Historia y Arqueología Marítima

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Por  JUAN ANTONIO VARESE   Publicado en Ciclo de Conferencias año 2012

RESUMEN

Para intentar dar una explicación a los hallazgos en el río San Salvador, sobre todo en lo que refiere al lastre de una antigua embarcación y a los restos materiales de origen europeo, debemos recurrir a la historia. En principio pueden plantearse dos posibilidades: que se trate del puerto de las naos y fuerte de San Salvador levantado por la expedición de Gaboto en 1527, que sería el primer asentamiento español en el Rio de la Plata después de San Lázaro, o que se trate de la ciudad Zaratina de San Salvador, también en la margen de dicho río, fundada en el año 1573.

Sea cual sea la hipótesis, cabe señalar que en la memoria colectiva de los habitantes del departamento de Soriano, especialmente de la ciudad de Dolores y su entorno, existió desde siempre la idea de que en el lugar se encuentran los restos de ambas o al menos de una de las poblaciones señaladas.

ENTRANDO AL TEMA

Para intentar dar una explicación a los hallazgos en el río San Salvador, sobre todo en lo que refiere al lastre de una antigua embarcación y a los restos materiales de origen europeo, debemos recurrir a la historia. En principio pueden plantearse dos posibilidades, sin descartar que ambas se hayan verificado en el mismo lugar, dadas las condiciones geográficas cerca de la desembocadura, con profundidad suficiente y en un meandro del rio, para protección de los vientos:

1-    Que se trate del puerto de las naos y fuerte de San Salvador levantado por la expedición de Gaboto en 1527, que sería el primer asentamiento español en el Rio de la Plata después de San Lázaro. Lugar donde Luis Ramírez habría escrito la famosa carta a su padre, documento histórico de singular importancia. Tal comprobación redundará en beneficio del mapa regional de los descubrimientos, por cuanto en territorio argentino se han ubicado y están estudiando los restos del fuerte Sancti Spiritu.

2-    O que se trate de la ciudad Zaratina de San Salvador, también en la margen de dicho río, fundada en el año 1573. En tal caso el hecho estaría encuadrada dentro de los prolegómenos de la segunda fundación de Buenos Aries, pocos años después, en 1580.

Sea cual sea la hipótesis, cabe señalar que en la memoria colectiva de los habitantes del departamento de Soriano, especialmente de la ciudad de Dolores y su entorno, existió desde siempre la idea de que en el lugar se encuentran los restos de ambas o al menos de una de las poblaciones señaladas. 

PUERTO DE LAS NAOS

Para analizar los pormenores de la expedición de Sebastián Caboto es necesario retrotraernos a una de las empresas más controvertidas de la época del descubrimiento y conquista del Río de la Plata. Caboto, Cabot o Gaboto, dejó sembradas infinidad de dudas e incógnitas sobre su vida y realizaciones.

Antes de acompañar las singladuras de la expedición hemos de considerar su personalidad y analizar su entorno. Al igual que otros hombres de su época, dejó un rastro de contradicciones y dudas sobre sus orígenes y lugar de nacimiento. Para Gonzalo Fernández de Oviedo, un cronista contemporáneo, era de origen veneciano y criado en la isla de Inglaterra “… y que al presente es piloto mayor y cosmógrafo de la Cesárea Magestad y según él dice y el cronista Pedro Mártir informado de él afirma, fue el que descubrió la tierra de los Bacallaos e le dio tal nombre, antes de que a España viniese …”. Según José Toribio Medina, historiador chileno que dedicó buena parte de su vida a estudiar su persona, Sebastián Caboto nació en Venecia entre 1475 y 1479, teniéndose por cierto que completó su educación en Inglaterra y que seguramente acompañó a su padre en la expedición que partió en busca del paso del Noroeste y terminó por descubrir la isla de Terranova.

Lo cierto es que Sebastián llegó a Sevilla en 1512, la urbe cosmopolita y centro de los viajes y descubrimientos hacia el nuevo mundo. En poco tiempo hizo alarde de experiencia y conocimientos tales que fue convocado para trabajar en la Casa de Contratación. Se casó con la española Catalina Medrano, viuda de Pedro Borba, fallecido poco antes en Nueva España, México. El 5 de febrero de 1518, después de conocerse la muerte de Juan Díaz de Solís, le fue ofrecido el cargo de Piloto Mayor de Indias, una honorífica distinción que conllevaba también una gran responsabilidad.

Varias anécdotas dan prueba de su afección a la fantasía y carácter ambicioso, e incluso los historiadores son contestes en denunciar su tenacidad, tanto como su natural intrigante y férrea determinación. No es de extrañar entonces que soñara con descubrir grandes riquezas en un territorio que recién comenzaba a explorarse, tierra fértil donde poder proyectar y ver realizados todos aquellos relatos legendarios que alimentaban la fantasía y el espíritu aventurero de muchos hombres. Soñaban así encontrar las minas del Rey Salomón o las míticas ciudades de Tarsis y Ofir. O incluso penetrar en las fabulosas tierras del oriente lejano, las de Cathay (China) o la isla de Cipango (Japón).

Cuando planteó en la Corte el proyecto de una expedición a las Molucas, las codiciadas islas de la Especiería, a través del estrecho de Magallanes, ya estaban adelantados los preparativos de Jofre García de Loaysa, por lo que no resultaba lógica ni oportuna su propuesta. Para vencer los reparos que seguramente se le plantearon insistió en el carácter comercial de su empresa, que contaba con el apoyo de fuertes mercaderes, entre los que se encontraban los genoveses Francisco Leardo, Leonardo Cattáneo, Pedro Benito de Badignana y Pedro de Robiril y el inglés Robert Thorne. 

 CAPITULACIONES

Las capitulaciones entre la Corona y Sebastian Caboto se firmaron en Madrid el 4 de marzo de 1525. No obstante tratarse de una empresa comercial, Carlos I le prestó personalmente su apoyo. Dentro de las instrucciones estaba la de brindar ayuda y respaldo a la expedición de Loaysa y solo después que ésta hubiera asegurado su suerte, podría atender a su propio interés.

En los preparativos reveló impericia y falta de práctica además de efectuar nombramientos a su arbitrio y no en base a la experiencia acreditada. El Consejo de Indias le llamó la atención y le impuso como segundo en el mando a Martín Méndez, lo que no fue aceptado por Caboto y generó varios problemas durante la primera parte del viaje. Por falta de españoles, no obstante los bandos que se colgaron en los mercados de Sevilla, hubo de completar la tripulación con extranjeros, en especial italianos e ingleses. Posteriormente, las capitulaciones fueron complementadas con dos agregados, el primero firmado en Toledo el 22 de setiembre de 1525 y el segundo el 24 de marzo siguiente, que hacían énfasis en la necesidad de dirigirse “en derechura al Maluco”. Las capitulaciones obligaban a Caboto a seguir la ruta de Magallanes y a no tocar costa portuguesa.

 LA PARTIDA

La expedición zarpó de Sevilla en febrero de 1526, pero recién desplegó velas desde San Lúcar de Barrameda el 3 de abril, más de un año después de firmadas las capitulaciones. Precisamente esta demora explicaría algunos de los problemas que se suscitaron durante la travesía, por cuanto se trataba de una mala época para el cruce del Atlántico. La flota estaba compuesta por las naos Santa María de la Concepción, de 150 toneladas, capitaneada por el propio Caboto, la Santa María del Espinar, alias “La Portuguesa”, de 120 toneladas, bajo las órdenes del piloto Gregorio Caro,  la Trinidad, también de 120 toneladas, al mando de Francisco de Rojas y la San Gabriel, carabela de 40 toneles, a cargo del veedor de los armadores, Miguel de Rifós. La tripulación se componía, en conjunto, de poco más de doscientos hombres.

 CAMBIOS EN EL DERROTERO

No obstante las instrucciones en contrario, la expedición hizo tres escalas no previstas, pasos intermedios que fueron encaminando la determinación de Caboto de cambiar el rumbo original y dirigirse hacia las Sierras de la Plata, en el corazón de la América del Sur. El 10 de abril hizo una primera escala en la isla de las Palmas, en las Canarias, para recargar agua y completar provisiones, y el 28 continuaron viaje rumbo a las Azores, para aprovechar los vientos y corrientes hacia la costa americana.

El 3 de junio de 1526 la expedición llegó a la costa del Brasil, al cabo San Agustín, donde los abordó una piragua indígena en la que se encontraba Jorge Gómez, un piloto portugués que había estado dos veces en el Río de la Plata, la primera durante la expedición de Solís y la segunda acompañando a la de Cristóbal Jaques de 1521. También les informó de una factoría dedicada al acopio de pino brasil en las inmediaciones de Pernambuco, donde podían buscar refugio en espera de vientos favorables para continuar la travesía. Gómez le contó sobre los viajes realizados y le mencionó que más al sur, en el llamado “Puerto de los Patos”, podía encontrar a algunos sobrevivientes de la expedición de Solís, quienes quizás aceptaran acompañarlo en la búsqueda. Llegó, incluso, a mostrarle algunas piezas de metal que había recogido por sí mismo, datos que fueron corroborados por el factor Manuel Braga, también conocedor de los hechos.

En setiembre tomaron la ruta hacia el sur y el 19 de octubre arribaron al denominado puerto de los Patos, entre tierra firme y la isla Santa Catalina. En un pequeño islote de las cercanías, que llamaron “del Reparo” porque les sirvió de refugio durante una tormenta muy fuerte que les hizo perder los botes de desembarco, los abordó una piragua indígena en la que llegaban Enrique Montes y Melchor Ramírez, dos sobrevivientes de la expedición de Solís. El segundo además había acompañado a Jaques, como guía e intérprete. Ellos también contaron historias sobre los tesoros existentes en las Sierras de la Plata, a los que se llegaba a través de los ríos que desembocaban en el de Solís, pero lo que más interesó a Caboto fue la narración de las peripecias de Alejo García, personaje casi legendario que merecería la pluma de un novelista, quien en 1521 y junto con una comitiva de indios atravesó los actuales territorios del sur de Brasil y el Paraguay hasta llegar a las estribaciones de Bolivia en pos de la quimera del oro.

Días después Caboto y su gente se encontraron con los quince desertores de la San Gabriel, nave de la expedición de García de Loaysa, abandonados por indisciplina en la isla Santa Catalina.

 NAUFRAGIO DE LA CAPITANA

Una semana después de las conversaciones mantenidas con Montes y Ramírez ocurrió un accidente que selló definitivamente el cambio de rumbo. La nave capitana, la Santa María de la Concepción, que había buscado refugio entre la isla y el puerto de los Patos, encalló sobre uno de los bancos de arena de la costa, resultando vanos los esfuerzos para reflotarla. No hubo más alternativa que bajar a tierra para rescatar los pertrechos que se pudiera y abandonarla. Conocemos las vicisitudes de buena fuente por la carta que Luis Ramírez dirigió a su padre, documento de referencia para el estudio de la expedición, con amplia información sobre el episodio.

Mucho se ha discutido sobre la intencionalidad y responsabilidad de Caboto en el hecho. Bien claro surge del relato que fueron enviados un piloto y un maestre para sondar la entrada del canal y que les resultó difícil la tarea por contar con un solo bote, pero resultaba evidente que sin la nave capitana, la de mayor tonelaje y desplazamiento, se diluían las posibilidades de cruzar el estrecho de Magallanes. Fuere cual fuerte el motivo, voluntario o involuntario, este naufragio alteró definitivamente el destino de la expedición.

En la emergencia Caboto resolvió convocar una junta de oficiales para comunicar su decisión. Mencionó las riquezas de la Sierra de la Plata y recalcó en las dificultades de cruzar el estrecho de Magallanes, poniendo como ejemplo el fracaso de la expedición de García de Loaysa, según las peripecias contadas por los tripulantes de la San Gabriel. Pero Martín Méndez, Francisco Rojas y Francisco de Rodas, no obstante sus argumentos, se negaron en bloque al cambio de ruta y se consagraron sus opositores más firmes. Caboto, entonces, tomó la despótica medida de abandonarlos en la isla con escasa provisión de alimentos y bajo la tutela de caciques indios, arbitrariedad que le costó cara al regreso a Sevilla, cuando fue acusado de abuso de funciones.

Acto seguido mandó construir una galeota con las maderas provenientes del desguace de la capitana y de los abundantes árboles de la región. Se trataba de una embarcación de pequeño porte, de velas y remo, apropiada para navegar en los ríos interiores, dado su poco calado. Caboto homenajeó a su esposa al bautizar la nave con el nombre de Santa Catalina.

 EN EL RÍO DE SOLÍS

El 15 de febrero de 1527 levantaron velas rumbo al sur, tras permanecer en la isla por espacio de cuatro meses. El día 21 se encontraban en las proximidades del cabo Santa María, actual Punta del Este, extremando las precauciones por los peligros que representaba la navegación en el ancho río. Sorprende la demora en recorrer las 50 millas hasta la costa de Colonia, una de las etapas más azarosas del viaje, que Luis Ramírez, testigo presencial, describió en la carta enviada a su padre:

 “En todo el viaje no pasamos tantos trabajos ni peligros como en cincuenta leguas que subimos por el rio hasta llegar a un puerto de tierra firme que se puso por nombre San Lázaro”.

 SAN LÁZARO

Entrados en el ancho río la primera estación fue en la isla denominada de San Gabriel, frente a Colonia, rocosa y abrupta aunque generosa en leña y agua natural. La segunda escala fue al abrigo de un río en un “puerto de tierra firme” que llamaron de San Lázaro. Sobre su ubicación existen varias opiniones: para Ruy Díaz de Guzmán se trataría del río San Juan, para Toribio Medina la punta de Martín Chico, para Julián Miranda la actual Conchillas, para Eduardo Madero correspondería a la Punta Gorda y para Rolando Laguarda Trías se trataría del Arroyo de las Vacas.

Pocos días después apareció en el campamento un cristiano que dijo ser Francisco del Puerto, marinero de Solís que había quedado cautivo de los indios. Una vez a bordo refirió historias sobre la existencia de oro y plata en el interior del continente, a donde se llegaba remontando los ríos interiores hasta un afluente que los indígenas llamaban Carcarañá.

En San Lázaro se descargaron las naves en mérito al poco calado del río, quedando un destacamento de doce hombres al mando del capitán Francisco César, el mismo que protagonizaría otra de las leyendas generadas por la conquista. Tras una violenta sudestada que arrojó a tierra la galeota y estuvo a punto de hacer zozobrar las restantes naves, Caboto ordenó a Antón de Grajeda que partiese con la Santa María del Espinar y la Trinidad en busca de un puerto más seguro.

 SAN SALVADOR

El 8 de mayo, después de la partida de Caboto para remontar el Paraná a bordo de la San Gabriel y la Santa Catalina, Antón de Grajeda hizo lo propio con la Santa María del Espinar y la Trinidad, las naves mayores, en busca de un fondeadero más seguro. Exploró el río San Salvador, de buen caudal y vegetación tupida, hasta encontrar un lugar adecuado en un meandro al abrigo del viento y cerca de la desembocadura. No hubo problemas con los indios de las inmediaciones y la abundante leña permitió levantar un asentamiento fortificado. En un principio la mayoría se alojó a bordo y solo unos pocos montaron guardia en el campamento de tierra firme.

No sabemos la fecha exacta de la fundación pero podemos suponerla a fines de mayo. Fecha importante por tratarse de las primeras en el Río de la Plata, la que se mantuvo poco más de dos años y medio, hasta diciembre de 1529. Lugar de refugio y encuentro, donde meses después se construyeron siete pequeñas embarcaciones. Seguramente fue ocupada por indígenas antes y después de la estancia de los españoles y durante los dos años y medio se desarrollaron contactos e intercambios de productos y artesanías. Se trataría de la primera fundación de San Salvador, a orillas del mismo río.

 SANCTI SPIRITU

Caboto, por su parte, después de recorrer 60 leguas desde San Lázaro por el Paraná, llegó a la confluencia con el Coronda, internándose por este hasta la desembocadura del Carcarañá Según la pintoresca referencia del cronista Alonso de Santa Cruz[1], un cacique indio regaló a Caboto una cofia de plata que llevaba puesta, lo que fue considerado como una buena señal. Además se trataba del mismo río mencionado por Francisco del Puerto como el que bajaba de las Sierras de la Plata. El 9 de junio, día de la Pascua de Pentecostés, fundaron el fuerte de Sancti Spiritu, levantando una empalizada de troncos que recibió el nombre de fortaleza, y se construyeron unas 20 cabañas de paja. Los españoles comenzaron a sembrar trigo y plantar hortalizas.

Después de asentado el fuerte, Caboto envió la galeota al mando de Rifós para buscar la gente y los efectos que habían quedado en San Lázaro. Estos se encontraban al borde de la resistencia por el hambre y las privaciones, debiendo alimentarse de hierbas y ratones, según refiere Ramírez, y rodeados por indios que se habían vuelto belicosos.

 NAVEGACIÓN POR EL PARANÁ

Finalmente, el 23 de diciembre Caboto abandonaba Sancti Spiritu para remontar nuevamente el Paraná en una galera y un bergantín, dejando el fuerte al mando del capitán Caro.

El 1º de enero de 1528 llegaron a una isla a la que bautizaron Año Nuevo. Pasaron la boca del Paraguay y arribaron a un puerto que nombraron Santana (o Santa Ana). Fue entonces que los indios del lugar les informaron sobre unas naves que habían llegado al río de Solís, no obstante lo cual Caboto determinó continuar por el río Paraguay.

En la travesía sufrieron una serie de escaramuzas con los indios y sufriendo varias bajas en la tripulación, debido a lo cual, sumado a la falta de provisiones y a la insistencia de las noticias sobre las naves que se dirigían en la misma dirección, Caboto decidió emprender la vuelta río abajo hasta el Paraná.

 ENCUENTRO CON GARCÍA DE MOGUER

Mientras Caboto remontaba el Paraná la expedición de Diego García de Moguer hundía la proa de sus naves en las aguas del río de Solís. Había partido de La Coruña luego de reiteradas demoras y varias escalas, el 15 de enero de 1527, entrando en el ancho río a fines de enero de 1528. Después de divisado el cabo Santa María, permanecieron unos días en espera de una de las naves que había quedado retrasada. De allí tomaron rumbo a las islas de las Piedras, frente a Colonia. Anclaron en la de San Gabriel donde procedieron a armar un bergantín, por lo que la isla debe ser considerada uno de los primeros astilleros de la zona.

Poco después, a fines de febrero según Enrique de Gandía y a mediados de marzo según Riverós Tula, una tarde en que exploraban las costas del río Uruguay se toparon con una canoa conducida por indios y un bote en el que navegaba Antón de Grajeda, que desde San Salvador había salido de recorrida. Grande y recíproca fue la sorpresa, suponiendo Grajeda que se trataba de Miguel de Rojas y Martín Méndez, los abandonados por Caboto en Santa Catalina, que llegaban en busca de venganza. Tampoco le cayó bien a García el encuentro y menos la noticia de que alguien se le había anticipado en la exploración del Paraná.

En vista de la situación Diego García optó por despachar la Santa María del Rosario, su nave capitana, para Santa Catalina y dejar otra de las naves en San Salvador, partiendo con las restantes a remontar el Paraná para encontrarse con Caboto.

En Sancti Spiritu encontraron a Gregorio Caro al frente de una pequeña dotación, quien les informó que Caboto continuaba río arriba. El encuentro entre ambos expedicionarios se verificó recién el 7 de mayo, 30 leguas bajo de la desembocadura del Paraguay. Ríspida tiene que haber resultado la discusión, tomando en cuenta la agresividad de Caboto, que había llegado primero, y la determinación de García que sentía usurpados sus derechos. El carácter del veneciano terminó por imponerse, y convinieron actuar de consuno. Para continuar las exploraciones por el Paraná necesitaban de naves adecuadas, de pequeño tamaño y poco calado con velas capaces de captar las suaves y caprichosas ráfagas de viento. Regresaron a San Salvador donde García contaba con carpinteros y experiencia para encarar la construcción de siete bergantines, el tipo de embarcación apropiada para remontar el Paraná. San Salvador resulta, entonces, el cuarto lugar utilizado como astillero.[2]

Antes de reemprender el rumbo por el Paraná, puestos de acuerdo, cada uno de ellos resolvió enviar una nave a España para dar cuenta de las exploraciones y solicitar el envío de ayuda de hombres y pertrechos. Caboto alistó la San Gabriel, al mando del tesorero Hernando Calderón y de su amigo inglés Roger Barlow, con tan buen suceso y vientos favorables que la nave arribó a Sevilla en noviembre de 1528. La misma transportaba las pocas piezas metálicas conseguidas hasta el momento para dar anticipo de las riquezas de la región. También llevaba dos documentos de valor histórico inestimable: la relación de los sucesos escrita de puño y letra de Sebastián Caboto, que lamentablemente se perdió, y la carta que Luis Ramírez dirigió a su padre, fechada en San Salvador el 10 de julio de dicho año. La nave enviada por Diego García, en cambio, nunca llegó a su destino, por lo que suponemos haya naufragado en las inmediaciones de la isla Santa Catalina.

 DESTRUCCIÓN DE SANCTI SPIRITU

En los bergantines construidos, después de una breve estadía en Sancti Spiritu, Caboto y García remontaron los ríos Paraná y Paraguay. Habían andado aguas arriba unas 20 leguas cuando tuvieron noticias de un levantamiento de aborígenes y alarmados por un posible ataque al fuerte decidieron regresar.En setiembre tras el asalto e incendio de Sancti Spiritu, el desánimo colmó el entusiasmo de Caboto y García, quienes tras comprobar la destrucción casi total decidieron regresar a San Salvador. También allí la situación estaba difícil por la rebelión de los indígenas y la escasez de víveres; aunque se habían realizado plantíos de trigo y cebada, todavía no era la época de la cosecha.

 ÚLTIMOS DÍAS DE SAN SALVADOR

Caboto resolvió permanecer un tiempo más en San Salvador en espera de que madurara el trigo y el maíz. En el intervalo envió a Antonio de Montoya con dos embarcaciones hasta la isla de los Lobos para faenar animales y disponer de carne para el regreso. Pero la situación se volvió difícil y los indios de las inmediaciones se aliaron para atacarles en gran número. En una de las escaramuzas resultó muerto Antón de Grajeda, el fundador de San Salvador y un calafate. En diciembre, después de un nuevo asalto en que casi pierde la vida, Caboto resolvió, finalmente, abandonar San Salvador y se dirigió al anterior refugio de San Lázaro para dar un nuevo plazo al regreso de Montoya. A fines de diciembre, considerando inútil toda espera, decidió emprender el regreso a España en la Santa María del Espinar.

 EL REGRESO

A fines de mayo de 1530, rotos los sueños, hizo adiós a las procelosas aguas del río de Solís. Atrás quedaba la rocosa isla San Gabriel, luego el islote de las flores y más adelante el peñón de los lobos, donde no se veían ni rastro de las naves de Montoya. Una silente despedida a estas tierras que le fueron esquivas. Poco después hizo escala en el Puerto de los Patos, frente a la isla de Santa Catalina, continuando hasta San Vicente, donde todavía se encontraba la nave de Diego García de Moguer. La expedición no había cumplido la meta de llegar a las islas Molucas y había resultado un fracaso comercial. Tampoco había comprobado la existencia de las Sierras de la Plata, con lo que los intereses de los inversores tampoco se encontraban satisfechos. Para la historia, en cambio, se había consumado un cambio en la toponimia. El antiguo Mar Dulce, bautizado río de Solís en homenaje a su descubridor oficial, en consonancia con las leyendas que circularon por toda Europa pasó a ser conocido como Río de la Plata. En el mapa del cartógrafo genovés Battista Agnese de 1536, figuraba ya con este nombre.

 JUICIOS A CABOTO

                    Varios juicios lo esperaban a su regreso a Sevilla. El planteado por la propia corona, puesto que había cambiado la ruta trazada en las capitulaciones sin la autorización real, la acusación de Diego García de Moguer y también las de Martín Méndez, Francisco de Rojas y Francisco de Rodas, abandonados en Santa Calina, y también de varios miembros de la tripulación con los que procedió dura y arbitrariamente.  Una de las acusaciones más severas fue la de haber inducido voluntariamente el naufragio de la capitana, pero pudo probar fehacientemente que había dado cuidadosas órdenes a los encargados de sondar la entrada del puerto de los Patos. Finalmente fue absuelto y tras una breve condena al norte de África, repuesto en su cargo de Piloto Mayor.  En 1548 regresó a Inglaterra, donde el rey le asignó una pensión vitalicia. Falleció en Londres en 1557, a los 84 años de edad.

 LA CIUDAD ZARATINA

La segunda hipótesis plausible de explicar el origen de los materiales hallados en las márgenes del San Salvador refiere a los restos de la ciudad fundada por Ortiz de Zárate en la desembocadura del mismo río.La historia nos retrotrae al año 1567, cuando Ortiz, afincado en América desde 1534, fue designado por el Virrey del Perú como Gobernador y Capitán General del Río de la Plata y Paraguay. Sin embargo, para recibir los beneficios del nombramiento, debía regresar a España en busca de la aprobación y firma de las respectivas Capitulaciones en presencia del Rey. En 1570 el Rey aprobó el nombramiento, confirmándolo como Tercer Adelantado del Rio de la Plata. Entre los beneficios estaba el de otorgarle el título de conde o marqués y dentro de sus obligaciones la de fundar “… tres pueblos allende de los que están agora poblados, entre el distrito de la ciudad de la Plata y de la ciudad de la Asunción y otro en la entrada del río en el puerto que llaman de San Gabriel o Buenos Aires …”. Tal propósito correspondía con la intención de la Corona de acabar “… con la aventura incierta, la alucinación del oro y las poblaciones efímeras, estableciendo colonias industriosas y duraderas y despertando el apego a la tierra, únicas bases sólidas para consolidar el inmenso imperio americano en formación …”, al decir del historiador  Ernesto Fitte.[3]Después de dilatada demora en armar la flota, Ortiz de Zárate partió de San Lúcar de Barrameda el 17 de octubre de 1752 en cuatro naves: la capitana San Salvador, la almiranta Concepción, el patache[4] Nuestra Señora de Gracia y la zabra[5] Nuestra Señora de los Cielos, con un total de 510 personas las cuales, según Paul Groussac, se distribuían de la siguiente manera: 104 marineros y 406 entre soldados y pobladores, de los cuales 58 eran mujeres, 45 artesanos o menesterales y 69 labradores. Amén de ello también se embarcaron 4000 vacas, 4000 ovejas, 500 cabras y 300 caballos con el objeto de poblar estos territorios con ganado peninsular.

Integraba la expedición el joven Martín del Barco Centenera, con el cargo de Arcediano de la Iglesia del Paraguay, clérigo que cumplió el papel de cronista al referir, años después, las vicisitudes de la expedición y otras peripecias en La Argentina, obra que contiene vívidas descripciones y emociones sobre el viaje y los nuevos territorios.La travesía fue larga y dilatada, signada por el hambre y las tormentas, tanto que hubieron de permanecer un tiempo en la isla Santa Catalina, donde un nuevo temporal les arrebató los botes de las naves. Arribaron al Río de la Plata recién en noviembre de 1573.

 SAN GABRIEL

En la isla de San Gabriel, situada frente a Colonia, fondearon las dos naves mayores, la Almiranta y la Capitana. Al tiempo que algunos miembros de la tripulación levantaban un fortín en la isla otros partieron en el único bote que les quedaba a explorar tierra firme en busca de provisiones. Un nuevo infortunio vino a golpear el ánimo de los recién llegados. Se levantó un fuerte temporal y las dos naves, atadas por el mismo cordel, encallaron contra las restingas de la isla, con lo cual no solo estas se perdieron, sino también buena parte de los materiales que traían para cumplir los propósitos colonizadores.

Respecto al contacto con los indígenas pareciera ser que al principio las relaciones fueron cordiales pero algunos abusos terminaron por romper el clima de paz. La batalla de San Gabriel, un duro enfrentamiento, terminó con la victoria de los indios, mientras que los españoles, con muchas bajas, quedaron aislados y sitiados en la isla. Sin comida ni agua Ortiz de Zárate optó por dar la orden de abandonar la isla y buscar un refugio más seguro en la de Martín García. Por entonces había llegado en su ayuda el Capitán Rui Díaz Melgarejo, quien partió en busca de Juan de Garay, sobrino de Ortiz de Zárate, que a la sazón se encontraba en la ciudad de Santa Fé, recientemente fundada.

 SAN SALVADOR

Según Martín del Barco Centenera, una vez llegado Garay, con “… treinta mozos valerosos/ y veinte caballos y servicios en balsas …” (XXXIII), desembarcó en el mismo lugar en que Caboto había fundado el fuerte de San Salvador en el año 1527. Con los refuerzos recibidos Ortiz planteó una nueva batalla contra los indios, derrotando los españoles a los principales jefes charrúas liderados por Zapicán en la conocida como batalla de San Salvador.Ortiz de Zárate procedió entonces al acto fundacional de San Salvador, para lo cual construyeron en primer término la cruz fundacional, símbolo de posesión civil y religiosa, coadyuvando seguidamente a construir las viviendas de paja para algunos pobladores. Tal como refiere Centenera “… Adonde en su ribera deleitosa/ de todos los desasgres olvidados/ nos tuvimos por gente muy dichosa/ en vernos ya de asiento allí poblados …”. (XXXIV).

La nueva ciudad estaba llamada a ser la capital de la futura provincia de Nueva Vizcaya, cuya jurisdicción abarcaba los actuales Uruguay, centro de la Argentina, Paraguay y el sur del Estado de Rio Grande del Sur, y a ocupar el lugar de poder del Virreinato para la conquista, que finalmente se radicó en Buenos Aires.Noticias sobre esta población las brinda el nuevo Adelantado Torres de Vera y Aragón, según referencia escrita en 1577: “… Fundó e hizo una cerca e muralla de tapias con muy gran trabajo según la posibilidad que entonces avia dentro de la cual hizo un edificio en nombre de la majestad del Rey don Phelipe, nuestro señor e puerto nombrado, la ciudad zaratina de San Salvador, en la cual puso ochenta y tantos hombres arcabuzeros con el aderezo de municiones, artillería de pasamuros y versos y cavallos que ala sazón fue posible aderezados de los que avian menester …”.Ortiz de Zárate ejerció el gobierno desde San Salvador desde mayo a diciembre de 1574 y allí nombró a su sobrino, Juan de Garay, como Capitán General y Gobernador de las provincias del Río de la Plata.

 ABANDONO DE LA CIUDAD

El 14 de diciembre de 1574, seis meses después de la fundación, con la salud delicada, Ortiz de Zárate decidió partir hacia la Asunción en compañía de Juan de Garay y con menos de 100 soldados. Había cumplido la primera obligación, la de fundar y dejar instalada una ciudad con 80 pobladores y 60 soldados bajo las órdenes del capitán Alonso de Quirós, nombrado Teniente Gobernador. Una vez en Asunción despachó un bergantín para asistir al pueblo de San Salvador con “… bastimentos de mayz y tocinos e cecinas de baca y todo lo demás necesario de gente y municiones …”.Sin embargo el hambre y las deserciones comenzaron a diezmar a San Salvador y los escasos pobladores, ante los ataques de los indios, acordaron con Alonso de Quirós el abandono de la ciudad, lo que hicieron efectivo el 20 de julio de 1577.

Por la misma fecha fallecía en Asunción don Juan Ortiz de Zárate, el tercer Adelantado. En el testamento nombraba heredera a su hija, Juana Ortiz de Zárate, y al esposo que ella eligiese, el cargo de Adelantado. Doña Juana casó con Juan de Torres de Vera y Aragón, quien pasó a ser el quinto y último Adelantado del Rio de la Plata.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

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[1] Alonso de Santa Cruz nació en Sevilla en 1505. Fue maestro de astronomía y cosmografía en la corte de Carlos V. En 1560 redactó, a solicitud de Carlos V, el Islario General del Mundo. Su testimonio tiene especial valor en este caso porque integraba la expedición de Caboto.

[2] El primero fue el utilizado por Cristóbal Jaques, el segundo en Sancti Spiritu, el tercero en la isla de San Gabriel por Diego García y el cuarto en San Salvador, también por García. No es descabellado pensar que el lastre de la embarcación encontrada por los buzos y analizado por los arqueólogos pertenezca o haya caído con el trasiego de la fabricación de las distintas embarcaciones.

[3] Tomado Barrios Pintos, Aníbal: Historia de los pueblos orientales.

[4] Embarcación que se usaba para llevar avisos, reconocer las costas y guardar las entradas de los puertos.

[5] Barco de dos palos, de cruz, que se usaba en las costas de Vizcaya.

 

  

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