Historia y Arqueología Marítima

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Por: Dr. JUAN VILLEGAS, S.J.  Publicado en Ciclo de Conferencias año 2004

 PRESENTACIÓN

            En la segunda mitad del siglo XVIII cuando en las costas de algún río del actual Departamento de Colonia, Uruguay, alguien encontraba entre los árboles criollos una pila de cueros abandonada, se podía presumir que se estaba ante la posibilidad de un contrabando. Lo mismo sucedería en las proximidades del río de las Conchas, próximo a Buenos Aires, en oportunidad, por ejemplo, de sorprender una partida de tabaco brasilero.             Al mismo tiempo se tendría la seguridad de que esta práctica del contrabando se realizaba a través de las aguas del Río de la Plata. Para esta actividad eran necesarias embarcaciones y hombres dispuestos a navegar por las aguas platenses. En el presente trabajo se tratará de este contrabando menor, no del gran contrabando que podría ser aportado por una fragata de buen tonelaje, por ejemplo. También se tratará de los comisos y sus liquidaciones.

 LA PRÁCTICA DEL CONTRABANDO MENOR

            La Banda Oriental fue una frontera entre España y Portugal en esta región americana. Se trataba de dos reinos, a veces enfrentados y otras veces aliados, pero que vivían la situación peculiar de toda frontera. Esta frontera, por otra parte, era una frontera lejana. Lejana respecto a los dos reinos peninsulares y sus autoridades. Lejana también para las autoridades portuguesas residentes en Brasil y las españolas establecidas en Buenos Aires y Montevideo.

            Por otra parte, la frontera entre España y Portugal en estas latitudes atlánticas resultaba desprotegida, toda vez que se pretendía impedir el contrabando. El escaso desarrollo de lo que ahora es el Estado de Río Grande del Sur, Brasil, no resultaba propicio para una represión vigilante del contrabando. A su vez, la escasa protección de la frontera de la Banda Oriental con el Brasil tampoco resultaba propicia para impedir la práctica del contrabando. Tampoco estaban protegidas contra esta praxis las costas de la Banda Oriental del Río de la Plata, que ofrecían fácil acceso a mercaderías foráneas y, además, evasoras de impuestos.

 Quiere decir, que en realidad podríamos hablar de dos fronteras entre Portugal y las costas actuales de la Argentina. Una, la frontera terrestre de la Banda Oriental, que se presentaba fácilmente vulnerable y, otra, la del Río de la Plata, que parecía constituirse en un escollo para la práctica de la introducción ilícita de mercaderías. Sobre todo como en el caso presente, se trataba de un contrabando de poca envergadura, pero ejecutado con frecuencia. Diversa resultaba la introducción de mercaderías ilegales a través de naves de buen  tonelaje procedentes del extranjero y que operaban en los puertos de Maldonado, Montevideo, Colonia y Buenos Aires.

            El contrabando será más importante cuanto más complementarias sean las ofertas del Brasil y del Río de la Plata. Y de hecho lo fueron. De Brasil provendrán el azúcar, el tabaco, los negros esclavos y otras mercaderías. También se podrán introducir cueros de la Banda Oriental al territorio de la otra costa. Pero resultará difícil efectuar un contrabando de productos rioplatenses al Brasil, salvo los ganados.

            Finalmente, debe tenerse presente que el contrabando ganaba en frecuencia y en intensidad cuando el régimen comercial era cerrado y proteccionista. El régimen implantado en la región platense era el del mercantilismo basado en el dogma, según el cual, quien poseía oro y plata era rico y quien no los poseía era pobre. España como gran poseedora de oro y plata, debía cuidar que otras naciones que no poseían esos metales   adquiriesen ésas sus riquezas, por ejemplo, por medio del comercio. Porque el comercio de mercaderías extranjeras exigía la contrapartida  del pago en metálico y, consecuentemente, la salida del oro y la plata de las arcas españolas. El mercantilismo era de larga data y se encontraba feneciendo en la segunda mitad del siglo XVIII. España tuvo que adoptar una serie de medidas protectoras, que imponían controles con el objeto de evitar la evasión de sus riquezas basadas en la posesión del oro y de la plata. Entre otras, estas medidas impusieron controles sobre puertos, tanto españoles como americanos, habilitados para el comercio; inspecciones, e impuestos, entre otras.

            Lo que atentase contra estas medidas debía ser considerado tráfico ilegítimo.  Simplemente era contrabando. Quedaba fuera de la ley. Debía ser, por consiguiente, perseguido.

            Dentro de estos planteos, las mercancías brasileras sorprendidas en costas argentinas, sin guías y sin certificados de pagos de impuestos de entrada, debían ser consideradas contrabandeadas, a no ser que se probara otra cosa. Por lo tanto, estas introducciones ilícitas de productos brasileros eran introducidas atravesando el Río de la Plata, casi seguramente, desde la costa de la Banda Oriental.

            De esta manera el Río de la Plata, quedó bautizado, según se expresó más arriba, como segunda frontera con Portugal para los bonaerenses. Prestó sus aguas, mareas y vientos a embarcaciones pequeñas, y, quizás, a una marinería informal, que practicaba la introducción ilícita de mercaderías.

            La realidad del contrabando platense, en todas sus formas, se percibía en la profundidad del mapa del Cono Sur e inficionaba incluso hasta el Perú. A este respecto eran claras las instrucciones del Marqués de la Ensenada al gobernador de Tucumán Juan Martínez de Tineo fechadas en Madrid el 7 de julio de 1747.

Está también Su Majestad informado - escribía el Marqués - del continuo trato y comercio ilícito, con que está infestada esa provincia extendiéndose por ella con increíble desconfianza a las inmediatas hasta inundar todo el Perú, no sólo de ropas y otros géneros que furtivamente introducen los extranjeros, sino también de las que fuera de registro llevan los españoles, e internan los mismos naturales del país1.

            Por lo que respecta al Río de la Plata deberá tenerse presente el desabastecimiento. Las medidas proteccionistas; las limitaciones de puertos, y las restricciones del comercio con extranjeros fueron factores que provocaron desabastecimiento en la región platense. El contrabando será incentivado precisamente por la carestía de productos a ofrecer por parte del comercio legal. Las ganancias previsibles en tal situación alimentarían la práctica del contrabando. 

MERCADERÍAS O COMISOS EN LAS COSTAS DE LA BANDA ORIENTAL

             Como queda dicho, en esta oportunidad se tratará del contrabando menor efectuado a través del Río de la Plata. A continuación se enumeran algunas prácticas de comercio ilícito. El 8 de mayo de 1772 los guardias de Santa Lucía, en el puerto que llaman Espinillo  encontraron una chalupa. En la estancia de las Duranas fue aprehendido un portugués Joaquín Bentos con su negro denominado Luis, con dos petacas pequeñas provistas de géneros2. En las calles de Montevideo un caballo arrojó a un hombre a tierra. Cuando le ayudaron a incorporarse se encontró un rollo de tabaco del Brasil3.

            El 20 de febrero de 1771 Cristóbal de Castro Callorda condujo a Montevideo a un portugués Casimiro de Silva Pintos, diciendo que el vaquero José Eusebio Nieva lo había arrestado en campaña junto con otros ladrones que lograron huir4.Un sargento de guardia en el muelle aprehendió un comiso de ropa5.  Un negro esclavo propiedad de Manuel Martínez fue aprehendido en el portón de la ciudad de Montevideo acusado de introducir unos cuchillos en Montevideo6. La documentación correspondiente está fechada el 30 de abril de 1771.

            Otra modalidad la manifestó el testimonio de los autos obrados sobre inventarios y remates de los efectos del navío portugués, que naufragó en la costa de Maldonado7.Se trata de un extenso expediente de algo así como de 239 folios.  En 1769 se detectó un comiso en una lancha en el puerto de Montevideo8. En el Archivo General de Indias, legajo 182 de la Audiencia de Buenos Aires se custodian alrededor de 54 extractos de comisos de menor cuantía. Otra documentación relativa a comisos se conserva en los legajos 189, 190 y 191 de la misma Audiencia del archivo sevillano.

            En una playa de la jurisdicción de Montevideo se encontró una porción de cueros, que se intentaban extraer9. Se percibió la existencia de una nave estropeada en las cercanías. Se mandó la confiscación de todo lo encontrado y los requisadores pudieron hablar de 950 cueros y maderas. Por su parte el subteniente de infantería y ayudante de la ciudad de Montevideo Félix de la Roza condujo una negra bozal llamada María al Fuerte. María había sido encontrada en el campo10.

            Gracias a la rotura de un carro, que entraba en Montevideo, un oficial de guardia descubrió que se pretendía introducir a la plaza las mercaderías siguientes, que fueron confiscadas: una cuartezola de aguardiente; 4 barriles de ídem; tres pequeños barriles cuyo contenido se ignoraba; dos rollos de tabaco, y una pequeña cantidad de tabaco. El documento administrativo correspondiente a la incautación de estos artículos era del 13 de diciembre de 176911.

 POR LOS CAMPOS Y COSTAS DE SANTA TERESA

            En el año 1769 Francisco Baliñas y Tomás Herrero fueron acusados de ilícito comercio. Resulta que el comandante del fuerte de Santa Teresa Manuel de Areny, capitán del regimiento de infantería de Mallorca, apresó varias mercaderías12. Se trataba de .aguardiente, tabaco torcido del Brasil y azúcar, que eran transportadas en carros del rey desde Maldonado a Río Grande. No poseían licencia de su comandante.

            Practicadas las diligencias correspondientes por el auto definitivo del 30 de junio de 1769 fueron declarados libres, tanto las mercaderías como los dos inculpados. Baliñas probaba que sus productos pertenecían al comercio lícito y Herrero explicaba que los suyos los había comprado en los almacenes públicos. Declararon que el gobernador de Montevideo había autorizado a los franceses introducciones de productos. El tribunal de la real hacienda llamó la atención sobre la facilidad con que se había otorgado semejante licencia y recurrió al rey. Desde la Contaduría General se deseaba advertir al gobernador de Montevideo que no autorizase la introducción de efectos extranjeros por ese puerto. Consideraba que esas licencias eran perjudiciales e iban contra lo proveído por las leyes y reales disposiciones. El asunto se dio por finalizado, expresaba el 28 de junio de 1771 Tomás Ortiz de Landázuri. Se aguardaba el pronunciamiento del Consejo de Indias sobre el asunto, con el propósito de adquirir mayor claridad sobre la forma de proceder en estos negocios.

            Visto el asunto en el Consejo de Indias, y previo dictamen del fiscal, el rey, mediante su real cédula firmada en Aranjuez el 19 de junio de 1772, se atuvo a asumir las recomendaciones de Ortiz de Landázuri y prevenir al gobernador de Montevideo, que se abstuviese de permitir esos desembarcos y ventas de productos extranjeros. 

DECOMISOS EN LA OTRA BANDA

            La otra banda no fue libre de contrabandos y decomisos. Muchos de aquéllos presumiblemente no se encontrarían documentados. La presencia en las costas de la otra banda de mercaderías introducidas ilegalmente implicaba la utilización del Río de la Plata como vía de contrabando. Alonso Cerrato, capitán de infantería, entregó 16 barriles de carga; diez pequeños cerrados; dos sacos de cueros y tres bolsas con azúcar; una pipa de aguardiente brasilero; otra vacía, y dos rollos de tabaco negro torcido13. Estas mercaderías fueron incautadas, parte, en un rancho inmediato a la guardia de Las Conchas, y, parte, en otro rancho más retirado tierra adentro como seis leguas distante de Buenos Aires.

            Por otra parte, Juan de Robles, cabo de la guardia de Las Conchas, remitió a la real hacienda unas cajas y un saco de azúcar sin expresar dónde y a quién hizo su aprehensión14. Las autoridades resolvieron escribir a Robles solicitando más información. En otra ocasión se dio cuenta de que los captores del ilícito percibieron un bulto que se movía.  Resultó que se trataba de una negra15.

            Juan Vega y Juan Vázquez, guardas del puerto del Riachuelo, condujeron a las cajas reales bonaerenses a Juana, negra esclava de unos catorce años, renegrida, jetona y carialegre, de buena contextura, diciendo haberla aprehendido en el campo de la costa de San Isidro, como a cuatro leguas de distancia de Buenos Aires16. Así se dio parte desde Buenos Aires el 15 de marzo de 1750.

            Otro contrabando fue detectado en un rancho de paja junto al Riachuelo17. La información esta vez se dató en el mes de noviembre de 1758. En concreto se trataba de siete sacos de harina de palo, que condujo un portugués, patrón de dos lanchas, que embarcaron con dos portugueses y un mulato.

            El 20 de diciembre de 1759 se apresó un contrabando en la plaza de enfrente de los Olivos18. Una lancha fue sorprendida con nueve pipas de aguardiente y otros efectos.

            Juan Conde, cabo de los corsarios del puerto de Buenos Aires, trajo a este puerto 63 cueros al pelo el 6 de octubre de 176119.Fueron encontrados en el arroyito que llaman Boca Cerrada, a una legua del puerto. Fueron hallados en un botecito, que condujo al puerto del Riachuelo. Conde había salido con dos marineros de la corsaria y un soldado de aquella guardia con el objeto de recorrer algunos de los arroyos de la costa del sur.

            Los tres declararon que el botecito encontrado, a más de su escaso valor, no servía para ser utilizado en el servicio del puerto. Sólo servía para contrabandear. En esas condiciones ordenaron a Gregorio de Gorostidi, maestro mayor de carpintero de Rivera de las obras del rey, lo hiciese quemar, dejando algunas menudencias que poseyese, con el propósito de utilizarlas en el servicio de la corsaria.

            La tasación de los cueros la realizó Carlos Sartores. El resultado de la tasación fue el siguiente: 3 cueros de novillos de tres varas a 8 reales; 12 cueros a 7 reales; 45 cueros chicos cortos a 6 reales, y 3 cueros chicos de vaca a 5 reales. Los cueros fueron tasados en 45 pesos 1 real.

            A tenor de la real cédula del 11 de noviembre de 1755, que contemplaba la situación de los infractores ausentes, como era el caso presente, el tribunal declaró esos cueros por decomiso. Además ordenó que se vendiesen en almoneda y remate en el mayor y mejor postor.

            El 20 de octubre de 1761 se notificó al alcalde de primer voto para que concurriera al acto de la almoneda en lugar del gobernador. El escribano de orden citó a José de Rivadavia, alguacil mayor de la real hacienda, y al fiscal y defensor de la real hacienda.

            El mismo día 20 de octubre en los portales del cabildo, Eugenio Lerdo de Tejada, alcalde de primer voto, Manuel de Altolaguirre y J. M. de Esparza con asistencia de Pedro Ignacio Morante, teniente del alguacil mayor de las reales cajas, y con asistencia de Pablo Beruti, escribano real, por encargo de la real hacienda se dispusieron a rematar las mercaderías confiscadas.

            Le correspondió a José de Acosta, pregonero, la tarea de avisar para que se realizasen posturas para la compra de los cueros decomisados y por cuenta de la real hacienda. Su pregón se repitió varias veces. José Sanjince ofreció un peso más de lo que se  habían tasado los cueros. Otros oponentes lograron hacer subir la oferta hasta que llegada la noche se suspendió el remate. Al día siguiente, 21 de octubre, se volvió a ofrecer con las mismas formalidades la mercadería decomisada, pero al no haber postores y llegada la noche se convocó al público para el día siguiente. Los cueros, finalmente, se remataron el 23 de octubre en oportunidad en que Francisco de Sanjince ofreció tres pesos más de lo que se habían tasado y así superó la oferta de su contrincante Gabriel de la Concha, que sólo había ofrecido dos pesos más. La oferta de Sanjince fue pregonada varias veces, y al no presentarse más propuestas, se remataron los cueros a favor de Sanjince, quien aceptó la adjudicación de los cueros que en él se hizo y firmó la documentación correspondiente, conjuntamente con los testigos presentes y el escribano Beruti.

            La entrega de los cueros se hizo efectiva al adquirente el mismo día 23 de octubre. Sanjince pagó por los cueros 52 pesos 1 real.

            Finalizado el remate hubo que acudir al tasador general de costas Juan Ignacio de la Gacha, quien el 12 de noviembre presentó su tasación de acuerdo al arancel real.

            Al Dr. Antonio Aldao, fiscal y defensor de la real hacienda, se le asignaron cuatro pesos por concepto de dos almonedas a dos pesos cada una; un peso le correspondía a Carlos Sartores por su tasación de los cueros; siete pesos cuatro reales le correspondían al escribano Pablo Beruti por tres almonedas a dos pesos y su escrito de tres fojas a cuatro reales; tres pesos cuatro reales le correspondían a Domingo de Andicona, escribano de la real hacienda, por tres autos a peso y un interlocutorio a cuatro reales. Había que pagar un peso por una declaración y lo escrito; cuatro pesos por una tasación y una entrega a dos pesos; dos pesos seis reales sumaban los gastos por cuatro diligencias a cuatro reales, más una actuación a seis reales, y seis pesos que costó la copia de los autos y que fue destinada a ser enviarla al Consejo de Indias. Tratándose de once hojas de papel sellado hubo que pagar cuatro reales por cada una, y, finalmente, había que pagar un peso a De la Gacha por esta tasación. En total, los gastos del trámite ascendieron a treinta pesos seis reales.

            Por otra parte, la distribución de los 52 pesos 1 real que produjo el remate de los cueros se efectuó de la forma siguiente: tres pesos un real por el derecho real de alcabala, que alcanzó al 6%; tres pesos, siete reales y siete tomines fueron destinados al pago del derecho de almojarifazgo, que estaba fijado en 7 1/2 % ; treinta pesos seis reales se entregaron para pagar las costas; cuatro pesos hubo que entregar para la liquidación y el establecimiento de esta cuenta; un peso cinco reales y veintisiete tomines correspondieron a los ministros intervinientes; la tercera parte del valor recibió el aprehensor, o sea, dos pesos siete reales, y cinco pesos seis reales ascendió el monto de las dos terceras partes, que le correspondían a la real hacienda.  

DICTAMEN DEL FISCAL

            El fiscal del Consejo de Indias estudió cincuenta y cinco expedientes de comisos enviados desde Buenos Aires20. Expresaba que por ser de escasa cuantía los trataba en conjunto. En el procedimiento seguido por las autoridades bonaerenses percibió algunos defectos que son comunes y trascendentales a todos, y otros, particulares, a algunos solamente. Consideraba que debía considerarlos separadamente.

            El fiscal desconfiaba de la legitimidad con que se declararon todos esos comisos, así por no haberse practicado las ordinarias diligencias en su actuación, como por no haberse interpuesto recurso alguno por los introductores. Y, a continuación, pasaba a subrayar defectos generales, que había observado. Él entendía que los oficiales reales no debieron de haber llevado derechos por el trabajo de formar la cuenta de la distribución de los productos de los remates, por estarles asignada con este respecto por la pauta de 1758 la sexta parte, se han aplicado indebidamente cuatro pesos en la de cada comiso. Observaba que estando asignada la tercera parte al aprehensor se le entregó la tercera parte con perjuicio de la real hacienda.

            Consideraba el fiscal que unos y otros debían reintegrar a la real hacienda lo que llevaron de más. Recomendaba al Consejo de Indias que enviase la orden por medio de una cédula real y que, en adelante, las autoridades bonaerenses se debían sujetar puntualmente  a la pauta que ordenaba estos asuntos y que, por otra parte, se les pidiese cuenta de haber realizado esos reintegros ordenados.

            En el dictamen fiscal se realizaron puntualizaciones respecto a varios de los documentos examinados.

            El Consejo de Indias se atuvo al parecer del fiscal y se envió una real cédula fechada en Madrid el 19 de diciembre de 176621. Esta real cédula fue dirigida al gobernador y a los oficiales de la real hacienda de la ciudad de Buenos Aires. A propósito del envío de los autos del comiso del bote pequeño con 63 cueros, que fuera apresado, envío que se efectuó el 30 de marzo de 1764, el Consejo procuró seguir los pronunciamientos de la contaduría y del fiscal. El Consejo ordenó los reintegros aconsejados por el dictamen fiscal considerando que eran excesos, que se habían cometido. Por último, solicitó a los oficiales reales de Buenos Aires  la remisión de  un testimonio y la certificación de lo actuado a este propósito. 

OTRO DICTAMEN FISCAL

            Se conserva otro dictamen fiscal sobre decomisos en Buenos Aires fechado en Madrid el 9 de setiembre de 1762, en el que el fiscal actuante procedió de la misma manera que el anterior, si es que se trata de dos fiscales diferentes22. Procedió igual, porque estudió cuarenta causas para responderlas en común, a fin de no hacer perder tiempo al Consejo con fastidiosas repeticiones de unos asuntos semejantes. La impresión que recogió el fiscal era que había contrabando por el abandono y fuga de los introductores. Se observaba que tanto los peones como los guardas intervinientes en los decomisos no habían sido examinados. Se observaba también que al perderse la esperanza de poder dar con los involucrados en la introducción de las mercaderías, se seguía la causa en rebeldía. A criterio del fiscal este proceder no servía, sino para perder tiempo y dinero, consumiéndose parte de lo que se obtenía por la subasta  del comiso.

            Uno de los comisos estudiados consistía en la aprehensión, por parte del guarda mayor y el sargento Reinoso, de cuatro esclavas. El fiscal observaba que el juez sólo había ordenado la investigación de Francisca Ruiz, siendo así que las otras esclavas vivían en la misma casa en la que se encontraron todas. Por otra parte, en la liquidación de este comiso se perjudicó a la hacienda real en 35 pesos 6 reales y 20 maravedíes.  

CONFECCIÓN DE LOS EXPEDIENTES

            Por lo general, los expedientes de los asuntos de decomisos guardan un orden. Comienzan señalando lo que se capturó en el comiso denunciado. Por lo general se trataba de negros, géneros, aguardiente, naipes, etc.

            Acto seguido, se especificaba, en lo posible, dónde había sido encontrado el decomiso. Se señalaba, por ejemplo, que tal comiso había sido hallado en un rancho, cerca de la capilla, en San Isidro, en Las Conchas, en el campo, escondido entre juncos, etc. Se trataba de lugares cercanos a Buenos Aires.

            Finalmente, seguía todo el expediente, en el cual se cumplía con los pasos del trámite judicial. 

HASTA LOS ECLESIÁSTICOS

            Muchas eran las personas que intervenían en el contrabando de poca envergadura. Unos lo realizaban directamente, como, por ejemplo, el transportista a través del río o el carretero, y el o los contrabandistas, que aprovechaban los primeros de esta actividad ilícita. Finalmente, debe tenerse en cuenta a los receptores del contrabando, que podrían ser particulares, comerciantes, e incluso funcionarios públicos y hasta eclesiásticos.

            Entre estos últimos figuraron alguna vez los jesuitas y en otra ocasión los dominicos. Los dominicos se habrían visto involucrados por unos efectos del ilícito comercio, requisados en el puerto del Riachuelo en una lancha perteneciente a los religiosos de Santo Domingo y que procedía de Montevideo23. La incautación de los efectos transportados tuvo lugar el 21 de octubre de 1750.

            En esta oportunidad se sorprendió a la lancha de los dominicos con varios efectos avalados en 771 pesos 3 reales y once maravedíes y medio. Estos artículos requisados fueron vendidos en 795 pesos tres reales y once maravedíes. Después de las quitas y pago de las costas, quedaron 224 pesos 5 reales y dos maravedíes para ingresar en la hacienda real..

            ¿Cuáles eran los productos incautados como ilícitos?  Se trataba de once sobrecamas; una bolsa y dos cajas de azúcar; un petacón con queso del país, y cera. También se trataba de una caja grande de botica, que según declaraciones del patrón de la lancha, pertenecía a los cargadores del navío nombrado NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO, alias EL SOBERBIO, quien entregó la caja en Montevideo. Al examinarse su contenido se encontraron en los frascos de botica algunas docenas de pañuelos de seda de Barcelona. En un cajón, que se encontró en el fondo de la caja, aparecieron otros efectos. Había una frasquera y un barril de aguardiente; un cajoncito cerrado y rotulado al P. Manuel Arnay de la Compañía de Jesús; un barril de clavazón; once bolsas de cal y dos de arena; vinagre, y piedras.

            A propósito de este ilícito se citó al hombre que se encontraba detenido, quien resultó ser un inglés denominado Juan Vele, natural de Exeter en el reino de Inglaterra y vecino de Buenos Aires. Era de oficio piloto y declaró tener unos treinta y tres años de edad. Vele conducía la lancha de los dominicos de Buenos Aires. El declarante manifestó que las mercaderías en cuestión las había embarcado el piloto de la fragata de Arriaga en Montevideo y que habían sido compradas a una falúa portuguesa anclada en ese puerto. Él sólo traía un barril de clavazón, que había comprado en tierra a un portugués con el propósito de componer la lancha de los dominicos y la que tenían en el paso de Gambia.

            El declarante, paso a paso, fue señalando cómo, en realidad, habían sido compradas las mercaderías. 

UNA PREGUNTA

            El rey de España, el 12 de octubre de 1778 desde El Escorial, promulgó un Reglamento para el Libre Comercio, que vino a ser un nuevo jalón en la apertura liberal del comercio de España con América24.

            La ilustración va realizando su presión en favor de la libertad de comercio; la poca fuerza de las medidas protectoras españolas en un mundo marítimo que cambió y seguirá transformándose; los intereses de personas, grupos y reinos; el cambio de las ideas económicas, que transitaban del mercantilismo rígido al libre comercio, irán haciendo su obra. Los nuevos tiempos fueron  percibidos también en el Río de la Plata.

            Ahora bien, la pregunta es la siguiente: ¿El libre comercio suprimió el contrabando?

            No es la oportunidad de desarrollar este tema, sin embargo, no podía dejar de ser planteado. En todo desarrollo que se intente parecería que no pueden quedar fuera dos consideraciones.

            Primera. El que se incentive la libertad de comercio como lo pretendió el Reglamento citado del año 1778 no significaba que las mercaderías con las que se traficaba quedasen liberadas del pago de derechos e impuestos. El contrabando, quizás, se habría reducido por influjo de la mayor libertad de comercio, pero al haber impuestos no habría sido suprimido del todo.

            Segundo. Habrá que tener cuidado con medidas tan generales como son las que regulaban el comercio entre España y América, que quizás no incidían en una región como sería la del caso presente, la zona platense, la cual, posiblemente, tuviese características especiales. De acuerdo a ciertos factores muy particulares sería todavía posible la vigencia del contrabando menor en aguas del Plata, tal como se lo trató en este trabajo. 

PALABRAS CONCLUSIVAS

            Las generosas y abundantes aguas del Río de la Plata configuraron un importante medio de comunicación de las regiones platenses entre sí y con el mundo exterior. A través de ellas el hombre se comunicó. También por medio del intercambio de mercaderías. Por el comercio.

            En el siglo XVIII hubo comercio legal e ilegal por el gran río-estuario. El legal estuvo enmarcado por las normativas reales, en tanto que el ilegal se constituía como ilegal, precisamente porque quedaba fuera del marco legal. Un marco legal producido por el mercantilismo, es decir, la ideología del manejo económico propio de la España de esa época. Un mercantilismo que llevaba a imponer controles de Estado. Como contrapartida, surgieron los ilícitos, que procuraron esquivar esos controles estatales para poder obtener  beneficios redituables.

            No sólo en la Banda Oriental y, particularmente en el puerto de Montevideo, se incautaron productos brasileros y de otros orígenes entrados por la vía ilegal y se constituyeron en comisos, sino también en la otra banda.

            Lógicamente se trataba de mercaderías ilegales y, por consiguiente, no documentadas. Sólo los comisos aparecían documentados. Por las denuncias a las autoridades se puede conocer en qué circunstancias fue descubierto el ilícito y cuál era  la mercadería incautada. Lo que se procuró contrabandear se cotizaba y se ofrecía al público en almoneda. Lo recaudado, después de pagar los impuestos correspondientes como toda mercadería legal, y, después, de deducir otros pagos,  ingresaba en la caja de la real hacienda. Todos estos pasos quedaron consignados con claridad en los expedientillos correspondientes.

            De manera, que sin poseer documentación sobre el ilícito, la documentación surgida a partir de la incautación de la mercadería ilícita y capturada, se ofrece como una vía de acercamiento a este fenómeno del tráfico ilegal por el Río de la Plata.

            Por más insignificante que fuese el ilícito, la documentación de los comisos era enviada al Consejo de Indias. Hubo fiscales que emitieron su dictamen sobre los procedimientos empleados en la liquidación de los comisos, a veces, expediente por expediente, otras veces, tomándolos en su conjunto. En este último caso, si el expediente   mereciera algún comentario especial o reparo, lo formulaba. De esta forma se procuraba no distraer al Consejo de Indias con reiteraciones y mediante ellas, hacerle perder tiempo.

            Lo importante para la Historia de la Navegación será, a partir de este tema y de esta documentación utilizada, asumir la imagen de un Río de la Plata surcado frecuentemente por todo tipo de embarcaciones menores, dedicadas al contrabando. Un hombre arriesgado implicado en ese tipo de contrabandos se estaba formando como marinero. Se trataba de marineros, improvisados o no, dispuestos a esquivar bancos de arena, islas, y costas inaccesibles. Dispuestos a afrontar vientos  y mareas. Pero que, además, debían eludir la vigilancia de las autoridades y el ojo de un posible denunciante, que aspiraba  sacar partido de su celo por el cumplimiento de la normativa.

            Quizás se haya producido un intercambio entre el marinero de oficio y la embarcación legal con el marinero improvisado y la embarcación aplicada al comercio ilícito. Según este intercambio, la práctica de navegar dentro de la legalidad podría proveer brazos y embarcaciones al tráfico ilegal. Y viceversa, la práctica del contrabando podría estar reclutando elementos, que bien podrían efectuar su aprendizaje para, en algún momento, poderse enganchar en el trajín de la navegación comercial. En la legalidad.

            Finalmente, este contrabando múltiple y variado pero de escasas dimensiones podría ser bautizado como comercio informal.  


 

1 El Marqués de la Ensenada a Juan Martínez de Tineo, gobernador de Tucumán. Madrid, 7 de julio de 1747. AGI, Audiencia de Buenos Aires, legajo 177

2 AGI, Audiencia de Buenos Aires, legajo 197.

3 Ídem.

4 Ídem.

5 Ídem.

6 Ídem.

7 AGI, Audiencia de Buenos Aires, legajo 195.

8 AGI, Audiencia de Buenos Aires, legajo 181.

9 AGI, Audiencia de Buenos Aires, legajo 188.

10 Ídem.

11 Ídem.

12 AGI, Audiencia de Buenos Aires, legajo 190.

13 AGI, Audiencia de Buenos Aires, legajo 173.

14 Ídem.

15 AGI, Audiencia de Buenos Aires, legajo 167.

16 AGI, Audiencia de Buenos Aires, legajo 165.

17 AGI, Audiencia de Buenos Aires, legajo 167.

18 Ídem.

19 AGI, Audiencia de Buenos Aires, legajo 173.

20 Ídem. Después de estudiar 129 asuntos de contrabando tramitados por las autoridades bonaerenses, el rey por su real cédula de San Lorenzo del 16 de octubre de 1762 consideraba que no se cumplían las directivas contenidas en la real cédula del 11 de julio de 1758. En ella se prohibió expresamente que los jueces que intervinieren en estas causas puedan cobrar derechos de lo que actúan con respecto a firmas, ni a otro acto alguno. .Real Cédula. San Lorenzo del Escorial, 1762. AGI, Audiencia de Buenos Aires, legajo 167.

21 Real Cédula. Madrid, 19 de diciembre de 1766. AGI, Audiencia de Buenos Aires, legajo 173.

22 Dictamen fiscal . Madrid, 9 de setiembre de 1762. AGI, Audiencia de Buenos Aires, legajo 165.

23 AGI, Audiencia de Buenos Aires, legajo 167.

24 Reglamento y Aranceles reales para el Comercio Libre de España a Indias, San Lorenzo el Real, 12 de octubre de 1778. Edición facsímil. Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Sevilla- Escuela de Estudios Hispano-Americanos, Sevilla, 1978.

 

  

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