Historia y Arqueología Marítima

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AMERIGO VESPUCCI  PERFIL DE UN GRAN HOMBRE CASI OLVIDADO

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Retrato imaginario de Américo Vespucio, realizado por un discípulo de Alberto Durero, incluido en el Medallón del Planisferio de Waldseemüller, 1507 

 

Por el CN Francisco Valiñas   Publicado en Ciclo de Conferencias año 2008

RESUMEN

            Américo Vespucio fue un marino florentino que entró ya tarde en su vida en la era del descubrimiento, sirviendo a las coronas de España y Portugal.  Sin preparación intelectual alguna en los artes de la náutica, se convirtió en un marino y geógrafo de nivel superior, y sus abundantes notas y escritos revolucionaron el conocimiento geográfico de la Europa del Renacimiento, al punto que con su nombre se bautizó un continente.

 SUMMARY

            Americo Vespucci was a Florentine marine that entered late in its life in the age of discoveries, serving the crowns of Spain and Portugal.  Without intellectual preparation in nautical arts, he became a superb marine and geographer, and their abundant notes and writings revolutionized the geographical knowledge of the Europe of Renaissance, to the point that a continent was baptized with his name.

 EL HOMBRE

            Trazar una biografía de Américo Vespucio implica hablar de un hombre y un nombre polémicos, y no porque el ser humano que fue pretendiera convertirse en centro de la atención y la controversia, sino porque otros utilizaron sus hechos en procura de beneficios personales de distinta índole.  El punto es que el nombre del hombre bautizó el continente descubierto por un gran amigo suyo, y ello provocó un debate que ha perdurado durante cinco siglos

            Amerigo Vespucci nació el día 9 del mes de marzo de 1454, según consta en los ajados registros de bautismo del Duomo de Florencia, como tercero de los cinco hijos del matrimonio compuesto por el notario Ser Nastagio Vespucci y Lisa Mini, familia distinguida pero venida a menos.  Recibió la educación humanista del temprano renacimiento, que complementó con su tío Giorgio Antonio Vespucci (fraile dominicano de San Marcos) adquiriendo algunos conocimientos científicos de matemáticas y astronomía.  Pero en la juventud no demostró dotes o ambiciones particulares, y mientras sus hermanos frecuentaron la universidad, él se conformó con un empleo en la casa bancaria de los Médicis, a la sazón bajo la dirección de Pierfrancesco Lorenzo de Médicis, hijo de Lorenzo el Magnífico.

            Durante la primera parte de su vida, Amerigo Vespucci no se destacó en Florencia como comerciante o intelectual.  La correspondencia dirigida a sus amigos lo mostraron ocupado en negocios diminutos y asuntos particulares sin trascendencia, hasta que una casualidad lo llevó a Andalucía.  Los Médicis, al igual que otros grandes comerciantes y banqueros de Europa, como los Rostchild, los Welser  y los Fugger, tenían filiales en España y Portugal, desde las cuales financiaban expediciones y abastecían flotas, procurando invertir dinero donde mejores réditos pudieran obtener.  En mayo de 1492 se descubrieron irregularidades en la Casa Comercial de Giannotto Beraldi (Juan Otto Beraldi en los archivos españoles)  que oficiaba como escritorio de Médicis en Sevilla.  Entonces, para enderezar el entuerto, Pierfrancesco Lorenzo envió a Amerigo Vespucci, como su hombre de confianza.

            En la agencia, el florentino se dedicó al armamento de naves, en una posición subordinada.  Aunque firma su correspondencia con el título de “merciante fiorentino”, no fue un comerciante independiente con capital y cartera propias, sino simplemente un agente ejecutivo (factor) de Beraldi, quien a su vez era tan solo el representante de la esfera de actividad de los Médicis.  Pero a pesar de no tener una posición destacada, Vespucci ganó prestigio profesional y confiabilidad comercial. Fue por ello que cuando en 1495 Beraldi se sintió morir lo nombró albacea de su última voluntad.  Quizá por falta de capital o de iniciativa para continuar el negocio por cuenta propia,

Vespucci se abocó a la tarea de liquidar la casa comercial a favor de Girolamo Ruffaldi, otro hombre de confianza de los Médicis, y a través del cual iniciara amistad con Cristóbal Colón, forjando ambos una relación sólida que nunca fue afectada por las supuestas y falsas rivalidades que algunas mentes enanas se encargaron de difundir.  

EL MARINO

            Debido a una laguna documental, no se conoce que hizo entre 1496 y 1498.   Con poco más de cuarenta años se encontró desocupado y con las manos vacías, sin casa ni familia, y circunstancialmente olvidado por Pierfrancesco Lorenzo.  Pero la época de los descubrimientos ofrecía a los audaces la oportunidad de atrapar riqueza y fama, y entonces el fracasado comerciante decidió probar suerte en un viaje a las Indias.  Cuando en marzo de 1499 Alonso de Ojeda zarpó junto con Juan de la Cosa en expedición ordenada por el Cardenal Fonseca, a las costas de Paria (hoy Venezuela) Américo Vespucio estaba a bordo de la nave capitana.

            No está muy claro en que condición lo llevó Ojeda.  Era sabido que a través de su trato diario con capitanes, constructores navales y proveedores Vespucio adquirió nociones profesionales de las cosas del mar; conocía los buques de quilla a perilla, y además, su formación intelectual y su entendimiento de matemáticas y astronomía le permitieron en corto tiempo dominar el arte de la náutica.  En viaje aprendió a manejar y se ejercitó en el astrolabio, el cuadrante, los métodos de calcular la longitud y las técnicas de confección de mapas.  Cabe entonces suponer que no embarcó como un simple agente comercial, sino en condición de piloto, astrónomo o cartógrafo, y regresó convertido en un experto consumado en dichas disciplinas.

            Su abundante producción epistolar de los largos meses del viaje lo revelaron como poseedor de una inteligencia despierta, una capacidad de observación profunda, un avezado calculador y hábil cartógrafo, adquiriendo al regreso un prestigio de relieve propio en los círculos navales peninsulares.  Es por ello que cuando el Rey de Portugal preparó una nueva expedición a las tierras de Brasil que Pedro Álvares Cabral acaba de descubrir, se dirigió a Vespucio invitándolo a tomar parte del viaje en calidad de piloto y cartógrafo.  El hecho de ser convocado por un monarca que no carecía de buenos marinos, demuestra irrefutablemente el prestigio obtenido por el hasta entonces desconocido navegante.  En realidad, detrás de la convocatoria estaba Bartolomeo Marchionni, poderoso banquero florentino radicado en Lisboa en representación de los Médicis, con cuyos dineros se habían financiado algunas expediciones lusitanas sobre la costa de África.

            Vespucio aceptó sin titubear.  El viaje con Ojeda no le dejó beneficios tangibles.  Después de tantas fatigas y peligros regresó a Sevilla tan pobre como había zarpado, y desde el momento en que no era súbdito de España entendió no cometer ninguna deslealtad aceptando el llamado del monarca vecino. La misión encomendada era exclusivamente la de pasar a lo largo de toda la costa de esa Tierra de Santa Cruz descubierta por Cabral hasta encontrar el tan anhelado paso a las islas de las especias.  Porque los hombres de esos días seguían aferrados a la idea de que las tierras recién descubiertas no eran más que una isla de dimensiones moderadas y que una vez se lograra bordearla se llegaría a las Molucas.  El mérito de la expedición que integró Vespucio será luego el de haber sido la primera en rectificar ese error.

 Los portugueses navegaron a lo largo de la costa hasta pasar a los cuarenta grados de latitud, y hasta que las penurias, el frío y los vientos los obligan a renunciar a la esperanza de dar vuelta a esa isla inmensa.  Este nuevo viaje tampoco le reportó provecho ni honor, porque en parte alguna se mencionó su nombre.  Sin embargo, dejando de lado el anonimato y el objetivo no cumplido, el florentino aportó a la ciencia geográfica un beneficio enorme de ese periplo, llevando a Europa documentos probatorios de que esa tierra recién encontrada no es parte de las Indias ni una isla grande, sino un continente, un Mundus Novus.

            Américo Vespucio emprendió pronto otro viaje por encargo del Rey de Portugal, y con el mismo propósito que el anterior: tratar de hallar la ruta más corta a las Indias, hazaña que solo podrá lograr Magallanes uno años después.  Esta vez la flota navega más al sur que en la anterior, alcanzando la latitud de 50 grados australes, pero también debe emprender el retorno sin lograr el objetivo deseado.  Vespucio desembarcó en Lisboa ya con más de cincuenta años de edad encima, como un hombre pobre, desengañado y –según cree- absolutamente desconocido, como uno más de los incontables aventureros que buscaron sin éxito fortuna en las Indias. Pero en su ausencia había sucedido algo que él no llegó sospechar.   

EL GEOGRAFO

Amerigo Vespucci, el insignificante, pobre y anónimo piloto había sumido sin saberlo a toda la Europa intelectual en la excitación.  Porque al retorno de cada viaje el florentino informaba concienzudamente sobre lo visto y descubierto mediante cartas y planos al quien seguía siendo su patrón y amigo: Pierfrancesco Lorenzo de Médicis.  De manera paralela, preparó diarios de viaje para el Rey de Portugal que, tal como sus cartas y mapas, eran documentos destinados a servir de información política y comercial.  Sin embargo, nunca tuvo la idea de hacerse pasar por sabio ni de considerar aquella correspondencia privada como producciones científicas.  En una de sus cartas dice que encuentra todo lo que escribe “…. di tanto mal sapore ….” que no puede pensar en editarlo; en otra, se refiere al proyecto de editar un libro sobre sus viajes, que solo redactaría con ayuda de hombres sabios, “… quando sero di reposo ….”, para alcanzar “…. qualche fama …., un poco de gloria  después de su muerte.

            Sin saberlo y sin proponérselo, Vespucio adquirió en los meses de navegación por los mares del sur el limbo del geógrafo más sabio de su tiempo y la fama de un gran escritor.  Bajo el título de Mundus Novus se editaron en latín las cartas escritas a Pierfrancesco Lorenzo de Médicis, formando un texto que cuando fue publicado produjo inmensa sensación en el mundo de los científicos.  A través de esas páginas que recorrieron los círculos intelectuales del viejo continente se supo que los parajes recién descubiertos por Colón no eran las Indias, sino un continente nuevo, y es su autor,  Amerigus Vespucius el primero en proclamar esa verdad.  Sin embargo, ese mismo hombre a quien toda Europa admira como un sabio de grandes luces y como el más audaz de todos los navegantes, nada sabe de su fama y se esfuerza simplemente por conseguir una posición económica que le permita vivir sus últimos años con tranquilidad. 

Se casó entrado ya en años con María Cerezo, de quien solo se sabe que en 1499 era “…. vezina de Sevilla en la collazión de Santa María ….”, y al término de su tercer periplo está definitivamente cansado de negocios, aventuras y viajes.  Pero en 1505 se cumplió su anhelo, cuando tras una entrevista con el Rey Fernando de Aragón  y su hija, la Reina Juana de Castilla, se le concedió por real cédula del 24 de abril “…. carta de naturaleza de los reinos de Castilla y León en consideración de fidelidad y de algunos buenos servicios que había hecho y de otros que se espera hiciere de ese momento en adelante ….”, junto con el nombramiento como Piloto Mayor de la Casa de Contratación, con un sueldo de cincuenta mil maravedíes anuales para supervisar el apronte de las expediciones.  Más adelante, en 1508, se le asignarían veinticinco mil maravedíes adicionales para fiscalizar las cartas e instrumentos de navegación y confeccionar el Padrón Real, y para examinar la idoneidad técnica de los pilotos que embarcasen para las Indias, esto último a causa del alto número de pérdidas de buques por la impericia de los navegantes.

Desde entonces, el nuevo Ptolomeo pasó a ser en Sevilla un funcionario más entre muchos otros respetables funcionarios al servicio del Rey.  El período de calma lo empleó también para atender negocios particulares.  Puso en su casa una Escuela de Pilotos (para lo que la Reina Juana le asignó una nueva partida de diez mil maravedíes anuales), fue uno de los fiadores de la flota a las Indias de Diego de Nicuesa (1509), ejerció como procurador de los Pilotos Reales Pedro de Ledesma, Juan Díaz de Solís y Francisco de Soto, y actuó como notario de su amigo Cristóbal Colón en el documento por el cual el Almirante dispuso de ciertas tierras para su hijo Diego en Hispaniola.  Así transcurrieron sus últimos años.

Américo Vespucio falleció en Sevilla en 22 de febrero de 1512, y por decreto real del 28 de marzo su esposa, María Cerezo, fue adjudicataria de una pensión de diez mil maravedíes anuales, que recibió hasta su muerte, ocurrida el 26 de diciembre de 1524.

Pero en ese último período de paz ¿se enteró Vespucio de toda la fama asociada a su nombre?  ¿Sospechó alguna vez que se designaría a la tierra nueva allende el océano con su nombre?  Al respecto, solo se sabe que la fama no le reportó beneficios tangibles.  Lo único valioso de su herencia, los diarios de viaje, que podrían haber revelado la verdad de las expediciones, pasaron a manos de su sobrino, Giovanni Vespucci, también Piloto Real de España, quien los cuidó tan mal que se perdieron, como tantas otras anotaciones preciosas de la época del descubrimiento.  De aquella existencia silenciosa y retraída no quedó más que una gloria compartida con otros hombres que fueron tan anónimos como él habría querido ser. 

SU PROYECCION

Américo Vespucio, centro de una discusión académica de cuatro siglos, llevó en el fondo una vida libre de complicaciones.  No fue el descubridor de América, el “…. amplificator orbis terrarum ….”, pero tampoco fue un charlatán ni un embaucador, como se le injurió.  No fue un gran escritor, ni un gran sabio, cartógrafo o astrónomo,  pero tampoco tuvo la ilusión de ser considerado como tal, aunque al final la historia demostró que su estatura intelectual en cualquiera de aquellas disciplinas fue mayor que la media de su época.  Algunos críticos hasta cuestionan sus condiciones como navegante y conquistador, porque nunca se le confió una flota, como a Colón, Magallanes o Vasco da Gama, tocándole actuar siempre a la sombra de alguien.  Pero ninguno puede ignorar sus viajes, y lo escrito sobre los mismos.

Es que con solo dos palabras: “…. Mundus Novus ….” con las que él o un editor anónimo encabezaron la compilación de las cartas, Américo Vespucio entró en el puerto de la inmortalidad.  Su nombre ya no puede ser borrado del libro de la humanidad, y su intervención en la historia de los descubrimientos encuentra su página más acertada en la paradoja de que Colón descubrió América pero no la reconoció, mientras que el florentino no la descubrió pero sí la reconoció como un continente nuevo.  Este solo mérito marca su vida, aún a riesgo de ignorar los otros, porque nunca es la acción por sí sola la que decide un hecho, sino su entendimiento y efecto.

El que narra o explica un acontecimiento puede resultar a veces más importante para la posteridad que el que lo realizó, y en el equilibrio de las fuerzas de la historia, el menor impulso provoca a veces las consecuencias más asombrosas.  El que espera justicia de la historia exige más de lo que ella está dispuesta a dar; a menudo arroja al hombre mediocre y sencillo a realizar una proeza y con ella a la inmortalidad, y lanza a los mejores, sabios o valientes al anonimato y la penumbra.

 

Detalle del Planisferio de Waldseemüller de 1507, diseñado en base a la correspondencia de Américo Vespucio a Pierfrancesco Lorenzo de Médicis.  Sobre el Trópico de Capricornio aparece por vez primera el nombre “América” para el territorio entonces conocido como “Mundus Novus” 

América debe enorgullecerse de su padrino de bautismo.  Lleva el nombre de un hombre honrado y valiente que con casi cincuenta años de edad encima se atrevió a cruzar tres veces el océano inexplorado en una minúscula embarcación, rumbo a lo ignoto, como uno de los tantos centenares de navegantes desconocidos que por aquel entonces expusieron su vida en la aventura del descubrimiento.  Y quizá el nombre de un ser modesto, el nombre de un hombre de la multitud anónima de los valientes, cuadre mejor a este continente del mestizaje, y ciertamente es mejor que se llame América que Indias Occidentales, Nueva España o Tierra de Santa Cruz.

No fue la voluntad de un hombre la que elevó el nombre de Vespucio a la inmortalidad, fue la voluntad del destino, que siempre al final tiene la razón, aún cuando en apariencia parezca una injusticia. 

REFERENCIAS

1.- ZWEIG, Stefan;  “Américo Vespucio: historia de una inmortalidad a la que América debe su nombre”; Editorial Claridad, Buenos Aires, 1951.

2.-  AVONTO, Luigi; “Operación Nuevo Mundo: Amerigo Vespucci y el enigma de América”; Istituto Italiano di Cultura in Venezuela, Centro de Estudios Latino Americanos Rómulo Gallegos, Caracas, 1999.

3.-  DEL CARRIL, Bonifacio; “El bautismo de América”; Editorial Emecé; Buenos Aires, 1991.

4.-  HUMBLE, Richard; “The Explorers”; Time-Life Books; Alexandria, VA, 1979.

  

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