Historia y Arqueología Marítima

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PIRATAS INGLESES EN GORRITI Y LAS COSTAS DE ROCHA

Indice Academia ROU Hist Mar.y Fluvial

 

Por: OSCAR ABADIE-AICARDI   Publicado en Ciclo de Conferencias año 2007

Piratas: Ladrones que roban a otros en el mar con navíos armados - Partidas del Rey Alfonso el Sabio, Lib. 18, Tít. 14, Part. 7 

  1. ARRIBO DE LOS BALLENEROS ANGLOAMERICANOS A LOS “MARES DEL SUR”

Durante siglos, hasta el empleo del petróleo y sus derivados, el hombre recurrió a la materia grasa extraída del cráneo de los cetáceos para el alumbrado, la elaboración de aceite como confección de tejidos rudos de lana, la preparación de cueros y pieles, barnices y tinturas, jabones, azufre, la brea para el calafateo e embarcaciones y muchas otras aplicaciones.

Hacia mediados del siglo XVIII, el desarrollo industrial de los países europeos, al generar un consumo creciente de tales recursos, hizo que los del Atlántico Norte se fueran agotando, al punto de hacer necesario recurrir a los de los Mares del Sur. Ingleses y angloamericanos, que ya poseían larga experiencia en las técnicas de la industria ballenera, ante el aumento de la demanda se lanzaron al nuevo escenario, para explorar sus riquezas.

Por entonces, los comerciantes de Nueva Inglaterra y Nueva York ya habían desarrollado un lucrativo comercio de ultramar. Las oportunidades comerciales llevaron tempranamente al desarrollo de una importante industria de la construcción naval, que promovió un mayor transporte marítimo, gracias a la existencia en las colonias inglesas de vastos recursos forestales. Otro factor favorable al desarrollo fue la equiparación de hecho de los barcos coloniales con los ingleses.[1]

Hacia 1774, las flotas balleneras ya operaban en las aguas brasileñas, patagónicas y malvineras, acrecentándose su presencia al término de la guerra de independencia de los Estados Unidos y asociando a la caza y la pesca, practicadas en forma depredatoria, un activo contrabando en los puertos brasileños e hispanoamericanos. Bien pronto, tanto ingleses como norteamericanos extendieron sus incursiones a las costas chilenas y peruanas. La respuesta española llego por fin. Aprovechando sagazmente la coyuntura favorable de la guerra de independencia norteamericana, Carlos III implantó grandes reformas políticas y económicas que revitalizaron el desfalleciente Imperio con la creación del Virreinato rioplatense, el régimen de Intendencias, el Apostadero Naval de Montevideo, el Reglamento de libre comercio y la Real Compañía de Pesca con sede en Maldonado. Mas esta política no pudo consolidarse; por el contrario, por los tratados con Inglaterra (1790) y con los Estados Unidos (1795), España hubo de hacer algunas importantes concesiones a ambos rivales en lo relativo a comercio, navegación y pesca.  

  1. DEPREDACIÓN DE LAS RIQUEZAS DEL ATLÁNTICO Y EL PACÍFICO

Con la firma de estos tratados aumentó de modo significativo el número de balleneras inglesas y norteamericanas que operaban en los mares australes de la América española. Se calcula que todos los años más de 60 navíos de esas banderas abandonaban los puertos de sus países para dirigirse al Atlántico Sudoccidental y el Pacífico hispanoamericano donde algunos permanecían dos o tres años. Por lo general se trataba de naves sólidamente construidas, que no bajaban de 300 toneladas y tripuladas por una veintena de hombres.[2]

Su modus operandi ha sido descrito por la historiadora brasileña Myriam Ellis de un modo que – con la debida adaptación – es válido para los demás escenarios:

“Se aproximaban a las costas en junio, al iniciarse, con el invierno austral la temporada de ballenas con sus barcos-factorías, donde herían y capturaban o espantaban para alta mar a las ballenas a la vista de las factorías, [locales] cuyas actividades perturbaban y desorganizaban. Después, bajo pretexto de establecer una escala para la Patagonia… anclaban en los puertos de refresco mientras derretían en las hornallas de a bordo el tocino desafiando a las factorías.

En tierra, en trueque de provisiones, realizaban contrabando de telas y tejidos [y además] descarriaban y hurtaban esclavos.”[3]

     En setiembre, concluida la estación de pesca, [el invierno] se dirigían al Sur, por la ruta de retorno de las ballenas a la Antártica. De octubre a marzo [primavera y verano australes] actuaban en los mares australes. En esta agua, una vez llegados al lugar elegido – complementa Ricardo Caillet-Bois –

“…despachaban las embarcaciones menores en procura de las focas [y demás pinnípedos] las cuales, luego de ser muertas, eran cortadas en trozos, de los que se obtenía el codiciado aceite. Era común que para realizar esta última operación, los balleneros desembarcasen en las playas desiertas y se instalasen en forma precaria.”[4]

La explotación que siguió en esas aguas del Atlántico Sudoccidental diezmó de tal modo estas especies que cuando el gobernador argentino de las Malvinas, el hamburgués Luis Vernet asumió en 1829 su cargo se encontró con que algunas bahías estaban casi despobladas. El 26 de diciembre de ese año informó a su gobierno sobre la gravedad de la situación y pidió recursos defensivos, haciéndole saber que los pescadores extranjeros,

“… no contentos con pescar en la debida estación lo hacían en el tiempo de parición, lo que si no se impide, en pocos años destruirá la especie.”[5]

La inestabilidad política que se vivía en Buenos Aires obstó a que se atendieran los pedidos reiterados del Gobernador. El control de la depredación de la riqueza ballenera y lobera por este provocó graves conflictos. Así aconteció con la detención de tres barcos de bandera norteamericana y el Capitán de una de ellas, que logró fugar reclamó ante el gobierno argentino y como éste no se allanó a la pretensión, que tenía en estudio, el capitán de la corbeta de guerra LEXINGTON tomó en sus manos el papel de cruzado justiciero e hizo proa al archipiélago. El 27 de diciembre de 1831, a medianoche, entró a la bahía Anunciación y al día siguiente, 28, apareció anclada en Puerto Luis. Pero no lo hizo con su pabellón, sino con el francés. Vieja treta típica de los piratas. Tras izar entonces bandera norteamericana, desembarcó su marinería la cual arrasó y saqueó la colonia y tomó prisioneros a 25 pobladores prominentes, como los ingleses en Maldonado en 1806. El 21 de enero de 1832, dejando en ruinas y parcialmente despoblada una colonia que comenzaba a prosperar, la LEXINGTON abandonó las islas. A partir de ese momento, “los loberos – dice Caillet-Bois – dándose cuenta del desamparo en que se encontraba la colonia, procedían con la osadía propia del que se sabe a salvo de todo castigo [y] amparado por los cañones de una nación fuerte”. Entre los barcos saqueadores cita el autor a la goleta EXQUISIT, que volveremos a encontrar en acciones delictivas más adelante.

El desorden y debilidad de la colonia argentina fueron aprovechados bien pronto por Inglaterra, la cual, en otro acto de piratería, por acto oficial, ocupó el archipiélago el 3 de enero de 1833. Esto aconteció durante la vigencia del tratado de amistad, comercio y navegación del 2 de febrero de 1825 entre las Provincias Unidas del Río de la Plata y la Gran Bretaña.

Paralelamente, la presencia de barcos ingleses también aumentó significativamente en el Pacífico. Como dice el historiador chileno Sergio Villalobos,

“La forma de hostilizar [los ingleses] los dominios españoles había variado mucho con el correr de los años ya no se trataba tanto de saquear los puertos, asaltar naves y sembrar el terror; [ellos] se proponían más bien introducir contrabando y sólo accidentalmente cometer fechorías, en caso de ser perseguidos o como represalia. Era una mezcla curiosa de contrabando y piratería…”[6]

Discrepo con este juicio en cuanto excluye un ingrediente de la mayor importancia, cual era la depredación de las riquezas marinas, a saber las ballenas, pero sobre todo las focas, ballenas, elefantes y en especial los lobos marinos y las nutrias. Esto es válido para el Atlántico y también para el Pacífico. En rigor se trataba, en ambos océanos, de propósitos adoptados acumulativa o alternativamente, según se diere la ocasión, tanto por los ingleses como por los estadounidenses. El propio Villalobos lo reconoce en otro pasaje, que dice:

“En general, los barcos ingleses no venían al Pacífico [y al Atlántico] con el fin principal de efectuar el contrabando, que realizaban fortuitamente; el objetivo verdadero era la pesca de la ballena o la caza de lobos marinos.”[7]

Las expediciones del Almirante George Anson (1697 – 1762) en 1740 y la de John Wallis (1616 – 1703) en 1766-67 y en especial las tres de James Cook (1728-1779) los años 1768-76, que fijaron geográficamente el Océano Pacífico, habían despertado gran interés por éste en momentos en que los balleneros ingleses llegaban a las Malvinas y costas patagónicas. Tal fue sobre todo el caso de los informes de Cook sobre la ingente riqueza ballenera de las costas peruanas y chilenas. Las fundaciones españolas en el litoral patagónico no fueron suficientes para cerrar el paso a las embarcaciones inglesas, que pronto aparecieron en el Pacífico.

Entre las primeras estuvo la fragata AMELIA, salida de Londres en 1788, la cual, tomó la ruta del Cabo de Hornos y logró una pesca fabulosa entre Arica e Iquique. Esta noticia corrió rápidamente entre los balleneros y muchas naves comenzaron a afluir a esas aguas. El episodio de Nootka Sound y el Convenio que le puso fin, al que nos hemos referido, determinó una intensificación notable de la presencia de naves inglesas en los años siguientes, con apoyo del gobierno británico. El Gobernador de Chile Ambrosio de O’Higgins, luego Marqués de Osorno, informó de todo esto a la Corte, a la que expuso sus temores de que los avances ingleses pudieran llegar a las islas Sandwich, Sociedad y Tahití, amenazando los dominios americanos de España. Ese año 1778 ya hacía casi 20 años que balleneros y loberos ingleses explotaban las riquezas del Atlántico Sur en las proximidades de las Malvinas y Tierra del Fuego, practicando lo que el historiador chileno Sergio Villalobos ha llamado

                        “una mezcla curiosa de contrabando y piratería...”

La importancia de esta forma de agresión la da el hecho de que la guerra contra Inglaterra de 1796 tuviera como una de sus causas según declaración del rey Carlos IV,

“... la mala fe con que procedía la Inglaterra, las frecuentes y fingidas arribadas de “buques ingleses a las costas del Perú y Chile para hacer el contrabando y reconocer aquellos “territorios bajo la apariencia de la pesca de la ballena.”[8] 

En realidad, la pesca de la ballena no era sólo una apariencia. Como dice el propio Villalobos,

“... En general, los barcos ingleses no venían al Pacífico con el fin principal de “efectuar el contrabando, que realizaban fortuitamente; el objetivo verdadero era la “pesca de la ballena o la caza de lobos marinos.”[9]

Se trataba, como en el Brasil y el Atlántico Sur, de propósitos adoptados acumulativa o alternativamente, según se diera la ocasión. Este modo de operar era común a ingleses y estadounidenses.

Al mismo tiempo que los balleneros ingleses, irrumpieron en el Pacífico los estadounidenses que, por su mayor número, ejercieron una influencia más profunda. Como ya se vio, desde antes de su independencia las colonias norteamericanas inglesas habían alcanzado un notable desarrollo económico que les permitió establecer relaciones comerciales más o menos encubiertas con diversas regiones, sobre todo con el Caribe. Su poder económico se reflejaba en la existencia de una poderosa flota mercante y pesquera, a la que debía parte importante de su prosperidad. Una idea de ello la da el que entre la Navidades de 1747 y 1748 salieron de Boston hacia el extranjero 500 barcos y entraron 430, sin contar los pesqueros y los de cabotaje.

La primera nave estadounidense registrada en entrar al Pacífico fue, también en 1788, la fragata COLUMBIA, por cuenta de una compañía por acciones de Boston, para explorar un negocio que prometía ser magnífico y lo fue: el comercio de pieles de nutria a través del Pacífico desde las costas norteamericanas a China. En su último viaje Cook había realizado con él una ganancia fantástica con un cargamento comprado a precio ínfimo a los indígenas, que vendió en Cantón por una suma enorme. La COLUMBIA repitió exitosamente el viaje, tras una escala en las islas de Juan Fernández. Siguieron a ella otras naves del mismo negocio, así como las fragatas balleneras tras la ruta abierta por los ingleses en el Sur. A esta actividad se sumó la caza de lobos marinos, tan abundantes en el Pacífico Sur como en el Atlántico Sur y cuyos cueros tenían excelente venta en el mercado chino.[10]

Los balleneros y loberos ingleses y norteamericanos encontraron en Perú y Chile, como antes habían encontrado en el Río de la Plata, excelentes lugares para la caza y la primera elaboración de sus productos, la extracción del aceite y preparación de las pieles en las islas no ocupadas del grupo de las Juan Fernández. En ellas llegaron a formar pequeñas colonias de marineros desembarcados para las faenas. Entre tanto, las naves recorrían las islas, costas y puertos del continente en busca de ballenas y lobos, regresando luego a aquellas bases para embarcar el aceite y las pieles.”

Según la declaración despectiva de un capitán a las autoridades de Valparaíso que lo acusaban de contrabandista, “no valía la pena vender una camisa cuando por dos cueros daban 600 pesos en Cantón.   

3. CANTÓN, MERCADO DE PIELES MARINAS DE INGLESES Y ESTADOUNIDENSES[

Paralela y complementariamente a su actividad en los Mares del Sur americanos, ingleses y estadounidenses mantenían, por la ruta del Cabo de Hornos, un importantísimo comercio con el puerto chino de Cantón.

En efecto, el Imperio chino constituía un muy rentable mercado para pieles y cueros de lobos marinos y nutrias. La plata era entonces – según la historiadora francesa Marhe Barbance - único medio que aceptaban los chinos. Los ingleses la conseguían los ingleses de México por la vía indirecta de España: procedente de Vera Cruz, la plata mexicana era negociada en Cádiz y Londres. Por lo tanto, la presencia inglesa en la ruta de Hornos no dependía de la obtención directa de la plata sudamericana, por lo menos hasta 1805.

En cuanto a los estadounidenses, ya desde 1783-84 estaban relacionados con el comercio de Cantón usando el “dólar de plata” (peso español de plata o “Silver Dollar”) acuñado en Potosí. Según el profesor de la Universidad de Hong-Kong, W.E. Cheong, los norteamericanos lo contrabandeaban por los puertos de Buenos Aires, Montevideo, y luego de Chile, drenadores de la plata peruana, quienes lo transportaban por la ruta de Hornos costeando la América del Sur, Central y del Norte, siguiendo desde allí hasta Cantón, su puerto de destino. Allí compraban seda, porcelana y té, que se vendían, también de contrabando y con ganancia, en el viaje de regreso. ¿Quién no recuerda los juegos de porcelana para té y café de fabricación y motivos chinos y patente inglesa de las familias rioplatenses de las primeras décadas del siglo pasado? El mismo autor sostiene que este tráfico tuvo lugar entre 1783 y 1826 y estima su monto de 5 a 7 millones de dólares en sus años de auge.

Fue tal el valor del “Dólar de plata” que en 1792 Jefferson lo adoptó como unidad monetaria de los Estados Unidos y estableció una Casa de la Moneda en Filadelfia para su acuñación. Así lo reconoce Ralph Woodward al afirmar que tal decisión “fue simplemente un reflejo del volumen del comercio que las colonias inglesas mantenían con el Imperio español”, y que al parecer, “los dólares norteamericanos no eran tan bienvenidos en Hispanoamérica” como el peso de plata español.

En efecto, ellos estaban vinculados con China desde los tiempos del “galeón de Manila” (1571-1734) que unía a ésta con Acapulco, y comerciaban con Cantón. Así lo prueba una referencia de Malaspina y Bustamante y Guerra en su “Plan de viaje científico y político alrededor del mundo” en que anuncian que tras su reconocimiento de las islas Sandwich y la costa de California proyectaban seguir “a Cantón para vender las pieles de nutria...” En realidad, ingleses y norteamericanos no hicieron sino desplazar a los españoles (también en esto) del secular comercio con China. 

En el Brasil, desde que los balleneros extranjeros dominaron el Atlántico Sur occidental se produjeron sensibles perturbaciones en la industria, por la disminución de la afluencia de ballenas a las costas. Estas evolucionaron de 400 en 1785 a 187 entre 1793 y 1796 y 160 en 1801. Alarmada por la creciente competencia extranjera en la pesca de ballenas, la Hacienda Real comunicó al Ministro Rodrigo de Souza Coutinho por oficio del 26 de diciembre de aquel año 1801 que

“As nações estrangeiras que fazem esta pesca… ferem e afugentão o peixe e quantos mais navios vierem da Europa tanto mais se aumentará a nossa perda.”[12]

Las actividades balleneras de ingleses y norteamericanos en aguas brasileñas en las últimas décadas del siglo XVIII y las primeras del XIX propiciaron y disimularon los objetivos que concomitantemente desarrollaban en aguas y puertos de la América Meridional hispanoamericana. Echaron mano de mil pretextos y artimañas para anclar cerca de los puertos, vaciaban parte de la aguada de a bordo, averiaban sus propias embarcaciones y realizaban otras maniobras para justificar su aproximación y permanencia. En tierra captaban la pasividad y aun la connivencia de los guardias aduaneros y, con la complicidad de algunos comerciantes desarrollaban un desenfrenado y escandaloso contrabando de introducción de manufacturas extranjeras con que inundaban el mercado, defraudaban al Fisco y promovían la salida del país del palo brasil, el oro, los diamantes, el azúcar y demás productos de la tierra.

Entre otros, la historiadora brasileña Myriam Ellis da un interesante testimonio de una carta dirigida al Ministro de Marina Martinho de Mello e Castro, fechada en Río de Janeiro el 15 de febrero de 1794, del que transcribo un pasaje verdaderamente sabroso:

“Luego que el navío extranjero entra es conducido por el Patrón Mayor al fondeadero que le está destinado detrás de la Ilha das Cobras [que] es un escondrijo para descargar más fácilmente lo que quisieren, porque desde la ciudad no se ve… Aquí se le pone una chalupa […] militar en que se lleva un centinela para las embarcaciones menores que de a bordo quieren venir a tierra desde el muelle al Palacio… hecho lo cual se van, dejando la ciudad inundada de mercancías y llevando su importe en palo brasil, que se cosecha en los distritos de la Ilha Grande y Cabo Frío, oro en polvo extraviado [es decir sin pasar por la ceca] de la Capitanía de Minas, diamantes y lo demás que convenga, arrebatando así la sustancia del Estado y de la Monarquía y causando un perjuicio horroroso a los comerciantes de buena fe…”[13]  

Ante la prosecución de las depredaciones, el 28 de febrero de 1807, el Conde de Arcos propuso establecer el patrullaje de las aguas brasileñas hasta el Río de la Plata “a fim de fazer afastar daqueles mares os navios empregados na pesca volante das baléias”. Ni ésta ni otras propuestas semejantes posteriores lograron ser aplicadas. 

  1. ACTOS DE PIRATERÍA EN LAS COSTAS DE MALDONADO Y ROCHA

Las costas del río de la Plata, sobre todo entre Maldonado y Montevideo, contenían una importante riqueza de pinnípedos. Entre los numerosos testimonios de ellos se halla, entre los primeros, el del Teniente de Navío de la Real Armada Española D. Francisco Millau y Maraval en su “Descripción de la Provincia del Río de la Plata… Año 1772”[14]

“Es grande la cantidad de lobos marinos que se encuentra desde la entrada del río así como en todo éste [y] en una isla que tiene el nombre de ellos, inmediata al Cabo Maldonado y toda su costa; se hace continuamente por la gente que se halla destinada en esos parajes una gran matanza de ellos, por aprovecharse de su grasa y pieles, que se venden bien a las embarcaciones que regresan a Europa.”

En cuanto a las ballenas, que entraban en gran número entre junio y setiembre, en tiempos de la Real Compañía española, sus cueros se acopiaban en la isla de Lobos y la grasa derretida en la de Gorriti, donde estaban los almacenes. “Apenas con unas buenas falúas podían ser arponeadas y llevadas hasta las playas del noroeste de Gorriti, para concluir con la mayor comodidad las faenas de su industrialización”.

Según documento del Archivo Naval de Madrid la isla rendía a la Compañía de 10 a 12 mil pieles y 20 a 30 pipas de grasa al año. Según importante documento de los Directores de la Compañía de la Corona, de fecha 9 de junio de 1794,

“… los ingleses prefieren los lobos y leones marinos a las ballenas, por ser mejor la grasa y excelentes las pieles para todo género de curtidos.”[15]

A ello cabe agregar que los precios de compra en el mercado de Cantón eran muy altos.

En la década de 1820, ya largamente desaparecida la Real Compañía, sucesivos gobiernos dieron en concesión la explotación con privilegio exclusivo de matanza de anfibios en los litorales de Lobos, Castillos y Coronilla “al gran empresario español Francisco Aguilar, nacionalizado oriental y radicado en San Fernando de Maldonado con diversas iniciativas industriales y comerciales. Ricardo Caillet-Bois apunta al respecto que pese al privilegio exclusivo “fue obstaculizado desde 1823, en su pacífica tarea, por los buques loberos ingleses (goletas SISTERS y EXQUISITE, cúter DOVE y bergantines FLORIDA y MAGNET) El procedimiento era bien conocido:

“Las tripulaciones británicas, utilizando botes armados, obligaban a que los de Aguilar abandonasen la costa, haciéndose dueños de los establecimientos por todo el tiempo de su voluntad.”

En definitiva, gracias al apoyo del Cónsul británico Tomás Samuel Hood, Aguilar logró superar el insolente acoso. He obtenido en el Archivo General de la Nación (Uruguay) unos pocos documentos relativos a este desagradable incidente del que me ocuparé para concluir.[16]

El 15 de setiembre de 1831, desde el Cabo Polonio, Francisco Howard le escribe a Jun Newman, en Maldonado, ambos ingleses al servicio de Francisco Aguilar, que

“Esta mañana, al rayar el día, vimos una flota acercándose a tierra, llegando como a tres cables de distancia de la isla donde se perdió el bergantín, y fondeó. En cuanto hubimos desayunado salimos en ambos botes, uno para la goleta y el otro para la leña y, cuando estuvimos a tiro, ellos cargaron sus cañones […] y cuando corrieron con las mechas en las manos hacia las piezas, [de artillería] algunos de mis bravos compatriotas contuvieron el aguan con sus remos […] y así mi bote quedó inmóvil [por algún tiempo]. Al fin seguí adelante y me coloqué bajo la popa con el objeto de ver el nombre del buque, y en efecto el letrero decía ‘EXQUISITE. Londres’ [subr. en el orig.] y creo que su capitán es Rauken o Raukon, el mismo que tenía el DOVE cuando fue apresado. Incontinente, seguí por su costado y el dicho capitán me preguntó ‘qué quería’ [subr. en el org.] Le contesté que era enviado ahí por nuestro capitán y que éste le exigía que dejase las islas o que sería tomado y procesado. Me replicó que ‘no le importaba un ajo… y que viniesen, que estaba pronto’. Le dije entonces que ya ‘lo verá’, y concluyó por asegurarme que cuando se propuso venir a estas costas sabía que debía prepararse bien. Vi varios mosquetes sobre cubierta y 2 cañones de a 6 en batería, y creo que tenía dos más, pero no pude verlos bien. Tenía 2 botes en la isla de [ilegible] pescando, y otro sobre cubierta y 7 u 8 hombres armados; nosotros no éramos más que 5 y sin un solo garrote, pero aún cuando hubiéramos tenido armas, ningún provecho habríamos sacado, pues nuestros hombres estaban asustados y no sabían qué hacer.

Si Don Francisco [Aguilar] quiere tomar la goleta, que me mande 10 ingleses con armas para 12, machetes y pistolas, y si la goleta no sale de las islas, como creo que no lo hará, yo la conduciré a Maldonado. Pero que no me envíe gauchaje, porque no valen un diablo y son tan cobardes cuales no conozco otros. Hemos perdido más de 2000 lobos por causa de esta condenada goleta: los ha hecho salir afuera de la isla de [ilegible: ¿Mark?] y es de esperarse que mañana se abriguen en estas islas, y por eso fuimos esta tarde a los más cercanos. Pero la marea estaba tan alta que apenas faenamos 300 cueros. Si hubiera estado baja se habrían tomado más de 1000. Si conseguimos 1500 lo habremos hecho bien. Mañana volveremos estando bueno el tiempo.”

Menos de un mes más tarde, el 3 de octubre, Aguilar informaba a un “querido amigo” no identificado que acababa de llegar a Maldonado el capitán Machado, “destacado en Santa Teresa”, quien le ha dicho que “ambos buques piratas están faenando en la isla de la Coronilla (cerca del Chuí) y las de Castillos con cuatro balleneras”, agregando que “lo peor es que matan a bala de fusil y esto ahuyentará la lobada para siempre. La goleta se ha puesto a media milla de tierra, para evitar que mis balleneras salgan a ninguna de las islas y me temo que cuando concluyan allí se vengan a la isla de Lobos…”

El 10 de octubre el Ministro de Relaciones Exteriores Joaquín Suárez manifestó al Cónsul General británico Tomás Samuel Hood que

“…en las islas de Castillos, conocidas con el nombre de las de Lobos se halla una escuna [goleta] al parecer inglesa y armada en guerra faenando anfibios de 30 días a esta parte”,

según denuncia formulada por tres veces al gobierno por Francisco Aguilar, concesionario exclusivo de la pesca y caza de ballenas y demás anfibios en las costas de Maldonado y Rocha. Está demás decir que se trataba del EXQUISITE [sic] que pirateaba en Maldonado y también en las Malvinas.

y prosigue diciendo que

“… al Gobierno del Estado le incumbe exclusivamente velar en la protección de los dominios invadidos por un buque que arbitrariamente se arroja con audacia y amenazas a emprender faenas en ellos, vulnerando sus derechos sagrados a más de los que el Gobierno tiene para asegurar sus compromisos estipulados en la contrata con el rematador; [concesionario] y es por lo tanto que […] con esta misma fecha trata de hacer marchar a aquel punto un buque de la República, autorizando al jefe […] con las más prudentes instrucciones a fin de inquirir al capitán de la goleta EXQUISIT [sic] el origen o medios de que se prevale para introducirse y continuar en aquellos establecimientos…”

En su respuesta, al día siguiente, 11 de octubre, Hood le expresa que tiene el gusto de informarle que,

“…con referencia al Registro de Lloyd’s de la Marina Británica de 1828 no aparece ningún barco con el nombre de ‘EXQUISITE’. Puede suceder que su construcción se haya hecho después de la publicación de ese libro, pero como la acusación es hasta ahora incompleta, no podría precisarse respecto de ningún barco en particular con tanta certeza como para dar lugar a una pena. El suscrito considera que sería mejor […] esperar el regreso del barco armado en busca del delincuente con vista a obtener información cierta y auténtica que lo habilite a plantear querella por violación del territorio…”


 

[1] WOODWARD Jr., Ralph Lee, “The merchands and the economic development in the Americas. 1750-1815. Preliminary Study”; University of North Carolina, Journal of Interamerican Studies, pp. 138-139.

[2] CAILLET-BOIS, Ricardo, “La islas Malvinas. Una tierra argentina”; Buenos Aires, 1952, Peuser, 2ª ed., 453 pp., p. 232.

[3] ELLIS, Myriam, “Norte-americanos no Atlantico brasileiro”; São Paulo, “Revista de História”, Univ. de São Paulo, 1973, No. 94.

[4] CAILLET-BOIS, Ricardo, Ob. Cit. en n. 2, p. 233.

[5] Ibid.

[6] VILLALOBOS R., Sergio, “Comercio y contrabando en el Río de la Plata y Chile. 1700 -1811”; Buenos Aires, 1965, Eudeba, 149 pp., pp. 92 – 93.

[7] VILLALOBOS R., Sergio, “El comercio y la crisis colonial”; Santiago de Chile, 1990, Ed. Universitaria, 2ª ed., 384 pp., p. 146.

[8] Id. Ant., p. 144.

[9] Id. Ant., p. 146.

[10] Id. Ant.

[11] Seguimos en este tema la magnífica obra de Antônia de Almeida Wright, “Desafio americano à preponderancia británica no brasil. 1808 -1850”; São Paulo, 1978, Companhia Editora Nacional, “Col. Brasiliana”, no. 367.

[12] ELLIS, Myriam, OB. Cit. en n. 3, p. 344.

[13] Id. Ant., p. 348.

[14] Montevideo, 1998, Academia Uruguaya de Historia Marítima y Fluvial, edición y notas de Walter Rela.

[15] Cit. en María Amelia Díaz de Guerra, “La Real Compañía Marítima… años 1789 - 1805”; Montevideo, 2003, 1ª ed., p. 153.

[16] Los documentos citados son del A.G.N.U., Relaciones Exteriores, Inglaterra, Caja 1831.

 

  

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