Historia y Arqueología Marítima

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Por SERGIO ABREU BONILLA    Publicado en Ciclo de Conferencias año 2011

RESUMEN

Por la Convención Preliminar de Paz del 27 de agosto de 1828, firmado por el Imperio de Brasil y las Provincias Unidas del Río de la Plata bajo la tutela del representante de su Majestad Británica, la Provincia Cisplatina o Banda Oriental devino en una nación independiente, la República Oriental del Uruguay. Mucho se ha dicho y escrito sobre esto, dándole al Imperio Británico la autoría y gestación del nuevo Estado, sin tener en cuenta el determinismo de los orientales, en un proceso donde la geografía y la economía fueron determinantes.  Es innegable que la creación del nuevo estado fue útil a los intereses británicos, la independencia de Uruguay fue funcional a esa estrategia pero no se debió exclusivamente a ella, y nuestra existencia como nación independiente se debe principalmente a la voluntad autonómica oriental.

 A SITUACION 

En el siglo XVII. Francia, al Impulso del Cardenal Richelieu, aportó el enfoque moderno de las relaciones internacionales, basado en el concepto de "Razón de
Estado* sustentada en la acción de un actor: “La Nación-Estado”, motivado por Intereses nacionales.

En el siglo XVIII. Gran Bretaña introdujo el concepto de equilibrio de poder, que duró 200 años en la diplomacia Internacional.

En el siglo XIX. la Austria de Mettemich reconstruyó el concierto de Europa, y la Alemania de Bismarck la desmanteló. La democracia europea se transformó en un frío juego de política de poder.

Mientras duró, el sistema del equilibrio de poder. Europa buscaba, no tanto la Paz. sino la estabilidad y la moderación; se creía que cuando funcionaba debidamente limitaba la capacidad de dominio de unos Estados sobre otros.

De hecho raras veces han existido sistemas de equilibrio de poder en la historia humana. Para la mayor parte de la humanidad el Imperio ha sido el típico modo de gobierno. Los imperios no tienen ningún interés en operar en un sistema internacional. Aspiran a ser ellos el sistema internacional. De hecho, fue el desplome del equilibrio del
poder que atrajo a los EEUU al ámbito de la política internacional.

Tras el sacudón histórico de la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas, Europa restauró el equilibrio del poder en el Congreso de Viena de 1815 tratando de reducir la fuerza y ajustar la conducta internacional a nexos morales y jurídicos.

En este contexto. España, Francia y Gran Bretaña luchaban por imponer su posicionamiento de dominio colonial en la incipiente globalización de la época, que alternaba entre el combatido monopolio español de transporte marítimo y la noción de libre comercio británica, en una lucha que tenía el mar como escenario estratégico y privilegiado.

Adam Smith sostenía en "La riqueza de las naciones" que una mano invisible proyecta a través de la acción económica individual y egoísta un bienestar económico general. Durante más de un siglo esto pareció ser verdad. Al impulso de los preceptos de Smith, el "laissez-faire” aparece como el eje central de todo progreso económico. La corona británica impulsó entonces una Política Exterior basada en la iniciativa privada de la mano de intereses geopolíticos, con el lucro como objetivo.

"Pluma y espada" (Contrato y armas) demostraron a partir del protagonismo de la East Indian Company. que la formula funcionaba cuando se invadió la India en 1757.

En esos tiempos Inglaterra pasó a ser la potencia colonial dominante en el Indico y el Pacifico. Controlaba el puerto de Ciudad del Cabo, en la costa de África del Sur (de donde partió Popham hacia el Río de la Plata); las Islas estratégica de Mauricio y Ceilan (Sri Lanka): la mayor parte de la India; parte de la Península de Malasia y toda Australia, con control moderado sobre Nueva Zelandia, muchas islas del Pacifico; y buena parte de la actual costa Canadiense.

Incorporó una población muy superior a la que gobernó en América. En 1763, con excepción de las Islas Británicas, solamente tres millones de personas hablaban inglés como primera o segunda lengua, y habitaban América del Norte.

Nada podía haber ayudado más a la lengua inglesa en su consolidación global, que su presencia en el territorio de los EEUU y su extensión por medio de sus colonias a través de los Océanos Indico y Pacífico.

El hecho histórico de la ruptura entre España y Portugal en 1761 despertó el anhelo británico de anexar a Inglaterra las posesiones españolas en América. En particular cuando el Reino Unido -aliado histórico de Portugal- se enfrentó a España por la no comunicación de este del Pacto de Familia (el tercero) con Francia en Agosto de 1761 como lo exigía el Primer Ministro Británico William PItt.

En este contexto, el Uruguay era todavía la Banda Oriental, esa cuña controvertida entre España y Portugal primero, entre las Provincias Unidas y el Imperio del Brasil después, disputado no por razones de riqueza sino por razones geopolíticas o estratégicas.

La Colonia del Sacramento no era una posesión caprichosa. Los españoles sabían bien que si estaba en poder portugués, no habría como defender el sistema comercial de España contra el comercio inglés, ni como destruir el contrabando organizado explotado por la South Company.

Dos ingleses -entusiasmados por la declaración de guerra entre Inglaterra y España- entendieron que el Imperio Británico debía expandirse en el mundo de la mano de Dios y su Majestad.

Los planos de Buenos Aires, Colonia y sus fortificaciones, y el Río de la Plata, se analizaron entre John Reed y Robert McNamara, al influjo de la complicidad de Su Majestad para llevar a cabo un "emprendimiento comercial privado"; que disimulaba la invasión como razón principal.

1762 puede definirse como un punto central de una convocatoria para la expedición al Río de la Plata del "Lord Clive" (respaldado por 100.000 libras esterlinas, el antiguo HMS Kingston, de 50 cañones y la fragata Ambuscade de 28, a los que se aumentó su capacidad artillera a 64 y 40 cañones respectivamente. Y particularmente, en Río de Janeiro, se constituyó un contingente luso británico con destino al Río de la Plata.

Fue un desastre total, que no es del caso describir aquí. La muerte los esperaba a los ingleses en aquel Fuerte y, como buenos ingleses, también la enfrentaron sin vacilaciones.

Al principio del siglo XIX Londres quería ganar posiciones en las Antillas. Y allí participó Home Riggs Popham que, con anterioridad a la expedición a África del Sur y luego al Río de la Plata (en las Invasiones Inglesas), se interesó en los planes Mirandinos. Para ello, perfeccionó el sistema de señales de banderas, aunque probablemente estaba más interesado en el comercio inglés que en las ideas emancipadoras que Miranda pregonó con entusiasmo y seducción en Gran Bretaña.

Miranda quería desembarcar en Venezuela, para construir la Gran Colombia e imbuido del pensamiento de la época instaba a “… seguir la huella de los hermanos americanos del norte …", "… Un gobierno libre mira a todos los hombres con igualdad, cuando las leyes gobiernan. Las distinciones son la virtud y el mérito. Nuestros puertos abiertos a todas las naciones nos procurarán, decía, más abundancia de la que necesitamos y la salida de lo más superfluo ...".

La historia naval también registró el armado de la Corbeta "Leances” de 180 toneladas (bautizada así por su hijo Leandro) donde se alzó por primera vez la bandera tricolor amarilla, azul y roja (la bandera de la Gran Colombia).

Miranda y otros criollos abrazaron el concepto británico construido sobre un modelo de Monarquía parlamentaria. Se creía que la independencia de España debía proyectarse en una nueva organización política de naturaleza monárquica y democrática. En el Río de la Plata, varios personajes del Directorio porteño compartieron esas ideas, que en el caso de la Banda Oriental, se estrellaron con la doctrina que dio sentido a la revolución artiguista: los conceptos de soberanía popular, las teorías de la retrocesión y de la subrogación, el sentido autonómico del pueblo oriental en armas, la visión artiguista de la geopolítica regional, el federalismo, y el enfrenta miento al centralismo porteño.

Trafalgar cambió la historia. Pitt pensaba que el poder de la coalición de Inglaterra. Prusia. Austria y Rusia podía vencer a Napoleón, mientras éste reunía fuerzas para invadir a Inglaterra. Necesitaba la escuadra española para enfrentar a la armada inglesa. Villeneuve y Nelson se enfrentan el 21 de octubre de 1805. Los dominios se dividieron: los mares para Inglaterra y el continente para Napoleón que, en Austerlizt, derrotó a la coalición austro-rusa.

Popham, enterado de la victoria de Trafalgar por la tripulación de una fragata francesa capturada, se sintió en libertad de ejecutar sus planes sobre el Río de la Plata. Las invasiones inglesas -que mantienen en nuestro recuerdo las figuras de Beresford. Auchmuty y Whitelocke, Comandante de la Fragata Tisbe- terminaron en una categórica derrota de los ingleses que determinó su retiro definitivo del Río de la Plata. Pero entre los prisioneros ingleses - que fueron internados en provincias, y alcanzaron la suma de 1108, incluidos 41 mujeres y 28 niños- había algunos personajes que cumplirían un papel fundamental en nuestra historia. Uno de ellos, Pedro Campell, integraría después la Compañía de Cazadores Ingleses en el Ejército de los Andes comandado por el General San Martín y seria uno de los principales oficiales antigüistas, tanto en el frente marítimo como en el terrestre.

Mientras tanto, en 1808, la familia real española fue depuesta, dejando acéfala la corona de España y provocando el movimiento Juntista que concluiría con la independencia de las colonias.  La familia real portuguesa se retiró a Brasil, salvando la soberanía del país, que pasó a tener una nueva cabeza e Iniciándose un proceso que concluiría en la formación de un nuevo imperio independiente del Estado originario.

El extenso trabajo de parto que condujo a la independencia del Brasil se inició en Bahía el día 28 de enero de 1808 y terminó en San Pablo el 7 de setiembre de 1822.

El 28 de enero de 1808, fue firmada la Carta Regia que determinó la Apertura de los puertos del Brasil al comercio con las naciones amigas. En ese día puede decirse que el Brasil dejó de ser colonia.

Al referirse al comercio con "naciones amigas" de hecho lo que se autorizó, el comercio con Inglaterra. Todas las demás naciones amigas estaban potencialmente sujetas al Bloqueo Continental impuesto por Napoleón a Europa. Los EEUU recién comenzaban a esbozar una actividad económica y comercial. África sólo contaba para el tráfico de esclavos y el Oriente tenia escasos productos de intercambio que interesante al Reino Unido de Portugal y Brasil.

Destrozada la fuerza naval francesa en Trafalgar. Inglaterra había pasado a ser la única potencia marítima capaz de imponer sus reglas. Portugal, con un vasto imperio repartido por el mundo, no podía, sin riesgo fatal de desaparición, unirse a la potencia continental. Estaba, en la práctica, ligado de pies y manos a Inglaterra. El Brasil heredó esos vínculos por medio de la Carta Régia de 1808 y. especialmente, por los tratados de 1810.

La apertura de puertos fue inevitable. En el orden colonial, todo el comercio de las colonas debía pasar por los puertos de la metrópoli; los productos destinados a terceras nacionales pasaban primero por los puertos portugueses. Ahora, con el territorio metropolitano ocupado por el enemigo, estaba fuera de cuestión que los puertos portugueses sirvieran de intermediación para los productos brasileños. Las mercaderías tendrían que encontrar directamente su camino hacia las naciones importadoras, que en las circunstancias, quería decir solamente Inglaterra. Y, en sentido inverso, también tendrían que recibir sus importaciones directamente de los puertos que exportaban. También ingleses.

Los tiempos de la emancipación comienzan a correr. El pensamiento federal, periplo artiguista, el Protector de los Pueblos Libres, hacen resonar un grito de rebeldía frente a las alianzas del Imperio Portugués y del Directorio de Buenos Aires, que se expresa en una sintonía con la estrategia inglesa de liberar el comercio en la firma del Tratado entre el Teniente de Navío inglés Eduardo Franclan y Artigas, en nombre de los orientales. Este, amparado por el prestigio de la Union Jack, pudo romper el intento de la autoproclamada capital de ahogar económicamente al litoral.

El Tratado del 2 de agosto de 1817 se firmó bajo la iniciativa de Artigas, que expresaba a William Bowles en julio de 1817: "… Abiertos nuestros puertos al comercio he creído lo más oportuno invitar a Vs por el de su nación. Al efecto nada creo más conforme a la complicación de las circunstancias que usted diputase un oficial de su mayor confianza para el ajuste de las bases, que deben en lo sucesivo regular el comercio con seguridad de los interesados ...".

Los seis artículos del convenio establecían que el Jefe de los Orientales admitía por su parte a un libre comercio a todo comerciante inglés. Mientras que los comerciantes ingleses se obligaban a pagar en los puertos los derechos de introducción y extracción establecidos y acostumbrados según los reglamentos generales.

Los ingleses tenían clara la importancia estratégica del Río de la Plata como una puerta trasera del continente que, con su gran hendidura, ingresaba hacia su centro por los sistemas de los Ríos Uruguay y Paraná. Fue esta ruta la que permitió los asentamientos, la explotación del interior y la exportación de la riqueza mineral y de los productos agrícolas del sur del continente. Esta visión también involucraba al Brasil en esa proyección geopolítica, y definió el escenario que impulsaría siglos de conflictos e intereses extranjeros deseosos de obtener los beneficios de poseer la llave de esa "puerta trasera" continental.

La lucha por el control de la ribera norte del estuario del Plata y sobre el río mismo, dio continuidad al enfrenta miento armado y a fines de 1825 el recién independizado Imperio del Brasil entró en guerra con las Provincias Unidas del Río de la Plata luego de alternar ambos en la posesión de la Banda Oriental y. en particular, desde el desembarco de los 33 Orientales en la Provincia Cisplatina para lograr su independencia.

Esta guerra se tiñe de un escenario británico en todos sus aspectos, no solo en los intereses comerciales y políticos emblemáticos de la Pax Británica -es decir, moneda segura y libre comercio- sino también en la participación activa, tanto diplomática como militar especialmente en el área naval, de ciudadanos ingleses que se integraron a un escenario por distintos motivos, pero que dejaron el sello de su actuación. Mientras las operaciones de guerra se desarrollaban en tierra y mar, el Imperio y las Provincias Unidas solicitaron los buenos oficios de su Majestad Británica, ya que como antecedente se contaba que Inglaterra se había opuesto a la expedición lusitana en 1808 y que fue una de las potencias que intervinieron a raíz de la protesta de Esparta por la consolidación de la Provincia Cisplatina.

De tal intensidad era la presencia anglosajona en el Río de la Plata, que tanto Brasil como Argentina dependieron de oficiales y marineros extranjeros para tripular y combatir en sus buques. De tal forma que cuando el Embajador Robert Gordon se quejó en 1827 por la ruina que aparejaba al comercio británico el conflicto entre el Imperio y las Provincias Unidas, lo llegó a definir gráficamente como "una guerra entre ingleses' (a war between englíshmen), definición que, al ser Gordon de origen escocés, incluía a todos los súbditos del Rey Jorge, ya fueran ingleses, escoceses o irlandeses. El libro de Brian Bale, que en aquel momento un tercio de los oficiales de la armada brasileña, incluyendo el Comodoro James Norton, padre de la idea del bloqueo, y más de la sexta parte de los marineros, eran británicos Mientras que en el frente enemigo, dos tercios de la armada argentina, incluyendo a Guillermo Brown, su legendario comandante, y la mitad de sus tripulantes, eran hombres de origen anglosajón.

Los padres de la historia naval de Argentina y Brasil Lucas Boiteaux y Angel Carranza, fueron los primeros en producir estudios sobre este periodo respaldados en importantes documentos. La Armada Brasileña tenía un crítico problema de personal. En 1826. Brasil no encontraba suficientes hombres y lo solucionó contratando 59 oficiales británicos, la mayoría de estos reclutados en secreto en Londres en 1823 y el resto -incluyendo a Lord Cochrane y un grupo de oficiales desencantados con sus experiencias en Chile- localmente. Hombres como John Pascoe Grenfell, John Taylor al comando de la Niteroi o James Norton, se distinguieron por su habilidad y bravura, aunque también es cierto, muchos desperdiciaron sus carreras por excesos en la bebida o por abandonar el servicio.

Para 1827, el Embajador británico Robert Gordon estimó que había 1.200 ciudadanos británicos sirviendo en la Armada Brasileña, y agregaba "… No hay buque que entre aquí que no pierda muchos de sus mejores marineros, ni se lo puede evitar porque son tentados por sus propios compatriotas …".

Para comandar la Flota en el Río de la Plata, Brasil necesitaba una avezado Comandante en Jefe. Y como Lord Cochrane se había ido a probar fortuna a Grecia, el hombre pretendido fue el Capitán de Navío John Taylor, quien ante el ofrecimiento de la marina brasileña fue calificado como desertor por el Almirantazgo, y amenazado por un Consejo de Guerra para promover su dada de baja de la Armada Imperial.  Pero como no es extraño en la vieja habilidad lusitana, Taylor se casó con una mujer brasileña y al convertirse en ciudadano de ese país, fue incorporado y promovido y con el uniforme de Comodoro, izó su insignia en la fragata Dona Paula en noviembre de 1825. Pero las protestas diplomáticas describían esta designación como un insulto a todos los oficiales británicos, y el Comandante en Jefe naval Sir. George Eyre, escribió a las autoridades brasileñas "… Voy a considerar al buque que enarbole la insignia de Mr. Taylor cualquiera sea su tamaño como en estado de hostilidad con el Gobierno de Su Majestad y voy a actuar de acuerdo …".

Cancelada la designación de Taylor, el Imperio tomó contacto con David Jewett, norteamericano, pero como éste en 1820 había izado la bandera argentina en las islas Malvinas o Falklands Islands, como una temprana demostración de soberanía, declinó a combatir contra sus antiguos camaradas de las Provincias Unidas.  El imperio no tuvo más remedio que designar un Comandante brasileño.

La guerra naval fue dominada por las características especiales del Río de la Plata. Sus cuatro grandes bancos de barro -el Inglés, el Ortiz, el Chico y el Palmas- reducían sensiblemente la entrada al Uruguay y al Paraná a un canal a lo largo de la costa norte. 

CONCEPTO DE ASIMETRÍA EN ESTA GUERRA NAVAL

El Imperio de Brasil confiaba en su superioridad naval para decidir a su favor una guerra demasiado costosa política y económicamente. Su flota, comandada por el Vicealmirante Rodrigo José Ferreira Lobo, bloquea Buenos Aires desde diciembre de 1825, o más bien intenta bloquear la orilla derecha del Río de la Plata ya que en general Lobo optó por mantener la mayoría de los buques a distancia segura y enviar pequeñas unidades a reforzar la Flotilla del Uruguay y ayudar a la defensa de Colonia y Montevideo. Era un oficial conservador, que entre la seguridad y la acción, optó invariablemente por la primera.

A diferencia de Brown, que estaba imbuido de la noción británica de que el objeto de una guerra naval es destruir la mayor cantidad de barcos enemigos, para Lobo la estrategia marítima estaba subordinada a fines políticos más amplios. La línea de bloqueo quedó establecida al este del Banco Ortiz, dejó a Buenos Aires sin vigilancia y dejó libre a Brown para atacar a los buques brasileños de a uno por vez.

Por su parte, el gobierno de Buenos Aires se abocó a la organización de una fuerza naval: el almirante irlandés Guillermo Brown, veterano de las guerras de independencia, fue puesto al frente de algunos barcos mercantes inmovilizados en el puerto de Buenos Aires por el bloqueo y sumariamente armados.

En los documentos del almirante Brown existe una explícita referencia tanto a la inferioridad numérica de su flota frente a la escuadra imperial de Lobo, como a la necesidad de incorporar a la escuadra porteña marineros ingleses y norteamericanos.

La Gaceta Mercantil del 20 de enero de 1826, señalaba (en referencia a la Batalla del Juncal) que:

“… La posteridad a penas creerá que dos pequeños bergantines y doce cañoneras, colocados por la primera vez en presencia de un enemigo, no rehusó sino pidió batirse con una escuadra llevando 140 cañones. (...). Todo puede esperarse de la energía y corage del almirante Brown y sus bizarros camaradas: mas no debemos olvidar que el enemigo (á lo menos en número) es muy poderoso teniendo, según se dice, nada menos de 57 buques de guerra destinados al servicio en este río. Contra una fuerza tan formidable no debemos complacernos con esperanzas demasiadas lisongeras aunque nos quepa poca duda de final suceso …”.

Lo cierto es que había una gran disparidad entre ambos marinas, y para compensarla la estrategia de Brown fue trabajar con los bajíos y el calado de los barcos.

En ningún punto el estuario tenia una profundidad mayor de 22 pies, una dificultad para los buques de guerra brasileños entre los que aún la fragata de tamaño medio, como la Emperatriz, necesitaba 17 pies de agua para flotar, mientras la profundidad de los 3 canales entre los bancos era aún menor. La navegación se hacia tan difícil y traicionera que pocos movimientos de buques se realizaban durante la noche, haciendo realidad el viejo refrán marinero: “Down sun, down anchor”.

En este escenario, cualquier ataque brasileño afectaba la maniobrabilidad de sus fragatas menores y sus corbetas mayores, que al calar 15 pies no podían acercarse a menos de 5 millas de la ciudad de Buenos Aires, mientras que bergantines y goletas de poco calado corrían el nesgo de ser alcanzados por los cañones de los buques argentinos mayores o ser arrollados en la primera noche de niebla por las cañoneras.

El Diputado Cunha Mattos advertía que un buque de Buenos Aires le podía hacer a Brasil un daño mayor al que un buque de Brasil le podía hacer a Buenos Aires. Los argentinos no tienen marina mercante y pueden desplegar sus fuerzas y sus corsarios sobre una vasta extensión del océano.  En otras palabras resumía el conflicto entre Brasil y Argentina como la clásica confrontación entre una potencia marítima tratando de controlar el mar, y un estado no marítimo intentando negar su uso al oponente.

En los hechos, la escuadra de Brown logró victorias significativas contra fuerzas superiores, pero no logró eliminar el bloqueo que ahogaba económica y financieramente a las Provincias Unidas.

Ahora bien, como vimos antes, no sólo ciudadanos británicos participaron activamente en el conflicto, sino también el Estado británico, ya que la guerra afectaba no solo a la Argentina y al Brasil sino que significaba un golpe serio para los intereses británicos.  Gran Bretaña había perdido un importante mercado de exportación y los reintegros en efectivo de las empresas comerciales. En su informe a Londres, Gordon destacaba que la guerra entre Brasil y Buenos Aires se estaba librando en el mar, que el comercio británico era su principal victima y que era tanto peleada como financiada por extranjeros, principalmente británicos. Con gran elocuencia en octubre de 1827 aseveró “… No está lejos de la verdad que la guerra ahora es entre ingleses … El comandante del escuadrón de bloqueo en el Río de la Plata es un inglés, lo mismo que el comandante de la armada de Buenos Aires y sus tripulaciones inglesas, cuando son tomadas prisioneras, se unen sin dudarlo a sus compatriotas al servicio del otro bando y con frecuencia vuelven a cambiar nuevamente ...".

La estrategia de Dorrego fue concentrarse en atacar el comercio marítimo brasileño por medio de corsarios, que fueron también, en la mayoría de los casos, de origen anglosajón. Conocemos los nombres de esos corsarios desde los tiempos en que enarbolaron el pabellón de Artigas: Murphy, Chase, Clark, Taylor, Cathill, Bond, Morgridge, Nutre, Daniels y Champlin (que comandó el "Artigas"). Enarbolando la bandera tricolor, asolaron las aguas del Atlántico Norte, las costas de Brasil, los puertos portugueses y el Mediterráneo. En catorce meses. Daniels, por ejemplo, efectuó más de 30 abordajes y en un banco de Baltimore depositó después 200.000 dólares en oro. Vencido el artiguismo, y mientras no lo sepan, seguirán operando contra Portugal.

Inglaterra era tan profesional diplomáticamente que, cuando comenzó a esbozarse un clima de guerra, se estimó desde Whitehall que debían seleccionarse diplomáticos que reflejaran adecuadamente el poder del Gobierno de su Majestad. Los Embajadores en Río de Janeiro y en Buenos Aires fueron "reforzados". Gordon llegó el 13 octubre de 1826 a Río de Janeiro a bordo del Ganges, un navío de 74 cañones y buque insignia del nuevo Comandante en Jefe, Contralmirante Otway. Por su parte, Ponsomby presentó credenciales en Buenos Aires el 18 de setiembre de 1826.

Lord Ponsomby era un aristócrata entre los pares de Irlanda de cabo a rabo. A los 50 años de edad, su cultura, su Ironía y su orgullo le daban una auloconfianza que le permitía no intimidarse ante nadie. Fue considerado como el hombre más elegante de los tres reinos, pero había desafiado al Rey Jorge IV en el afecto de la favorita real, por lo que, entre otras causas, fue enviado al Río de la Plata.  Solo admiró, sin retaceos, al Comandante Brown. Por Buenos Aires y su gente sintió un enorme desprecio, la describió como el "lugar más detestable que he visto" y detestó el engreimiento republicano de sus habitantes.

El Honorable Robert Gordon, más joven que Ponsomby, era el hijo de Lord Haddo y hermano del Conde de Aberdeen, un escocés tenaz y seno, que se vio obligado a ajustarse a la imaginación rigurosa de Ponsomby.

La llegada de Lord Ponsomby al Río de la Plata, las peculiaridades de su personalidad, su talento y hasta su disgusto por haber sido destinado a un lugar lejos de la intensidad de sus afectos, respondía a las instrucciones de Canning de que se cediera la Banda Oriental a Buenos Aires mediante indemnización o que pudiera aceptarse su independencia siguiendo el modelo de las Villas Hanseáticas europeas.

El liberalismo como actitud vital era algo más que doctrina filosófica e implicaba una disposición a la convivencia social, sin exclusión de naturaleza alguna.

Debe tenerse en cuenta la influencia del utilitarismo inglés que. a través de los escritos de Jeremy Bentham influyó en los medios cultos de España y América Latina. Cuando más adelante, las propuestas de Spencer y Stewart Mill son adoptadas, el terreno ya estaba sembrado.

Esa corriente botánica se sumó a la del Enciclopedismo de un lado y la de la Masonería del otro, para contribuir en la emancipación y dar fundamento a la organización republicana y democrática de América Latina.

Fue curiosa la posición de Bentham, aunque seguida al pie de la letra por Rivadavia su pensamiento, él mismo trató de disuadir al Presidente porteño de impulsar su proyecto monárquico.

Mientras Rivadavia, en su proyecto unitario, daba instrucciones a Manuel García para negociar en Río de Janeiro, el espíritu rioplatense se rebeló contra el acuerdo alcanzado en mayo de 1827, que no sólo aceptaba que las Provincias Unidas renunciaban a todos los derechos que podía pretender a la Provincia de Montevideo –llamada entonces Cisplatina-, sino que hasta asumía la obligación de pagar el valor de las presas hechas por los corsarios a los súbditos brasileños “ejerciendo actos de piratería". Y para culminar, la solicitud a Gran Bretaña de ser garantía de la libre navegación del Plata por 15 años.

Para Gordon, las propuestas de paz no reflejaban las instrucciones de Londres y era tan favorables a Brasil, que le escribió a Canning avergonzándose de su papel. Canning le contestó a Gordon -luego de doblegar al Duque de Wellington para Primer Ministro, el 6 de agosto de 1827-, diciéndole que después de todo "la paz es la paz, cualquiera sean sus términos". Pero para consternación de la opinión liberal en Gran Bretaña, Canning murió al día siguiente.

Y en el Río de la Plata, el vuelco político fue de tal naturaleza, que la reacción determinó la renuncia de Rivadavia y la asunción de Dorrego, que interpretaba un
pensamiento federal que a través de la misión Guido Balcarce, buscó atemperar el convenio de la Misión García y aceptar una independencia por un periodo delimitado.

Las figuras de Canning y Lord Ponsomby integran la memoria colectiva de nuestro proceso emancipador y deben ser conocidas y reconocidas pero no como un elemento decisivo, sino hasta como una salida obligada frente al tozudo planteo de independencia que los orientales llevaron a cabo sin concesión alguna.

Tenemos que analizar la acción de la diplomacia inglesa, en la realidad de esa frontera viva que era y sigue siendo el Río de la Plata.

En el centro de la disputa estaban las ciudades de Buenos Aires y Montevideo La capital argentina cumplía su destino histórico: fue fundada por los españoles no para desarrollarse, sino para cuidar las puertas traseras de las minas de plata de Perú. “… Por su posición estratégica, funcionaba como cerrojo de todo el vasto territorio de la cuenca del Paraná, o sea, de medio continente ... La competencia recién apareció con Montevideo. El nuevo puerto se adecuaba mejor al comercio internacional … Los porteños querían neutralizar la ciudad rival y por eso no vieron mal la ocupación de los brasileños, ni después, la intervención inglesa por la independencia del Uruguay: una y otra encalaban en la política de impedir que el puerto rival recibiera la producción local, que seguía saliendo por Buenos Aires …". (Caldeira).

Para los portugueses primero, y brasileños después, era una verdad evidente que el límite natural que debía separar a portugueses de españoles, era el Río de la Plata. Pero al mismo tiempo, cuando en 1817 invaden la Banda Oriental “… no tomaron el territorio de un rey enemigo, sino que entraron en una región en la que el viejo orden colonial se había derruido y en donde los habitantes luchaban para construir su propio país. Fueron así, socios extranjeros de una facción que no contaba con fuerza suficiente para subyugar a sus adversarios internos, que se transformaron, a su vez, en héroes de la liberación nacional …".

No hay que admitir equívocos en la partida de nacimiento del Uruguay: la independencia del Uruguay no fue producto de una concesión o de un invento inglés, sino el derivado de una decisión que ya existía antes y que se fue construyendo sobre el aporte con el apoyo de pueblo, caudillos y doctores. Como decía Herrera: “… Nadie tuvo que creamos porque ya existíamos Las raíces vienen de antes, desde la tierra de nadie, desde la vaquería, desde el clamor autonómico de 1811 en el que "el grito de Asencio... apenas fue el estallido de un inmenso querer …".

Si sólo atribuyéramos a la influencia inglesa nuestra existencia como nación, estaríamos negando tantas décadas de guerras y muertes en la región, y no
estaríamos explicando las razones por las cuales el Uruguay sigue todavía al día de hoy, destinado a convertirse en un país bisagra, articulador y abierto, lejos, muy lejos de esa función de "Estado Tapón" que nos viene impuesta como una etiqueta de los tiempos de Lord Ponsomby.

Pero al mismo tiempo, es importante comprender y reconocer la influencia inglesa, que fue innegable y trascendental, no sólo por la gestión diplomática, sino también por el accionar de oficiales y marinos británicos que actuaron en el conflicto.

Fíjense qué interesante: en octubre de 1826 Lord Ponsomby le decía al Gabinete inglés: "… La Banda Oriental es casi tan grande como Inglaterra Tiene el mejor puerto del Plata dentro de sus limites. Muchos de sus habitantes tienen grandes posesiones. Son tan cultos como cualquier persona de Buenos Aires y muy capaces de construir un gobierno independiente. Probablemente tan bien administrado y conducido como cualquiera de los gobiernos de Sudamérica. El pueblo es impetuoso y salvaje, pero no más que el de aquí …”.

Y en enero de 1828, muerto Canning en agosto del 27, Lord Ponsomby le expresaba a su Canciller Lord Dudley: "… Los intereses y la segundad del comercio británico serian grandemente aumentados por la existencia de un Estado en que los intereses públicos y privados de los Gobernantes tuvieran como el primero de los objetivos nacionales e individuales cultivar una amistad firme con Inglaterra. La Banda Oriental contiene la llave del Plata y de Sudamérica. Debemos perpetuar una división geográfica de Estados que beneficiaria a Inglaterra. Por largo tiempo los orientales no tendrán marina y no podrán, aunque quisieran, impedir el comercio libre en el Plata ...".

Y aunque las circunstancias cambiaron relativamente ante la asunción de Dorrego. Lord Ponsomby advertido de cierta resistencia de éste en aceptar la segregación de la Provincia Oriental, escribía al Ministro Roxas y Patrón "… El Gobierno inglés no consentirá jamás que solo dos Estados -Brasil y la Argentina- sean dueños exclusivos de las costas orientales de la América del Sur. desde más allá del Ecuador al Cabo de Hornos ...".

La base del acuerdo de Paz derivó en la Provincia Oriental como un Estado Independiente, separado y distinto de las Provincias Unidas y del Brasil. Y todo culmina en la Convención Preliminar de Paz del 27 de agosto de 1828 y su entrada en vigencia el 2 de octubre. Al decir de Félix Luna, "… una guerra casi empatada …", que se ganó en el terreno militar, en la emblemática batalla de Ituzaingó, y se neutralizó en el duro y asfixiante bloqueo de la armada brasileña a las Provincias Unidas.

Mucho se ha escrito e interpretado sobre este proceso de independencia. Pero más allá de los duros juicios que motivó las ventajas logradas por Inglaterra en el Río de la Plata, la independencia de la Banda Oriental se consiguió debido a una heroica y obstinada voluntad de ser libre, que Inglaterra pragmáticamente tuvo que reconocer y admitir.

Por eso, creo que la independencia se alcanzó no por la concesión sino por el determinismo de los orientales. Decía Herrera: "… Ninguna patria del sur ha defendido más veces y con más desesperación su autonomía ...".

No voy a ingresar en los detalles de la negociación diplomática que tuvo a Ponsomby como primera figura. Fue tal su protagonismo que luego de abandonar Buenos Aires, 21 de abril de 1828, presentó sus Credenciales ante el Emperador Don Pedro I. En esos días, en las reuniones de los Ministros de Buenos Aires, el Marqués de Araca ya había quedado consagrado desde la primera entrevista el principio de la independencia.

Rivera había ocupado las Misiones, y si bien despertó en el Emperador la necesidad de continuar la guerra, también aceleró la Paz porque trasladó a territorio brasileño una real y creciente inquietud republicana.

 En suma, la creciente influencia de Inglaterra, la situación económica de Provincias Unidas, la campaña realizada por Rivera mediante la ocupación de las Misiones y la crisis política que amenazaba la autoridad del Emperador, precipitan las negociaciones. El espíritu revolucionario se había instalado de tal forma que la Misión Fraser, como Comisionado inglés ante Lavalleja en Cerro Largo, fue el camino elegido por Gran Bretaña para discutir las bases de la independencia.

Al formularse la Declaración de Independencia se omitió declarar que era también el resultado de la voluntad de los orientales. Fue deliberada porque, si se admitía expresamente esto se inhabilitaba sin quebrantos la voluntad de la Provincia. Así de esta forma, la Paz parecía una concesión.

Por eso, nuestra Independencia fue el resultado final de un proceso, en el que actuaron como determinantes la geografía y la economía de nuestros territorios. La geografía, decía Napoleón, es la madre de la historia; y en nuestro caso, fue causa de nuestro destino solitario e independiente, al margen del conflicto de limites hispano - portugués; al margen del conquistado: y, por último, centro del interés mercantil y político estratégico de Gran Bretaña.

La economía, por su parte, determinó que la producción de bienes agropecuarios así como la prestación de competitivos servicios portuarios, gestaran una clase comerciante que reclamó desde temprano autonomía económica, fiscal y jurisdiccional, incluso desde las resoluciones del Cabildo Abierto del 21 de setiembre de 1808.

A ello le dio continuidad, la política artiguista en la Liga Federal, las expediciones de patentes de corso en nombre de .la República Oriental' y la celebración del Tratado de Amistad y Comercio con Gran Bretaña, constituyeron actos de plena soberanía que confirmaron la independencia declarada en 1813 y celosamente defendida del enemigo exterior lusitano e interior porteño.

El oficio e Ponsomby al Conde Dudley el 28 de enero de 1818, es tan expresivo como concluyente: 

“… Tal Estado creo que sería una Banda Oriental independiente; él contiene mucho de lo que sería deseable para habilitar a Inglaterra a asumir la política defensiva que la prudencia pudiese señalarle que adoptara. La Banda Oriental contiene la llave del Plata y de Sud América Superior; su población está animada por un fuerte sentimiento nacional; la desagradan los brasileños y los de Buenos Aires por igual, y se inclina más a los Ingleses que a ninguna otra nación, derivando en la actualidad de Inglaterra la mayor parte de sus conforts y placeres y terratenientes principales esperan de la inmigración Inglesa las mayores probabilidades para adelantos futuros en energía y riqueza. Es un pueblo viril y capaz de defenderse en una campaña, aún con su escasa población, contra el Brasil o Buenos Aires, manteniendo su poder, el primero, sólo por medio de las fortalezas …". 

CONCLUYENDO

Como conclusión, es innegable que la creación de un estado independiente fue funcional a la estrategia británica que interpretó impecablemente Lord Ponsonby. Su genio político lo llevó a entender inmediatamente que  la Banda Oriental y el puerto de Montevideo, eran la llave que abriría el continente sudamericano al comercio inglés. 

            De todos modos, esta constatación  nos lleva naturalmente a comprender que la independencia de la Banda Oriental, si bien fue "funcional" a esa estrategia británica, no se debió exclusivamente a ella y que nuestra existencia como nación independiente encuentra en la voluntad autonómica oriental su principal explicación.

 

  

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