Historia y Arqueología Marítima

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LEYENDA DE SIETE TIERRAS QUE NUNCA EXISTIERON

Indice Academia ROU Hist Mar.y Fluvial

 

Por: Capitán de Navío (R  FRANCISCO VALIÑAS Publicado en Ciclo de Conferencias año 2005

 INTRODUCCIÓN

            En la Era del Descubrimiento, el mundo conocido era pequeño y mal comprendido.  Los primeros marinos que se aventuraron por el Atlántico tenían por delante un vasto espacio no cartografiado, que excedía con sus peligros y terrores al mundo conocido de la tierra, donde no había puntos ni señales para guiarse.  Una vez fuera de la vista de la costa, el navegante dependía solamente de sí mismo, a merced de galernas, corrientes y vientos desconocidos que alteraban su rumbo. 

            Los viajes de exploración fueron al principio esporádicos.  Cuando los marinos retornaban a su lar traían cuentos de tierras nuevas y extrañas que se extendían desde los confines del mundo.  Gradualmente, islas y costas nuevas aparecerían en los mapas, llenando los espacios vacíos.  Pero los cartógrafos tuvieron que ser muy cuidadosos con lo que representaban, porque en la vastedad del mar abierto, donde el posicionamiento era muy impreciso, los marinos no encontraban formas de verificar la ubicación geográfica de sus descubrimientos. 

La cartografía de la era medieval temprana arrancó registrando piezas de la tradición oral, complementadas con hallazgos a menudo influenciados por religión, mitos y supersticiones, actitud muy común en los pueblos nórdicos.  Todas tenían origen en la información aportada por marinos que se atrevieron a ir un poco más allá en sus rutas comerciales, que fueran desviados de rumbo por tormentas, o por casualidad.  A menudo los cartógrafos copiaron y recopiaron errores que permanecieron en las cartas por siglos.  Hasta que los viajes de exploración se hicieron frecuentes, mucho del conocimiento sobre el Atlántico y sus islas provenía del folklore heredado de Grecia y Roma, y de sagas escandinavas y  celtas.

En la Era del Descubrimiento, esta mezcla de leyendas, especulaciones y cuentos de viajeros comenzó a ser remplazada por una nueva forma de conocimiento geográfico, el empírico.  Islas antes conocidas solo por la tradición oral comenzaron a ser redescubiertas, incluidas en la historia y cartografiadas.  Por el Siglo XIV, la geografía de tradición dio paso a la geografía de observación.  En el medio, quedaron algunas incógnitas que fueron a ser desveladas con el correr del tiempo.

figura 1 

EL CONOCIMIENTO GEOGRÁFICO DE LA ANTIGÜEDAD

            La investigación científica universalmente aceptada proviene de los inicios de la civilización occidental con los filósofos griegos, quienes especularon en los aspectos físicos, matemáticos y astronómicos de la geografía del planeta.  En el Siglo VI AC, Pitágoras (580-501 AC) reconoció que la Tierra no era plana sino esférica, pero fundamentó su teoría con argumentos filosóficos y no por evidencias empíricas.  Este punto de vista fue también sostenido por Platón (428-347 AC) y Aristóteles (384-321 AC), pero alcanzó su elaboración científica con Claudio Ptolomeo (229-151 AC), cuya publicaciones “Geografía” y “Almagesto” dominaron todo el pensamiento geográfico hasta avanzado el Siglo XVI, fundamentalmente a través de sus métodos de cartografía.  (Figura 1)

            En su obra llamada “Meteorológica”, Aristóteles describió la geografía del mundo conocido, un espacio pequeño encuadrado por tierras y mares familiares desde la colonización, la conquista y el comercio.  Centrado en el Mediterráneo, se limitaba con la India por el Este y con los Pilares de Hércules (Gibraltar) por el Oeste.  Alrededor de la tierra conocida fluía un amplio torrente de agua: el Río Océano.  (Figura 2)  Pese a que la noción aristotélica del mundo estuvo más apoyada en la filosofía que en el conocimiento empírico, su construcción teórica de la geografía tuvo una influencia importante y se constituyó más adelante en el argumento básico para la búsqueda de los pasajes del Sur y del Norte hacia Cipango y Catay (China). 

Esta geografía hipotética se mantuvo hasta el Siglo XIV, apoyada en el llamado Mapa T-O, a causa de una especie de T que colocada dentro de una esfera (O) divide los continentes con cursos de agua.  Obviamente, el conocimiento de la geografía estaba muy por delante de la simplicidad del Mapa T-O, pero los filósofos estaban más preocupados con el plan abstracto del “Orbis Terrarum” que con los detalles prácticos de la cartografía. Macrobius (Siglo IV DC), construyó este mapa basado en Aristóteles, agregándole la noción de balance y simetría con el agregado de un continente nuevo: Antípodas, que consistía en una imagen espejo de las masas de las Europa, África y Asia conocidas. (Figura 3)

Por el Siglo III AC, los fenicios habían establecido una sólida red de comercio marítimo a lo largo de las costas de África, España y Francia hasta llegar a las riberas de Gales, donde traficaban alfarería por sal y estaño.  Sus habilidades náuticas los llevaron también hacia el océano abierto, arribando a los archipiélagos de Canarias y

 

FIGURA 2     
FIGURA 3

Madeira, aunque no quedaron mapas de sus travesías.  La tradición fenicia fue retomada por los cartagineses hasta su derrota por Roma, quien se mantuvo mayormente confinada dentro del Mare Nostrum.  Sin embargo, existen racontos de viajes de Piteas de Masalia, quien en el 333 DC arribó a Islandia.

            Las exploraciones más allá de las aguas familiares del Mediterráneo fueron muy pocas, y mayormente confinadas al cabotaje.  Los límites sin fin del Atlántico eran mirados con sobrecogimiento y superstición como el camino que conducía del mundo al caos.  Allí, el marino podría ser acosado por tempestades de toda naturaleza, maliciosas restingas no cartografiadas y monstruos grotescos y peligrosos, todos confabulados para destruir al frágil buque.  No obstante, los viajes se expandieron y los marinos se aventuraron gradualmente en el Mar de la Oscuridad. 

            A partir del Siglo V DC, el comercio romano con poblaciones costeras de las islas británicas era un hecho concreto, pero en el Siglo VI colapsó el imperio, y de sus restos emergió un nuevo poder intelectual: el cristianismo.  Bajo su influjo el conocimiento náutico derivado de los ancestros cayó en el olvido.  Lo único que sobrevivió fue el convencimiento de que el Océano de Aristóteles no era un río circunvalador de la tierra, sino un mar vasto y abierto.

            La doctrina cristiana rechazó gran parte del legado intelectual de Grecia y Roma, y esto incluyó la geografía.  En los primeros años, la lucha fue por propagar la religión basada más en la contemplación de la fe verdadera que en la investigación de la naturaleza por las ciencias.  A pesar de que antes se reconocía como una verdad, el concepto de la esfericidad de la tierra no fue aceptado por la jerarquía cristiana.  Se condenaba especialmente la existencia de las Antípodas, una región opuesta al mundo conocido.  El punto es que si existían pueblos en el Sur, separados del Norte por zonas tórridas inhabitables, obviamente no podían derivar de la estirpe de Adán, y aceptar eso sería una herejía.

            Pero no todos los miembros de la Iglesia disponían del conocimiento de los antiguos griegos, aunque aquellos que sí accedieron a él fueron capaces de aceptar la esfericidad del planeta, conservando vivos en secreto los conceptos de Aristóteles, como fue el caso de Martianus Capella (380-427) o San Agustín (354-430).  En la edad media, el monje irlandés Dicuil, en trabajos fechados entre 814 y 825, presentó ante la corte de Carlomagno el tratado “Liber Mensura Orbis Terrae”, obtenido de sus observaciones y de las de otros monjes peregrinos que viajaban a Islandia y a las Islas Faroe en busca de soledad para retiros espirituales, y en cuyos conventos se mantuvo guardado el conocimiento de los archipiélagos y las artes de navegación de los ancestros.  Pero existió otra razón para que la información científica de los antiguos se perdiera.  La mayoría de ese material estaba escrito en griego, y muy escasos intelectuales de la edad media eran capaces de leerlo.  No fue hasta que el bizantino Emanuel Crysoloras (1355-1415) tradujo los trabajos de Ptolomeo al latín, que su importancia e influencia creció súbitamente.  Para el momento de su primera impresión en 1472, la “Geografía” de Ptolomeo fue la autoridad en la materia por los siguientes 150 años.

            Si bien la luz de la ciencia y el conocimiento estuvo apagada el Europa durante la edad media, en el mundo árabe continuó brillando.  A través de su traducción al árabe, las ideas de los pensadores helénicos, particularmente Aristóteles y Ptolomeo, fueron examinadas y discutidas sin el conflicto de la religión.  La teología islámica coexistió pacíficamente con la ciencia y la filosofía griega, así como con las creencias judías y cristianas, pues para ellos el conocimiento era “una continuación de la inspiración divina del profeta”.  El concepto griego de un mundo consistente en masas de tierra simétricas rodeadas por un océano circundante fue adoptada por los árabes.  Sin embargo, el interés geográfico apuntaba hacia Oriente, a las rutas del comercio con el Asia lejana.  Por los Siglos VII a IX, los mercaderes árabes tenían firmes lazos con China por tierra y mar.  Hacia el Sur conocían la costa africana hasta Zanzíbar, y por el Norte alcanzaron el corazón de la incipiente Rusia de Rjurik.  Pero no se aventuraron hacia el Oeste, en el vasto Océano Atlántico.

            Entre los Siglos VII y XII, los más prominentes matemáticos y geógrafos fueron árabes, quienes dieron importantes pasos hacia el mejoramiento de los métodos de navegación y sus instrumentos.  Los astrónomos hicieron observaciones y determinaron las coordenadas de las ciudades y los puntos importantes en la ruta.  Calcularon la latitud por dos métodos diferentes, el primero por la altura del sol y el segundo por referencia a la estrella polar (Polaris). También desarrollaron dos métodos de determinar la longitud, el primero por la observación de los eclipses lunares, descubierto por Hiparco de Rodas (190-125 AC), pero la infrecuencia de ese fenómeno más la inexactitud en el cálculo de su ocurrencia llevaron al segundo método: determinarla a partir de la distancia de un punto conocido.  Además, los árabes fueron capaces de corregir los enormes errores en los cálculos de distancia de Ptolomeo, determinando las medidas casi exactas del Mar Mediterráneo.  Esto preparó el camino para que los marinos navegaran allí con mayor grado de confiabilidad.

            Al desvanecerse la edad media, el conocimiento geográfico mejorado por los árabes se difundió por una Europa que despertaba a las exploraciones.  Así, para 1350 todos los archipiélagos circundantes al continente fueron reconocidos, aunque de alguno de ellos la información fue vaga, imprecisa y a menudo se prestó para la confusión.  Pero antes de que puedan producirse más avances en la exploración, tendría que haber innovaciones mayores en la navegación.  El diseño del buque construido para el Mediterráneo y el cabotaje oceánico debía ser modificado para enfrentar el mar océano. Además se necesitarían nuevos cálculos astronómicos y el mejoramiento de los instrumentos de navegación.  Solo a través de estos desarrollos y de su integración en un todo, sería posible internarse con cierta certeza en el Mar de la Oscuridad y regresar a salvo.

 EL PROBLEMA DE LA POSICIÓN EN EL MAR

            Al hacer viajes oceánicos, el navegante se enfrentaba a un problema viejo pero de dimensión nueva: conocer su posición exacta y ser capaz de volver a su puerto de zarpada con información exacta de sus descubrimientos.  Hasta comienzos del Siglo XVI, el marino tenía escasa necesidad de fijar su posición a través de latitud y longitud, porque los viajes eran cortos, siguiendo la línea de costa, y raramente fuera de la vista de tierra por más de unas pocas horas.  El navegante determinaba su posición por el avistamiento de puntos notables de la costa, anotados con meticulosidad en un libro de ruta (derrotero), ayudado por el empleo de la sondaleza (para la profundidad y la naturaleza del fondo), de la brújula (orientación) y del reloj de arena (medir el tiempo).

            En la medida en que se incrementaron los viajes a regiones poco conocidas, el marino comenzó a registrar sus hallazgos por escrito, representándolos en mapas.  Pero para su confección, los cartógrafos precisaban algo más exacto que relatos y distancias estimadas.  Entonces, se hizo evidente que era necesario un sistema tipo grilla que dividiera el espacio en coordenadas de latitud y longitud.  La división del globo terrestre en 360 líneas verticales de un grado de medida, así como el espaciado de meridianos de longitud cada 15 grados, representando cada una de las 24 horas del día, fue enunciada por Hiparco de Rodas, y seguida por Ptolomeo quien  subdividió los grados en minutos y segundos.

            La latitud conocida de ciertos puntos notables de recalada fue empleada al principio por los marinos para el método conocido como “navegar por latitud”.  Una vez llegado el buque a una latitud deseada, se navegaba sobre esa, hacia el Este o el Oeste, hasta llegar al siguiente punto de referencia.  El método no requiere de tablas de navegación ni de cálculos matemáticos complejos, y permitía alcanzar el destino sin necesidad de conocer la longitud, lo que en el mar era mucho más difícil de establecer.  Para medir la longitud es necesario conocer la hora exacta de un determinado puerto base y ser capaz de compararla con la hora exacta en el buque.  La diferencia de tiempo es entonces convertida en grados de longitud.  Sin embargo, un ingenio de relojería que funcionara con exactitud y confiabilidad en las duras condiciones del movimiento de una nave no fue inventado hasta 1761.  Recién entonces el arte de la navegación devino en ciencia.

            Pero aún después que el navegante supiera como calcular la longitud, existía el problema de “donde” poner la primer línea de medida, o sea el primer meridiano, algo fundamental para el marino y para la cartografía.  Hoy el Meridiano de Greenwich, en Inglaterra, es universalmente aceptado como el 0º de Longitud, pero eso recién ocurrió a partir de 1884.  Hasta entonces, la ubicación de esta línea crítica variaba de país a país, y de cartógrafo a cartógrafo.  Para saltar sobre esta fuente de confusión, las cartas a menudo incluían tres o más escalas de longitud, referidas cada una a un punto diferente.  Eso explica porqué los exploradores encontraron difícil fijar la posición exacta de las tierras que descubrían en medio del ignoto Atlántico, lo que a su vez trasladaba el dilema a los cartógrafos que debían posicionar esos hallazgos en los mapas.

            Determinar la latitud por la observación de los astros requiere de pocos artilugios, pero existe una gran diferencia entre la teoría y la práctica, porque los instrumentos de medición proporcionaban un porcentaje de error, y también resultaba difícil realizar una lectura exacta desde un buque cabeceando y rolando.  Además estaban  los cielos cubiertos y las nieblas, frecuentes culpables de esconder los astros al ojo del navegante.

El compás magnético, derivado de la brújula china empleada por los vikingos, era un instrumento importante para las navegaciones largas.  Fue usado por los árabes en el Siglo XII al navegar el Océano Índico, y para el Siglo XIII ya estaba difundido entre los europeos.  En las rutas costeras de África y Europa, el compás sirvió eficazmente para guiar el rumbo de los marinos, pero al aventurarse en el Atlántico comenzaron a notarse importantes diferencias, que aumentaban cuanto más al Oeste y al Norte se fuera.  Es que se había asumido que el Polo Norte geográfico y el Polo Norte magnético coincidían en un mismo lugar, y cuando se constató que no era así se pudo medir la diferencia entre los dos nortes; a esa medida se le llamó declinación magnética, la que no tenía un valor fijo ni un patrón constante de alteración.  Para calcular esa diferencia, llevaba abordo más de un tipo de compases, pero no fue hasta avanzado el Siglo XVII que pudo contar con información confiable de esta variable.

            Sin mapas o cartas náuticas, ningún marino podría trazar la derrota a su destino, tampoco reportar a los cartógrafos la ubicación de sus descubrimientos al retorno, para que fueran incluidos en el nuevo conocimiento de un mundo en expansión.  Fue reconocido desde el comienzo que la posición geográfica podía ser registrada sobre un sistema de grilla, pero los cartógrafos tuvieron la difícil tarea de representar sobre un plano la esfericidad de la tierra con una distorsión mínima.  Ptolomeo encontró la solución desarrollando la proyección cónica, esto es: proyectando la superficie del globo sobre un cono cuyo eje coincide con el eje de la Tierra.  Cuando el cono es desenrollado se convierte en un plano en el que los paralelos de latitud son representados con curvas equidistantes de Norte a Sur, mientras que los meridianos de longitud son rectas ampliamente espaciadas en la base pero convergentes hacia el Polo.

            Mientras los mapas europeos se desarrollaron sobre la idea de la proyección cónica y sus modificaciones, en el Siglo VI apareció un proyecto cartográfico paralelo: el portulano.  A diferencia de los mapas de Ptolomeo, que se originaban desde conceptos clásicos de cosmografía, el portulano fue consecuencia de la experiencia y de la observación de innumerables marinos en sus viajes comerciales. Esencialmente, fue un mapa derivado por métodos empíricos con el propósito práctico de viajar de un puerto a otro, de allí su nombre.  Los portulanos fueron suficientemente exactos para navegar entre puntos, o sea en regiones limitadas, que por su reducido tamaño no sufrían las distorsiones de la representación plana.            

Desde Ptolomeo en adelante, la solución a representar la esfericidad sobre un plano basada en geometría y trigonometría pasó por varias formas de proyección, hasta que en 1569 Gerardus Mercator presentó la proyección cilíndrica isogónica, hoy conocida como “Proyección Mercator”.  En este método, los meridianos  permanecen paralelos y equidistantes uno de otro, en lugar de converger hacia el polo, y para compensar la diferencia se aumenta la distancia entre líneas de latitud en la medida en que se alejan del Ecuador.  Así, Mercator creo un mapa rectangular, con la grilla de líneas intersectando en ángulos rectos.  Aunque las masas de tierra cercanas a los polos sufren importantes distorsiones, esta proyección simplificó el trabajo de ploteo del navegante y ayudó a la comprensión de la geografía

 REDESCUBRIENDO LAS ISLAS ATLÁNTICAS

            Al comienzo del Siglo XV, los intelectuales de Europa, Bizancio y Arabia estaban aún lidiando con la cosmografía,  pero para el final del siglo los marinos de Portugal y España ya se aventuraban profundamente en el Mar de la Oscuridad.  Los primeros viajes aportaron información y observaciones sobre las tierras recién conocidas.  Mapas nuevos representaron la geografía de este mundo expandido, complementados con ilustraciones de los pueblos encontrados, de bestias reales o imaginarias, evidenciando una tendencia de carácter narrativo donde leyendas y mitos se enfrentaban a las percepciones nuevas.  Para mediados del Siglo XVI España, Portugal, Francia e Inglaterra estaban enviando sus naves a redescubrir archipiélagos atlánticos y encontrar tierras nuevas para sus respectivos monarcas. 

Las exploraciones españolas revelaron la existencia de un mundo nuevo.  Los viajes de Cristóbal Colón agregaron el vasto espacio del Caribe a la corona de España; Hernán Cortés sumó el Imperio Azteca y Francisco Pizarro hizo otro tanto con el Imperio de los Incas.  Otros exploradores extendieron los dominios de Castilla y Aragón desde Florida al Cabo de Hornos, y cruzando el Océano Pacífico llegaron a Filipinas y las Islas de las Especies, estableciendo puertos comerciales intermedios.  Entretanto, Portugal hizo progresos considerables en otra línea de exploración.  Navegando al Sur sobre la costa de África, los lusitanos bordearon el Cabo Buena Esperanza para llegar a la India, y desde allí a Macao (China) y Nagasaki (Japón) dándole a la corona de Bragança una ruta propia a las Indias Orientales, además de Brasil y Algarve.  Inglaterra y Francia también exploraron el Nuevo Mundo, pero ambas buscando un pasaje a Oriente por las latitudes más boreales, y de allí su colonización de Norte América.

            La causa principal de este empuje al océano fue encontrar una ruta marítima hacia oriente, a los territorios de Cipango y Catay, a los bienes más codiciados en Europa: seda, especias, piedras preciosas y perfumes.  Durante siglos, esas mercaderías arribaban a Alejandría y La Meca en caravanas de camellos, y de allí al norte.  Venecia tenía el monopolio de las especias y del comercio con el Adriático y el Mar Negro.  Génova el de la seda, y del comercio del Mediterráneo Occidental.  Pero los Turcos conquistaron Constantinopla en 1453 y poco después Alejandría, y así la ruta comercial del levante quedó casi cortada, solo Venecia conservó algunas líneas de tráfico y aprovechó esta ventaja en detrimento de Génova.  Esta última perdió todos sus mercados, pero en lugar de resignarse a aceptar el dominio veneciano utilizó sus ahorros para financiar las expediciones de España y Portugal en su búsqueda de rutas nuevas.

            Sin el comercio genovés, la Península Ibérica quedó aislada del mundo.  En invierno la cadena de Los Pirineos era una barrera real con el resto de Europa, mientras que la hostilidad de los árabes por el Sur completó el encierro, y esto ayudó a empujar los ibéricos al mar.  Descubriendo que no existían en el océano tantos peligros como cantaba la leyenda, el empuje fue de ir cada vez más lejos.  Además de las ya conocidas islas de Canarias y Madeira, España y Portugal descubrieron las Azores y las Cabo Verde.  Ante ese brutal incremento del conocimiento geográfico del Atlántico, los europeos se vieron forzados a revisar su concepto del mundo, tanto física como filosóficamente.  Todo lo que quedó para los cartógrafos fue el proceso de refinar los mapas y llenar los espacios vacíos. Ya no servirían los casi desconocidos archipiélagos atlánticos para contener tierras de leyenda, pero estas continuarían apareciendo en los mapas, aunque ahora completas y con siluetas geográficas bien definidas.  ¿Cómo podría ocurrir esto?

            Muchas islas que aparecieron en los primeros mapas del Atlántico fueron el resultado de una misma masa de tierra redescubierta repetidamente en un período de tiempo dado.  Cuando los marinos comenzaron a navegar el océano con mayor frecuencia y precisión de cálculo, fueron imponiendo las reales sobre las imaginarias.  Pero estas últimas, lejos de ser rechazadas, fueron pensadas como ubicadas más lejos, sobre el límite del mundo conocido.  Así, el conocimiento creciente de la geografía del Atlántico necesitó de una migración constante de las islas mitológicas, aunque gradualmente la geografía de leyenda fue dando paso a la geografía real.  A pesar de los descubrimientos y avances en cartografía, la creencia en la existencia de islas fantasmas se mantuvo durante varios siglos.  La búsqueda por fragmentos de verdad histórica revela un fuerte apuntalamiento de certezas detrás de las leyendas, y así mitos y realidades no fueron tan diferentes como uno pensaría.  Para ayudar a entenderlo, a continuación se mencionarán siete tierras de leyenda, y su confusión con tierras reales. 

 1.-     ISLA DEMONÍAS

            De las muchas tierras de leyendas del Atlántico, una de las más intrigantes fue la llamada Isola des Demonías, o Isla de los Demonios, situada en proximidades de Terranova, reputada como habitada por criaturas salvajes reales (osos, morsas) y mitológicas (grifos), además de espíritus malignos y de un espécimen con forma de lobo, intermedio entre el hombre y el Diablo, ávido de devorar seres humanos.  Fue descubierta en 1540 por Jaques Cartier, enviado de François I, Rey de Francia, al mando del tercer viaje de colonización de Canadá.  La situó como ubicada en latitud 49º40’N, a unos cuarenta leguas al ENE de Newfoundland. 

Un año después, partió el cuarto viaje galo al Nuevo Mundo, al mando de Jean François de La Roque, Señor de Roberval, con tres naves, sus tripulaciones y doscientos colonos destinados a establecerse en la ribera austral de la bahía San Lorenzo.  Entre los viajeros, se encontraba Margueritte de La Roque, declarada como sobrina de Roberval aunque en realidad era su amante.  Durante la travesía, la joven cayó en romance apasionado con uno de los oficiales del buque, lo que provocó la ira del supuesto Tío, quien aduciendo tomar el asunto como una afrenta a los principios religiosos, desembarcó a la pareja en la primer isla que encontró, junto con la dama de compañía de Margueritte, dejándoles tres mosquetes, provisiones, semillas y herramientas.  Fue el 17 de octubre de 1541.

FIGURA 4 

 

            Los amantes y su acompañante se las arreglaron para armar una vivienda y sobrevivir.  Las armas de fuego les resultaron útiles para mantener a raya a los lobos y los osos, mientras que la abundante pesca y los frutos del bosque les proporcionaron alimentación; entretanto, una incipiente huerta comenzó a fecundar las semillas.  En la paz idílica de la nueva tierra, Margueritte quedó encinta, dando a luz un varón.  Pero la felicidad duró poco, porque su amado cónyuge enfermó y murió; pocos días después falleció el niño y un mes más tarde la dama de compañía.  La valerosa mujer sobrevivió sola en la isla por dos años y cinco meses, hasta que fue rescatada y pudo volver a Francia.

            En 1545 Margueritte conoció a André Thevet, un fraile franciscano que había acompañado la primera expedición francesa de colonización de Canadá en 1534 como naturalista y geógrafo además de sacerdote, y que regresara con Cartier en 1541.  Desde 1542, estaba afincado en Pèrigord, en calidad de geógrafo real, y allí recibía los reportes de los navegantes a su retorno a Francia.  De Margueritte, el fraile obtuvo información de escaso valor geográfico pero mucho para la fábula, y por eso se considera a Thevet como el autor de la leyenda de Demonías.

            Según la descripción dada por la joven mujer, la isla estaba poblada por seres malignos tales como demonios con forma de lobos, osos blancos como un huevo y peces con colmillos de elefante que vagaban por la costa (evidentemente morsas).  Agregó que durante las noches la isla se llenaba de gritos, gemidos, gruñidos guturales, aullidos y graznidos, a los que no dudó en calificar como lamentos de almas en pena, de las cuales se mantuvo a salvo mediante la lectura del Evangelio según San Juan y de frecuentes plegarias a la Virgen María. 

Thevet aceptó los informes de Margueritte, y no dudó en asumir que la isla estaba efectivamente demonizada, como fuera anunciada en un raconto de 1436 recogido de navegantes portugueses por el genovés Andrea Bianco quien la llamó “Satanagio” (Satanás).  El fraile francés la incluyó entonces en una carta que preparó para la expedición a Canadá de Nicolás Durant, Caballero de Villegagnon, en 1551, y en su atlas “Le Grand Insulaire et Pilotage d’Andrè Thevet, cosmographe du roi” de 1566.  Pero no fue el único, porque también la incluyó Guillaume de Testù en un mapa de 1555, y más adelante el célebre cartógrafo flamenco Abraham Ortelious en su atlas “Americae Sive Novi Orbis Nova Descriptio”(Figura 4)

¿Cual es la realidad detrás de la leyenda?  En la Francia del Siglo XVI la existencia de animales como los osos kodiak y las morsas rayaba en lo mitológico, pues no eran seres conocidos, mientras que la vinculación del lobo con los demonios era una superchería heredada de la edad media. ¿Pero que hay de los gritos y lamentos?  Lo que Margueritte nunca supo, porque jamás se alejó de proximidades de la playa donde fue desembarcada, es que la costa norte de la isla era rocosa y escarpada, habitada por enormes poblaciones de alcatraces blancos y cormoranes, mientras que el bosque se llenaba de muchas otras especies de aves.  Los alcatraces y los cormoranes emiten sonidos muy fuertes en la época de reproducción, que pueden ser confundidos con gritos y gemidos humanos.  Para una persona que no los conoce y que ha vivido en el mar durante meses escuchando solo el ruido del mar y del viento en la arboladura, esta nueva sinfonía de aves desconocidas bien pudo haber facilitado la confusión de una Margueritte de La Roque, para quien por su trágica odisea esa costa fue una verdadera isla de demonios.

Más adelante, los galos comenzaron a pasar por el norte de la isla, y sin saber que se trataba de Demonías, asentaron en sus observaciones la existencia de una nueva tierra de riberas rocosas, blancas y malolientes a causa del guano, a la que llamaron Isle des Ouaisseaux (Isla de los Pájaros).  Con el tiempo, esta isla cobró  con ese nombre realidad en la cartografía de base empírica derivada de las exploraciones del hombre, mientras que simultáneamente Demonías fue desapareciendo hasta ser solo una leyenda. 

2.-     FRISLANDIA

Otra de las tierras de leyenda surgió del viaje del comerciante veneciano Nícolo Zeno por el Atlántico Norte en 1380, cuando una galerna desvió su nave hasta terminar varando en la costa oriental de Frislandia, isla cuya gente vivía de la pesca y del comercio con otros pueblos de la región.  Allí Nícolo entabló amistad con Zichmni, el monarca local, hombre ávido por obtener más tierras para su corona.  Con Zeno como asesor y los marinos venecianos como pilotos, Zichmni pronto conquistó otras islas cercanas, y en muestra de agradecimiento le otorgó un título nobiliario y tierras.  Entonces, Nícolo escribió a su hermano Antonio en Venecia, invitándolo a unírsele con una casa comercial.  Los hermanos vivieron allí juntos durante cuatro años y a la muerte de Nícolo, Antonio permaneció en Frislandia once años más.  Regresó a Venecia en 1395, falleciendo por 1411.

Durante su estadía en la isla, Antonio conoció marinos de muchas partes, y en particular llamaron su atención los provenientes de puertos situados a Occidente de Frislandia.  Así supo de pueblos de costumbres escandinavas que habitaban en Estotilandia, y de otros muy civilizados que hablaban latín y vivían en Engronelandia.

Figura 5

 

 Estos últimos practicaban el cristianismo y tenían varias iglesias de piedra, entre las que se destacaba el monasterio dedicado a Santo Tomás.

La historia del viaje y las vivencias de esos quince años en Frislandia fue registrada en la abundante correspondencia que Antonio mantuvo con un tercer hermano, Carlo, cabeza de la casa comercial familiar en Venecia.  Esas cartas, junto con un mapa de la región, permanecieron guardados y ocultos en la familia Zeno por varias generaciones, hasta 1554, cuando Nícolo Zeno el joven, descendiente directo del primer marino, entregó la información a Francesco Marcolino, cartógrafo veneciano, quien incluyó a las nuevas tierras en un mapa publicado en 1558 con el nombre de “Carta da nevegare de Nícolo et Antonio Zeni Furono di Tramontana”(Figura 5)

Los cartógrafos más notorios de la época aceptaron sin cuestionar el trabajo de Marcolino, y entonces Frislandia apareció en mapas de Mercator de 1569, 1587 y 1595, de Ortelious de 1570, en el mapa que llevó la expedición de Martín Frobisher para buscar el pasaje del norte (1576), en la carta de Emery Mollyneux de 1592, en el “Orbis Terrarum Typus” de Petrus Plancius de 1594, en el mapa del holandés Hessel Gerritz de 1612, y en el tratado “Voyages, navigations, traffiques and discoveries of the English Crown” publicado en Londres en 1660.

A partir del atlas “Theatrum Orbis Terrarum” de Abraham Ortelious de 1570, se sospechó que Estotilandia  no era en realidad una isla, como lo proponía el legado de Zeno, sino la Península de Labrador, también mencionada como Drogeo en mapas portugueses.  Engronelandia fue a su vez relacionada con Groenlandia, la que por el Siglo XII había sido evangelizada por monjes católicos, y contaba con varios templos, aunque nunca hubo uno dedicado a Santo Tomás.  Con respecto a Frislandia, no existían dudas de que no se trataba de una confusión con Islandia.  Esta última estaba ya bien identificada y se conocía que su posición sobre los 66º de latitud Norte.  Según Marcolino, Frislandia estaba más al Sur, entre las latitudes 61º y 64º Norte. 

Además, la existencia de Frislandia se aceptó como confirmada por unas anotaciones sobre un mapa de 1467, encontrado en la biblioteca de Zamoisky Majorat, en Varsovia.  Pero el hecho de que Frislandia nunca apareciera en las exploraciones de las décadas siguientes, desató una polémica sobre su existencia que se arrastró hasta entrado el Siglo XIX.  Las críticas más serias sobre la isla de los Zeno surgió de dos ingleses: Richard Henry Majors y Frederick Lucas.

Según el primero, quien reconoce la veracidad de los relatos de los hermanos Zeno, Frislandia se corresponde con Grimsey, la mayor de las Islas Westmann,  archipiélago del sur de Islandia, e identifica muchos de los puntos notables de la toponimia dada por el veneciano con penínsulas y caletas de las costas de dichas islas.  Paralelamente aduce que la intención de Nícolo Zeno el joven al anunciar la existencia de esta tierra fue convencer al resto del mundo que fue un marino veneciano el primero en descubrir el nuevo mundo, y por lo tanto hacer valer el derecho de Venecia de poseer tierras allí.  Para contrarrestar esa posible intención, Majors argumento fundamentos de una saga del año 530 que narra como los reyes Arthur y Maty conquistaron todas las islas del norte comprendidas entre Escocia y Groenlandia, y entre ellas “.... Gelinda, posteriormente llamada Frislandia ....”.  Esta saga fue recogida en 1577 por John Dee, secretario del Canciller Walsingham, para informar a la Reina Elizabeth I sobre su derecho a esas tierras.

Frederick Lucas plantea la argumentación más convincente, al referir Frislandia con Strömo, la mayor de las Islas Faroe.  Allí había una ciudad, hoy Thorshavn, que pudo haber sido la sede del trono de Zichmni, desarrollada alrededor de la pesca y el comercio, lo que explica además porqué Nícolo fue capaz de enviar una carta a Antonio, y éste después mantener una correspondencia fluida con Carlo.  Obviamente, la posición de la isla era bien conocida por los marinos locales, ya que Thorshavn mantuvo un comercio activo con puertos de Escocia, Noruega, Dinamarca y Flandes, cuyos orígenes se remontan a 1130. 

Sobre la posición, la ciudad de Zichmni fue ubicada por Nícolo a 61º20’ de latitud, mientras que el extremo sur de Strömo se conoce hoy a los 61º49’N, lo que es una diferencia ínfima para los instrumentos de medida de la época.  Sin embargo, existe una gran diferencia en la longitud, Frislandia fue declarada en 20ºW, mientras que el centro de las Faroe se ubica en los 7ºW; o sea hay unas 800 millas náuticas de distancia entre ambos puntos.  Sobre esto, Lucas argumenta que todo pudo deberse a la gran inexactitud en la medición de la longitud en el Siglo XIV, acentuado por, según el relato del propio Nícolo, el hecho de que su nave “.... fue zarandeada por el viento y el mar durante muchos días .... no sabíamos en que parte del mundo estábamos hasta que varamos en Frislandia ....”.

Con respecto a las tierras que Zichmni conquistó con ayuda de Nícolo y sus venecianos, se trataría de las Islas Shetland, ubicadas al norte de Escocia pero sobre los 60ºN de latitud.  Al día de hoy existen allí varios puntos de toponimia coincidentes con los relatos de los Zeno, y algunas ruinas que avalan la existencia de construcciones que fueran arrasadas por el Siglo XIV.  La distancia entre las Faroe y las Shetland es de 165 millas náuticas, lo que es coherente con los tiempos de navegación de la época mencionados por el veneciano.

Por último, Frederick Lucas coincide con Richard Majors en las razones de Nícolo Zeno el joven para hacer público un secreto familiar guardado por 174 años.  Según su argumentación, actuó movido por un “desmedido patriotismo” .  España había descubierto un mundo nuevo ganando reconocimiento internacional y alabanzas.  Pero su gloria era el resultado de los esfuerzos de exploradores italianos, Colón y Vespucio, un genovés y un florentino, aunque bajo bandera española.  Esto era una ofensa para Venecia (sobre todo Colón, por la rivalidad con Génova).  Entonces, la publicación de la historia de las exploraciones y descubrimientos de los venecianos Nícolo y Antonio Zeno saciaría el orgullo familiar y la vanidad personal, y lo más importante: el honor del descubrimiento del nuevo mundo sería para un veneciano.

Frislandia fue evidentemente un caso de identidad equivocada sobre dos cuentos; fue un curioso híbrido entre la geografía de las Islas Faroe y el contorno  de Islandia, del cual los cartógrafos y los historiadores se mantuvieron intransigentes durante siglos.  Pero como todas las islas fantasmas, Frislandia fue definitivamente removida de la faz de los mapas. 

3.-     ISLA BUSS

            La leyenda de la Isla Buss estuvo tan profundamente relacionada con lugares y eventos que fue difícil aceptar que no existió.  La isla fue reportada en primera vez por una nave de la tercera expedición de Martín Frobisher, en el otoño boreal de 1578.  En el intento de encontrar el llamado “Pasaje del Norte” hacia las Indias, el Almirante inglés había penetrado la Bahía Baffin, pero el prematuro arribo de la estación fría lo obligó a retroceder, recalando en una caleta de la región conocida como Península Meta Incógnita.  Allí, cargó sus naves con unas piedras que se suponía contenían mineral aurífero, y emprendió el regreso.  Uno de los barcos era el “EMMANUEL”, bajel del modelo conocido como “busse”, que se solían construir para la pesca del arenque, una embarcación de dos mástiles, unas 60 toneladas, fuerte y sólida, pero lenta.  Como había sido construida en el astillero Bridgewater, se la conocía como “el Busse de Bridgewater”.

            Al momento de la zarpada desde Bahía Frobisher, el Busse estaba cargado con el mineral en rocas al máximo de su capacidad, y no podría acompañar la velocidad de la flota.  Su capitán y propietario, Richard Newton fue autorizado a proceder de manera independiente hacia Inglaterra.  Así, en viaje,  el 12 de setiembre de 1578 Newton asentó en el libro de bitácora  el descubrimiento de una isla a la que bautizó “Busse of Bridgewater” por su buque, la registró como ubicada en una latitud no legible porque el texto original se manchó, al sur de Engronelandia.  Agregó que el hielo formado sobre la costa no le permitió desembarcar para explorarla, pero que desde abordo se observó que estaba densamente arbolada.  (Figura 6)

Figura 6

 
            Después del descubrimiento, la isla Buss (como la anotó el Almirantazgo) pasó al olvido durante once años, pero fue registrada en los mapas como ubicada entre las latitudes 57º30’ y 58º50’ Norte y en longitudes variando de 27º00’ a 30º00’ Oeste, a unas 50 leguas al SE  de Frislandia .  En 1589 el Capitán Thomas Wiars informó haber desembarcado allí luego de muchas dificultades por los campos de hielo de la costa, constatando que su tierra era inútil para la agricultura y que estaba forestada con árboles de buena madera.  El siguiente reporte es de 1605, por el Piloto danés Jan Hall, quien dijo haberla visto desde mucha distancia y por corto tiempo, ya que una repentina niebla se la ocultó.  En su viaje a América de 1609, el explorador Henry Hudson dedicó tres días a relevar la posición supuesta de la Isla Buss, anotando en el diario de viaje que no la encontró.  No obstante, aclaró que su buque pudo haber sufrido desvíos por la corriente, los que después confirmó al arribar a la Península Meta Incógnita con anticipación a sus previsiones.

            Pasarían casi sesenta años para que alguien se ocupara de Buss.  En 1668 había ya un asentamiento inglés en Bahía Hudson, y desde allí zarpó el Capitán Zachariah Gillam con el quelche NONSUCH a “.... explorar la Tierra de Buss, que está entre Islandia y Groenlandia ...”, como asentó en bitácora.  Al retorno, informó haber desembarcado y visto bosques de muy buena madera, que la isla estaba habitada por enormes cantidades de morsas y focas, y que el bacalao era allí muy abundante.  Con cierto sentido comercial, la Hudson Bay Company envió al Capitán Thomas Shepherd en el GOLDEN LION para verificar lo informado por Gillam, y si bien no se conocen los reportes de esta expedición, en diciembre de 1673 la Compañía solicitó autorización para iniciar explotaciones de madera, aceite de morsa y pesca en la Isla Buss.  El 13 de mayo de 1675, el Rey Carlos II otorgó a la Hudson Bay el título de propiedad de la isla así como un permiso en perpetuidad para la explotación comercial solicitada y cualquier otra que pudiere surgir.  Luego de pagar 65 libras por la escritura y costos de administración, los nuevos propietarios despacharon una expedición en las naves PRINCE RUPERT al mando del Capitán James Golding y SHAFTESBURY a cargo de Shepherd.  Ambos buques arribaron a la Bahía Hudson al inicio de la estación fría, por lo que se dispuso que pasaran allí el invierno, pero con los primeros deshielos fueron asignados a otras tareas de la empresa. 

            En 1677, la Hudson Bay Company recibió órdenes del gobierno inglés de extender sus dominios y actividades en tierra firme con el propósito de aventajar a Francia en el dominio del Canadá conocido, para lo que recibió un subsidio anual de 31.500 libras, y entonces las exploraciones insulares pasaron al olvido.  Sin embargo, en 1791 el interés por Buss despertó, y la Hudson Bay comisionó al Capitán Charles Duncan con el navío RED WALRUS para re-evaluar la viavilidad comercial de la isla.  Al retorno, el informe fue cáustico: “.... nos esforzamos todo lo que los vientos permitieron para permanecer en la latitud de la supuesta  Isla Buss.  Pero es mi firme opinión que no hay tal isla sobre la superficie, si es que alguna vez hubo alguna ....”.  La Compañía archivó el reporte, concluyendo que “.... la existencia de la isla Buss está en duda ....”.

            La isla permaneció sin cambios en la cartografía hasta 1745, cuando el geógrafo danés Kerk Van Keulan la presentó en un mapa con la leyenda “.... Tierra Sumergida de Buss, hoy nada más que una línea de rompientes de un cuarto de milla de largo....”, y desde entonces la tierra de la leyenda apareció en las cartas y derroteros como “Tierra Hundida de Buss”, siendo aceptada por marinos y cartógrafos la noción de que la isla se había hundido en el mar como resultado de acciones volcánicas o sísmicas.  Para ellos fue más fácil aceptar esta teoría que descartar algo en lo que habían creído firmemente durante muchos años.

            Pero ¿fue eso posible?  La actividad tectónica en Islandia y Groenlandia ha sido siempre una realidad.  En 1830 una violenta erupción volcánica hizo desaparecer  los islotes Geirfugla y Skjer, situados al SW de Islandia, mientras que en 1968 un episodio similar dio nacimiento a la isla Surtsey en un lugar próximo.  También en el Siglo XX desaparecieron los islotes Gunnbjörn y Skerries de la costa groenlandesa luego de movimientos sísmicos.  Sin embargo, en la ubicación geográfica de la Isla Buss es difícil aceptar la idea de la catástrofe telúrica, porque si bien en el supuesto lugar existen picos volcánicos en calma, los más altos están a unas 700 brazas de la superficie, y geológicamente hablando no es aceptable la idea que lo que una vez fue tierra firme sobre el mar se hubiese hundido a tal profundidad.

            La Isla Buss pudo haber desaparecido de la superficie del mar y pudo haber sido borrada de la cartografía, pero no desapareció fácilmente de la mente de los hombres de mar, y a partir de la segunda mitad del Siglo XIX se realizaron varios intentos por encontrarla, tanto sobre como debajo de las olas.  Entre los muchos esfuerzos, se llegó a rehacer en dos oportunidades el viaje del EMMANUEL, en base al bitácora del Capitán Richard Newton.  También se intentó con los registros de Zachariah Gillam y Thomas Shepherd.  Ninguno tuvo éxito. 

            La última referencia sobre la Isla Buss surgen de un memorando fechado el 21 de junio de 1934 por Leveson Gower, Secretario de Comercio, informando al Primer Ministro británico la cancelación de los títulos otorgados a la Hudson Bay Company , porque “.... fue una isla mitológica del Atlántico Norte, de la que se dijo haber sido descubierta por una de las naves de Martín Forbisher en 1578, pero cuya existencia nunca fue probada ....”.  Después de más de trescientos años de esfuerzos inútiles para validar su existencia, la Isla Buss fue, final y oficialmente, reconocida como fantasma. 

4.-     ANTILIA, LA ISLA DE LAS SIETE CIUDADES

            La leyenda de Antilia, “la Isla de las Siete Ciudades, se origina en la España de la era medieval.  Los Visigodos, tribu germana que dominó la Península Ibérica  desde su invasión en el 507, se estaban debilitando cuando los árabes iniciaron la invasión desde Gibraltar.  Los Moros los derrotaron fácilmente, pero antes de la caída total un Arzobispo, seis Obispos y una pléyade de seguidores huyeron hacia un puerto portugués, desde el cual se hicieron a la mar en varias naves.  Guiados por la inspiración divina, después de larga travesía arribaron a Antilia, donde se asentaron fundando siete ciudades, una por cada clérigo.  Según la leyenda, esto habría ocurrido por el año 734, y al arribo el Arzobispo habría ordenado desarmar las naves para usar la madera en la construcción de los templos y de paso evitar cualquier intento de retornar a España.  Qué ocurrió después es algo desconocido, porque el olvido la cubrió durante siete siglos.

            Aún el nombre de Antilia es sujeto de especulaciones, pero la versión más creíble proviene de Armando Cortesâo, cartógrafo e historiador portugués de principios del Siglo XV, para quien en 1424 la denominación proviene de dos palabras: “anti” e “ilha”, significando que se trataba de una isla yaciendo opuesta a Europa, y a medio camino de otro continente, que presumió como Asia.  Si esta interpretación es correcta, indicaría que los portugueses cruzaron el Atlántico 68 años antes que Colón.

            Antilia parece por primera vez en una carta náutica británica de 1424.  Más adelante, según el archivo del Príncipe Enrique el Navegante, en 1430 un buque portugués fue sacado de curso por un temporal violento, arribando a Antilia, donde fue asistido por la población local con alimentos frescos y agua, e incluso su tripulación asistió a misa antes de zarpar.  La isla estaría situada a doscientas leguas (686 millas náuticas) al Oeste de Canarias y Azores.  En la Corte del Príncipe pidieron pruebas de esa recalada, y al no ser proporcionadas se archivó el caso sin validar el hallazgo.  Pero intrigado por el relato, el noble Diogo de Teive armó una expedición para encontrar la isla y zarpó en 1452.  Después de recorrer una 750 millas sin encontrar lo buscado, emprendió el regreso, oportunidad en la que descubrió las islas Flores y Corvo, las más occidentales del archipiélago de Azores.

            Antilia cobró identidad plena con el mapa del genovés Graziozo Benicasa, de 1470. (Figura 7)  El florentino Paolo del Pozzo Toscanelli colaboró con la leyenda, en una epístola a Cristóbal Colón de febrero de 1492 donde le aseguró que la distancia entre Lisboa y Catay era de 6.500 millas náuticas (un tercio de la circunferencia del planeta), agregando que a unas 1.500 millas al Oeste de Canarias encontraría a Antilia, y de allí le restarían solo 2.500 MN a Cipango (Japón).  También ese año, aunque no fue conocido por Colón antes de zarpar, apareció el globo de Martín Behaim, cartógrafo germano al servicio de Portugal, quien ubicó la isla “.... Siete Obispos, también llamada Antilia ....” a unas 1.500 millas náuticas al WSW de Azores.  Después, es registrada con su nombre de Antilia en los mapas de Andrea del Bianco (1496), Peter Martyr d’Anghiera (1498), Alberto Cantino (1502), y Johaness Ruysch (1508).

Figura 7 

 

            Inglaterra también se ocupó de Antilia, y en 1497 el rey Henry VII contrató para hallarla a Giovani Caboto (John Cabot), navegante veneciano con vasta experiencia en el comercio mediterráneo y al servicio de España.  Zarpando de Bristol en mayo de 1497 al mando del MATHEW, desembarcó en la Península del Labrador el 24 de junio, tomando formal posesión de la “New Found Land”.  En abril de 1498 Caboto volvió a zarpar el procura de Antilia, pero no solo no la encontró sino que nunca regresó.  De los trescientos hombres de la expedición, solo sobrevivieron siete que fueron rescatados por un pesquero portugués en la costa de Terranova.

            Pero en los mapas del Siglo XVI Antilia no aparece sola, sino acompañada de otra isla similar llamada Saluaga, con la peculiaridad de que ambas se presentan con forma rectangular, de tamaño y topografía similar y enfrentadas en la misma longitud.  Según la leyenda, así como la Isla de las Siete Ciudades representa el bien desde el punto de vista religioso, Saluaga representa el mal, el sitio donde fueron a residir los demonios y malos espíritus que huyeron de Antilia a la llegada de los Obispos y la fe cristiana.  El propio nombre Saluaga derivaría de una deformación de “Satanazes” de racontos portugueses o “Satanagio” de origen itálico.  También, aparecen dos islas menores asociadas, llamadas Taumar e Ymana en la cartografía inglesa, o Rosellia y Roillo en los mapas portugueses.

            Paralelamente, en un nuevo mapa de Benicasa de 1486, las siete ciudades tienen posición y nombre: Ansalli, Ansodi, Anhuib, Anseselli, Ansolli, Aira y Con.  También, define la posición geográfica de las islas, ubicando a Antilia entre 35º30’N y 39º00’N; y a Saluga entre 41º00’N y 44º30’N.  La longitud de las islas varía, incrementándose su valor al Oeste con el correr de los años.

            Con el avance de las exploraciones, Antilia y Saluga fueron trasportadas cada vez más al Oeste, hasta que naturalmente entraron en colisión con el nuevo mundo ya conocido.  Para finales del Siglo XVII se admitió abiertamente que Antilia se correspondía con Cuba y Saluaga con la Península de Florida (que en los primeros avistamientos fue tomada como una isla), Taumar (Rosellia)  con Hispaniola e Ymana (Roillo) con Jamaica.  Lo que no tiene explicación es porqué se demoró tanto en reconocer la inexistencia de las islas, o al menos la confusión de nombres, cuando ya avanzado el Siglo XVI la cartografía de la cuenca del Caribe estaba bien definida, y dentro de ella los dos archipiélagos de las Antillas, que en ningún momento fueron confundidos con Antilia..

            No obstante, el nombre de “Siete Ciudades” aún existe.  En Sâo Miguel, la isla central del Archipiélago de Azores, dos grandes lagos contiguos llenan los cráteres de  sendos volcanes extinguidos, a los que se llega por un pequeño y curvo estrecho que oculta el valle a la vista desde el mar .  En uno el agua es color verde esmeralda, en el otro, separado por una estrecha lengua de tierra, el agua es turquesa y cristalina.  Ambos lagos reflejan la imagen invertida de las verdes colinas que los rodean, y sobre las orillas de ambos hay siete poblados de pescadores y agricultores.  ¿Son esas las siete ciudades de los Obispos? No hay ruinas ni evidencias arqueológicas de asentamientos del Siglo VIII, lo único que permanece es el nombre: “Sete Cidades”.  Es posible que refugiados ibéricos de la invasión morisca hubiesen encontrado refugio seguro en esta isla, pero aún cuando esta fantasía no tiene pruebas concretas, la leyenda difícilmente pueda encontrar un lugar mejor que el valle escondido de la isla Sâo Miguel. 

5.-     HY-BRAZIL

            Ninguna isla fantasma del Atlántico tiene tantas identidades como Hy-Brazil.  Fue ubicada como yaciendo al Oeste de Irlanda, aunque raramente fue vista, porque permanentemente la ocultaban densas nieblas.  El hechizo sobre la isla hacía que desapareciera de la visión cuando el viajero se aproximaba, pero un día cada siete años ese manto de neblina se abría y permitía ver una isla montañosa de verdes pasturas pobladas de ovinos, así como los techos brillantes de sus ciudades. Esta tierra  encantada era habitada por hadas, magos, grandes sanadores y héroes épicos de la mitología celta.  La isla fue mencionada por primera vez en escritos del Siglo VI AC del griego Eliseo, quien la describe como “.... una tierra de felicidad ideal entre el atardecer glorioso de las olas, un lugar donde no existe la pena ni el dolor, y donde reina la eterna primavera ....”.  Hy Brazil era el jardín de las Hespérides.  Los escritores cristianos derivaron la leyenda pagana celta hacia la “Isla de la Confianza en la Fe”, un paraíso terrestre e medio camino del Eden.

            Tan elusivo como el misterioso banco de niebla que la oculta es la multiplicidad de nombres de Hy-Brazil.  En celta se llamó Tir fo-Thuin (Tierra Bajo las Olas); Magh Mell (Suelo de la Verdad); Hy Na-Beatha (Isla de Vida) y Tir na-m-Buadha (Tierra de la Virtud).  En cristiano fue conocida como Terra Repromisorum (Tierra Prometida) y Terra Repromissionis Sanctorum (Tierra Prometida de los Santos).  Pero mayormente fue conocida como Hy-Brazil, además de sus variantes Ysole Bracir y Hy Breassail, en los mapas de los Siglos XIV y XV.  Pero no solo la isla tiene una gran cantidad de nombres, sino que además Brazil fue a menudo aplicado a varias otras islas del Atlántico, como es el caso de Terceira de Azores, durante tiempo llamada Isola Brazir. Su primera representación cartográfica aparece en mapas del Siglo XIV de Angelino Dall’Orto en 1325, de Angelinus Dulcert en 1339, en un anónimo catalán de 1350, y en el de los hermanos Pizigani de 1367.  Después es también incluida en la carta del español Bartolomé Pareto de 1455 y en el mapa de Graziozo Benicasa de 1470.  (Figura 8) 

Figura 8

             Inspirado por la leyenda y considerándose dueño de todas las islas al Oeste de Irlanda, en 1480 el Rey de Inglaterra envió una expedición desde Bristol, al mando de Willelmus Botoner, con la orden de desembarcar y tomar posesión de Hy-Brazil.  El Capitán inglés deambuló por la zona durante nueve meses sin descubrir ninguna isla, y al agotarse las provisiones hubo de volver.  En 1481 y 1484 salieron sendos buques con la misma misión, al mando de los Capitanes John Jay y Thomas Lyde respectivamente, quienes retornaron con igual resultado.  El último intento inglés fue conducido por John Cabot en 1498, expedición que acabó trágicamente, luego de la cual Hy-Brazil pasó al olvido por algún tiempo.  El siguiente avistamiento registrado de la isla es de 1636, de un cierto Capitán holandés Reich, seguido de otro en 1644 por el francés Boullage LeGouz, y del inglés William Hamilton, Capitán del DERRY, en 1657. 

            Pero en 1674 sorprendió la publicación en un diario de Londres del relato de John Nisbet, Capitán del KILLIBEGS, quien zarpó de Donegall, Irlanda, en setiembre de ese año con carga de cueros, sebo y manteca para Francia.  En el viaje de regreso, trayendo vinos franceses, fue sorprendido por tres días de niebla espesa, derivando el buque hacia occidente sin que lo notaran.  Sobre el mediodía del cuarto día la niebla se disipó, descubriendo que se encontraban próximos a una costa no familiar.  Como el viento y la corriente los empujaban inexorablemente hacia tierra, Nisbet fondeó sobre tres brazas de profundidad, a esperar que la situación cambiara.  Entretanto, bajó un esquife y con cuatro marineros se dirigió a la cercana orilla, desembarcando en una playa de arenas gruesas. 

            Después de cruzar un bosque menor, desembocaron en una pradera poblada de vacunos, ovinos y caballos pastando.  Del otro lado había un castillo pequeño, a cuya entrada llegaron a preguntar donde estaban, pero no encontraron a nadie, y el ladrido de muchos perros acercándose les aconsejó alejarse del lugar.  Pasaron el resto de la tarde recorriendo el paraje sin encontrar una sola persona.  De regreso a la orilla, encendieron un fuego para asar unos conejos recién cazados, e inmediatamente escucharon un espantoso alarido proveniente del castillo.  Sin dudar, se subieron al esquife y regresaron a la seguridad de la nave.  Pero las condiciones de viento y corriente eran aún adversas, por lo que pasaron la noche al ancla.

            A la mañana, no bien el sol disipó la bruma, vieron en la costa a un anciano vestido de blanco, acompañado de un séquito de personas, observándolos.  Nuevamente el Capitán Nisbet fue a tierra, donde el anciano le informó que estaban en Hy-Brazil, y le agradeció haberlos liberado la tarde anterior.  Contó que él y su pueblo estaban encerrados en el castillo, sujetos al hechizo de un duende maligno llamado Negromancer, pero que ese maleficio había sido roto por el fuego encendido la tarde anterior.  Como muestra de gratitud por la liberación, Nisbet y sus hombres fueron colmados de obsequios, que llevaron a Irlanda como pruebas del descubrimiento.  Tres días después del arribo a Donegall, las autoridades enviaron un buque al mando del Capitán Alexander Johnson a comprobar la veracidad del informe, el cual retornó unas semanas después informando que la isla se encontraba exactamente donde había sido reportada por Nisbet, que tanto él como su tripulación habían sido bien recibido y atendidos por los habitantes, y que habían intercambiado algunos bienes.  Sin embargo, la isla nunca más se volvió a ver, por lo que fue aceptado como una verdad la suposición de que el embrujo no fue roto permanentemente, y que había regresado a su situación de invisibilidad.

            Para 1830 ya no habían dudas de la inexistencia de Hy-Brazil.  Sin embargo, los cartógrafos siguieron manteniéndola, reduciéndola de isla a simple restinga.  Entonces, como sucediera con la Isla Buss, en 1865 fue eliminada de la cartografía.  Solo por una curiosidad permaneció en los recuerdos: desde su primera aparición en el mapa de Angelino Dall’Orto de 1325 hasta su desaparición final, dos aspectos  de Hy-Brazil permanecieron constantes: su ubicación y su forma física.  A diferencia de otras islas fantasmas que continuamente cambiaban su posición en los mapas, esta isla siempre permaneció en el mismo lugar: 52º30’N y 12º00’W.  Cabe suponer que desde el momento en que un geógrafo creíble la ubicó en su mapa (en este caso Graziozo Benicasa en 1470), los siguientes la copiaron en los suyos sin ponerla en duda, y así perduró por los siglos siguientes.  Con respecto a su forma, Hy-Brazil aparece con un contorno circular perfecto, cortado al centro por un río que la atravesaba, estilo mapa T-O. No existe una explicación práctica que lo justifique, aceptándose que así salió de la mitología celta, según consta en un relato del peregrinaje de San Brendan.  Pero la realidad hizo trizas el mito, y Hy-Brazil entró en el campo de las leyendas. 

6.-     SANTA ÚRSULA Y SUS ONCE MIL VIRGENES

            San Barrind y San Brendan  no fueron los únicos devotos cristianos que cruzaron los mares llevando la evangelización durante los años oscuros.  Santa Ursula también compartió ese destino hasta que Dios la llamó a la Tierra Prometida.  Pero los cartógrafos nunca le dieron su nombre a ninguna isla del Atlántico, sino que inmortalizaron a sus once mil compañeras.

            Según la leyenda, en el Siglo V DC, Ursula era la hija de Maurus, rey cristiano de Bretaña.  La fama de su belleza y su inteligencia llegó a oídos del rey inglés, quien envió un embajador a solicitarla para esposa de su hijo mayor, heredero del trono.  Ursula no quería casarse con un pagano, pero al mismo tiempo temía que los ingleses tomaran represalias contra su padre y su pueblo ante una negativa, y entonces aceptó poniendo como condiciones que le asignaran diez damas de compañía de similar edad y religión, más mil jóvenes vírgenes de acompañantes de ella misma y cada una de sus doncellas, y once naves para salir a predicar la palabra de Dios por un lapso de tres años.  Luego de ello, se sometería a la boda, aunque en el fondo de su corazón esperaba que en ese tiempo el príncipe inglés se convirtiera al cristianismo o simplemente perdiera el interés en ella.

            Ursula y su flota zarparon de Bretaña en una peregrinación a Roma, deteniéndose a predicar el evangelio en cuanto poblado encontraban sobre la costa.  En algún momento de la travesía, una violenta tormenta obligó a navegar hacia mar abierto para capear, y después de varios días arribaron a un archipiélago compuesto por once islas, donde permanecieron once días logrando la conversión de los paganos al cristianismo.  A poco de zarpar, un ángel se le apareció a Úrsula, diciéndole que su peregrinación estaba ya cumplida, que solo le restaba llegar a Roma a pagar el último de sus votos, y desde allí debería dirigirse a Köln, donde encontraría la gloria en recompensa a sus sacrificios. 

            Las naves arribaron a la capital del Imperio Romano de Occidente, donde Úrsula y su séquito visitaron las tumbas de los apóstoles y al Papa Ciriaco.  Durante la estadía en Roma lograron tantas conversiones a la fe cristiana que el Emperador Valentiniano III se sintió amenazado y expulsó a Úrsula y su comitiva de la ciudad.  Además, en conocimiento de que el peregrinaje las llevaría a Köln, el monarca envió un mensaje al Príncipe de los Hunos ofreciéndole las vírgenes como regalo.  Entretanto, la devota y sus seguidoras cruzaron los Alpes a pie, y remontando el Río Rin arribaron al puerto germano.  Debido a la presencia de los bárbaros, las puertas de la amurallada ciudad estaban cerradas y entonces la apropiación de las doncellas se tornó en una fácil cacería para los salvajes nómades.  Úrsula fue conducida ante el príncipe de los Hunos, pero al negarse a desposarse con él fue ultimada de un flechazo en el corazón.  El resto de las indefensas mujeres también fueron asesinadas luego de ser violadas.  Después los Hunos se marcharon, dejando los cadáveres abandonados.  Entonces, los pobladores salieron de la ciudad, juntaron los cuerpos y les dieron cristiana sepultura en una fosa común.  Encima del túmulo edificaron una capilla, la que llevó el nombre “Santa Úrsula y sus once mil vírgenes compañeras”.  Úrsula fue canonizada como “la Novia del Paraíso”, cumpliéndose la profecía del ángel de que en Köln alcanzaría la gloria.

Figura 9

 

            Ahora: ¿cómo encaja Santa Úrsula en el campo de las islas fantasmas?  Cristóbal Colón inició su segundo viaje al flamante mundo en 1493 con dos propósitos: colonizar nuevas posesiones y continuar las exploraciones iniciadas el año anterior.  Esta vez tomó un rumbo más al Sur que en el primer viaje, y veintidós días después de haber recalado en Gomera (Canarias) divisó tierra.  Como era domingo nombró a la isla Dominica, pero al recorrerla no divisó ningún lugar adecuado para fondear y desembarcar, por lo que continuó hasta una segunda isla, que bautizó Marigalante, como el nombre de su nave.  Tampoco allí desembarcó, arribando a una mayor donde sí encontró un fondeadero de su agrado, bajando a tierra y tomando posesión de ella con el nombre Guadalupe, como indicaba el santoral ese día.

            Tras unos días de descanso, la expedición siguió rumbo hacia Hispaniola, donde Colón había estado en el viaje anterior.  De camino encontró, tomó posesión y bautizó varias islas, como Montserrat, Santa María de la Redonda, Santa María de la Antigua, San Martín y Santa Cruz.  Continuando camino, avistó un grupo grande de islas, separadas por canales estrechos y varias restingas.  Prudentemente, envió embarcaciones menores a explorar este conjunto, y el reporte final le informó que eran unos cincuenta islotes deshabitados alrededor de una isla algo mayor, en la que no pudieron desembarcar por lo rocoso de su litoral.  Entonces, Colón bautizó a la isla mayor con el nombre de Santa Úrsula y al resto como Archipiélago de las Once Mil Vírgenes.  (Figura 9)

            Si bien los descubrimientos de este viaje de Colón fueron recogidos y registrados por los cartógrafos, en los mapas posteriores apareció el archipiélago, pero nunca la Isla Santa Úrsula.  En los hechos, al día de hoy el conjunto es conocido como “Islas Vírgenes”, pero la Santa no aparece en la toponimia de ninguna de ellas.

 7.-     ISLAS DE SAN BRENDAN 
Figura 10

 
Las Islas de San Brendan  están perdidas en una madeja retorcida de fábula, mito y realidad, tejida a lo largo del Atlántico desde las costa de África hasta la Península de Labrador.  La leyenda se origina en la búsqueda de la “Terra Repromissiones” (Tierra Prometida) del Abad Brendan y un grupo de monjes en el Siglo VI DC, registrado en un tratado titulado “Navegatio Sancti Brendani Abatís” (La travesía del Abad San Brendan), un relato de viaje profundamente cargado de simbología e interpretaciones religiosas, que fue publicado en el 603, unos veinticinco años después de la muerte de su supuesto autor.  La versión original fue escrita en latín y de ella se hicieron traducciones al gaélico (celta) y al inglés.  De esta última versión se derivaron traducciones al alemán, al flamenco, al catalán, al francés, al noruego y al alglo-normando.  Cuando en el Siglo XIV vuelve a traducirse al latín la versión resultante tiene enormes diferencias con el original, lo que sin dudas fue origen de muchas confusiones..

            Brendan habría nacido entre los años 483 a 489 en el Condado Kerry, sur de Irlanda.  En 512 se ordenó de sacerdote, radicándose en Ardfert, donde fundó su propio monasterio.  Desde allí realizó muchos viajes por mar llevando la evangelización a las Islas Hébridas, Orkney y Faroe, lo que le valió el apelativo de “Brendan el Viajero”.  Radicado en Clonfert, por el año 534 recibió la visita de Barrind, Abad de Galway, quien le describió el viaje de Mernóc, discípulo suyo, a una isla llamada La Tierra Prometida de Todos los Santos.  Brendan se propuso viajar allí, y otros mojes se ofrecieron a acompañarlo.  Pero antes buscó la bendición de Dios, para lo cual viajó al monasterio de San Enda donde  cumplió un retiro espiritual en solitario de cuarenta días.  Luego. junto a catorce clérigos que vinieron en su búsqueda, construyó  una curragh, embarcación propulsada a remo y vela, típica del lugar, en la que zarparon el día del solsticio de verano.

            Los peregrinos viajaron cuarenta días guiados por Dios hasta llegar a una isla rocosa, en la que descubrieron un poblado deshabitado, en cuyo edificio central hallaron una mesa servida con alimentos frescos y leche esperándolos.  Brendan alertó a los monjes no dejarse tentar por el Diablo, invitando a comer de la mesa servida solo lo necesario para satisfacer el hambre, no la gula.  Pero uno de ellos ignoró la advertencia, y fue abandonado en la isla para que la soledad y la oración le hicieran redimir su pecado.  Los restantes se hicieron al largo, permaneciendo en la mar durante muchos meses, recibiendo alimentos frescos provistos por Dios, hasta  que arribaron a una isla habitada por ovejas muy blancas, tan grandes como un buey.  Era entonces el Jueves Santo, y mientras preparaba las celebraciones del Sábado de Abstención, Brendan recibió el anuncio de un ángel de que su Señor deseaba que cumplieran la Vigilia y la Misa de Resurrección en otra isla.  En consecuencia zarparon, arribando a una isla que llamaron “Paraíso de los Pájaros”, ya que sus árboles estaban repletos de gorriones totalmente blancos. 

            Allí permanecieron desde el Domingo de Pascua hasta el octavo día de Pentecostés, luego de lo cual volvieron a pasar unos ocho meses en el mar, alimentados por la “divina providencia”.  En víspera de Navidad arribaron a una isla llamada Comunidad de Ailbe, donde permanecieron hasta el Día de los Reyes Magos.  Aquí abandonaron otro de los monjes por beber más allá de la saciedad de una fuente de agua divina, para que también la soledad y la oración lavaran su pecado.  Luego retornaron a la Isla de los Pájaros para pasar allí la Semana Santa.  Después, navegaron por otros cuarenta días, hasta verse frenados por lo que llamaron “un mar coagulado”.  No obstante, igualmente pudieron llegar a otra isla, donde descansaron y aprovecharon a salar pescado para la siguiente travesía.

            En otra travesía, arribaron a una isla de cristal, la que encontraron deshabitada y carente de vegetación y vida animal.  En otra ocasión, recalaron sobre un islote donde un hombre de mediana edad lloraba amargamente sobre un promontorio.  Al intentar acercarse la isla explotó con un enorme penacho de fuego, desapareciendo de la vista entre humos y nieblas.  Un ángel le comunicó a Brendan que esa era la Isla de Judas y su penitencia: vivir permanentemente devorado por el fuego.  Los clérigos deambularon por el océano durante siete años, enfrentando los peligros de la mar y varios monstruos marinos, hasta que finalmente arribaron a la Tierra Prometida.  Durante el peregrinaje habían siempre pasado el tiempo de Pascua en la Isla de los Pájaros y la Navidad en Ailbe, porque esa fue la voluntad de Dios.  Ahora al llegar a la meta, los monjes recibieron la bendición divina, mientras que Brendan fue santificado.  Después de pasar allí veintiún días, zarparon rumbo a Irlanda, donde arribaron tras cuarenta jornadas de navegación.  Al pisar tierra firme, cada uno de los peregrinos regresó a su monasterio, para predicar la bendición recibida.  San Brendan fundó una comunidad religiosa en Clonfert, donde escribió el Navigatio, y allí vivió hasta su muerte, ocurrida en la medianoche del 31 de diciembre de 577.

            Los conocimientos geográficos derivados de la traducción de los manuscritos de San Brendan hicieron su primera aparición entre los vikingos por el año 795, reiterados en esbozos de mapas de 920 y 1010.  La primera referencia cartográfica medianamente seria sobre las islas se manifestó en un mapa del tipo T-O de 1235 del monje Gervase de Tilbury, maestro de ciencias en Ebstorf (Alemania).  Después, en 1290 reapareció en el “Otia Imperialia was De Imagine Mundi” del flamenco Honorious de Atun.  Al inicio del Siglo XIV los archipiélagos del Atlántico comienzan a reflejar parcialmente la realidad, pero también grandes discrepancias.  Angelinus Dulcert (1339) ubicó las islas cercanas a la costa de África.  Los Pizigani (1367) las ubicaron más al norte, frente a Gibraltar, mientras que Bartolomé Pareto (1455) las colocó en la latitud de Finisterre.  Giovanni Verrazano (1526) las emigró hacia las costas de América, y para Abraham Ortelious (1570) estaban próximas a la Península Meta Incógnita.  A comienzos del Siglo XVII el genovés Ricardo Pietri las situó definitivamente contra la Terranova (Figura 10).  Para 1840 se reconoció que las Islas San Brandan se correspondían con un grupo de islotes de la Bahía Bonavista, Newfoundland.  Pero en 1844, la llamada Isla Brandani fue poblada por un contingente de emigrantes irlandeses, que la rebautizaron Cottel, nombre que luce aún hoy.       Dice un proverbio celta que “.... es mas fácil matar un buey que un fantasma ....”, que se cumple al pie de la letra en el caso de estas islas.  En 1976 el historiador irlandés Timothy Severin y un grupo de discípulos construyeron una curragh siguiendo indicaciones de la época, y zarpando de Galway intentaron recrear el viaje de San Brendan y sus monjes.  Siguiendo la ruta isla a isla, tradicional de los irlandeses del Siglo VI, y aprovechando las corrientes y los vientos predominantes del Atlántico Norte, arribaron a las Hébridas, las Faroe, Islandia, Groenlandia y finalmente Newfoundland.  De allí regresaron a Irlanda, demostrando que el viaje narrado en el Navigatio era posible.  En el relato de esta expedición, Severin identifica varios de los puntos mencionados en el manuscrito de Brendan como islas de los archipiélagos de Hébridas y Faroe, determina que el “mar coagulado” puede corresponder a un proceso que se da contra las costas de Islandia y Groenlandia por el cual las aguas adquieren una tonalidad verde opaca y un movimiento aceitoso poco antes de congelarse (hoy denominado “leche glaciar”), que la isla de cristal pudo haber sido un témpano grande, y que la Isla de Judas bien puede corresponderse con cualquiera de los islotes volcánicos activos de la costa islandesa.

            Así, la constante búsqueda por trece siglos de las Islas San Brendan, cada vez situadas más al Norte y más al Oeste llegó a su límite final, hasta desvanecerse en la cartografía histórica. 

AL PRESENTE

            Las islas que nunca existieron no fueron el producto del conocimiento empírico de la geografía sino de un terreno imaginario creado para entender al cosmos y a la posición del hombre en ese universo.  Fueron intentos de entender lo desconocido y de traer un poco de orden a la confusión. 

            Al decidir donde situar las islas, los cartógrafos emplearon la misma aproximación que usaran con otros lugares hasta su confirmación.  Tomaron piezas de información que a menudo fueron vagas, confusas y entrelazadas con mitos y leyendas, y las unieron a la geografía de la tradición.  A medida que nuevas evidencias fueron aportadas por los marinos y los exploradores, ese tipo de geografía fue cediendo terreno a la geografía de la realidad.

            Aunque las islas fantasmas ya no están en los mapas, las leyendas que las crearon permanecen como ventanas al espíritu humano, y también como una parte importante del legado de la exploración del “Gran Mar Verde de la Penumbra” como lo llamaron los árabes, del “Mar de la Oscuridad” de los cristianos, hoy Océano Atlántico. 

REFERENCIAS

Ø  JOHNSON (III), Donald S., “Phantom Islands of the Atlantic”, Editorial Walker Publishig Co, New York, 1994

Ø  JOHNSON, Donald S., “Charting the Sea of Darkness”, Goose Lane Editions, Toronto, 1932.

Ø  GUEDES, Max Justo & LOMBARDI, Geraldo; “A edade dos descovrimientos atlánticos”, Imprenta de Marinha, Río de Janeiro, 1990.

Ø  KINDER, Hermann & HILGEMANN, Werner; “Atlas of the world history”, Anchor Books, New York, 1964

Ø  WERNICK, Robert, “The Vikings”, Time-Life Books, Alexandria, 1979.

Ø  HUMBLE, Richard, “The Atlantic Explorers”, Time-Life Books, Alexandria, 1977.

Ø  JIMENEZ DE LA ESPADA, Marcos; “Libro del conocimiento de todos los Reinos, Territorios y Feudos que hay en el Mundo”, Barcelona 1877, reimpreso por Editorial Krauss de dicha ciudad en 1976.

Ø  ESPINOSA, Alonso de; “La conquista y asentamiento de España en Tenerife y aledañas”, Sevilla, 1812, reeditado por Editorial Krauss de Barcelona, 1972. 

 

  

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