Historia y Arqueología Marítima

HOME

EL VAPOR “TACUARÍ” EN EL RÍO DE LA PLATA

Indice Academia ROU Hist Mar.y Fluvial

Vapor “Tacuarí”

Por    DANIEL CASTAGNIN   Publicado en Ciclo de Conferencias año 2010

RESUMEN

El Vapor “Tacuarí' (o “Tacuary”) fue un buque de la Armada del Paraguay que combatió en la Guerra de la Triple Alianza, actuando como navío insignia de la escuadra de esa nación.  Construido en Inglaterra, fue adquirido por el gobierno paraguayo, zarpando de Londres en 1854 al mando del capitán inglés George Francis Morice, contratado para organizar la marina de guerra paraguaya, quien llevaba como segundo al teniente paraguayo Andrés Velilla. El vapor traía en sus bodegas entre 8 a 10 máquinas a vapor para armar otros buques en Paraguay.  El 27 de septiembre de 1859 condujo al presidente guaraní Francisco Solano López y su comitiva para mediar en el conflicto entre la Confederación y el Estado de Buenos Aires. Al intentar el regreso a Paraguay se produjo un incidente con buques británicos, que son la historia que se trata a continuación.

 

EL VAPOR TACUARI EN EL RIO DE LA PLATA

En la Época Colonial, en nuestra vasta región platense, ya antes de la Independencia, los ríos fueron las grandes avenidas de penetración. Por ellos las naves españolas ganaron el fértil y acogedor corazón continental, estableciendo así en tierras guaraníes las bases de la civilización criolla.

Producida la Emancipación, la navegación fluvial siguió siendo el principal sistema de conexión en lo que hoy es la llamada Cuenca del Plata.  Exactamente en ese momento, la propulsión a vapor hizo del buque impulsado por dicho medio un elemento sumamente apto para intercomunicar  (y dominar) esas vastísimas regiones.

Los nuevos países carecían de una conciencia territorial  estricta, las regiones eran difusas y los estados se entrechocaban entre ellos.  Paraguay, país mediterráneo, dependía casi exclusivamente de las comunicaciones fluviales, y por ende los ríos le eran vitales.  Por ellos se vivía y ….. se moría.

Por supuesto que estos mismos ríos inevitablemente iban a facilitar la agresión y por ellos se materializó la primera intentona brasileña contra el estado paraguayo.

En 1855, una escuadra brasileña remontó el río Paraná e intentó llegar a Asunción en actitud inequívocamente amenazante.  El Gobierno Paraguayo comunicó al Almirante brasileño Ferreira de Oliveira que solamente un buque de esa fuerza tenía autorización para llegar hasta Asunción conduciendo a ese alto oficial, quien, por supuesto sería recibido de acuerdo al protocolo diplomático en uso.

Se advirtió en ese mismo comunicado que, si insistiese en remontar el río con toda su escuadra (20 buques) “… Vuestra Excelencia habría iniciado las hostilidades con la República…y cargaría con la responsabilidad de agresor gratuito...y habría puesto a la República en la ineludible necesidad de defenderse …”.  Ante tan tajante advertencia, el jefe naval aceptó la “invitación” de ceñirse al estricto protocolo marcado.

Pero la intención inicial ya estaba delineada, y, como sabemos, pocos años después de este espinoso trance, aquélla cristalizó en otra campaña cruel y sangrienta.

Paraguay, que no era ciego a la amenaza brasileña, no descuidó su presencia en el Río de la Plata, antesala de sus intereses más caros.  Así, atendió el acceso al Plata como llave de su incipiente marina y en función de ese objetivo debió afrontar, entre otros, un duro incidente con la marina británica que actuaba como anticipo de una fuerza coaligada que iba a cuajar pocos años después.

Protagonista de estos episodios iniciales fue el vapor paraguayo Tacuarí. El mismo fue construido en Londres en 1854, por encargo directo de dos agentes financieros del gobierno paraguayo, desempeñado en ese momento de Carlos Antonio López. La nave portaba 489 toneladas, y era propulsada por dos máquinas de vapor que le permitían una velocidad de 16 millas por hora. Comandado inicialmente por un marino inglés, recogió en el puerto de Burdeos a una fuerte y distinguida delegación de funcionarios militares y civiles, entre los que sobresalía Francisco Solano López, hijo del Presidente. 

Ya en este viaje inicial debió el buque superar averías en sus ruedas a paletas, y lo hizo de tal forma que mostró la destreza de su tripulación y las indudables bondades de máquinas y casco, que sobrellevaron el trance.

Al fin de ese mismo año llegó el barco paraguayo a las costas sudamericanas y al ingresar a la Bahía de Guanabara, inevitablemente despertó la sorpresa (y la desconfianza) del gobierno imperial. Éste no podía ver con buenos ojos el cambio cualitativo que el moderno navío de su inquietante vecino representaba en el balance de poder de ambos países.

Es necesario comprender que un ingenio de este tipo, en esos años, revestía una significación muy superior a la de su mero poder intrínseco; así es que la presencia del bien equipado buque cobraba, necesariamente, una dimensión política. Sobre todo, por las seis piezas de artillería con que estaba dotado y el particular detalle de que a popa iba ubicado un grueso cañón giratorio con gran campo  de tiro, lo que impresionó a todos los observadores de ese momento.

El primer día del siguiente año el Tacuarí estaba ya en la Bahía de Montevideo. La próxima escala fue en la capital argentina, donde recibió más personal  paraguayo, y desde ahí subió por el Paraná y el Paraguay hasta Asunción, arribando el 25 de Enero de 1855. 

      

CARLOS ANTONIO LOPEZ                                  FRANCISCO SOLANO LOPEZ 

En los años siguientes, el Tacuarí efectuó numerosos viajes entre puertos guaraníes y platenses, mostrándose como un elemento muy efectivo para romper el aislamiento geográfico de su país. Cabe mencionar especialmente su actividad en la zona cuando el recordado incidente del USS Water Witch. En esa oportunidad trasladó al Presidente de la Confederación Argentina, Justo José de Urquiza, quien, con su oportuna mediación, evitó un incidente serio entre Paraguay y los Estados Unidos de América.

Nuestro buque tuvo aún que sostener otro altercado diplomático significativo.  En Setiembre de 1859 recibió la misión de conducir a Francisco Solano López en otra mediación entre los gobiernos de la Confederación y Buenos Aires, lo que culminó exitosamente, tras cinco largas conferencias, en el acuerdo celebrado el 10 de Noviembre de 1859, que trajo, al fin, la unión de la familia argentina.

Pero al abandonar el Puerto de Buenos Aires, el Tacuarí fue interceptado por dos buques ingleses que le cerraron el paso, y cuando aquél intentó entrar en averiguación de la extraña situación lanzando una lancha al agua, uno de los buques le efectuó un disparo de cañón.

Cuentan  las crónicas que en el navío guaraní (que izaba en el trinquete la bandera que identificaba al dignatario que iba a bordo) se adoptaron las medidas bélicas congruas para enfrentar la situación, y que el propio Francisco Solano se manifestó  “… resuelto a sepultarse con  el Tacuarí en el fondo del Río de la Plata antes que consentir una ofensa a la bandera nacional …”.  Los buques ingleses, cinco en total, entraron de inmediato en inteligencia entre sí con su código de banderas.

La drástica medida adoptada era una represalia por la prisión sufrida por Santiago Canstant, quien había ingresado en 1852 al Paraguay con pasaporte uruguayo, y que, cuando fue acusado de conspirar contra el gobierno y luego detenido, gestionó la protección del cónsul inglés, alegando ser, en realidad, súbdito británico.

Por su parte, el cónsul inglés en Asunción, Mr. Henderson, interpretó que dicha prisión, acaecida en 1859, “… constituía un continuado insulto a la Reina de Inglaterra, y, por lo tanto, había considerado como su deber impedir la navegación  del vapor de guerra paraguayo en aguas abiertas del Río de la Plata o en alta mar …”.

Si bien el incidente termina con la liberación de Canstant y el consiguiente cese de las medidas coactivas de la Marina Británica, la parte más jugosa  del mismo radica en el juego diplomático y en la explotación del entredicho llevados a cabo por Francisco Solano López.

Éste ya había sido advertido en Buenos Aires de la dificultad que le esperaba, por lo que, en los hechos, no fue sorprendido. La prueba de esto es lo que él mismo nos refiere: “… Antes de mi salida del puerto a embarcarme concurrieron a mi casa muchos individuos del comercio extranjero y me manifestaron el pesar que tenían de verme embarcar, pues sabían que los buques de guerra de la Marina Británica iban a asaltar el Tacuarí y a  apresarme a mi con toda mi comitiva …”.

Esta opción de Solano López de afrontar el incidente con todas sus consecuencias, más allá de haber sido advertido, es una actitud  permanente en su conducta posterior, hasta el mismo fin de sus días.

Lo más importante en el caso que nos ocupa es que, frente a la acción desbocada de la división naval británica, muy hábilmente el dignatario paraguayo, ahora virtual prisionero con su propio barco frente al puerto de Buenos Aires, busca comprometer a las autoridades porteñas, responsables de la policía de sus  propias aguas.

Dice el Jefe paraguayo en su nota al Ministro de Gobierno de Buenos Aires, Dr. Carlos Tejedor,  luego de relatar los hechos del incidente: “… Hollados así los principios de derecho internacional y marítimo, pido a Vuestra Excelencia se sirva declarar  si responde de la inviolabilidad de su rada y si por consecuencia los buques de la Marina Paraguaya, de cualquier clase que sean, pueden navegar libremente y permanecer en las aguas y puerto de Buenos Aires …”.  Similar nota le fue dirigida al eximio Capitán General Justo José de Urquiza, Presidente la Confederación Argentina.

Las Autoridades de Buenos Aires de inmediato pidieron explicaciones al Cónsul de su Majestad Británica en esa ciudad, Mr. Parish, quien respondió prontamente negando que hubieran ocurrido los hechos aludidos.

Todo lo anterior fue comunicado a Francisco Solano López, quien, de inmediato, replicó que los hechos le colocaban en una posición que le obligaba a explicar a su gobierno los motivos de su demora y la agresión que estaba sufriendo, dado que ésta, en  definitiva, había ocurrido “… no en territorio extraño, sino exclusivo de Buenos Aires y exclusivo de la Confederación  Argentina …”.  A lo que el Ministro porteño respondió que, no conociendo el estado de las relaciones del Paraguay con la Gran Bretaña, no podía responder lo que se le requería.

Como vemos, simplemente, Carlos Tejedor intentaba eludir el compromiso y desvincularse del problema, alegando ajenidad a los hechos.

Frente a la flaca argumentación del gobierno porteño, López, hábilmente, plantea los hechos en su verdadera dimensión: “… me permito expresarle que recibo una verdadera sorpresa al ver que se sirve decirme que, no conociendo el gobierno de Buenos Aires el estado de las relaciones entre Gran Bretaña y el Paraguay, se ve en la imposibilidad de darme la seguridad que solicito …”.  Y finaliza abordando el núcleo de la cuestión: “… sea cual fuere el estado de las relaciones del Paraguay con la Gran Bretaña, creo que el gobierno de Vuestra Excelencia no puede tener esa imposibilidad de darme seguridad en sus ríos …”.  Con  lo que, en definitiva, arroja el fardo a las autoridades porteñas, que se ven ahora totalmente comprometidas en el conflicto.

Como subraya especialmente Francisco Solano López, “… porque aún los mismos beligerantes, cuando son recibidos en puertos neutrales, tienen el deber de respetar la neutralidad …”.  Y remacha muy especialmente: “… el gobierno de Buenos Aires ha tenido, no ha mucho tiempo, un ejemplo de esa verdad, reconocida por el gobierno de Vuestra Excelencia, en el puerto de Montevideo, admitiendo como admitió que la escuadre argentina no podía salir sino treinta y seis horas después de haberse retirado la de Buenos Aires …”.

Como vemos, el estadista tuvo la habilidad de colocar un incidente, menor para la época, en una dimensión en la que los hechos adquieren un relieve destinado a plantear el asunto como realmente ofensivo para el estado o los estados con soberanía sobre las aguas donde se desarrollaron los hechos. De esta forma, traslada el problema a la esfera de la independencia de todos los países implicados, magnificando un hecho habitual de la  llamada “Diplomacia de Cañoneras” hasta proyectarlo al campo de la soberanía política, colocando así a sus agresores en la pública picota de la opinión internacional.

Esto, indudablemente, enfrió los bríos de los marinos británicos y López logró su objetivo  de hacer pública la situación sin  llegar a un enfrentamiento bélico. Como él mismo dice: “… mas no queriendo empeñar un combate y habiendo logrado mi objeto, que era el de ver consumado un atentado que en el presente siglo no es de creerlo sino después de verlo …”.

El propio dignatario guaraní aquilata exactamente la dimensión revestida por el atentado sufrido y eleva su protesta: “… Los buques de guerra británicos impiden el paso. Ellos, con sus cañones, resuelven sobre las aguas de la Confederación que las soberanías de estas Repúblicas, sólo se ejercen cuando los  marinos ingleses quieran dispensar el favor de reconocerlas …”.

El 12 de Diciembre de 1859, Francisco Solano López abandonó la ciudad de Buenos Aires, sin  haber obtenido una satisfacción amplia sobre el incidente del Tacuarí, y cierra el episodio con un amargo  balance: “… He considerado mi deber abandonar la  esperanza de que naveguen los vapores paraguayos por estos ríos interiores … (hasta que) el gobierno de Vuestra Excelencia no se digne dar la seguridad de que no se les impedirá el  paso y no sufrirán agresión alguna en vuestro  territorio fluvial …”.

Posteriormente, el Almirante Lushington comunicó, el 25 de Enero del siguiente año que, habiéndose verificado la liberación de Santiago Canstant, manifestaba que el vapor paraguayo no encontraría ningún impedimento para dirigirse a cualquier parte.

            Como vemos, en ese momento histórico y en ese particular incidente, la prepotencia de funcionarios británicos primó, y los hechos comenzaron y terminaron de acuerdo con el  voluntarismo inglés.

Sin embargo, los principios esgrimidos por Francisco Solano López, que representaban de modo sintético, explícito y transparente el pensamiento de las figuras señeras de estos países, marcaban el objetivo último de Independencia y Soberanía que los nuevos pueblos estaban llamados a lograr, no importa cuán difícil y accidentado fuera  el camino para ello.

 Muy poco tiempo después, el mismo prócer paraguayo vivirá la cruel experiencia de ver a su país sufrir una hecatombe, de la cual el incidente que hemos  narrado iba a ser un mero preludio.  Testigo  mudo y  vehículo fiel de todas estas idas y venidas propias de las veleidades humanas, el vapor Tacuarí culminó su tarea durante la llamada Guerra de la Triple Alianza desempeñando un papel clave como buque insignia de la Armada Paraguaya.

 BIBLIOGRAFÍA

  • CHÁVEZ,  Fermín, “Civilización y barbarie en la historia de la cultura Argentina”, Buenos Aires, Theoría, 1965    
  • HUERGO, Palemón, “Cuestiones políticas y económicas”, Buenos Aires, 1855
  • OTAÑO, J. B., “Datos de la historia del Tacuarí”, Asunción, 1932. 1932
  • MACHUCA MARTÍNEZ, Marcelino, “Mapas históricos del Paraguay”, Gigante, Asunción, sin fecha
  • SÁNCHEZ  QUELL, H., “Política internacional de Paraguay (1811-1870)”, Asunción, 1935.
  • RIVERA, Enrique, “José Hernández y la Guerra del Paraguay”, Buenos Aires, Colihue, 2007.
  • RUIZ MORENO, Isidoro Jorge, “El Paraguay y Rosas”, Separata de la Revista “Historia”, Nº 35, Buenos Aires, 1964.
  • Wikipedia

  

Este sitio es publicado por la Fundacion Histarmar - Argentina

Direccion de e-mail: info@histarmar.com.ar