Historia y Arqueología Marítima

HOME UN INTENTO DE EXPLORACIÓN DEL ATLÁNTICO EN EL SIGLO XII Indice Academia ROU Hist Mar.y Fluvial

Por ANA MARÍA MUSICÓ ASCHIERO:   Publicado en Ciclo de Conferencias año 2009

 AN ATLANTIC EXPLORATION ATTEMPT IN THE 12th CENTURY

 RESUMEN

            Al iniciarse en la Edad Media la expansión de Europa hacia la periferia, un grupo de jóvenes marinos musulmanes de Lisboa, imbuidos de un fuerte espíritu aventurero, decidió explorar las aguas de occidente, internándose en el océano Atlántico. Las peripecias de este periplo, en varias islas y parte de la costa atlántica de África, fueron narradas por el cronista árabe Al-Idrisi.

 SUMMARY

            When in the Middle Age began the expansion of Europe toward the periphery, a group of young Muslim sailors from Lisbon, imbued of a strong adventurous spirit, decided to explore the western waters, into in the Atlantic Ocean. The incidents of this journey, in several islands and some of Atlantic coast of África, were narrated by the Arab writer Al-Idrisi.

 DESPERTANDO LA CULTURA

La Europa medieval se caracterizó, desde el punto de vista científico, por un acentuado progreso en  numerosas disciplinas, principalmente en matemáticas, física, química, geografía y astronomía.  Estos avances se intensificaron cuando los investigadores europeos entraron en contacto con la mayoría de las obras científicas  producidas durante la antigüedad clásica y  la arábiga.

            Al entronizarse en el Califato de Bagdad la dinastía Abasí, con predominio de influencia persa e impregnada de cultura helenística, se advirtió la urgente necesidad de que el pueblo islamita asimilara los fundamentos de esas culturas.  Para tal fin se estableció una escuela de traductores, los que vertieron al árabe las obras científicas y culturales más importantes de los países por entonces dominados por el Islam.

            El contacto del mundo islámico con el orbe indostánico, y la tarea de esos traductores constituyeron el inicio del gran florecimiento de la cultura musulmana, donde  las ciencias y las letras alcanzaron desarrollos completamente desconocidos en tiempos medievales en las tierras del antiguo imperio romano.

            Los primeros califas, Harun Al-Rasid , héroe de tantos cuentos de las mil y una noches, y en particular Abdallah Al Mamún, fueron grandes protectores de las letras y de las ciencias, procurándose  manuscritos griegos, persas y egipcios, y alentaron la labor de los traductores al tiempo que fomentaban todo tipo de  estudios científicos .

Así, desde fines del siglo VIII todos los elementos necesarios para el desarrollo de una gran cultura estaban presentes en el mundo islámico: los materiales griegos, siríacos,  persas e hindúes sobre los que se basaría la nueva civilización; y un equipo numeroso de sabios persas, judíos, sirios y árabes  que gozaron de amplia libertad de discusión y de opinión, lo que les permitió  manifestar completamente sus ideas .

            La geografía adquirió  una gran importancia y un minucioso rigor  en el mundo islámico debido tanto al  deseo de desplazarse y de conocer el mundo, como a la obligación  de la peregrinación a los lugares santos, de la que ningún buen musulmán podía eximirse. Así es como se intensificó la elaboración de mapas cuya característica era ser completamente esquemáticos, ya que los elementos geográficos generalmente se representaban con figuras geométricas como rectas, polígonos, círculos y elipses.

            Pero no solamente en Bagdad las ciencias y los sabios obtuvieron protección y estímulo: con la conquista de España los califas cordobeses Abd-al Rahman II y III hicieron de la capital de Al-Andalus uno de los más maravillosos centros del mundo por su belleza material y su cultura intelectual, lo que se prolongó con sus sucesores y durante los reinos de taifas que siguieron a la disolución del califato. Un perfeccionamiento semejante también tuvo lugar  en el este y el norte de la Mesopotamia.

            Al formarse los reinos de taifas tras la caída del califato de Córdoba, la ciudad española de Toledo fue la capital de uno de los más importantes. Sus reyes moros tuvieron tal pasión por las bibliotecas, que hasta se les acusa de haber despojado violentamente de sus libros al famoso bibliófilo Al-Arauxí.  A Toledo fue a parar la parte más importante de la biblioteca del califa Al-Hakan II, y un opulento bibliófilo toledano; Aben-al Anasí, se ocupo de traer de Oriente una gran cantidad de libros que versaban sobre los más diversos temas.

Cuando el rey castellano Alfonso VI reconquistó Toledo en 1085, respetó todos los derechos de la población islámica, por lo que en la ciudad continuaron viviendo la mayoría de sus pobladores musulmanes. Junto a ellos habían habitado durante casi cuatro siglos los mozárabes, quienes si bien continuaban fieles a la religión cristiana, con el correr del tiempo a adoptaron numerosos rasgos  culturales árabes.  Con ellos convivían grupos de judíos, también arabizados al cabo de unas décadas. A ellos se incorporaron numerosos cristianos que fueron a habitar y a guarecer la ciudad reconquistada.

            El arzobispo toledano Don Raimundo advirtió el gran beneficio que podría obtener la cultura europea con aquella convivencia de gentes tan diversas y con la  acumulación de tan ricos tesoros bibliográficos, y decidió crear una escuela de traductores, a semejanza de la que siglos antes había funcionado en Bagdad, e incluso favoreció a algunos estudiosos con su mecenazgo.

            En occidente solo habían aparecido unos pocos maestros cuya producción intelectual fue de gran limitación y deficiencia, dado que toda conexión con los adelantos intelectuales logrados en el campo del helenismo estaba rota  desde siglos atrás.  En efecto: con la caída del Imperio Romano y el surgimiento de los reinos germánicos había sobrevenido una gran decadencia caracterizada por un completo aislamiento intelectual de occidente respecto del imperio bizantino.

             Fue entonces cuando comenzaron a acudir a Toledo las más despiertas inteligencias de la Europa cristiana, deseosas de conocer las culturas helenística y arábiga para cambiar la faz espiritual de Occidente.  Duplas de musulmanes y cristianos, o de  cristianos y judíos conocedores de las lenguas árabe y latina fueron vertiendo a esta última todo el saber de los islamitas de España y de Oriente, como así también las primeras versiones arábigas de los científicos griegos.

            En Toledo, en su riqueza de libros árabes, en la convivencia de hombres versados en legua árabe y hebrea, descubrirían los cristianos una nueva intelectualidad que cambiaría por completo los rumbos de la ciencia latina, constituyéndose este fenómeno en uno de los acontecimientos más singulares de la historia universal 

LAS EXPLORACIONES

Contemporáneamente a esta revolución cultural, la Europa cristiana inicia su expansión hacia la periferia. Numerosos viajeros comienzan a recorrer el Asia y dejan interesantes testimonios acerca de los países visitados. Entre ellos se  encuentra Giovanni da Pian del Carmine, quien fue comisionado por el Papa Inocencio IV para lograr la alianza y conversión del Gran Can de los mongoles.  Si bien fracasó en esa misión, su viaje fue muy fructífero desde el punto de vista cultural, ya que proporcionó una detallada descripción del país visitado, y muchos datos de valor histórico y etnográfico acerca de sus habitantes.

            También es digno de mención Giovanni da Montecorvino, franciscano oriundo de Palermo, quien dedicó toda su vida a una intensa actividad misionera en India y China.  Las cartas e informes que enviara a Europa contribuyeron a divulgar el conocimiento del Extremo Oriente.

            Pero las fuentes más importantes para el conocimiento del Asia Central y Oriental durante la Edad Madia están condensadas en el libro escrito por el mercader veneciano Marco Polo, quien junto con sus hermanos Niccolo y Maffeo recorrió el país tártaro y vivió en China durante 17 años.

            Respecto de los viajes por mar, en esas épocas la navegación era aún difícil e insegura. Navegar aún equivalía a bordejear la costa, como en los albores de la marinería.  Las rutas más frecuentes eran las del Mediterráneo, pero los buques que surcaban este mar se pegaban tanto a la orilla, que bien podría decirse que la navegación marítima de la zona tenía mucho de fluvial.

            Pero el hecho de que no se practicase  navegación de altura no significaba desconocimiento técnico sobre el instrumental náutico ya que los marinos que navegaban por el Mediterráneo manejaban perfectamente el astrolabio y empleaban desde hacía tiempo la aguja imantada, pero los viajes por el Atlántico seguían siendo un enigma, ya que la navegación en alta mar recién obtuvo notables progresos  en el siglo XIII, con el perfeccionamiento de la brújula náutica, que permitió regular la navegación mediante los astros, y con la sólida fijación del timón con bisagras al codaste de popa, lo que sustituyó al timón lateral en el eje del navío proporcionando una mejor dirección.

            En el siglo XII los árabes dominaban gran parte de la península ibérica. Aunque eran intrépidos navegantes y surcaban constantemente las aguas del océano Índico y de los mares del Extremo Oriente, hasta ese momento no se habían arriesgado a navegar por el Atlántico.  Las fértiles imaginaciones de los navegantes, cartógrafos y geógrafos de entonces habían poblado el Atlántico de numerosas islas, algunas totalmente legendarias, otras duplicados de islas realmente existentes, pero colocándolas en lugares incorrectos.

            Reflejando las creencias de la época, el astrónomo persa Al-Biruni expresaba que en ese mar no se podía desarrollar la navegación debido a la obscuridad del aire, a la densidad del agua y a la confusión de las rutas; todo lo que provocaba grandes posibilidades de extraviarse.  Debido a estas condiciones  se habían colocado en la zona señales para precaver a los navegantes acerca de los riesgos de internarse por lugares desconocidos.

            En el período de mayor apogeo cultural de la España islamita, un grupo de jóvenes audaces, aguijoneados por el sentido de lo real y el espíritu de aventura, sintió la tentación de explorar el  Occidente internándose en el Atlántico, denominado Mar Verde por los cronistas árabes.  Cabe destacar que se trató de un proyecto exclusivamente particular ya que no hubo apoyo oficial ni se firmaron capitulaciones para acometer la aventura: todo corrió por cuenta de ocho primos hermanos que no soñaban hallar un mundo desconocido al otro lado del mar, ni tampoco como  más tarde intentara Colón llegar a Oriente poniendo proa al Poniente: simplemente deseaban conocer qué secretos encerraba el Atlántico y cuáles eran sus límites. 

EL PERIPLO

La historia de este viaje fue relatada por un notable estudioso de la época Abú Abd Allá Muhammad Al- Idrisi, quien si bien se ocupó de diversas ciencias, entre ellas botánica y farmacología, debió su fama  especialmente a sus cuantiosas obras sobre geografía y cartografía, al punto de ser considerado uno de los más prominentes geógrafos árabes.

            Natural de Ceuta, Al-Idrisi pasó su juventud en Córdoba donde se formó intelectualmente, pero sus trabajos más importantes no fueron escritos en la península ibérica sino en la corte profundamente  impregnada de  cultura musulmana de los reyes normandos de Sicilia.  Allí elaboró un gran mapa mundial en el que trata de dar una representación fiel de las costas, del curso de los ríos, de la ubicación de las ciudades, de los lagos, de las islas y de las montañas.

             Al mismo tiempo escribió la más extensa obra geográfica producida en la época por los árabes, titulada ”El placer de quien está poseído por el deseo de abrir horizontes”, más conocida como ”Libro del rey Rogero” por la gran colaboración que le brindara  el rey normando  Roger II en la recolección de datos y noticias.

            Con esta obra Al-Idrisí  aportó  notables elementos a la náutica siciliana y por intermedio de los genoveses, a la catalana y a la portuguesa. En contraste con otros geógrafos árabes, proporcionó  valiosas informaciones sobre los países cristianos. Así al describir un grupo de ciudades polacas brindó  la mejor explicación acerca de  la unidad del fenómeno urbano que se produjo en toda la cristiandad en el siglo XII. 

Mapamundi de Al-Idrisi, contenido en el Libro del Rey Rogero 

            Las peripecias de la navegación que nos ocupa las relató en el capítulo dedicado a Lisboa,  a la que sitúa en las proximidades del océano en la orilla Norte del río Tajo, cuya anchura en las cercanías de la ciudad era de seis millas, y donde la marea se hacía sentir  violentamente.

Respecto del viaje, manifiesta que en el año 1124 los ocho primos  financiaron la construcción de un buque mercante, y colocaron a bordo agua potable y víveres en cantidad suficiente para una navegación de varios meses; y desde la bella y aurífera Lisboa, eterno ojo de Hispania abierto hacia el misterioso más allá, se hicieron a la mar al primer soplo del viento del este.

            Después de navegar hacia el oeste aproximadamente durante once días con buen viento,  los  aventureros  llegaron a un mar, cuyas ondas espesas exhalaban un olor fétido, escondían numerosos arrecifes y se encontraban débilmente iluminadas: se trataba de  una zona del océano en la que son frecuentes las fuertes nieblas y las grandes masas sargásicas.

            Por el temor de perecer, cambiaron la dirección de sus velas, virando con rumbo sur, con el que  viajaron por espacio de doce días, pasando por las islas Madera para arribar finalmente a una de las Canarias, (conocidas en la antigüedad como las islas de los beatos), en la que decidieron desembarcar. Allí encontraron una fuente de agua corriente y una higuera salvaje en sus cercanías.  Aunque la isla se hallaba deshabitada, se toparon con numerosos carneros salvajes, cuya carne les resultó imposible de consumir debido a su sabor extremadamente amargo. No obstante, decidieron conservar sus pieles.

            Luego continuaron navegando con rumbo sur durante doce días más, y finalmente avistaron una isla que aparentaba estar poblada. Al acercarse para inspeccionarla mejor  fueron rodeados por un numeroso grupo de barcas cuyos tripulantes, luego de tomarlos prisioneros, los condujeron a una ciudad situada a orillas del mar.  Allí fueron mantenidos presos durante tres días dentro de una vivienda. Los lugareños eran  hombres de estatura elevada, de piel color rojiza, casi lampiños y con largos cabellos lacios. Al decir del cronista, las mujeres poseían una rara belleza.

            Al cuarto día se les acercó un hombre que se identificó como intérprete del rey y  los interrogó en lengua árabe acerca de su identidad, de su país de origen y del motivo de su viaje.  Los viajeros narraron su aventura, explicando que se habían lanzado al mar con el  objetivo de conocer lo que podía tener de singular y curioso, y para averiguar sus límites extremos. 

Al día siguiente fueron conducidos ante el soberano del lugar quien reiteró el interrogatorio, el que fue respondido  por los exploradores en los mismos términos que en la víspera.  Cuando el rey los oyó hablar se echó a reír y expresó textualmente al intérprete: ”…. Explica a estas gentes que mi padre  en otro tiempo ordenó a algunos de sus esclavos que embarcaran sobre este mar. Lo recorrieron durante un mes, hasta que la claridad de los cielos les faltó y se vieron obligados a renunciar a esta vana empresa ….”.  También le pidió que garantizase su benevolencia a los aventureros con el fin de que se formaran una buena opinión  sobre él, lo que el intérprete efectuó de inmediato.

            Si bien la actitud del monarca hacia los jóvenes fue en todo momento de extrema consideración, al terminar la entrevista ellos fueron nuevamente llevados a su prisión, y allí quedaron hasta que al día siguiente, a la salida del sol se levantó el viento del oeste. Sus captores, luego de  vendarles los ojos, subieron con ellos a una barca y los obligaron a remar. 

Después de navegar durante tres días arribaron a la costa de África donde fueron desembarcados y abandonados en la playa, con las manos atadas detrás de la espalda.  Permanecieron en ese estado hasta que oyeron ruidos y voces humanas en lontananza. Entonces comenzaron a proferir gritos de auxilio hasta que algunos de los habitantes de la comarca se acercaron a ellos, y viéndolos en condición tan miserable, los desataron y les proporcionaron agua y comida.

            Dado lo extraño del contexto, les solicitaron en idioma bereber detalles  sobre las causas  que los habían colocado en tal situación y al conocer su historia  les informaron que  para regresar a su patria  deberían navegar por espacio de dos meses.

            Al-Idrisi interrumpe en este punto su relato, por lo que ignoramos de qué manera y en qué circunstancias se produjo el retorno de los intrépidos navegantes a Portugal.  El cronista sólo añade que la narración de esta aventura la escuchó en Lisboa, donde incluso el nombre de una calle la recordaba y que por ese entonces  también estaba de actualidad en Tejo y en otras ciudades lusitanas.

            Solamente nos cabe una reflexión acerca de que el perfeccionamiento de las carabelas, (que fue uno de los logros máximos en la historia de la ciencia náutica europea de esa época), y el alto valor que adquirió el conocimiento del mundo para el espíritu de los hombres de la  Edad Media, brindó la remota posibilidad a una navecilla tripulada por musulmanes de Lisboa de encontrar un continente desconocido, tres siglos antes de que se toparan con él las naves castellanas. 

BIBLIOGRAFÍA

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