracismo de Artigas con ese defecto.  

            La respetabilidad del testigo no es garantía de exactitud, y por ello se da primacía en este tema a lo institucional: es en alto grado una historia política.  ¿Qué tranquilidad nos daría un Sobre Monte, luego de sus falencias ante la invasión británica?

            Y si Ruiz Huidobro o Elío –en medio de duros enfrentamientos- hubieran visto obnubiladas sus decisiones en la eventual penumbra de un quinqué?  La trama se arma luego del encuentro con la evidencia.

            En este tema de la soberanía malvina faltaba mirar un poco más, a lo conocido. Jacob Burckhardt y Johan Huizinga, quienes sabían cómo ver, pudieron aportar tanto a la ciencia histórica, por eso mismo.  Tenemos ese cambio de perspectiva  en otro gran tema americano: las causas de la guerra de secesión (EU, 1861/65).  Tuvo esa historiografía en un siglo, 3 etapas: fue primero vista como una conspiración, luego como un conflicto entre zonas geográficas, y finalmente, una revisión ha llegado a superar las dos tesis precedentes.

            No se pretende nunca una interpretación acertada o inatacable. Un buen nuevo libro no suplanta  -en ciencias sociales-  simplemente a los buenos que le precedieron,

que no pierden su lugar en las nóminas de fuentes.  Por esto no vemos admisible seguir con el discurso histórico limitado a una buena narración,  menagerie erudita incluída.  Hoy no se puede escribir Historia como un novelista: hay que construirla.   Tucídides dice explícitamente que la investigación histórica descansa sobre la evidencia. La Historia es racional, basa   las respuestas que da a sus preguntas en lo concreto, señaladamente  una apelación a la evidencia. De Tucidídes han corrido 2400 años. 

            La evidencia.

            La Historia genuina no tiene lugar para lo meramente posible o probable; todo lo que permite al historiador es lo que la evidencia  le obliga a afirmar ante él.  Y le obliga porque  no le está admitida la media verdad.  No en vano la más importante de las reglas de método en la ciencia histórica es la presencia de la evidencia. 

            El conocimiento por el cual se llega a ser historiador es el de la evidencia a su disposición que verifica  acerca de ciertos acontecimientos.   

            En la historiografía sobre las Malvinas de 1960 acá, no se ve mayor influencia o rastro del aporte de una obra ineludible, por lo colosal, en calidad y en labor, editada hace más de medio siglo en París, Séville et l’Atlantique, de Pierre CHAUNU, que es uno de sus autores. Estudia el océano en los años de auge de la ciudad del Archº Gral. de Indias.  El lapso cronológico ocurre entre el principio del siglo XVI y la mitad del siguiente; ya entonces el hombre europeo comandaba su comportamiento frente al espacio marítimo.  Y ese hombre era en alta porción, español. En ese Atlántico norte, ya cursaba escuela el imperio madrileño de sus años tardíos del virreinato del Rio de la Plata.  Una estructura que se desarrollaba lentamente, hasta en sus crisis, induce, claro está a algunos desprevenidos del siglo XX, a extender esa parsimonia evolutiva al lapso que nos concierne(1766/1810).

            En el tomo VIII-2,2 de tal obra, tan interesante, ya se reafirmaba una fidelidad a la vida, antes que a construcciones teóricamente calculadas y cuadriculadas.  Aún así, en equilibrio magistral, reconociendo Chaunu que la historia es un conocimiento mediato, fruto de métodos, de escalonamientos, de arduos tratamientos de la evidencia, que  no

sólo del dato inmediato.  Una historia útil, clarificadora del presente, historia clasificada en el rango modesto de ciencia auxiliar de otras del hombre, esas ciencias políticas de la acción que son a su vez, sirvientes de la Historia.  

            Todo profano que se asome al tema de las Malvinas en 1766/1810, tiene derecho a preguntarse, cómo no se ha tenido presente el estudio de esa porción de mar que va desde el río de la Plata a las islas.  Sevilla sola no era nada; las Malvinas, tampoco; ambos lugares geográficos son parte de un todo; en este caso, un departamento marítimo que incluía lo inherente.

            Como el ilustre científico galo, no buscamos excusarnos de haber hecho alguna cosa de alguna cosa.  Para un conocimiento algorítmico, evolutivo del Atlántico no aportamos nada, tranquila, hipócritamente definitivo.  En otras palabras, la verdad científica siempre sujeta a revisión futura, sistematizada ella por Mario BUNGE, un gran argentino de nuestro tiempo. 

CONCLUSIÓN

            ¿Qué nos deja en el 2º semestre de 2015 una incursión a dos ingredientes de la ciencia histórica?

            La afirmación  de la necesidad de reiniciar el tratamiento de la soberanía malvina,  fijando rumbo en la amplitud de lo fáctico.  Éste, contenido en historiografía, periodismo, memoriales, abrirá una etapa sin predominio  de sectarismos o parti-pris. Levillier, Handlin, García Gallo, Mondolfo, Chaunu, Bunge, no son ajenos : son mentores.

                                                                                                          fin 

  

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