Historia y Arqueología Marítima

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OPERACIONES ANFIBIAS BRITÁNICAS EN EL RÍO DE LA PLATA, 1806-1807:  LA PERSPECTIVA URUGUAYA
 
Indice Academia ROU Hist Mar.y Fluvial

Por: JUAN CARLOS LUZURIAGA  Publicado en Ciclo de Conferencias año 2008

[1]RESUMEN

La fundación en 1724 de la ciudad de Montevideo, en la Banda Oriental del Río de la Plata – hoy capital de la República Oriental del Uruguay -   fue parte de una política defensiva en la región que se implementó a partir del acceso de los Borbones a la corona de España. Respuesta al enclave portugués de Colonia del Sacramento fundado en 1680, las condiciones naturales de puerto estimularon su desarrollo económico y su importancia política y militar. Por 1776 se erigió en Montevideo un Apostadero de la Real Armada con jurisdicción en todo el Atlántico Sur.  Por los mismos años se completaba el sistema defensivo de la ciudad. A inicios del siglo XIX las poblaciones más importantes eran Montevideo que contaba con unos doce mil habitantes seguida de Maldonado y Colonia  con unos pocos miles cada una.

 SUMMARY

            The foundation in 1724 of the city of Montevideo, in the Eastern Side of the River Plate – today capital city of Uruguay - was part of a regional defensive politics that was implemented begining from the access of the Borbons to the crown of Spain. As an answer to the Portuguese foundation of Colonia del Sacramento, founded in 1680, the bay natural conditions stimulated its economic development and its political and military importance. For 1776 it was erected in Montevideo a Royal Spanish Navy Base with jurisdiction in the whole South Atlantic.  For the same years the defensive system of the city was completed. To beginnings of the XIX century the most important populations were Montevideo that had some twelve thousand inhabitants followed by Maldonado and Colonia with some few thousands each one.

 LA GUERRA TAN TEMIDA

           El domingo 10 de mayo de 1801, en una soleada tarde en las orillas del Plata, los vecinos de Montevideo observaron expectantes desde la costa la aproximación de una fuerza naval. Era una flotilla de naves pequeñas que transportaba una fuerza de asalto. Otras embarcaciones también se acercaban a la costa con la intención de protegerlas. El estado de guerra con Gran Bretaña hacía temer en cualquier momento un ataque o golpe de mano de los ingleses, como el ataque a El Ferrol el 25 de agosto del año anterior. A la distancia se percibían los desplazamientos de escuadrones de dragones y de las compañías de milicias.

            En un momento, el estampido de los cañones retumbó sobre las aguas del río. Desde tierra se les respondió de igual forma. Se inició un duelo de artillerías mientras las naves continuaban aproximándose con la intención cada vez más evidente de desembarcar. No obstante, nadie se alarmó ni buscó refugio. Por el contrario, muchos pobladores se acercaron para observar mejor la evolución de buques y  fuerzas terrestres. Se trataba en realidad de maniobras anfibias, que ocupaban a fuerzas combinadas de los Reales Ejércitos y Armada.

            Estaban supervisadas por el Virrey, Marqués  Rafael de Sobremonte, junto con el gobernador de la ciudad y comandante del Apostadero, Brigadier José Bustamante y Guerra. La fuerza de ataque estaba formada por dos divisiones de lanchas cañoneras y una de botes de transporte. Las fuerzas de desembarco por un batallón del Regimiento de Infantería de Buenos Aires y un destacamento de Infantería de Marina. Los defensores eran dos escuadrones del Regimiento de Dragones de Buenos Aires y tres del Regimiento de Caballería de Milicias. Los complementaban dos batallones de Milicias de Infantería y ocho cañones.             La fuerza anfibia se dirigió a la playa desembarcando en la margen izquierda del arroyo Miguelete, en el actual barrio de Capurro. A fin de la tarde las maniobras habían terminado. 

LA GUERRA DE 1804:  SANTA MARÍA, TRAFALGAR Y BUENOS AIRES

En 1804 zarpo de Montevideo rumbo a Cádiz al mando de Bustamante y Guerra una escuadra formada por las fragatas Medea, Fama, Clara y Mercedes – estas dos últimas  veteranas de las jornadas de El Ferrol. Llevaban un tesoro y estimando los británicos que se emplearía en subsidiar a Bonaparte decidieron atacarla frente al cabo de Santa María. Capturadas las naves y el tesoro España declaró la guerra en diciembre de 1804. Desde Montevideo partieron varias naves corsarias que atacaron el tráfico inglés en las costas de África. En octubre de 1805 frente al cabo de Trafalgar una flota británica derrotó a la combinada de Francia y España.

Varios rioplatenses participaron en Trafalgar. Como el Alférez de Navío Miguel Antonio de Merlos y el de Fragata Francisco de Viana, en el San Ildefonso y en el Príncipe de Asturias  respectivamente.

En 1806 una fuerza británica tomó la ciudad de El Cabo en el sur de África, y a continuación parte de esa fuerza a cargo del Brigadier William Beresford y del Comodoro Sir Home Popham, conquistó Buenos Aires el 27 de junio de 1806. Enterados en Montevideo, el gobernador de la ciudad, Brigadier de Marina Pascual Ruiz Huidobro, con el apoyo de los vecinos organizó un pequeño ejército para la reconquista puesto al mando del Capitán de Navío Santiago de Liniers, al que se le unió un corsario francés,  Hipólito Mordeille. 

En la tarde del 3 de agosto zarpó la flotilla desde Colonia llevando al ejército expedicionario con destino a Olivos, que se ubicaba justamente a unas 30 millas náuticas.  Después de zarpar la fuerza el viento se corrió al sudeste y se convirtió en sudestada. La empresa era riesgosa: debían cruzar el río durante un temporal, en embarcaciones pequeñas, y además sortear la vigilancia y el asedio de la escuadra enemiga que bloqueaba el Río de la Plata y era notoriamente superior. Si los bergantines británicos lograban interceptarlos en mitad del río, las cañoneras serían fáciles de neutralizar, los transportes terminarían presa del enemigo y la fuerza reconquistadora se expondría a ser masacrada.

            El capellán de la fuerza, Dámaso Antonio Larrañaga, recordaba el cruce, haciendo gala de sus conocimientos náuticos y su condición de religioso:

[…] pasando por entre las islas navegando al sudeste, con viento ese, quedando los transportes a sotavento, y las cañoneras y demás buques de fuerza a barlovento […] Pero Dios quiso que todos amaneciéramos casi juntos, en la costa […].[3]

            Únicamente la goleta británica Dolores logró aproximarse a la retaguardia de la fila de naves cargadas de personal y a las cañoneras, sólo logró establecer un duelo de artillería sin resultado. A las primeras horas de la mañana del día siguiente, los reconquistadores desembarcaban en Las Conchas. El temporal había impedido que la marina británica desplegase sus cañoneras. Cuando llegaron al lugar previsto ya era tarde: Liniers se dirigía a la capital del Virreinato. Tras que en unos días amainara el mal tiempo, la fuerza marcho a la Reconquista. Luego de tomar el Retiro el 10 de agosto a unos cientos de metros del Fuerte de Buenos Aires, el 12 de agosto fueron derrotados los británicos.

BLOQUEO DEL PLATA Y BOMBARDEO DE MONTEVIDEO

Después de la reconquista de Buenos Aires, la flota de Popham quedó estacionada en el Río de la Plata bloqueando ambas ciudades. Los navíos británicos se dedicaron a apresar los barcos españoles que se acercaban a los puertos y a detener los buques neutrales. Además, tuvieron numerosas escaramuzas con los rioplatenses. 

Una de ellas fue el martes 9 de setiembre al mediodía, cuando una nave española proveniente de las Malvinas y perseguida por la fragata inglesa Leda se vio obligada a varar en la ensenada de Pajas Blancas, en la bahía de Montevideo. De un campamento cercano partieron unos 80 voluntarios a proteger el buque varado, encabezados por el Teniente de Dragones Joaquín Álvarez Cienfuegos de Navia y el Subteniente Juan de Jara.  

La Leda, mientras tanto, se acercó a la costa y abrió fuego sobre los milicianos esperando ahuyentarlos; éstos simularon retroceder, pero se ocultaron en los médanos.  Así esperaron a que un destacamento británico embarcado en tres botes se acercara a la costa para capturar o destruir el buque varado.  Dos adelante al mando del Teniente Parker y el Contramaestre Lascelles; el tercero de apoyo con una carronada a cargo del Teniente Stewart.  Los milicianos de improviso se irguieron y aparecieron abriendo fuego con las carabinas y entrando al agua sable en mano. Pese a que la carronada logró hacer dos disparos, la intrepidez de los milicianos logró hacer huir a los marinos en dos de las tres embarcaciones —abandonada la tercera—, llevando consigo cuatro heridos. Navia informó del resultado de la acción y los pertrechos capturados:

[…] con un destacamento a mis órdenes conseguí entre los fuegos inmediatos de una fragata de guerra y tres lanchas, el que los enemigos no apresaran el bergantín […]tuvieron éstos que retirarse dejando en mi poder una [lancha con una] carronada de a 18, 63 fusiles, 89 sables, 27 pistolas y porción de municiones de resultas del intrépido abordaje que [se realizara] con el agua a los pechos y algunos a nado se dio a las mencionadas lanchas y cuya acción gloriosa se hizo saber a todos los cuerpos […].[4]

El lanchón y las armas tomadas al enemigo fueron comprados por las autoridades. Enterados en Montevideo de la presencia de nuevas naves británicas, se tomaron nuevas medidas defensivas. El gobernador publicó una proclama patriótica dirigida a los vecinos, fechada el 7 de octubre:

 […] todos con sus haciendas, con sus personas y las de sus hijos a la defensa de la religión, de la patria y de sus propiedades […] [5]

            Esto aceleró la formación de nuevas milicias. El Tercio de Húsares del Gobierno fue creado por Mordeille el 13 de octubre de 1806, teniendo como base a sus corsarios y su prestigio personal.  Esta fuerza, a pesar de su nombre, había sido concebida como infantería de marina. Había también otros tercios, como el de  Andaluces, Gallegos y Asturianos. Por último estaban los Cazadores de Montevideo, pagados y equipados por el acaudalado comerciante Mateo Magariños. Mientras esto sucedía, comenzaban a llegar nuevos efectivos británicos a reforzar a los presentes en el Río de la Plata. El primero de ellos estaba al mando del Teniente Coronel Thomas John Backhouse.  De acuerdo con Popham antes de decidir el próximo punto de ataque se decidió hacer un reconocimiento por el fuego de las defensas de Montevideo.

            En la mañana del martes 28 de octubre, la flota británica zarpó de su fondeadero tras embarcar a la fuerza de asalto en los navíos Diadem y Raisonable, mientras que la fuerza de ataque y bombardeo estaba constituida por los buques Lancaster, Diomedes, Leda, Medusa, Encounter y Protector. A las diez de la mañana se inició el fuego. La reacción de la plaza fue inmediata, complementada con la de las cañoneras que protegían la entrada al puerto. El combate duró algo más de una hora y los británicos comprobaron que el excesivo calado de sus buques les impedía aproximarse lo suficiente para hacer fuego con todos sus cañones. La artillería montevideana les respondía con balas rojas —es decir, incendiarias—, lo que llevó a Popham ordenar una prudente retirada de la escuadra.

            La distancia hizo que el bombardeo fuese ineficaz para ambos bandos. El fuego de los atacantes logró impacto en varias casas de la ciudad, mientras que uno de sus botes fue hundido por los españoles.

            Vista la resistencia de Montevideo, que les indicaba que para tomarla iban a necesitar más efectivos y artillería, los británicos se dirigieron a Maldonado, lugar desde el cual esperaban establecer una base de operaciones para su escuadra y ejército. Ahí podrían obtener provisiones en tierra, acuartelar la tropa y contar con un puerto para el arribo de los nuevos contingentes. Ello también permitiría la recalada de las naves mercantes que habían zarpado de Gran Bretaña al saber de la conquista de Buenos Aires.

ASALTO ANFIBIO DE MALDONADO

Desde el momento en que se supo de la caída de Buenos Aires, en julio, Maldonado se había preocupado por la defensa de su comarca con un pequeño contingente de milicianos, blandengues – una policía rural - e infantes.  Completaba la defensa una serie de baterías fortificadas ubicadas  en la costa y  en la isla de Gorriti que cubrían con sus fuegos la bahía de Maldonado. Contaban con una veintena de cañones.

El 29 de octubre de 1806, la escuadra del comodoro arribó a una playa cercana a punta Ballena  en la bahía de Maldonado. Tres compañías del 38.o, a las que se sumó otra de Royal Marines y marinería, que sumaban más de 600 efectivos al mando del Teniente Coronel Spencer Thomas Vassal y el Mayor Trotter, desembarcaron sin oposición a las cinco de la tarde. Los invasores se dividieron en tres columnas; la principal se dirigió directamente a la ciudad, mientras que otra amenazaba rodearla por el norte.

            Avistada la fuerza enemiga, media hora antes de ponerse el sol salieron a enfrentarla los hombres de Maldonado y de San Carlos, con el tren volante de artillería de cuatro piezas. El informe de los vecinos da cuenta de su disposición en la acción y de la posición que tomaron “… nos fijamos en el alto en que está situada la torre de observación …” y más tarde también de su retirada ante la amenaza de verse cortados por la superioridad de las columnas enemigas y su defensa en los edificios del centro de la ciudad.[6]

            Un marino inglés, el Teniente Samuel Walters, recordaba la acción, la sorpresa que recibieron sus camaradas al avanzar hacia la ciudad y ser emboscadas en los tunales cercanos. Desalojados de esas posiciones, se dirigieron a los centros poblados cercanos, unos a San Carlos y otros a Maldonado, donde recién a las ocho de la noche los fernandinos se rindieron.

 […] las azoteas estaban cubiertas de hombres armados e inmediatamente que nuestros camaradas entraron en la ciudad comenzaron a disparar sobre éstos, por lo cual un gran número de los nuestros cayó. Se dieron órdenes de dispersarse y penetrar en cada casa. Así un gran número de defensores fue muerto aunque tratando de llegar a las azoteas […] un gran número de nuestros camaradas también cayó. A la hora esta terrible escena de sangre comenzó a apaciguarse […] sólo se oían los quejidos de los moribundos y los lamentos de los sobrevivientes […].[7]

Los invasores asaltaron la ciudad enfrentando una defensa  desesperada en las manzanas alrededor de la plaza, en los edificios más sólidos. El ataque se saldó a favor de los británicos con varios muertos y heridos de ambos bandos: como relata un vecino:

[…] El número de los enemigos era muy superior a los nuestros, que se defendieron con mucho valor hasta que se vieron precisados a trepar en la iglesia nueva, otros en las azoteas del ministro, otros en el cuartel y en otros parajes hasta que se rindieron como a las 8 de la noche, después de estar el enemigo en la plaza. De los nuestros murieron dos oficiales [...] y seis voluntarios de la caballería, quedando prisioneros ocho oficiales y sesenta y ocho soldados [...] [8]

            A San Carlos y también a Minas se retiraron muchos civiles, hombres y mujeres. Mientras tanto, la isla de Gorriti, atacada por la escuadra de Popham, resistió hasta el día siguiente, en que capituló, mientras Vassal capturaba la batería de punta del Este. Los hombres tomados prisioneros fueron enviados a la isla de Lobos. En manos de los británicos, Maldonado fue objeto de saqueo.[9]

DESEMBARCO INGLÉS EN EL BUCEO Y TOMA DE MONTEVIDEO

El 13 de enero de 1807 los buques del Almirante Charles Stirling, nuevo comandante de la marina británica en el Plata,  zarparon de Maldonado, tras haber evacuado su guarnición y dejado sólo un destacamento en Gorriti, con rumbo a Montevideo. Dos días después, una fragata británica desembarcaba emisarios en Montevideo para intimarle la rendición, por medio de una nota firmada por Auchmuty y Stirling. Le proponían a Sobremonte, que se encontraba en la Banda Oriental, una capitulación en términos generosos, que fue rechazada.

El viernes 16 de enero de 1807 se presentó frente a Montevideo la imponente escuadra enemiga, que contaba con 16 naves de guerra.[10] Las naves se dividieron en dos grupos: una flotilla ensayaría una maniobra de diversión, amagando atacar sobre la playa del Cerro, mientras el grupo principal se acercaba al Buceo con varias fragatas y un bergantín para cubrir el desembarco. Éste se efectuó en dos contingentes. El primero, bajo las órdenes de William Lumley, lo componían el 38.o Regimiento, un destacamento del 95° de Rifles - veteranos también de El Ferrol donde se llamaban Rifle Corps -  y una agrupación de las compañías de tropas ligeras. El resto de las unidades, bajo las directivas del Coronel Gore Browne, eran el 40.o, el 47.o y el 87.o de Infantería, así como elementos del 17.o, el 20.o y el 21.o de Dragones Ligeros, la Artillería y los Ingenieros. Para impedir el desembarco, unos 800 milicianos de caballería estaban ubicados entre los médanos pero fueron dispersados por el fuego de las fragatas enemigas y de las primeras fuerzas que habían logrado desembarcar.

En estas acciones, los rifleros  que cubrían el desembarco del grueso tuvieron un corneta muerto y un  oficial herido. Habían desembarcado unos 800 marineros e infantes de marina, al mando del capitán Ross Donelly, para transportar por tierra las piezas de artillería e incluso participar en algún combate si fuera necesario. El 20 de enero los españoles fueron derrotados en  el Cardal a unos pocos kilómetros en las afueras de Montevideo. El 3 de febrero de 1807 en un asalto nocturno las fuerzas británicas con el 95° Rifles al frente conquistaron Montevideo. El asalto costó unos doscientos muertos en las fuerzas de Auchmuty y posiblemente el doble en los defensores. Auchmuty, apenas rendida la plaza, dio órdenes estrictas para imponer disciplina y reprimir el pillaje, lo que consiguió ya a la mañana de la toma de Montevideo. 

MONTEVIDEO BAJO BANDERA BRITÁNICA

Ruiz Huidobro, ya ex gobernador, solicitó a Auchmuty la devolución a los vecinos de los diversos efectos de propiedad particular con que habían contribuido a la defensa —por ejemplo, de maderas y cueros—, lo que fue denegado. Este enseguida designó las autoridades principales. Como gobernador nombró al Coronel Gore Browne, quien tomó como residencia el n.o 15 de la calle San Fernando.  El 5 de febrero Auchmuty y Stirling efectuaron una proclama en la cual, además de aludir a la “… suavidad de S. M. Británica …”, se dirigían a los pobladores con promesas y advertencias:

[…] convidamos a los habitantes de dicha ciudad y su jurisdicción a que vuelvan a ejercer sus anteriores ocupaciones, asegurándoles de una verdadera protección a sus personas, siempre que se comporten como verdaderos y fieles vasallos […] [del] gobierno de S. M. Británica.[11]

            Auchmuty exigió también al Cabildo y al clero, así como también a los vecinos varones, un juramento de fidelidad concreto a la corona británica, que se tomó los días 6 y 7 de febrero entre las ocho de la mañana y las cuatro de la tarde. Los montevideanos se comprometían a ser leales a su nuevo rey: Jorge III, con la salvedad de que no tomarían las armas contra España.

Entre otras disposiciones, se intimó a los vecinos a entregar las armas de fuego, a los prisioneros a no evadirse de los buques en que se encontraban detenidos y a los vecinos ausentes a volver a sus casas  pues de lo contrario éstas serían confiscadas. El 12 de febrero el gobernador informó al Cabildo de la disposición de extender la soberanía británica a su jurisdicción y villas inmediatas. Éstas debían enviar delegaciones a Montevideo a los efectos de solicitar la protección de Auchmuty, al tiempo que se comprometerían con el abastecimiento de la ciudad. Las nuevas autoridades tomaron a su cargo todos los caudales y bienes públicos y, por tanto, recibieron los reclamos de numerosos habitantes de la ciudad que aducían la propiedad de algunos de esos bienes puestos circunstancialmente a servicio de la defensa, esclavos incluidos. Asimismo, del tesoro tomado a las autoridades peninsulares reclamaban el pago de cuentas pendientes por deudas diversas por útiles y provisiones para la defensa. Paralelamente se fue confirmando a todos los funcionarios públicos en sus cargos; el Cabildo continuó en sus funciones y se asignó el cargo de juez de Policía de Montevideo a Juan Vidal y Benavides, el 10 de abril.[12]

SUEÑOS DE PROSPERIDAD

Las novedades y posibilidades comerciales del Plata que Popham generara en Gran Bretaña habían despertado gran interés en comerciantes e industriales. Por eso, unos setenta barcos mercantes esperaban en la rada los resultados de las acciones militares sobre Montevideo. Las ilusiones de los comerciantes eran muchas; da cuenta de ellas John Robertson, al referirse a la Nueva Arcadia que había conquistado Beresford:

[…] se nos decía […] que miles y miles de cabezas de ganado pastaban en sus verdes llanuras, y que un novillo valía cuatro chelines mientras el precio de un caballo era la mitad de esa suma. Los naturales […] nos darían oro incontable por nuestras manufacturas, mientras sus almacenes estaban provistos de frutos como sus cofres llenos de metal precioso. Se decía que todas las mujeres eran bellas y los hombres hermosos y fuertes […] [13]

Apenas autorizado el desembarco, ingresaron a Montevideo casi dos mil civiles, comerciantes, dependientes y familiares. Se distribuyeron por toda la ciudad buscando un lugar para establecer su comercio y su morada. No había casa que no hubiese alquilado una pieza para tienda y otra para vivienda de estos nuevos pobladores. Una relativa paz vivieron ocupantes y nativos, intentando sobrellevar las circunstancias propias de la situación en que se encontraban unos y otros.

 […] De cómo los soldados, comerciantes y aventureros extranjeros de todas clases encontraron alojamiento en la ciudad, no es fácil decir. Se acomodaron en todos los ángulos y rincones, de manera que pronto tuvo más apariencia de colonia inglesa que de fundación española. A esta población se agregaron después de la toma de la ciudad unos seis mil súbditos ingleses, de los que cuatro mil eran militares, dos mil tratantes, comerciantes y aventureros […].[14]

Era evidente que en esos momentos la apariencia de Montevideo había cambiado, y se asemejaba más a una colonia británica que a una ciudad española. Montevideo también conoció una novedad, un periódico bilingüe, The Southern Star - La Estrella del Sur. El primer anuncio de que se pensaba publicar este medio de prensa fue un Prospectus, avisando de las intenciones y solicitando suscriptores. Finalmente el 23 de mayo salió el primer número.

Si un montevideano hubiese regresado a su ciudad después de una ausencia de seis meses, varios hechos lo habrían sorprendido y deslumbrado. Al principio, la cantidad de naves británicas ancladas en la bahía. Luego de desembarcar, el ambiente y el habla anglosajones, pero tras las primeras palabras se iría adaptando a los sonidos. Por su novedad, le llamarían la atención las viviendas numeradas, primero en orden por una acera, en un sentido hasta el fin de la calle, para luego volver por la acera de enfrente.[15]

Tal vez recorrería la calle San Benito, en cuyo número 56 se toparía con el comercio mayorista de John Robinson, donde podría ver las ofertas de cervezas en barriles, loza, palanganas, paños y casimires. Si tomaba por las transversales, por ejemplo, en San Miguel 119, cerca de las murallas, apreciaría la calidad de los artesanos británicos; allí John Drew y otros carpinteros de Londres elaboraban muebles. Una cuadra más arriba, por San Luis 14, se ubicaba Balch, Morison & Co., que entre otros comestibles ofrecían barriles de pasas de Málaga. Al lado, en el número 15, Geo Perkin’s Store se especializaba en licores, ron, brandy y cervezas.

Si tenía interés en artículos de construcción, en el 65 de San Pedro podría ubicar a Arthur Crauford & Co., con lienzos de Irlanda y barriles de pintura en polvo. Si quería bebidas y licores exóticos, en San Diego 54 James Wreyford vendía brandy francés, vino portugués, manteca y calzado. Y si tenía las previsibles dificultades con el idioma y estaba dispuesto a pagar, ahí mismo se alojaba un profesor de inglés, don David Creighton. En el 14 de la Plaza, William Jones & Co. ofrecía, entre otras prendas, pañuelos y sombreros. No era el único: en el 67 de San Fernando, Harrison & Hayman exhibían, por ejemplo, muselinas, pana, sillas, quitasoles y paraguas.

Los marinos obtenían cuadrantes y telescopios nocturnos en San Carlos 158 y cables de uso naval vendidos por un comisionista, St. Arrowman, en San Luis 146. En ese puerto británico que era Montevideo no podía faltar un agente de seguros: Richard Morris, de la Phoenix Company of London, atendía en el 1 de la calle del Fuerte.

Todos los días se descargaban mercancías y aún quedaban muchas en las bodegas de los mercantes. Los precios eran bajos y la mercadería novedosa y de buena calidad. La oferta deslumbraba en cuanto a prendas —sombreros, sedas, paños, bayetas, medias, peinetas, botas y zapatos—, alimentos y bebidas —pasteles, sardinas, cervezas, vinos, licores— y artículos diversos —barnices, pinturas, alquitrán, loza, palanganas—. Para la época era realmente un gigantesco hipermercado.

Se establecieron también mayoristas, como James Barton, en el 19 de San Vicente esquina San Pedro en una casa alquilada a los hermanos Velázquez; incluso se organizó rápidamente una Cámara de Comercio para que los representase antes las autoridades. Quien tenía sus clientes entre los propios británicos era Thomas Gowland, que ofrecía cantidad de prendas y telas rojas, azules y blancas para vestir en forma elegante a los numerosos oficiales del ejército de guarnición y a sus pares de la marina que bajaban a tierra luego de días de navegación.

Entre tienda y tienda se ubicaban numerosos establecimientos de esparcimiento y comidas. Dos de los seis billares y dos de otros tantos cafés de la ciudad estaban en San Pedro, mientras que por esa misma calle un tercer negocio, propiedad de Antonio Cosme, aunaba ambas actividades. Sobre San Joaquín había tres bodegones y una fonda, y otra fonda sobre San Miguel. En San Francisco se encontraba otro billar y café cuyo dueño era Francisco Estrázulas, un siciliano que había dado fe de su coraje combatiendo en las baterías de las murallas.

En The Southern Star, entre avisos de licores y telas, aparecían ofertas de trabajo:

[…] Se necesita un mozo para ayudar en un Almacén de este Pueblo, el que será más apreciable si poseyese los dos idiomas Inglés y Español, y para este efecto pueden presentarse en esta oficina […][16]

Un aviso similar se publica la semana siguiente a cargo del Almacén por Mayor de Juan Robinson:  

[…] Se necesita un Criado el cual si hablase el Inglés será más apreciable […].[17]

Pero además aparecían avisos que llamaban al comercio con los nativos:

[…] Quien quisiera trocar Productos de estas Tierras para ciertos Géneros de Inglaterra en precios equitativos se mandara anunciar al negociante Inglés Guillermo Stone, en Casa de Don Joaquín Bana, Calle de San Felipe n.o 81 […].[18]

LAS MILICIAS DE GEORGE III

Los comandantes británicos decidieron organizar en Montevideo milicias que pudieran apoyar a las pocas tropas regulares que quedarían de guarnición. Estas fuerzas se constituyeron con parte de los civiles que habían desembarcado en la ciudad.  Fue el The 1st Royal Regiment of South American Militia.  Al igual que la mayor parte de las unidades de milicias rioplatenses, estaba superpoblada de oficiales: tres mayores, diez capitanes, veinte tenientes y diez cadetes.

Éstos fueron seleccionados de entre los individuos que habían abierto comercio en Montevideo, como William James y el muy activo James Barton —también tesorero de la Cámara de Comercio— con las jerarquías de mayor y capitán del regimiento respectivamente. Robertson nos da una mordaz idea de sus capacidades:

[…] Muchos fueron los ejemplos de acerba enemistad originada porque uno quería ser capitán, mientras otro, que creía tener iguales o mejores títulos, era […] constreñido a servir bajo las órdenes del primero […] Se reconocería la diferencia de casta y perfil, entre ellos y los oficiales de línea, a distancia de tiro de cañón […].[19]

Recibían además la burla solapada de los pobladores nativos, quienes contemplaban el entrenamiento exagerando la admiración por la marcialidad de los oficiales y las tropas milicianas, así como las voces de mando y sus uniformes: casaca roja, pantalón azul y gorra de piel de carnero. No faltó quien viera a los noveles milicianos como posibles compradores. El sábado 6 de junio Thomas Gowland anunciaba en La Estrella del Sur que tenía para el nuevo regimiento ropas y un limitado stock de sables y sombreros, y recordaba a los interesados que el negocio estaba ubicado en la calle San Pedro, n ° 23  en el teatro.

VIVIR Y CONVIVIR

En los varios meses que Montevideo estuvo ocupada se dieron naturalmente encuentros y desencuentros. Simpatías personales y antipatías colectivas estaban presentes en el ánimo y los sentimientos de cada uno. Así opinó  José Manuel Pérez Castellano muy negativamente sobre la entrada de los británicos en la ciudad, pues habían ocupado su casa, dejando sin morada a su padre, muy mayor.

[…] Apenas pusieron el pie en la plaza empezaron a ocupar las casas que les parecían bien, que fueron las mejores y las más bien amuebladas, haciendo el más alto desprecio de sus dueños, quienes, o por esta razón no pudieron venir del campo, o si venían se hallaban en la calle […].[20]

Uno de los alojados en la vivienda de una familia montevideana era el joven Teniente Harry Smith del 2° batallón del 95° de Rifles.  Súbitamente fue aquejado de disentería y una fiebre muy alta. Se sentía desfallecer, pero sobrevivió, gracias a los cuidados prodigados por los dueños de casa:

[...] Mis propias amistades no me hubieran cuidado con tanta atención. Mi gratitud a ellos nunca la podré expresar o será suficientemente apreciada […].[21]

 John P. Robertson fue otro joven que encontró una recepción particularmente amable y alternó en las tertulias de los montevideanos:

 […] Todas las damas que vi en Montevideo valsaban y se movían en las intrincadas figuras de la contradanza con gracia inimitable […].[22]

El impacto económico de los nuevos pobladores puede calibrarse con la cantidad de naves que entraron al puerto. En febrero fueron 78; al mes siguiente, 27 más; desde abril a junio, otras 27 embarcaciones.

La Cámara de Comercio, ya en marcha, solicitaba públicamente, por La Estrella, el pago de la cuota por los noveles socios. Muchas oportunidades se les ofrecían a nuevos y viejos vecinos. Algunos eran los remates de diferentes productos y bienes, desde aguardiente español y francés hasta los buques tomados como presas en el asalto a la ciudad.

Más allá de las ventajas comerciales que evidenciaba la presencia anglosajona, el alud de miles de comerciantes, soldados y marinos de las fuerzas de ocupación, de una religión y una cultura distintas, era sentida por los montevideanos. Además, el hecho de provenir de la nación de los ocupantes hizo aflorar en ciertos civiles el espíritu cobarde de la patota. En los primeros días de abril algunas señoras fueron insultadas en las calles por comerciantes británicos, y el gobernador publicó un bando en inglés con notificación en castellano, donde penaba severamente esa conducta.

            El 3 de junio, fecha de Corpus Christi, el cura vicario Juan José Ortiz dispuso que la celebración se efectuase en la iglesia Matriz, para evitar roces con los ocupantes. Pese a su prudencia y a las disposiciones del gobernador británico, un grupo de soldados protestantes se introdujo en el templo e interrumpió la ceremonia con ademanes de burla. El rechazo que provocó esta actitud llevó a que el Cabildo enviase nota de queja a Whitelocke, nuevo comandante en jefe británico,

[…] Es cosa que irrita infinito ver que en aquel lugar sagrado destinado sólo para adorar el verdadero Dios y al tiempo que los fieles están juntos en oración […] se entró un hombre adentro para ponerse a comer pan y manteca, que no pudiera hacer mayor desprecio si entrase en un lupanar o casa de rameras públicas. El Cabildo cree que si se hiciera otro tanto en Constantinopla cuando los musulmanes sacan el estandarte de Mahoma, en un momento harían pedazos al que tuviese atrevimiento de burlarse de sus despreciables ritos […].[23]

Al día siguiente se festejó en la ciudad el cumpleaños, del rey inglés George III. La escuadra y los mercantes se empavesaron y las tropas desfilaron en la ciudad. Whitelocke ofreció una celebración reservada a sus generales. Más tarde, otro festejo convocó en la fonda de las Cuatro Naciones a lo más selecto de la comunidad británica. Los brindis se sucedieron en honor del monarca, la familia real, las autoridades de Relaciones Exteriores y Marina y, finalmente, los comandantes de las fuerzas en el Río de la Plata.

LA ESTRELLA DEL SUR: LA GUERRA IDEOLÓGICA

Los británicos no descuidaron el aspecto ideológico y publicaron un periódico bilingüe, The Southern Star - La Estrella del Sur, que se dedicó a pregonar las ventajas de la monarquía británica con respecto a la española. Entre otros, se entiende que pueden haber trabajado en la publicación militares como los Tenientes Coroneles Edward Butler y Thomas Bradford,  junto con criollos como Manuel Aniceto Padilla. Una hipótesis señala como responsable intelectual del periódico a William Scollay, un joven universitario de 22 años, natural de Boston.[24]

El 9 de mayo de 1807 se editó el prospecto que informaba de las novedades y llamaba a la suscripción a La Estrella como forma de estimar la viabilidad económica del semanario.  El sábado 23 de ese mes apareció el primer número, con conceptos muy claros respecto a su papel:

[…] En esta región las ventajas de una imprenta libre hasta ahora nunca se han experimentado. Van a descubrirse. Nuestro objeto principal en conducirla será aumentar y alentar aquella armonía, concordia y amistad que debe siempre existir entre los súbditos del mismo gobierno […].

Luego de dirigirse a los británicos residentes en Montevideo lo hace a los nativos

[…] Y vosotros Amigos Españoles […] El gobierno Inglés desea vuestra felicidad de todo corazón y se halla interesado en la prosperidad de todos los habitantes. Vienen los Ingleses, no como conquistadores, sino como defensores. Quieren emanciparos de la servidumbre, y entregaros vuestra justa libertad […].

Todos estos artículos están firmados por Veritas, seudónimo que inicialmente se adjudicó al Teniente Coronel Bradford y tiempo después se vio que probablemente correspondiera a Scollay.

El periódico no se limitaba a la propaganda política; también ejercía una función comercial al anunciar el arribo de buques y las diferentes ofertas de los comerciantes británicos establecidos en la ciudad. Contenía críticas literarias y artísticas e incluso un espacio para colaboradores.  Las características de La Estrella la hicieron objeto de fuertes críticas desde Buenos Aires. El 11 de junio de 1807 la Real Audiencia publicó un bando donde se prohibía introducirla en la capital del Virreinato. Más allá de la pasión puesta de manifiesto por los editorialistas y de sus muchas exageraciones, las críticas de La Estrella del Sur tenían fundamento. El objetivo implícito del periódico era afianzar en los comerciantes británicos los principios liberales y darles argumentos para polemizar con sus pares nativos. Paralelamente, se esperaba captar a los españoles y en particular a los criollos afines a dichos principios. Los comerciantes conformaban, sin duda, el grupo social que por sus características e intereses era más permeable a esa propaganda

 No obstante, la prensa era una novedad sólo apreciada por unos pocos. La mayoría de los montevideanos no deseaba tener ningún contacto con los herejes ni con sus publicaciones. Anunciada la retirada británica, la maquinaria y el equipamiento de la imprenta se vendieron a la casa de los niños expósitos de Buenos Aires por 3190 pesos y fueron enviados a la capital del virreinato en la balandra Copiango.

LAS EXPEDICIONES DE REFUERZO

El gobierno británico, naturalmente, seguía a distancia los acontecimientos en el Plata. A la sorpresa inicial de la expedición de Popham y Beresford, el gabinete de coalición conducido por Grenville había decidido apoyar la conquista. Así Windham envió sucesivos refuerzos a las fuerzas estacionadas en América del Sur. A los primeros efectivos destacados por Baird desde el Cabo siguieron las tropas al mando de Auchmuty, que partieron en octubre, y las de Craufurd, un mes más tarde.

En febrero se decidió dar el comando de todos los contingentes a dos oficiales generales de rango superior. Fueron elegidos el Teniente General John Whitelocke, como comandante en jefe, y el Mayor General Levison Gower como su segundo. El primero recibió además el cargo de gobernador civil, con un sueldo de 4000 libras anuales. Para un cometido tan delicado como era el representar al rey en las provincias recientemente ocupadas, se le dieron amplias atribuciones y unas instrucciones generales. Obviamente, el primer objetivo era recuperar Buenos Aires. No obstante, se le indicaba:

[…] Considerará el objeto de su empresa, no el incomodar o destruir el enemigo sino la ocupación de […] posiciones de territorio, que una vez sujetos a las armas de S. M. no le fueran fácilmente retomables […][25]

Entre esos puntos estratégicos estaban Maldonado y Montevideo, sin saber en ese momento que esta última ya se encontraba en manos británicas. Incluso se facultó al novel gobernador para retirarse del Río de la Plata con todas sus fuerzas. Se le indicó que debía conciliar sus intereses con los pobladores nativos, haciéndoles ver las ventajas de ser súbditos de George III. Se entendía, con base en los primeros informes llegados tras la ocupación de Buenos Aires, que los británicos eran bien recibidos por los rioplatenses.

Whitelocke zarpó para su destino el 9 de marzo de 1807 y arribó a Montevideo en la fragata Thisbe en los primeros días de mayo.

El domingo 14 hubo una nueva muestra del poderío británico ante los pobladores de la ciudad, con el arribo de una escuadra al mando del Contralmirante sir George Murray. Éste enarbolaba su insignia en el navío Polyphemus, acompañado por el Africa —ambos veteranos de Trafalgar—, las fragatas Camel y Nereide, la balandra Saracen y otras embarcaciones de guerra que escoltaban a 33 buques de transporte con unos 4700 hombres y 18 cañones, a cargo del Brigadier General Robert Craufurd, los que venían a engrosar las fuerzas dispuestas a tomar Buenos Aires. Entre sus efectivos estaban cinco compañías del 1.er Batallón del 95.o de Rifles. En la rada, la presencia de la Real Marina era impresionante: cinco navíos, cuatro fragatas y diez naves menores, bergantines, goletas y balandras.

SUEÑOS DE GLORIA

Los británicos desembarcan en  marzo en Colonia y la ocupan  sin resistencia. Los españoles resisten tierra adentro de la Banda Oriental y son derrotados el 7 de junio en San Pedro. La presencia de nuevas tropas confirmó a todos que el asalto a Buenos Aires era cuestión de días. El sábado 27 de junio La Estrella del Sur expresó con expectativa y orgullo lo que seguramente eran los deseos de los británicos residentes en Montevideo:

[…] Todo lo que sea capaz del espíritu y animoso valor de los soldados británicos se realizará […].[26]

Ese mismo día el periódico daba cuenta de una reunión en el Golden Lion, de la calle San Gabriel, donde se efectuó una suscripción para viudas y huérfanos de “los héroes del 3 de febrero”. Con la satisfacción de los presentes se recaudaron unos 5000 dólares, moneda corriente en la época. Finalmente, el 21 de junio comenzaron a embarcar las tropas. Los comerciantes anglosajones aguardaban impacientes el asalto a Buenos Aires; se frotaban las manos ilusionados con el éxito de la empresa. Ahora, justo un año después de que un millar de hombres decididos se habían apoderado de ella, fuerzas varias veces superiores e igualmente valientes debían reconquistarla sin mayores problemas.   

El 5 de julio, un ejército inglés al mando del General John Whitelocke,  intenta retomar Buenos Aires, siendo derrotado. En las condiciones de la capitulación estaba el retiro de los británicos de Montevideo

Todo esto significó una advertencia y una enseñanza para los políticos de Londres. Aunque no concretaron el establecimiento de una colonia anglosajona en estas tierras, ganaron en experiencia y sembraron en algunos pobladores, particularmente comerciantes, la semilla del libre comercio y sus ventajas. Los británicos contemporáneos adjudicaron la responsabilidad de la derrota casi exclusivamente a Whitelocke. Una síntesis bien puede ser el juicio de Robertson sobre este general:

[…] Con la máxima indiferencia nos vio abandonar un suelo que, a no ser su tontería y locura, hubiera sido nuestro para generaciones todavía no nacidas […].[27]

 

ALBIÓN Y SU LEGADO

Enterados en Londres de la derrota de Whitelocke, comenzaron a discutir la posibilidad de una nueva expedición y su pertinencia. Pero, mientras la discusión se procesaba, otras realidades políticas se iban imponiendo; en particular, la alianza de buena parte de los españoles con Gran Bretaña frente a Francia. Eso llevó a que necesariamente el gabinete británico pospusiera la expedición y luego entendiera que necesitaba la alianza con España para enfrentar a Bonaparte.

Desde ese momento los británicos buscaron otros caminos para incidir en estos territorios, potenciales mercados que se encontraban ávidos de las mercaderías que abarrotaban las fábricas de las islas. El rumbo lo señalaría la diplomacia británica en 1828, con la Convención Preliminar de Paz, que alejaba la presencia brasileña y dividía la soberanía del Río de la Plata entre Buenos Aires y Montevideo. En el transcurso de todo el siglo XIX en  ambas márgenes del río se establecieron, algunos como simples trabajadores, otros como empleados de grandes empresas importadoras y exportadoras, y muchos como propietarios de estancias y saladeros.

Fue también el momento en que el capital inglés se extendía como una mancha de aceite por todo el mundo y estas tierras eran un lugar privilegiado para su inversión. Vino acompañado del ferrocarril. Para 1900 la presencia británica era impresionante en los dos países: gas, agua, seguros y transportes eran algunos destinos de sus inversiones. El fútbol, un deporte traído por los ingleses se popularizo a través de los ferrocarriles, desde las elites criollas a las clases medias y de ahí a los sectores populares, en un proceso vertiginoso.

Cincuenta años después, finalizada la Segunda Guerra Mundial, la inversión inglesa en Argentina y Uruguay estaba en declive. No obstante, a inicios del siglo xxi, Gran Bretaña continúa siendo un referente en las sociedades rioplatenses. El capital británico y sus gestores en el Río de la Plata moldearon, para bien o para mal la infancia de las economías de ambas repúblicas. En Uruguay, tal vez la presencia de Inglaterra más perdurable y visible se encuentra en el Club Atlético Peñarol, cuyos orígenes se remontan a 1891 bajo el muy circunspecto y británico nombre de Central Uruguay Railway Cricket Club.

CONCLUSIONES

Este conflicto  dejó no menos de ochocientos criollos y peninsulares fallecidos y otros tantos heridos en la Banda Oriental. En lo que hace a los británicos pueden estimarse en algo más de doscientos muertos y un número mayor de heridos.

Presentes en el Río de la  Plata durante unos quince meses,  más de siete Montevideo estuvo bajo bandera británica. Apenas tomada la ciudad cientos de comerciantes anglosajones desembarcaron en la ciudad y buscaron establecer relaciones comerciales. 

En esos tiempos montevideanos e ingleses convivieron con los variados matices de las complejas relaciones humanas: rechazo, indeferencia,  interés, afecto, amistad e incluso amor.  

A doscientos años del inicio del conflicto que enfrento a británicos y  españoles en el Río de la Plata, es justo  tener presente a aquellos que dieron todo, incluso su vida, en un gesto de desprendimiento y amor a su patria. El recuerdo involucra a montevideanos, fernandinos, carolinos, colonienses y otros patriotas de los más distantes parajes  que enfrentaron  a los invasores de la Banda Oriental. También a los porteños, asunceños y cordobeses, entre otros tantos habitantes del Virreinato que contribuyeron a la defensa de su tierra. Igualmente debemos recordar con respeto a los ingleses, escoceses,  e irlandeses que siguiendo su bandera, arribaron a estas tierras, y por ellas lucharon.

Los rioplatenses de inicios del siglo XIX – españoles europeos y americanos de ese tiempo -  fueron artífices de un pasado y de un presente que nos legaron y que es irrenunciablemente nuestro al que debemos recordar y valorar, por ellos pero también por nosotros.


 

[1] La presente conferencia fue brindada por el autor, representando a nuestra Academia, en el Coloquio Internacional “BLOQUEOS NAVALES Y OPERACIONES ANFIBIAS EN LAS GUERRAS DE LA REVOLUCIÓN Y EL IMPERIO (1793-1815)”, desarrollado en Ferrol del Caudillo, España, julio de 2007. 

[2]     El Telégrafo Mercantil, n. o 15, 20 de mayo de 1801. Tomado de una conferencia de Juan Antonio Varese en la Academia Uruguaya de Historia Marítima y Fluvial, publicada en el Ciclo de conferencias 2005.

[3]     Archivo General de la Nación – Montevideo – Uruguay. (En adelante agn), caja 195, Escritos de Larrañaga; carpeta 5, Reconquista de Buenos Aires.

[4]     agn, libro 167, p. 117.

[5]     José Manuel Pérez Castellano: “Proclama del Gobernador de Montevideo, 7 de octubre de 1806”. Crónicas históricas 1787-1814. “Memoria de los acontecimientos de la guerra actual de 1086 en el Río de la Plata”, pp. 84-86. Biblioteca Artigas, Colección de Clásicos Uruguayos, vol. 130, Montevideo, 1968.

[6]     Francisco Bauzá, Historia de la dominación española en el Uruguay, tomo IV, Biblioteca Artigas, Colección de Clásicos Uruguayos, Montevideo, 1965, pp. 325-326 (documento de prueba n.o 3).

[7]     Las memorias del teniente Samuel Walters se transcriben en “Papeles de las Invasiones Británicas”, en Boletín Histórico,  N os 108-111, p. 177. Estado Mayor General del Ejército, Sección Historia y Archivo, Montevideo, 1966.  Walters era oficial del Raisonable.

[8]    agn, “Relato de un vecino honrado de Maldonado…”

[9]    Francisco Bauzá: o. cit., p. 327 (documento de prueba n.o 3).

[10]    Cinco navíos: Diadem, Raisonable, Lancaster, Ardent y Diomedes, cuatro fragatas: Unicorn, Leda, Medusa y Daphne, los bergantines Encounter, Protector y Staunch, y las balandras Pheasant, Howe, Cherwell y Rolla

[11]    AGN,  Archivo General  Administrativo  (aga), 1807, caja 317.

[12]   Todas estas disposiciones se encuentran en aga 1807, caja 317.

[13]    John P. y William Robertson, Los Artigueños. Aventuras de dos ingleses en las Provincias del Plata, selección, prólogo y notas de Heber Raviolo, Ediciones de la Banda Oriental, colección Lectores de Banda Oriental, Montevideo, 2000,  pp. 17-18.

[14]   Ibídem, p. 21.

[15]   Milton Schinca informa del hecho en su Boulevard Sarandí, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 1976, pp. 53-54. Seguimos en líneas generales, Juan Carlos Luzuriaga, Una gesta heroica, Las invasiones inglesas y la defensa del Plata.   Torre del Vigía, Montevideo, 2004, p. 103 y ss.

[16]   i.e. Southern Star - La Estrella del Sur, n.o 1, p. 4.

[17]   The Southern Star - La Estrella del Sur, n.o 2, p. 4.

[18]   The Southern Star - La Estrella del Sur, n.o 7, p. 4.

[19]   John P. y William Robertson: o. cit., p. 27

[20]   José Manuel Pérez Castellano: o. cit., p. 139.

[21]   H. G. Smith:  Autobiography of Harry Smith, written in Glasgow in 1824, cap. 1, “Monte Video an d Buenos Ayres 1806 – 1807” The Regency Collection, http//homepages.ihug.co.nz/awoodley/harry/harry1.html..

[22]   John P. y William Robertson: o. cit., p. 23.

[23]   agn, caja 314, doc. 87.

[24]   Daniel Castellanos, “La Estrella del Sur en campo de hipótesis”, en Revista del Instituto Histórico y Geográfico, t. xviii, pp. 12-13.

[25]   Citado por Carlos Roberts: Las Invasiones Inglesas del Río de la Plata (1806-1807) serie Memoria Argentina, Emecé, Buenos Aires, 2000, p. 266.

[26]   The Southern Star – La Estrella del Sur n° 6,  p. 3

[27]    John P. y William Robertson: o. cit., p. 33.

 

  

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