Historia y Arqueología Marítima

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Avances Anglo Portuguesesen el Rio de la Plata durante los Siglos XVII y XVIII

Indice Academia ROU Hist Mar.y Fluvial

Por la Licenciada ANA  MARIA  MUSICO  ASCHIERO:   Publicado en Ciclo de Conferencias año2004

El conflicto hispano-portugués  en la zona del Plata se inició en los comienzos mismos de la colonización europea y tuvo varios episodios militares que se integraron en el complejo juego de las guerras dinásticas del viejo continente, prolongadas a lo largo de todo el siglo XVIII. 

Uno de los episodios  más  trascendentales de esta espinosa cuestión se produjo en las postrimerías del siglo XVII,  cuando los portugueses, como un paso más de su política de expansión territorial y económica, fundaron Colonia del Sacramento, colocando una cabecera de puente en el Rio de la Plata, la que sería activamente utilizada para la penetración clandestina de mercaderías. 

Inglaterra, a su vez, desde fines el siglo XVI comenzó su expansión oceánica con la fundación de sus primeras colonias en América del Norte, y pronto ambicionó apoderarse de las posesiones ultramarinas españolas.   

Sus planes se vieron favorecidos por diversas circunstancias:en junio de 1588  las naves de Francis Drake derrotaron en el Canal de la Mancha a  la flota española enviada por Felipe II a atacar la isla.

Allí fueron capturados y hundidos 64 de los 130 navíos de la Armada Invencible,   pereciendo en la acción 10.000 marinos españoles . El triunfo inglés se vio facilitado por el empleo de brulotes, pequeñas embarcaciones rellenas de estopa y alquitrán ardiendo, y de navíos de mediano tonelaje que resultaron muy eficaces ante los pesados galeones españoles. 

Luego  de esta victoria, Inglaterra decidió hostigar a España en su propio territorio recurriendo al sistema de  piratas y corsarios, ya que su poder marítimo se hallaba aún en estado embrionario.  En 1589 Drake atacó La Coruña y otros puertos del Cantábrico, y saqueó a Cádiz durante dos semanas. 

Esta guerra naval continuó hasta 1604 y su exitoso resultado posibilitó el paulatino ascenso de Inglaterra a potencia marítima comercial, a la vez que fue el punto de partida de la  decadencia naval de los españoles, lo que sumado a la sublevación de los Países Bajos iniciada veinte años antes, y que culminara con la independencia de Holanda , precipitó la quiebra de la hegemonía y el poder  hispanos en el contexto de las naciones europeas.  Esto se reflejó en un notable debilitamiento de las defensas de los dominios españoles de ultramar, al tiempo que permitía la apertura de las rutas ultramarinas a Inglaterra y a Holanda. 

La insularidad, que tanto influye en la formación de un pueblo marinero, y su vocación expansionista, habían hecho tomar conciencia a los ingleses de la necesidad de contar con un fuerte poderío marítimo tanto a través de una eficiente armada de guerra, como de una adecuada flota mercantil.  Así comenzaron a tomar una serie de medidas, tendientes a lograr el pleno dominio del mar. 

            En 1651 el Parlamento inglés votó las Actas de Navegación, importantes resoluciones destinadas principalmente a debilitar el comercio de acarreo holandés y a fomentar la construcción de barcos en Gran Bretaña.   Entre otras cosas, se establecía que los barcos extranjeros podrían llevar a Inglaterra únicamente materias primas y  productos de su propio país; pero los provenientes de otros, principalmente de América, Asia y Äfrica, debían ser transportados exclusivamente por buques ingleses. 

Si bien estas disposiciones disminuyeron el volumen del comercio al excluir a los buques extranjeros del tráfico entre Gran Bretaña y sus colonias, trajeron aparejada una indudable prosperidad para los armadores ingleses y lograron interrumpir el comercio marítimo intermediario que realizaba Holanda con gran provecho, al afectar su monopolio en los transportes internacionales. 

Las leyes relativas al tema, sancionadas entre 1651 y 1660 se mantuvieron hasta 1849 . Constituyen el ejemplo más notable del mercantilismo comercial, y brindaron un impulso extraordinario a la navegación británica, de la que dependían tanto la provisión de la mayor parte de los productos requeridos para el consumo y la industria nacional como el servicio del comercio exterior.  Fueron pensadas solamente en beneficio directo de la metrópoli, sin tener en cuenta  el perjuicio que pudieran causar a sus colonias, y consiguieron desalojar del mercado mundial a todos los países extranjeros competidores.  

Estos fueron tiempos de importancia trascendental para la historia inglesa, ya que las revoluciones de 1648 y 1688, forman parte de un complejo proceso por el cual la burguesía se abrió paso hacia la toma del poder político.  Poco después comenzó el efectivo dominio inglés en la India, donde Robert Clive contribuyó a cimentarlo con afortunadas acciones militares en Arcot, Bengala y Plassey . 

            Esta última victoria determinó el fin de la expansión francesa, y dio comienzo efectivo a la soberanía británica en la India; posibilitando que la Compañía  Inglesa de las Indias Orientales obtuviera la soberanía real de Bengala, aunque no la nominal.  Por todo esto Clive es considerado el verdadero creador del Imperio Británico en la India, además de ser quien formuló la política a seguir para conservarlo y extenderlo. 

Mientras tanto, la decadencia española se acentuaba en forma vertiginosa. A fines del siglo XVII, al extinguirse la dinastía de los Habsburgo, España había sufrido la pérdida de los Países Bajos del Norte, Flandes, Luxemburgo, Artois, el Franco Condado,  Rosellón,  Cerdeña y el reino de Portugal .   

Por sugerencia de la Curia y del Consejo de Estado de Castilla, y de su abuelo Luis XIV de Francia, Carlos II  había nombrado heredero del trono de España al duque de Anjou .   A la muerte del último Habsburgo acaecida en septiembre de 1700 el duque fue proclamado rey en Madrid por las Cortes con el nombre de Felipe V, pero el  emperador Leopodo I, desconoció sus derechos, ya que pretendía el trono español para su hijo el archiduque Carlos.  Así se inició la llamada Guerra de Sucesión española,  en la que intervino toda la Europa Occidental.   Inglaterra, Holanda, el Imperio, Austria y Prusia se aliaron contra los Borbones. 

En 1703 se produjo un hecho que influiría poderosamente en los acontecimientos posteriores: Inglaterra y Portugal firmaron un tratado al que se recuerda con el apellido de su negociador inglés  John Methuen, influyente miembro del partido tory y hermano de un rico fabricante de paños.  Las principales ventajas económicas derivadas de este tratado las obtuvo Inglaterra.  Consistían en autorizar a los comerciantes ingleses a introducir sus tejidos en Portugal y venderlos sin trabas.  El beneficio más importante para los portugueses fue la obtención de  una significativa rebaja sobre los impuestos a sus vinos, de modo que en poco tiempo el oporto sustituyó al borgoña como bebida  favorita de los gentlemen. 

Desde el punto de vista político hubo dos hechos fundamentales: el reconocimiento por Pedro II de Portugal al candidato austríaco  para el trono de España, y  la libre utilización por parte de Inglaterra de los puertos metropolitanos portugueses y los de sus posesiones  ultramarinas.  Concesión tras concesión, Inglaterra irá acentuando una política de dominio sobre Portugal, que adquirirá caracteres más definidos en el siglo XVIII. 

La Guerra de Sucesión española finalizó en 1713  con la firma de la paz Utrecht,  la que  produjo el desmembramiento de las posesiones hispanas.  Si bien Felipe V fue reconocido como rey de España y de las colonias americanas, los territorios europeos en su poder  pasaron a Austria, las fortalezas de Bélgica a los países Bajos, y el reino de Sicilia a los Saboya. 

La gran vencedora de ese conflicto fue Inglaterra, quien consiguió Gibraltar y Menorca, las que durante el transcurso de la guerra había conquistado en nombre de los vencidos; se posesionó de Terranova y Nueva Escocia a expensas de Francia, y obtuvo de España el privilegio exclusivo por treinta años de crear en las principales ciudades de América asientos de negros para la venta de esclavos, y el derecho de enviar anualmente a cada puerto americano un navío de permiso cargado de mercaderías, lo que le brindó una amplia ingerencia en el trafico comercial español, hasta entonces cerrado. 

Portugal, tanto por su posesión de Brasil como de Colonia, ocupaba una posición de  privilegio a la salida de muchas rutas de penetración entre el Atlántico, el Virreinato de Nueva Granada y los estados andinos del Pacífico.  Pero ni su capacidad de acción, ni sobre todo su dependencia de Inglaterra, le permitían ambiciones propias de gran envergadura. Su papel sería el de prestar el nombre, operando bajo la instigación y por cuenta de Inglaterra. 

         El apoyo, cuando no la disimulada o franca asociación del Estado inglés con grandes armadores, sociedades mercantiles o aún simples agrupaciones organizadas para emprender una empresa particular, determinaron que en poco tiempo el tonelaje de la flota mercante inglesa superase al de la holandesa.  La vieja y hasta entonces diferida aspiración  de establecerse en el Atlántico Sur, ocupando el río de la Plata, el estrecho de Magallanes y  el Pacífico, no había sido desechada ni archivada por los ingleses, y en estos momentos el gobierno juzgó oportuno comenzar a concretar sus ambiciones. 

Así fue como el Almirantazgo se dedicó a planear  una serie de expediciones que se lanzaron al mar, con  pretextos científicos o exploratorios, pero encubriendo sus verdaderos objetivos:obtener información geográfica precisa, efectuar relevamientos cartográficos, ejercer su presencia y  hacer flamear el pabellón inglés en tierras pertenecientes a otras naciones.  Hay que señalar que estas tareas  fueron ejecutadas con un alto nivel profesional, y que se concretaron verdaderas proezas marítimas las que, sin olvidar los fines políticos perseguidos, no podemos menos que destacar  puesto que constituyen dentro de la historia marinera, capítulos relevantes del conocimiento de la humanidad. 

Las  incursiones  sobre las colonias hispanas en el Río de la Plata, fueron iniciadas por  Inglaterra y Portugal en forma separada, y  tuvieron características diferentes.  Mientras que la colonización española estaba unida a la intención evangelizadora, la portuguesa se basó en la explotación de tierras y hombres, y en la práctica abierta de la esclavitud.  Es por eso que el avance portugués comenzó con la penetración en las prósperas zonas donde se asentaban las misiones guaraníticas, organizando para ello verdaderas expediciones militares, conocidas con el nombre de “bandeiras”. 

Así diezmaron a las reducciones jesuíticas en guerras no declaradas, las que a más de de pretender la captura de esclavos aborígenes para sus plantíos tropicales y minas, perseguían un objetivo político ampliamente logrado:el de empujar hacia el oeste la línea demarcatoria de Tordesillas y frenar el avance de los jesuitas  hacia el Atlántico, contribuyendo  a la expansión al apropiarse de las excelentes tierras de Santa Catalina y Río Grande, de pertenencia legal española. 

Pedro II ya desde sus tiempos de regente, había elaborado un vasto plan económico-militar para imponer la soberanía lusitana en las tierras que se extienden al oriente de la banda izquierda del Ro de la Plata, e instalar una base para el contrabando de productos que burlarían las disposiciones del monopolio comercial hispano.  Otro motivo de interés para apropiase de esas zonas, fue la extraordinaria proliferación de ganado vacuno, que introducido en la Banda Oriental desde principios del siglo XVII , estaba evaluado en sus postrimerías en varios millones de cabezas.  Los lusitanos estimaban que tanto la posesión de estos semovientes, como la práctica del contrabando, posibilitarían reactivar la por entonces exhausta economía de Río de Janeiro. 

Así la Corona decidió que el Gobernador de dicha Capitania, Maestre de Campo Manuel Lobo, fundara dos fortalezas en la margen izquierda del río de la Plata, y el 18 de noviembre de 1678 se le expidieron  detalladas instrucciones al respecto.  Fundada Colonia del Sacramento el 21 de enero de 1680, se convirtió  en un resorte sustancial en el tráfico ilícito de mercaderías importadas.  

Los beneficios de estas actividades se canalizaban hacia Brasil y Portugal en forma inmediata, pero actuaban a manera de puente con Inglaterra, país donde culminaba el viaje de retorno de gran parte de los beneficios.   En efecto: Inglaterra proveía las mercaderías que Lisboa enviaba a Brasil; desde Río de Janeiro eran transportadas por mar hasta Colonia, donde se establecían los lazos necesarios con los interesados rioplatenses.  Así, bajo la forma de contrabando, las mercancías eran vendidas, y la plata obtenida no tardaba en llegar a Lisboa a través de la flota de Río de Janeiro.  Desde Lisboa a su vez, una gran proporción del metálico llegaba a Londres, cerrándose entonces el ciclo de este comercio. 

El contrabando continuó teniendo una de sus bases principales en Colonia, ya que si bien la ciudad fue recuperada en diversas oportunidades por las fuerzas españolas, España hubo de reintegrarla a Portugal por razones de política internacional.  Una de esas devoluciones fue consecuencia de la firma del tratado de Utrecht,y al  recuperar el baluarte de sus avances en el Plata, se intensificaron de las maniobras expansionistas lusitanas 

El 28 de noviembre de 1723 el Maestre de Campo portugués Freitas da Fonseca, desembarcó en la Ensenada de Montevideo,e instaló varias tiendas a la sombra del cerro.  El gobernador bonaerense Bruno Mauricio de Zabala sitió el campamento, Fonseca se retiró y el 24 de diciembre de 1726, Zabala comenzó la construcción de un reducto fortificado, al que dio el nombre de San Felipe de Montevideo.  La organización del Cabildo y el nombramiento de autoridades eclesiásticas recién se produjeron el 1 de enero de 1730, fecha que muchos historiadores consideran como la de la verdadera fundación de la ciudad. 

La fundación de Montevideo es uno de los hechos mas trascendentales de la historia rioplatense: fue un golpe decisivo para la población portuguesa de Colonia del Sacramento, aseguró la soberanía española en el gran estuario y tornó imposible, pese a todos los empeños posteriores, que el río de la Plata fuese compartido por España y Portugal. 

La importancia estratégica de la plaza y del puerto de Montevideo fueron reconocidos cuando, por Real Cédula del 9 de agosto de 1749, Fernando VI le designó un gobernador político y militar.  Su puerto, al igual que los de Colonia y Maldonado, posee condiciones naturales muy superiores a todos los de la costa occidental, principalmente para el desplazamiento de los navíos de ultramar. 

En el marco de su política americana, Carlos III comprendió la significación geográfica del enclave montevidano y así dispuso, por real Cédula del 9 de agosto de 1776, que tuviesen asiento en Montevideo dos fragatas y dos zumacas para contribuir a la protección de los asentamientos españoles en ambas bandas  del  río de la Plata, y atender a la seguridad y al abastecimiento de las islas Malvinas. 

Retomando los planes expansionistas ingleses, un importante ejemplo del marco teórico destinado a fundamentar sus conquistas, lo constituye un curioso libro escrito en  Inglaterra  en 1711, titulado ”Una propuesta para humillar a España”.  El nombre de su autor se ignora , puesto que el editor de la obra se limitó a expresar que se trataba  de “una persona de distinción”. La visión de este ilustre desconocido es aguda y certera, ya que inserta en su libro   consejos que revelan un notable conocimiento de la economía política y de la ciencia militar de la época, junto con una vasta informacion marinera, y algunas sorprendentes ideas de estadista moderno, como así también un cierto disfrazado espíritu de piratería. 

En cuanto a la forma de llevar a cabo su proyecto, textualmente  dice: ”.... Humildemente propongo al gobierno, enviar a principios de octubre venidero, ocho buques de guerra con cinco o seis transportes, los que podrán llevar muy bien 2.500 hombres listos para desembarcar en cualquier momento, para atacar o más bien, para apoderarse de Buenos Aires.  Estoy convencido que no se defenderá, o a lo sumo lo hará muy debilmente frente a tal fuerza, pues si sólo propusiera el saqueo, no dudo se podría hacer con sólo 400 filibusteros.  Pero lejos de mi formular tan baja empresa, al contrario, tan pronto esté en nuestras manos, recomiendo se le fortifique del mejor modo que el país permita, pues allí no hay piedra, y los españoles haraganes jamás han fabricado ladrillos. Cuando esté ya fortificado, debería dejarse la mayor guarnición posible sin debilitar demasiado a los buques de guerra.  En cuanto a la gente a bordo de los transportes, es de suponerse que se han embarcado para quedarse alli ....” 

Continúa con una detallada descripción del territorio por conquistar, y del uso que de él podían hacer los ingleses. Así se explaya sobre las riquezas mineras del norte y sobre la extensión de las pampas ,considerando que la agricultura y la ganadería de esta región ofrecían al colono inglés perspectivas harto superiores a las que hallaba en su propia tierra .  Estima además los resultados inmediatos que se lograrían tras la conquista propuesta, haciendo un cálculo de las ganancias que se obtendrían con la venta de artículos europeos en Buenos Aires , para señalar a continuación que “.... el Río de la Plata será la más importante y la menos gravosa de las colonias que la corona de Inglaterra haya poseído jamás ....” 

Entre los beneficios de la conquista señala  el incremento  del comercio de esclavos, al que analiza detalladamente.  A su entender, las perspectivas de enriquecerse atraerían gente en abundancia, deseosa de hallar aquí paz y prosperidad, después de las largas guerras que padeciera en Europa. 

Describe  al Paraguay, especialmente a la ciudad de Asunción, como un lugar lleno de ociosos que, como consecuencia de la abundancia de  producción, son “.... Extremadamente perezosos y descuidan totalmente el comercio, perdiendo el tiempo en fiestas y tocando la guitarra ....” 

Las notas despectivas continúan al afirmar que, a su juicio, los habitantes de Buenos Aires gozan de gran felicidad, y viven despreocupados en sus casas de barro, sin temer el ataque de ningún enemigo, ya que la ciudad está fuera de todos los caminos del mundo.  En una reflexión respecto de los merecimientos de los pobladores, expresa:  “.... En pocas palabras, el país es demasiado bueno para sus indignos habitantes ....”  Este pensamiento revela el profundo desprecio que los ingleses de entonces sentían por todo lo latino, especialmente por el habitante de las colonias españolas, por su doble condición de latino y de católico.     

Considera necesaria la conquista no solo  de Buenos Aires, sino tambien de Santa Fe y de Asunción, por suponer a las tres ciudades las más apropiadas  para el tráfico de la yerba mate, a cuya explotación económica atribuye enorme importancia, y se explaya en señalar  sus excelencias, exagerando sus virtudes hasta la superstición

 

Literalmente expresa que “.... los trabajadores mineros se sienten sofocados con los gases minerales que se encuentran en esas enormes cavernas subterráneas...con frecuencia muertos de fatiga, enfermos, sólo puede volverlos en sí  el mate amargo  que les devuelve su vigor, y próximos a expirar, les  salva la vida, ya que les limpia el estómago de los elementos metálicos absorbidos en las minas ....” 

Supone también que la yerba mate es una verdadera panacea para los habitantes de la superficie de las regiones mineras, ya que la mayoría de ellos estan intoxicados con las emanaciones ”.... que si no fuera por este remedio o licor, que todo el día están bebiendo a traguitos, no les sería posible existir cerca de las minas ....”.  E insiste ”.... en una palabra, sin esa yerba las minas serán de poco o ningún provecho y la Provincia de Charcas casi se despoblaría. Este es el te de aquel país, y se toma por absoluta necesidad, y no como placer, sino para conservar la vida....”. 

De la lectura integral del libro se desprende la obsesión por ocupar sin demora Buenos Aires, y el autor exhibe una sorprendente sagacidad política en sus apreciaciones, ya que el establecimiemto de una colonia en el Río de la Plata, le hubiera permitido a Inglaterra, cuando firmó el Tratado de Utretch, exigir la cesión de las provincias litorales.  Son dignas de destacar la pasión con que defiende  las razones comerciales y económicas  que a su juicio, fundamentan la urgente necesidad de conquistar esta parte del territorio español ultramarino, como así también sus profundos conocimientos sobre la politica exterior de la mayoría de los países europeos. 

El plan de colonización que expone, lo revela como un economista lleno de previsión y de prudencia, y como un severo analista de los errores cometidos por los gobiernos europeos en asuntos de política colonial.  Realiza además acerbas críticas a la colonización  en America del Norte , con el fin de que esos errores  no se repitan en la futura instalación inglesa del Río de la Plata.  Para ello plantea algunos problemas que se presentan en la colonización , ignorados por los políticos más activos de la época, y discurre sobre el valor de las tierras ultramarinas y sobre su relación con el porvenir económico internacional, con la misma calrividencia con que lo harían más tarde William Pitt, ministro de Jorge III, y el sagaz Benjamín Disraeli, ministro de la reina Victoria. 

            ste singular  libro, comentado en apretada síntesis constituye el primer testimonio  de una larga serie de proyectos ingleses para apoderarse de las colonias españolas del Río de la Plata, que afortunadamente nunca se concretaron, a no ser por la fugaz ocupación de Buenos Aires y Montevideo a principios del siglo XIX. 

Mientras que en Inglaterra se multiplicaban los planes y proyectos tendientes  invadir el Plata, los conflictos entre España y Portugal estaban lejos de solucionarse.  Luego que el Tratado de Utrecht devolviera Colonia a los portugueses, comenzó para la ciudad una época de crecimiento y progreso, principalmente bajo la administración de Antonio Pedro de Vasconcellos, quien la fortificó debidamente,  y la rodeó con  murallas de piedra .  Mantuvo además fondeada en su puerto una escuadrilla de buques armados, cuyo destino era custodiar a las embarcaciones comerciales en sus transportes de contrabando. 

            edro de Cevallos, Gobernador de Buenos Aires desde 1756, tomó diversas medidas para controlar y reducir las actividades ilícitas de Colonia. Así intimó a su gobernador a que retirase a su gente de la isla  Martín García, y expulsó a un grupo de estancieros de las costas de los arroyos San Juan y Rosario.  El 2 de junio de 1761 dispuso la creación de un campo de bloqueo a la vista de la ciudad, al que denominó Real de San Carlos. 

En enero de 1762 estimando que  una nueva guerra con Portugal era inminente,  Carlos III despachó rumbo a Buenos Aires al navío Torero y a la fragata de guerra Victoria, con 68 cañones de hierro de diverso calibre y tropas de artillería, refuerzos necesarios pero insuficientes, ya que los portugueses mantenían en Colonia 600 hombres de infantería, una compañía de artillería, dos de dragones y más de dos mil  milicianos.  Cevallos disponía solamente de 600 hombres de tropa, y tenía noticias de que en Río Pardo los portugueses contaban con 1150 hombres entre isleños e indios domésticos, y 600 dragones y tropas de infantería en Río Grande, San Miguel y el Chuy. 

Al estallar el conflicto entre España y Portugal el 18 de mayo de 1762, Carlos III ordenó a Cevallos que desalojase nuevamente de Colonia a los portugueses.  El gobernador no se amilanó ante la disparidad de fuerzas. Logró reunir 1.200 soldados entre dragones, infantes y artilleros; y aprovechando el viejo y justificado odio que los jesuitas sentían por los portugueses, que tanta desolación y muerte habían causado a las misiones durante más de un siglo, consiguió que éstos aportaran 1400 indios tapes.   Organizó además un buen cuerpo de milicias con hombres de Buenos Aires, Santa Fe y Corrientes y para defensa del río, una minúscula escuadrilla al mando del  Teniente de Navío Carlos José Sarriá, integrada por la fragata Victoria, un navío de registro, tres avisos del Consulado de Cádiz y algunos lanchones. Asimismo, solicitó al gobernador político y militar de Montevideo, José Joaquín de Viana, que estimulase el corso contra los ingleses.  

El 7 de septiembre Cevallos cruzó el Plata y desembarcó a una legua de Colonia, donde se le sumaron 500 milicianos provenientes de Montevideo.  De inmediato puso sitio  la plaza, y luego de un prolongado asedio, consiguió tomarla el 2 de noviembre, rechazando el ataque de una escuadra portuguesa y de dos buques ingleses que acudían a recuperarla .  En la capitulación, Cevallos dispuso que por la honrosa defensa hecha por los portugueses, se les permitiera salir de la ciudad junto con su gobernador Vicente da Silva Fonseca.  Los españoles decomisaron mercaderías por más de un millón de pesos, destinadas a ser introducidas ilegalmente en Buenos Aires. 

Mientras tanto, desde principios de 1762 el embajador portugués en Londres insistía con un proyecto personal de conquista del Río de la Plata, el que finalmente encontró favorable acogida  entre las autoridadees inglesas.   Se trataba de ocupar posiciones militares y convertir la  zona inmediata a la ciudad de Colonia en un centro comercial angloportugués.  Ultimados los planes, la Compañía de las Indias Orientales se hizo cargo de la empresa: efectuó una suscripción pública, en la que los comerciantes interesados aportaron cien mil libras esterlinas. Las naves se cargaron con géneros y otras mercaderías,  para unir a la campaña conquistadora el beneficio comercial. 

El Capitán John Mac Namara, aventurero experimentado, fue puesto al mando de la escuadra; el almirantazgo británico le vendió el navío Kingston, rebautizado Lord Clive en homenaje al artífice del imperio británico en la India, que estaba equipado con 50 cañones, y la fragata Ambuscade, que contaba con 40.  Mac Namara los equipó a sus expensas, y aumentó la artillería hasta  64 y 50 fuegos, respectivamente.  Se enrolaron como voluntarios 700 hombres, atraídos por el prometido saqueo a Buenos Aires.  Las naves zarparon de Inglaterra en julio de 1762. Recalaron en el puerto de Lisboa, donde se les tributaron grandes honores, y el 30 de agosto partieron rumbo a Río de Janeiro, donde arribaron el 1 de octubre. 

El gobernador de la plaza, Gómez Freire de Andrade, Conde de Bobadela, entregó a Mac Namara la fragata Gloria con 70 cañones, mas 6 bergantines tripulados y 600 hombres de tropa.    Fue esta la más poderosa fuerza naval que hasta entonces se había organizado para invadir el río de la Plata. Incluso llevaba su propio poeta Tomás Penrose, quien aspiraba a inmortalizar las glorias de la conquista en ditirámbica  poesía .  

El  10 de diciembre, Mac Namara se situó frente a Montevideo, donde apresó a una embarcación española, cuyos tripulantes le informaron que Colonia se había rendido a Cevallos. El inglés decidió entonces  atacar Buenos Aires,  pero al sondar las aguas se encontró con el banco Ortiz, que no le permitió el paso al canal sur, dificultad a la que se sumaba la carencia de  práctico de río.  En la noche del 24 Mac Namara intentó apoderarse o destruir las naves fondeadas en el puerto de Colonia, pero fracasó en el empeño, por lo que intentó acometer por otros flancos, también sin éxito. 

Entre tanto Cevallos, muy enfermo de paludismo, había dispuesto con celeridad reforzar las defensas de Maldonado, Montevideo y Buenos Aires, además de establecer 500 hombres en Colonia y 100 en la isla San Gabriel.  Al enterarse las autoridades portuguesas que Cevallos no había dejado un solo punto de la costa sin fortificar, y conocedores de la aptitud militar y el valor personal del Gobernador, perdieron su optimismo inicial, y Gomez Freire envió un barco en procura de la flota de Mac Namara, ordenándole  retroceder  hasta Rio de Janeiro..

El 2 de enero dicha embarcación se encontró con la flota inglesa frente a Montevideo.  Al tanto de las novedades, pero probablemente aguijoneado por su orgullo de marino, Mac Namara resolvió desobedecer a Gomez Freire y puso proa hacia Colonia. 

El 6 de enero inició un nuevo ataque a la ciudad, para lo que organizó las fuerzas de su escuadra colocando a la vanguardia el Lord Clive y la Ambuscade; cerrando la marcha la fragata portuguesa Gloria, y a retaguardia, fuera del alcance de tiro de cañón de la plaza, el resto de la flota: dos navíos y seis bajeles.  El Lord Clive encabezó el ataque sobre el fuerte de Santa Rita, el Ambuscade atacó el de San Pedro, y la Gloria el de San Miguel.  El cañoneo comenzó a medianoche y fue intenso. Las tropas de Cevallos, parapetadas en un terreno bajo no sufrieron mayores pérdidas, puesto que los tiros enemigos eran muy elevados.  Las naves atacantes dispararon cañonazos de bala rasa, palanquetas y metralla.   Desde tierra se les respondió con igual violencia.  

Luego de cuatro horas de intenso combate, el Clive fue impactado desde la plaza, probablemente por una bala de hierro calentada al rojo vivo. El fuego se propagó de popa a proa con tal velocidad, que de más de 500 hombres que tenía a su bordo, sólo se salvaron  80 que salieron a nado, y 2 marineros en un pequeño bote.  Todos ellos fueron hechos prisioneros y trasladados a Cordoba y Mendoza, donde la mayoría se afincó definitivamente. 

Según manuscritos de la época, Mac Namara se dejó quemar deliberadamente a la vista de todos en medio de su navío. Otras versiones indican que fue herido y se arrojó al agua, pereciendo ahogado. Entre los muertos figuraba John Reed, antiguo funcionario del asiento de negros en Buenos Aires, que también apoyara en Londres el envío de esta fuerza invasora.   Pese a la voladura, el Clive no se hundió de inmediato, dando tiempo a los españoles de retirar objetos de valor. 

El Ambuscade perdió más de 80 hombres y acribillado a cañonazos, se retiró haciendo agua y volvió a Río de Janeiro con el poeta Penrose, quien cantó en doloridos versos el fracaso de la expedición.  Las pérdidas de los defensores de Colonia consintieron en la muerte del Teniente de Dragones Carlos Porlier, tres indios y un negro. 

            n el informe sobre la victoria, Cevallos expresaba que los ingleses “.... no contentos con las grandes ventajas que lograba su nación por el comercio de esta plaza estando en poder de los portugueses, han aspirado a la conquista de Buenos Aires, sin duda porque habiendo estado en aquella ciudad  treinta años con el asiento de negros, conocen que no solo se harían por este medio dueños de las riquezas del Perú, sino también de todo el país hasta Potosí ....” 

La noticia de la toma de Colonia se recibió en Madrid con explicable regocijo, y Carlos III  concedió a Cevallos la llave de Gentilhombre de Cámara. 

La prolongada guerra entre Inglaterra y los Borbones finalizó con la firma del Tratado de París, el 10 de febrero de 1763. La mayor parte del imperio colonial francés fue cedido a Gran Bretaña, y una vez más, Colonia fue devuelta a los portugueses . España quedó en posesión del actual estado de Río Grande. Ese mismo año, la corona de Portugal creó el Virreinato de Brasil. De inmediato la presión portuguesa se intensificó en pos de la ocupación de la zona de Río Grande,  (de cuya parte sepentrional se apoderó en 1767), y del establecimiento de un enlace con Colonia. 

Entre 1776 y 1777, los portugueses atacaron y destruyeron diversas poblaciones y se apoderaron de toda la zona riograndense.  Simultáneamente intensificaron las invasiones al Paraguay desde Matto Grosso y el Iguazú, y a la zona de la laguna de Los Patos, desde Santa Catalina.  Una diferente concepción sobre la frontera favorecía estos desbordes: mientras España procuraba mantenerla despoblada para evitar el contrabando, Portugal volcaba toda su fuerza disponible para ocupar los espacios vacíos. 

Pero en esos momentos en la España de Carlos III se operó un cambio de mentalidad respecto de  las colonias americanas, basado en nuevas ideas surgidas al abrigo del incipiente ascenso de la burguesía, asentada en los beneficios del tráfico comercial.  Fue entonces cuando se decidió llevar a cabo una acción punitiva de mayor envergadura. Aprovechando que Inglaterra se hallaba en guerra con sus colonias americanas del norte, e imposibilitada por ello de ayudar a su eterna aliada Portugal, Carlos III organizó la mayor expedición que hasta entonces zarpara desde la metrópoli hacia los puertos de América, y el 25 de julio de 1776 el Teniente General Don Pedro de Cevallos fue designado su Comandante. 

La expedición estaba  integrada por 96 navíos mercantes, 20 de guerra con 12 batallones de infantería, 600 dragones, abundantes piezas de artillería, tropas de ingenieros y numerosos auxiliares, lo que totalizaba 9000 hombres.  En calidad de Jefe de Mar se hallaba el marqués de Casa Tilly. 

Por otra parte, dada la necesidad de fortalecer al río de la Plata, la zona más débil de sus colonias, Carlos III optó por reorganizar su sistema militar y administrativo, reflotando el proyecto de creación de un nuevo virreinato con capital en Buenos Aires.  El 1 de agosto de 1776 expidió una Real Cédula nombrando al Comandante Pedro de Cevallos, primer Virrey del Río de la Plata. 

La flota partió de Cádiz el 13 de noviembre de dicho año. A mediados de febrero de 1777 arribó a las costas brasileñas y entre el 22 y el 28 de ese mes, Cevallos logró la rendición de los fuertes de Punta Grossa, Santa Cruz, Islas  Ratones ; y tomó posesión de la villa de Santa Catalina, capital de la isla de ese nombre.  Luego de organizar la seguridad de los territorios ocupados, puso proa al sur y ocupó las jurisdicciones de Maldonado y Montevideo. 

El derrumbe fulminante de las defensas de Santa Catalina dejaba pocas posibilidades de resistencia a la aislada Colonia.  Cevallos la sitió el 22 de mayo. La plaza resistió el ataque durante 12 días, hasta que el Gobernador Francisco José de Rocha se rindió, entregando a los españoles municiones, armas, pertrechos y caudales.  El 5 de junio,  Cevallos hizo su entrada triunfal en Colonia. 

Obedeciendo órdenes reales, demolió la ciudad y sus fortificaciones, y arrojó sus ruinas al canal de entrada al puerto para que, si alguna vez razones diplomáticas obligaban a devolverlo, careciese de valor militar y comercial. Unicamente fueron respetadas las iglesias.  Las tropas defensoras y sus familias fueron enviadas a Río de Janeiro,  y  la población civil que no quiso seguir el mismo destino, fue internada en diversos lugares del territorio rioplatense.    

Luego de estas acciones, Cevallos se aprontaba a emprender por tierra una campaña sobre Río Grande, pero las negociaciones diplomáticas interrumpieron sus operaciones.  Poco despues, el 1 de octubre de 1777 se firmó el tratado de San Ildefonso,el que con ligeras variantes, fijó los límites definitivos entre las colonias españolas y las portuguesas 

            El verdadero beneficiario de estas negociaciones fue Portugal, pues si bien renunció definitivamente a Colonia, a las islas Martín García, San Gabriel y Dos Hermanas; a las misiones orientales que había invadido, y cedió a España las islas de Fernando Poo en el golfo de Guinea.; obtuvo el reconocimiento de la soberanía definitiva  sobre Santa Catalina, Río Grande y los territorios que habían tomado los paulistas en el Guayrá y el Matto Grosso. 

Pero este arreglo diplomático no disminuye en nada la importancia de los triunfos logrados por Cevallos, ya que con su última campaña militar, pudo expulsar  definitivamente a los portugueses del Río de la Plata, consolidando así en ambas riberas del estuario la soberanía española que Portugal pretendió disputarle desde los albores de la conquista.

  

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