Historia y Arqueología Marítima

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INCENDIO Y NAUFRAGIO DEL VAPOR

AMÉRICA” EN LA NAVIDAD DE 1871

Indice Academia ROU Hist Mar.y Fluvial

 

Por JUAN ANTONIO VARESE   Publicado en Ciclo de Conferencias año 2010

 RESUMEN

El 23 de diciembre de 1871 el vapor América partió del puerto de Buenos Aires rumbo a Montevideo. Traía centenares de pasajeros que se aprestaban a cumplir la travesía del Plata para reunirse en fecha tan señalada con sus familiares, encuentro previsto durante las fiestas tradicionales. La nave venía al mando del Capitán Bartolomé Bossi, controvertida figura y orgulloso marino que ya había desempeñado múltiples actividades desde su llegada al Plata. Había adquirido recientemente de un astillero norteamericano el vapor América, destinado a la travesía de pasajeros entre las capitales del Rio de la Plata. Poco antes había partido el Ciudad de Salto, nave de la competencia. Durante la serena y oscura noche el América hizo forzar las calderas para llegar antes que la otra nave, partida horas antes. Pero su impericia, problemas en la nave o simplemente el Destino, le jugaron una mala pasada al capitán y los numerosos pasajeros. Uno de los más espectaculares incendios y trágico naufragio tuvo lugar poco después. Las aguas del Rio se iluminaban con los resplandores de la hoguera tal cual lo pintaron numerosos artistas como De Martino, Larravide, y el propio Bossi, que también era pintor.

INTRODUCCION

         Dentro de las historias de naufragios en el Rio de la Plata y costas atlánticas a las que he dedicado mi investigación, pocas veces me he sentido tan impresionado como en el caso del vapor América y su trágico incendio y naufragio. Y pocas personalidades de marinos resultan tan atragantes y controvertidas a la vez como la del capitán Bartolomeo Bossi.

 VIDA, OBRA, PERSONALIDAD Y LIBROS PUBLICADOS

Una breve semblanza de Bartolomé Bossi lo señalada como nacido en Génova en 1819 y fallecido en Niza en 1890. Personaje múltiple, de fuerte personalidad y vida controversial a lo largo de su trayectoria se desempeñó como marino[1], daguerrotipista, fotógrafo, pintor, tipógrafo, viajero, empresario en el rubro de la navegación fluvial, cónsul de Uruguay en Valparaíso, empresario minero, aficionado al naturalismo y los descubrimientos geográficos, escritor, periodista, explorador de los canales fueguinos y miembro de una logia Masónica, entre otras actividades.

Llegó al Río de la Plata en 1838, con 19 años de edad y desarrolló estudios y se graduó en la Escuela de Náutica de Buenos Aires. Amigo y seguidor de José Garibaldi en sus luchas rioplatense e ideas libertarias. En 1850 se casa con la hija del general argentino Castro Cáceres, con la que tiene dos hijos. En la década de 1850 viaja por América del Norte y Europa y en 1854 lo encontramos en Buenos Aires como daguerrotipista y años más tarde se radica en Mendoza, junto con el fotógrafo Alexander.

En 1859 vuelve a navegar como capitán en el Río de la Plata y realiza algunas pinturas de tema marino. En 1861 presenta un proyecto para la realización del puerto de Montevideo, excelente esquema que no prosperó pero en el que queda evidenciada su capacidad de observación. Fue titular de una imprenta en Montevideo donde publica libros de diferente temática, algunos de la Gran Logia de Oriente, de la que tal vez fuera miembro.

En 1862 realiza una expedición social y científica al Mato Grosso de la que deja valiosas referencias publicadas en el libro Viaje pintoresco por los ríos Paraná, Paraguay, San Lorenzo, Cuyabá y el Arinos, tributario del grande Amazonas; con la descripción de la provincia de Mato Grosso bajo su aspecto físico, geográfico, mineralógico y sus producciones naturales”. París, Editorial Dupray de la Mahetore, año 1863.

Navega en el Río de la Plata y en 1865 encarga la construcción del vapor América, junto con un grupo de inversionistas, para realizar la el cruce entre Buenos Aires y Montevideo, servicio que estrena en 1870.

La noche del 23 de diciembre de 1871 durante la travesía de Buenos Aires a Montevideo, el América se incendia y naufraga, ocasionando una de las más grandes tragedias en la historia del río contabilizándose la muerte de 122 personas ahogadas, entre tripulantes y pasajeros. Se le levanta un sumario y llueven las acusaciones y reclamaciones.

El año 1872 fue clave en su existencia. Para intentar defenderse de las acusaciones de los familiares de las víctimas y los ataques de la prensa publicó una “Relación explicativa de la catástrofe del vapor América”, para dar cuenta y justificar los motivos del siniestro. Agobiado por las dificultades proyecta abandonar el país y y obtiene el nombramiento de Cónsul del Uruguay en Valparaíso. Compra el vapor Charrúa, lo hace reparar y parte con su familia hacia el destino referido.

La travesía, convertida en viaje de exploración por los canales fueguinos dura cinco meses. El relato del viaje lo desarrolla en un libro publicado al año siguiente, rico en datos geográficos incluso hallazgos que fueron ratificados por el gobierno ingles en 1878. El citado libro fue publicado en 1878 por la imprenta Andrés Bello de Santiago de Chile con el titulo de “Viaje descriptivo de Montevideo a Valparaíso por el estrecho de Magallanes y canales Smith, Sarmiento, Inocentes, Concepción, Wide y Messieurs”.

En 1877 emprende un viaje de exploración por su cuenta a Tierra del Fuego, a bordo del vapor Charrúa, en el que realiza importantes descubrimientos. La narración de los episodios y aventuras, recién se publicará en 1882. Más adelante realiza una expedición a la isla Juan Fernández (la de Robinson Crusoe) en el Pacifico y una exploración terrestre por el desierto de Atacama.

En 1879 emprende viaje en el Charrúa desde Valparaíso hasta Guayaquil y El Callao, para intentar la venta del vapor, dado el conflicto bélico entre Chile y Perú y Bolivia por otra parte. Culminada la misión con éxito decide regresar al Río de la Plata. Su familia parte primero y Bossi regresa a través de un pintoresco viaje por el cruce de los Andes.

Ya en Montevideo, en 1882, publica el libro Exploración de la Tierra del Fuego con el vapor oriental Charrúa”, en la Tipografía La España, Montevideo, 1882.

En 1885 publica el libro Manchas solares. El estado actual de nuestro planeta con relación a las fuerzas que le rigen”, imprenta de la España, calle 25 de mayo 42, que dedica al financista brasileño Vizconde de Mauá.

Fallece en el año 1890, durante un viaje por Italia. Su familia se arraiga en la Argentina y sus herederos desarrollan importantes funciones sociales, laborales y diplomáticas.

 PROYECTO DE PUERTO DE MONTEVIDEO

            Durante la presidencia de Berro y dada su amistad personal con Diego Lamas, el Ministro de Guerra, Bartolomé Bossi presentó un proyecto para el puerto de Montevideo. El historiador José M. Fernández Saldaña en su “Historia del puerto de Montevideo” (pgs. 97 a 103), lo describe como que “… Larga práctica tenía Bossi en las aguas del Rio de la Plata y era además hombre de versación general, fruto de sus lecturas, sus viajes y el espíritu inquieto que lo distinguía …”.

En su opinión el puerto de Montevideo estaba “… hecho por la naturaleza y necesitaba solamente ser protegido de los vientos del O. S. O. y del Sur, que eran los que revolvían el fondo y conducían el fango que iba cegando la bahía por falta de una corriente que arrastrara hacia fuera los sedimentos …”. Según carta del propio Bossi, fechada en 1888, el proyecto mereció la aprobación de Berro pero la mala fe de personas interesadas en lucrar con el tema del puerto, terminó por malograr su iniciativa.

Según los sondeos realizados la profundidad podía llevarse fácilmente a cinco brazas (30 pies), más o menos 10 metros, por cuanto existía una capa de fango en la que el catador podría penetrar dos brazas sin tocar suelo sólido.

Sus observaciones arrancaban del año 1833 y llegaban hasta 1860, con lo que demostraba hallarse en Montevideo por esa fecha, dada la exactitud de sus observaciones.

El proyecto de Bossi requería de dos rompeolas: uno o que partía de la punta de Lobos en el Cerro y otro que arrancaba de la punta de San José. Ambos se cruzaban, con lo que el puerto quedaba al abrigo de todos los vientos y marejadas. En la primera mitad el fondo se llevaría a 30 pies y en la segunda a 24, con lo que quedaba capacitado para recibir las mayores naves de la época.

Bartolomeo Bossi, que en 1861 contaba con 44 años, sería el director de los trabajos. Una de las curiosidades de su proyecto era que solicitaba la colaboración de los presos condenados para los trabajos del rompeolas, los cuales serían puestos a sus órdenes.          El proyecto murió en el papel. 

VIAJE AL MATO GROSSO

Tal vez desengañado por la falta de concreción del proyecto del puerto pero seguramente movido por su espíritu inquieto y sed de aventuras, el 17 de marzo de 1862 emprendió un viaje al Mato Grosso.

Conocemos de primera mano sus aventuras y experiencias, dado el libro que publicó con el titulo mas que pomposo, al estilo de la época, de “Viaje pintoresco por los ríos Paraná, Paraguay, San Lorenzo, Cuyabá y el Arino, tributario del grande Amazonas, con la descripción de la provincia de Mato Grosso, bajo el aspecto físico, geográfico, mineralógico y sus productos naturales”. La dedicatoria al Barón de Mauá, una de las más grandes fortunas del Brasil imperial no hace más que confirmar su espíritu de empresa y amplitud de horizontes. El libro fue publicado en español en una imprenta parisina en el año 1863. En la narración se conjugan el deseo de conocer lugares, la sed de aventura para explorar tierras ignotas y la admiración al nombrado Barón, de quien, seguramente, esperaba encontrar apoyo para los proyectos surgidos en tierra brasileña.

Dice en el prólogo: “… A mis inclinaciones de viajar desde mis primeros años debo haber abrazado la carrera de marino y cansado de la mar me lancé a los bosques vírgenes, buscando impresiones nuevas que ya no encontraba en la inmensidad de los océanos …”.  El motivo de la partida fue la situación política, que no ofrecía tranquilidad ni clima propicio para las actividades comerciales.

La narración comprende descripciones de ciudades argentinas como Rosario, Paraná y Corrientes y luego las de Asunción y Corumbá. Interesantes resultan sus referencias al territorio paraguayo, insinuando los problemas económicos y territoriales que luego desembocarían en la Guerra de la Triple Alianza.

De su forma de viajar nos dice textualmente “… El sextante por una parte y la máquina fotográfica por otra me ayudarán a revelar al mundo lo que he visto y observado en el espacio que recorrí en esos impenetrables bosques, llegando hasta la latitud de 12º 45´ Sud y longitud 58º 10´ oeste meridiano de París …”.  Al regreso continuó con sus actividades de marino de cabotaje entre varios puertos del Rio de la Plata y costas atlánticas. 

VAPOR DE LA CARRERA

Años después decidió emprender por cuenta propia el lucrativo negocio del cruce y transporte de carga y pasajeros entre Buenos Aires y Montevideo, las capitales del Río de la Plata para lo que, al frente de un “sindicato de capitalistas” como se llamaba por entonces un consorcio de capitales, adquirió el vapor América, de reciente construcción en los astilleros Mac Ray & Aldus de Boston (EEUU). Se trataba de un lujoso vapor con propulsión de ruedas laterales. La nave, de moderno diseño, contaba con 73 metros de eslora y 10 de manga y desplazaba un total de 1.300 toneladas. La capacidad de pasaje rondaba los 130 pasajeros en cómodas cabinas y una tripulación aproximada a las 60 personas.

El cruce del Plata, a la sazón, lo realizaban dos compañias: por un lado la Sociedad Salteña de Navegación con el vapor Villa del Salto al mando del capitán John Morse, veterano marino en los mares del mundo y del otro la compañía que comandaba Bossi con el vapor América, mas nuevo, lujoso y rápido que la otra nave.

La noche del 24 de diciembre de 1871 centenares de pasajeros se aprontaban a partir de Buenos Aires para pasar las fiestas con sus parientes y amigos en Montevideo. Tanto ayer como hoy se repite la situación de encuentro y regocijos familiares. Primero partió el Villa del Salto y tiempo más tarde lo hizo el América, ambos cargados de pasaje y recargados de carga. La noche estaba serena, la cena fue copiosa y los viajeros se fueron a acostar sin presagiar que horas después iba a desarrollarse una de las peores tragedias ocurridas en aguas rioplatenses.

En medio de la noche, ya cerca de Montevideo, a 18 millas del Faro del Cerro y a 7 de la costa uruguaya, el América se incendió. Nunca hubo acuerdo sobre las causas y motivos ni sobre lo sucedido. Acusaciones de inescrupulosidad, de mal estado de la maquinaria, de impericia o de descuido del personal o del propio Capitan Bossi hasta la opinión temeraria de que habían exigido al máximo las calderas y levantado la presión al tope para alcanzar y llegar antes que el Villa del Salto, en fin durante meses y aun años el tema del incendio del América enlutó y entristeció varias encumbradas familias del ambas márgenes del Plata.

Varias personas murieron ahogadas y se vislumbraron escenas de heroísmo que fueron recogidas por la prensa, tanto la montevideana como la bonaerense e incluso de diarios y revistas europeas como “La Ilustración Española y Americana” que reprodujo un articulo publicado en Buenos Aires y una hermosa litografía del vapor incendiado.

El Siglo, de Montevideo, en su edición del 27 de diciembre -ejemplar n° 2140- describe el episodio con dramatismo: 

“INCENDIO DEL VAPOR ITALIANO AMÉRICA

El domingo pasado tuvimos el triste honor de anunciar en un breve boletín la desastrosa noticia del incendio del buque “América”, en viaje de Buenos Aires para este puerto, conduciendo 134 pasageros, de ellos 114 en cámara y 37 tripulantes. La realidad de esa horrible catástrofe ha excedido en sus detalles cuanto pudiera fraguar la imaginación al tener conocimiento de que un paquete á vapor era presa de las llamas á 20 ó 21 millas de Montevideo, en una noche apacible y viento suave con todos los elementos de salvación que lleva á bordo un buque de las condiciones del vapor “América”.

Que fatalidad ha pesado en la balanza del destino en este trágico y horrible suceso, es difícil decirlo, como es difícil asignar con justicia las responsabilidades ...que caben á los autores principales del trágico suceso que los primeros rayos del sol alumbraban en la mañana de aquel día luctuoso, entre los ayes y la agonía de un centenar de víctimas humanas.....Se nos refiere que á las dos de la mañana, dos tubos de la máquina  hicieron explosión, inhabilitando al buque para que continuara la marcha, que á la detonación producida por la explosión, todo el mundo estuvo en pie, pero que el Comandante Bossi manifestó que no había peligro de ningún género, que todo se reducía a una simple postergación del viaje.

En efecto el Comandante Bossi mandó echar el ancla, y el buque estuvo en seguida fondeado y en la mayor calma. Momentos después sin embargo, algunos pasageros se sobresaltaron por el humo que veían salir de la máquina, y el mismo Comandante Bossi, participando de igual sobresalto, bajó al departamento de la máquina é inquirió la causa de aquel humo, ordenando se averiguase prolijamente si la explosión había comunicado fuego al buque.

El Comandante Bossi refiere que por tres veces consecutivas se le comunicó que no había fuego en ningún punto y que así mismo ordenó que se prepararan las bombas de mano, únicas de que podía disponer.

Entretanto el “Villa del Salto” pasaba á corta distancia. Sobre este particular son también contradictorias las versiones que hemos oído. Unos aseguran que el “América” hizo señales pidiendo auxilio, y otros nos aseguran lo contrario. Lo que parece indudable es que no se pidieron con toda la eficacia que para esos casos está establecida, sin duda porque el Comandante Bossi no creyó que el contratiempo que se había sufrido pudiera traerle el conflicto que momentos después se producía. El caso es que el “Villa del Salto” pasó, y un cuarto de hora después se producía en el “América” el incendio que en pocas horas lo redujo á cenizas.

El fuego no se conoció á bordo hasta que se manifestó revelándose en varios puntos en grandes llamaradas que envolvieron todo el buque en una atmósfera densa de humo y fuego que dificilmente permitía ver y respirar. La escena que ofreció entonces aquel buque es indescriptible, según las referencias de varios náufragos con quienes hemos hablado.

Todo era confusión, gritos, llantos, súplicas e imprecaciones,  las madres se abrazaban con sus hijos, los padres y los esposos corrían en todas direcciones buscando un salva-vidas con que arrojar á sus mujeres y á sus hijos á las olas, y las mujeres caían al agua con sus hijos estrechados en sus brazos.

No todos tuvieron la resolución heroica de arrojar al agua sus deudos queridos, y no pocos perecieron entre las llamas, aguardando la muerte con estoica resignacion en grupos indescriptibles de padres e hijos en un estrecho abrazo, como don Juan Antonio Larrazabal y su linda y tierna compañera, pocos meses antes unidos por los lazos del matrimonio.

Los episodios de la catástrofe son crueles y tiernos. Un jóven, el Sr. Dr. Augusto Marcó del Pont, uno de los más distinguidos abogados del foro argentino, de cualidades morales tanto ó más notables que sus actitudes intelectuales, venía á Montevideo por sólo dos ó tres días con su interesante compañera, la señora Dª Carmen Pinedo , de una de las más distinguidas familias de aquella ciudad.

El jóven Marcó del Pont pudo tomar un salva-vida y lo colocó á su esposa á quien arrojó al agua completamente vestida y en seguida se precitó  él mismo. Parece que el señor Marcó cayó mal y recibió un golpe en el pecho que lo postró.....El caso es que muy luego empezó á perder fuerzas y á sentirse desfallecer en los propios brazos de su amorosa compañera-que en ellos se sintió morir y que en ellos lo tuvo muerto hasta que á su vez las fuerzas le faltaron y abandonó el cadáver de su marido para ser arrebatada momentos después á una agonía que ya empezaba á sufrir, por el providencial auxilio de una lancha del “Villa del Salto".

El señor Darío Beccar, persona distinguida de la sociedad de Buenos Aires, viajaba con su esposa y un niño. Se arroja con ellos al agua, tomando en sus brazos al niño y colocando á su esposa un salva-vidas.  El primer cuidado al caer al agua era encontrarse y reconocerse, y el señor Beccar tuvo el pesar inmenso de no encontrar á su esposa. Oprimía sin embargo á su hijo contra su corazón, para morir ó salvarse con él, cuando una mano impía le atravesó de una puñalada una mano, obligándole á soltar á su hijo y á perder el salva-vidas que otro náufrago buscaba para salvarse. Excusado es decir que el señor Beccar no volvió á ver á su hijo.

Una señora de la respetable familia de Martínez Nieto, la viuda de Manuel Irurrieta, igualmente vinculada y relacionada en Buenos Aires y en Montevideo, venía acompañada de una hija, niña de 15 años, á visitar á un hermano y deudos de esta ciudad. Ayer fue dado á sus hermanos para practicar la ceremonia fúnebre de  su entierro pero no se ha tenido tan triste consuelo respecto de la niña porque no se sabe si pereció entre las llamas ó si las olas la han llevado á alguna apartada costa.

D. Martín Reinal, procurador del foro de Buenos Aires, venía también de paseo con su esposa y un niño de año y meses. Bajaron al agua por la cadena de popa, la madre con el hijo en brazos que no quiso ceder á su esposo. La infeliz no había medido sus fuerzas físicas, y sólo tomaba en consideración su inmensa voluntad. Rendida de cansancio y desfallecida perdió de sus brazos, sin darse cuenta de ello, á la hija de sus entrañas.

El señor D. Alejo Arocena venía también de paseo y lo acompañaban dos sobrinos que habían perdido en la epidemia desastrosa de Buenos Aires, á sus padres. Venían á visitar durante las vacaciones á sus hermanos que estaban á cargo de su tío el Sr. D. Ramón Arocena. El Sr. Arocena pudo salvarse pero aquellos pobres niños sucumbieron como tantos otros. Sólo el señor A. Khol tuvo la dicha de salvar á sus tiernos niños.

El señor Cansttat tuvo la dicha de salvar, si es que dicha puede llamarse salvar de la muerte cuando se ve agonizar en sus brazos á un hijo de 10 años ......

Interminable sería la tarea de referir uno por uno los episodios del incendio del “América”. Cada uno de los que han sobrevivido de la catástrofe y han perdido allí á sus deudos, referirán sin duda un episodio que arrancará lágrimas. Aún los que tuvieron la fortuna de estar solos en tan supremo conflicto, han pasado amarguras que no puede uno imaginarse.

El jóven Artagaveytia [2]se precipitó á las aguas desde la mayor altura del vapor y con la fuerza de la impulsión que traía, se sumergió algunas varas en la profundidad de las aguas. Este incidente no tendría importancia alguna para Artagaveytia porque es un nadador consumado, pero él no contaba con que un desgraciado había de asírsele á una pierna y que algunas varas bajo la superficie había de sostener una escena de pugilato con un pobre moribundo.

En fin, la catástrofe del “América” es un suceso que ha cubierto de luto á Buenos Aires y á Montevideo, y muy particularmente á Buenos Aires, á cuya sociedad  pertenecían la mayor parte de las víctimas.”

 Por otra parte, el capitán Bartolomé Bossi hizo pública su versión de los hechos con la consiguiente descarga de culpa, en lo que llamó “Relación Oficial de la Catástrofe”, dirigida al Capitán del Puerto de Montevideo:

 “Muy Señor mío:

Me incumbe el pesaroso deber de participar á V.S. que hoy á la 1 ¾ de la mañana, viniendo de Buenos Aires en el vapor italiano “América”,de mi mando, hallándome 4 1/3 brazas de agua el horizonte muy claro, con rumbo al Este, y avistado pocos momentos antes el Cerro al Este, cuarto al N. E. á distancia de 25 millas más ó menos, acababa de acompañar al señor Pondal y al señor Garay á sus respectivos camarotes y me disponía á descansar un rato en mi cuarto de servicio, al lado del timonel, cuando me sorprendió un fuerte estampido aumentado con el vapor que salió de la chimenea.

Ocurrí inmediatamente á la máquina que se hallaba á oscuras por haberse apagado las luces y mandando venir unos faroles pregunté al maquinista que había sucedido y me contestó que se habían roto unos tubos Flus y que no había otra novedad en la máquina, lo que me tranquilizó, porque teniendo el “Villa del Salto” muy inmediato al S.O., esperaba ser auxiliado por él, mas viendo que él pasaba sin pararse, fui á tocar el pito. Pero en vano, porque no había presión en la caldera, entonces izé dos faroles uno bajo el otro, del palo de bandera de proa, é indudablemente no advirtió esta señal pues siguió su rumbo.

Pasado ¼ de hora de este desagradable suceso, se me hizo saber que se notaban un olor á quemado en el salón, lo que me alarmó sobre manera, é hice preguntar al maquinista si había alguna quemazón en la máquina, y contestó que el humo que se notaba era producido por los fuegos que se estaban apagando, no contento con esto mandé al contramaestre arriba de la tolda, á ver si en la chimenea se notaba algún fuego y me contestó lo mismo, que el humo era producido por los fuegos que se estaban apagando, con todo siendo el riesgo de fuego lo que más temor me causaba en el “América”, ordené se armasen  las bombas al conducir la manguera arriba á la tolda, adonde se notaba el humo,  no se oyó más que un tremendo grito de ¡Fuego! Y con la velocidad de un rayo, el fuego incendió el buque dividiéndole en dos partes.

Al pronto, revistiéndome de toda la energía que el caso demandaba, ordené se echasen los botes al agua, y que al mismo tiempo se emplease la única bomba servible que existía á proa, pero en esos momentos de pánico, nadie prestó atención á mis órdenes: sólo cuatro marineros arriaron el bote de servicio diario, y embarcándose en él con unos cuantos individuos más (ignoro si eran pasageros ó de la dotación del buque), se fueron con rumbo al Norte, sin prestar atención al llamado de todos los que quedaban á bordo.

Vista la felonía de estos hombres me arrojé al agua para pasar á popa, por no poder hacerlo por los salones que estaban ardiendo, para ver si habían echado al agua un bote salva-vidas y un bote pequeño que se hallaban á popa de la máquina, pero nada se había hecho, porque la mitad de los marineros se habían ido, de los otros cuatro que restaban , tres se arrojaron al agua en seguida, y uno solo quedó en la proa que fue el que me acompañó hasta el último momento.

Viendo la imposibilidad de poder hacer cosa alguna por falta de personas de oficio y el fuego que avanzaba y todo destruía con la rapidez del relámpago, volví á proa á donde llegué extenuado después de ¼ de hora de desesperada lucha y debido á mi fiel marinero Joaquín que allí estaba, y me ayudó con un cabo con el cual me suspendió hasta el castillo de proa, á donde quedaban unos 15 pies sin fuego. Una vez allí recuperé un tanto mis fuerzas y con el mismo marinero fondeamos el ancla de babor para que sirviese de auxilio y pudieran asirse de la cadena los infelices que estaban luchando por salvarse.

Echamos también al mismo fin cuantos cabos, cadenas y maderas había en la proa, y cuando ya no quedaba un pie de espacio sin estar invadido por el fuego, en ese momento supremo oímos un grito de ahí viene un vapor! Y cuando creíamos inminente el peligro de ser tragados por la vorágine, nos tiramos, el marinero Joaquín y yo al agua, uno tras el otro. Yo tenía un brazo inutilizado , y no pudiéndome aguantar á la cadena por falta de fuerzas, me dejé ir con la corriente, que siendo de bajante me llevaba en dirección al vapor que venía, tratando de conservarme sobre el agua como mejor podía.

A los ¾ de cuadra del “América” del cual ya no existía más que el casco, descubrí un bote que se dirigía hacia nosotros, y levantando la mano me divisaron, y se dirigieron á mí, agarrándome en el momento en que ya extenuado estaba á punto de sumergirme.

Es cuanto por el momento puedo manifestar á Vuestra Excelencia

                                                                       Montevideo, Diciembre 24 de 1871”

                                                                                  Bartolomé Bossi.” 

La prensa extranjera se hizo eco del episodio, incluso la descripción del naufragio continuó publicándose en el año siguiente. Al efecto disponemos de un artículo aparecido en la revista “La Ilustración Española y Americana”, Madrid, 1º de marzo de 1872 (año XVI número IX) que brinda una resumida versión de los hechos en que hace recaer las tintas sobre la actuación del Capitán Bossi, la que por su pintoresquismo transcribimos a continuación: 

INCENDIO DEL VAPOR AMÉRICA

“Permítannos nuestros lectores agregar algunos detalles a los ya incluídos en la Revista General del Numero VII de nuestra publicación, acerca de la horrible catástrofe que recuerda el epígrafe de este suelto.

Salió de Buenos Aires el vapor América con rumbo a Montevideo la tarde del 23 de diciembre pasado, llevando a bordo 220 personas entre pasajeros y tripulación, o  206 al decir de La Tribuna, periódico de Buenos Aires.

A la media noche, cuando el buque se hallaba a 20 millas del puerto donde se dirigía y a 10 escasas de la costa, estallan de pronto los tubos de la máquina; una gruesa columna de humo inunda la cámara de popa y al punto una lengua de fuego, según la expresión de un testigo ocular, revela a los aterrados pasajeros que el magnífico vapor era presa de las llamas.

-Sálvese el que pueda- grita entonces el Capitán Bossi- y abandonando cobardemente a los desgraciados por cuya salvación debiera haber dado su vida, cien vidas si tuviera, se arroja al mar amparado de su salvavidas, huye y se aleja del buque incendiado.

Espantosa situación. Hombres, mujeres y niños se lanzan al mar sin tener un leño del que agarrarse ni un pedazo de goma del que poder sostenerse.

-Rodeaba al buque un rebaño de cabezas humanas- escribe uno de los náufragos a La Tribuna de Buenos Aires: unos sosteniéndose en maderos, tablas, salvavidas; otros asidos a una cadena, a un cable, a las ruedas del vapor; muchos, en fin, sin apoyo alguno luchaban desesperadamente contra las olas, nadaban hasta agotar las fuerzas y luego eran arrastrados al hondo del abismo.

Episodios hubo, cuyo relato desgarra el corazón más insensible.  ¡Una pobre madre, que llevaba en sus brazos un tierno niño, hijo único de sus entrañas, se sostenía sobre las olas apoyada en un salvavidas: pero otro náufrago desesperado nadaba junto a ella, se acerca, se incorpora y clava en el seno de la amorosa madre un puñal homicida que le traspasa el corazón; y cuando la mujer muerta y el hijo abandonado ruedan al abismo el infame asesino se apodera del salvavidas y Dios permite que se salve¡

Mas a la par de este villano resalta una escena de abnegación sublime. Cuando las llamas envolvían todos los departamentos del buque el joven Dr. Don A gusto Marcó del Pont y su hermosa consorte Doña Carmen Pinedo, asida ésta a los brazos de aquel, implorando la clemencia divina: no tenían salva-vidas; y aunque Augusto era diestro en la natación y confiaba en sus fuerzas, éstas le faltaron, y de los dos amantes esposos comenzaba a apoderarse el vértigo.

Pero un hombre  heroico, mártir, enérgico, generoso de la amistad, don Luis Viale, nadaba junto a àquellos,  amparado de su salva-vidas: ve la escena: adivina  que va a sucumbir una mujer jóven  junto a su esposo… y Dios sabe que pensamientos cruzaron por su mente, acercándose a los esposos Marcó les entrega el salva-vidas, que en esos momentos importaba una existencia.

Augusto Marcó del Pont toma el instrumento salvador, logra colocarlo  bajo el cuerpo casi yerto de su esposa, y se ahoga a pocas varas de distancia de donde se ahogaba el incomparable don Luis Viale.

Ella, en fin,  es recogida con vida por el vapor Villa de Salto,  es uno de los náufragos que logra salvarse; solo le faltaba la prenda que más quería,  su esposo  Augusto Marcó del Pont.  El sacrificio  de don Luis Viale  es un hecho heroico inspirado por la  abnegación mas sublime,  y en todas las provincias del Plata se ha abierto una suscrición para levantar una estatua á aquel mártir generoso de la amistad.

Otra bellísima joven, casi una niña, la señorita  doña Elvira de Inurrieta, aterrada á la vista del incendio,  se arroja también al mar en busca de refugio, y el mar implacable solamente le dió la tumba. La madre de la joven niña, doña Florinda Martinez de Inurrieta, cuando se persuadió de que era imposible salvarla, se arroja al mar, y desaparece bien pronto en el abismo.

Pero, ¿ a que continuar con la relación de estos tristes episodios?  El vapor Villa de Salto, que llegó al lugar de a catástrofe hacia la seis de la mañana del 24, pudo recoger aún sesenta y nueve personas,  y otras veintisiete se salvaron en un bote del América. Gran responsabilidad  ha recaído sobre e comandante del buque incendiado, don Bartolomé Bossi. Más, ¿quién enjugará las lagrimas de tantas familias desoladas?”.

 No quedaría completa esta conferencia sin una relación directa al libro escrito y publicado por el propio capitán Bossi, más que un libro una sucesión de artículos publicados en la prensa con reflexiones personales y demostración de conocimientos náuticos. Cabe destacar que el capitán fue un perpetuo defensor de su inocencia, e incluso llegó a acusar a varias personas, a las que no nombra directamente pero resultan fácilmente rastreables, de poca fé y mala voluntad en la tergiversación de los hechos, envidia mediante, con la finalidad de acusarle y arruinarle. Y de sacar de circulación el vapor América, para dejar libre camino a la competencia.

El libro lleva el exhaustivo título de “Relación de la catástrofe del vapor América,  por su comandante B. Bossi. Conteniendo explicaciones, exposición de los hechos, documentos relativos, apreciaciones de la prensa, sumaria, vista fiscal, resolución del Juez competente y de la Comisión de guerra y marina Italiana”, publicado en Montevideo en la Tipografía Italiana de B. Bossi, Piedras 121, año 1872.

El libro comienza con “Explicaciones necesarias” en las que mezcla la historia personal con la descripción de los hechos. Es tanta su vehemencia, su fuerza explicatoria y la concatenación de los hechos y circunstancias que describe para explicar la malevolencia ajena que no puede menos que granjearse la simpatía de los lectores y abrir el camino a la comprensión de los hechos.

Viene luego la transcripción de un artículo aparecido en “El Siglo” con el nombre de “Explosión e incendio del vapor Amèrica”. Más de cien víctimas. Varios detalles, aparecido al día siguiente, el 24 de diciembre de 1871 con toda la fuerza dramática de la contemporaneidad, artículo que termina con la siguiente reflexión: “… El capitán Bossi, cumpliendo su deber trató de organizar el salvamento de los pasajeros pero el terror pudo más que la disciplina en los marineros, que solo atinaban a salvarse en los botes. Bossí está chamuscado en una mano. Muchos de los salvados llegaron, como es de suponerse, semi vestidos, pues el conflicto empezó cuando casi todos dormían en sus camarotes. El “Villa del Salto” entró con la bandera a media asta …”.

Le sigue una “Relación oficial de la catástrofe. Parte del comandante Bossi al Sr. Capitán de Puertos sobre el incendio del vapor América” y después un artículo titulado con grandes letras “AL PUBLICO. Mi comportamiento durante la catástrofe del vapor América” escrito por el propio Bossi en primera persona, esta vez dirigido a la opinión pública que lo juzgaba con dureza. Se trata de 11 páginas de una encendida defensa más propia de un abogado que la de un marino.

Le siguen luego las declaraciones de algunos pasajeros salvados del naufragio. Uno de ellos, el señor Redonnet, ocupaba el camarote 33 y da su versión de los hechos reconocimiento la preocupación del capitán Bossi en el momento de la tragedia y que en todo momento estuvo en el cumplimiento de su deber como capitán, opinión avalada luego por la de otro sobreviviente, el ilustre L. Sienra y Carranza.

Vienen luego una serie de cartas dirigidas por el comandante Bossi bajo el título de “Justificación” y una variada recopilación de documentos, sueltos y artículos de prensa.

Como comprenderán el tema del naufragio del América me apasiona y la dilucidación de la razón de los dichos del comandante Bossi y el resultado final sobre su INOCENCIA O CULPABILIDAD es motivo de mis desvelos y, a no dudarlo, justificará una futura conferencia en la Academia Uruguaya de Historia Marítima y Fluvial.

 


[1] Según los autores, algunos lo dan como instalado en la Boca del Riachuelo en el aprendizaje de la actividad portuaria y marítima y otros en un astillero, dedicado a la fabricación de embarcaciones tipo goleta o bergantín, con las que se realizaba el transporte de mercaderías con destino a los puertos del litoral de Uruguay y Brasil.   

  

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