Historia y Arqueología Marítima

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Por el CN (CGR) Juan José Fernández Parés   Publicado en Ciclo de Conferencias año 2004

 

            A modo de proemio presentamos una reseña del tema, de la pluma del extinto don Homero Martínez Montero, Teniente de Navío del Cuerpo de Ingenieros de Máquinas y Electricidad (Retirado), historiador, geopolítico, canciller, que en su obra “Armada Nacional - Estudio Histórico Biográfico” así se expresa al respecto: 

“LAS REVOLUCIONES DE 1903 - 1904”

            ”Apenas asumido el poder por el Sr. Batlle y Ordóñez, el partido nacionalista que había impugnado su candidatura, se levantó en armas. Felizmente, la intervención de los Dres. José Pedro Ramírez y Alfonso Lamas y la buena disposición del Presidente Batlle y del Caudillo nacionalista Aparicio Saravia, conjuró temporalmente el peligro con el Pacto de Nico Pérez (22/III/903). De haberse ido a la lucha, la verdad es que poco hubiera sido el concurso de la marina militar, reducida a dos cañoneras de las cuales, una de ellas, la “Suárez”, tenía su planta motriz en muy malas condiciones. La situación se pone en evidencia con el viaje que el Sr. Batlle realiza el 25 de setiembre de 1903 por el río Uruguay, visitando Fray Bentos, Paysandú y Salto. No existiendo unidad de guerra para alojar al Presidente, el viaje debió realizarse en el mercante “París” de la compañía Mihanovich. Las cañoneras “General Rivera” y “General Suárez” le dan escolta, para lo cual deben partir el día anterior.

Vapor "Paris" y Cañoneras Gral Rivera y Gral Suárez

 

            Para agravar esta precaria situación, la explosión de un depósito de municiones ocurrido el 8/X/903, determina la pérdida de la primera de las nombradas y la más eficiente de las naves de nuestra reducida flotilla.

            Tres meses más tarde, el 1°/I/904 estalla la revolución nacionalista que había conjurado la tregua de Nico Pérez.

            En esa fecha, la “General Suárez”, único barco militar de la República, se encontraba en Salto ocupada en trabajos hidrográficos. Advertida de la situación suspende sus tareas y se fondea frente al puerto argentino de Concordia donde un buque mercante se hallaba listo para el trasiego de recursos a los revolucionarios. La pronunciada bajante del río conspiraba contra la movilidad de la cañonera, cuya tripulación es reforzada al caer la tarde con fuerzas de la guardia nacional salteña. En la lancha “Itapebí” del resguardo local, se embarcaba cada noche un oficial de la Suárez -que llegó a quedar inmovilizada por la bajante- con seis marineros armados de máuser, haciendo la vigilancia de la costa hasta la desembocadura del Daymán.

            Lamentable expresión de la Armada uruguaya.

            El 6 de febrero, habiendo repuntado suficientemente el Uruguay, se dispuso que la cañonera se situase en Nueva Palmira a fin de bloquear la costa desde Carmelo a la desembocadura del San Salvador, ya que en los departamentos de Colonia y Soriano operaban los jefes revolucionarios Gabino Valiente y Tomás Pérez, con fuerzas apostadas estratégicamente en las altas barrancas de Punta Chaparro y Punta Gorda, las cuales sostenían frecuentes tiroteos con la cañonera.

            A fin de mejorar la situación, poder movilizar tropa y transportar vitualla por el litoral, el gobierno armó en guerra a los pequeños vapores “Ingeniero”, “Cuestas”, “Toro”, “Cacique” y “General Lavalleja”.

            Embarcaciones pequeñas, inadecuadas a su función. Comenta el Capitán de Navío, Francisco Prudencio Miranda, que como el gobierno no disponía de más barcos que la “Suárez”, “se vio obligado a improvisar una escuadrilla con los vapores de que pudo echar mano, imperfectamente armados; fue preciso transportar fuerzas y armamentos, ejercer vigilancia del extenso litoral para impedir invasiones y hasta sostener tiroteos con las fuerzas revolucionarias, cuando éstas se hallaban en la costa de la Agraciada y al efectuar su pasaje desde la costa argentina la expedición a órdenes del Coronel José María Pampillón, la cual fue sorprendida al desembarcar en Punta Chaparro por varios vapores a órdenes del Coronel (de Marina) Domingo Romero, quien logró tomarles algunos prisioneros y gran parte del armamento.

            “Algunas veces, debido a la carencia de buques adecuados, el Gobierno se vio obligado a soportar que los insurrectos permanecieran largo tiempo en posesión de puntos estratégicos, y que pasaran en pleno día los armamentos desde la costa argentina. Puede asegurarse que la falta de buques de guerra fue la causa principal de que la insurrección se mantuviera por cerca de un año asolando a la República...”.

            Esta vigilancia del litoral oeste era imprescindible y al gobierno le constaba en forma fehaciente que en Buenos Aires se concentraban elementos de refuerzo para la revolución.

            En abril de 1904 se habían asilado en la legación argentina de Montevideo, los cabecillas José Pampillón y Pedro Moré. Por gestiones del Ministro Mariano Demaría se permitió su extrañamiento de la República, bajo el compromiso del gobierno asilante de proceder a la internación y vigilancia. Pero en nota del 29 de agosto, nuestro Canciller, Dr. José Romeu, hacía saber a aquel que los dos cabecillas habían partido de la Argentina al frente de una expedición militar organizada y armada allí “para engrosar las filas de la insurrección que asola y ensangrienta la República”.

            Pampillón -puntualizaba nuestro Ministro en Buenos Aires- logró transportar al Uruguay un cargamento de armas y un grupo de gente que embarcó en La Plata en el “Altieri”, completándose la expedición en la boca del Riachuelo, de donde partió a la isla Barboza en las cercanías de San Fernando, en cuyo puerto se habían acumulado más pertrechos y equipos.

            En el día de la fecha -31/VIII/904 decía nuestro Ministro Daniel Muñoz al canciller argentino, Dr. José A. Terry- deben hallarse en el puerto de Empedrado las embarcaciones “Giardini” y “Quinto á Mare” cargando armamentos que se intenta hacer pasar al litoral del Uruguay “para de allí repetir la operación que se llevó a cabo en Monte Caseros”.

            Pide Muñoz que las armas se secuestren y pongan a cubierto.

            Así, el gobierno uruguayo tiene cabal información de las andanzas de los revolucionarios, de la concentración y destino de las embarcaciones ligadas a ellos, insignificante embarcaciones arrendadas, pero carece de los medios para invalidar la ayuda que se presta a la lucha fraticida que ensangrienta a la patria. No tiene naves militares”. (1) 

            Entrando en tema diremos que la cañonera “Suárez” fue adquirida el 10 de febrero de 1886 por el Gobierno del General Santos al Gobierno francés, con el nombre de “Tactique” y bautizada el 15 de febrero de ese año con el nombre de “General Suárez”, había sido construida para la Armada francesa en el “Arsenal Naval de Chesburgo”, en 1863. 

            Hay tradición que había formado parte de la escuadra francesa expedicionaria que en el año 1864 operó en Méjico, cuando la intervención que llevó al trono de ese país a Maximiliano. 

            Su casco era de madera dura, con doble forro de 75 mm. y el espesor del casco de 310 mm. y su obra viva forrada con chapas de cobre, su propulsión era por una máquina horizontal de engranaje, que hacía gran ruido cuando marchaba y cuya chimenea era muy alterosa. Su eslora: 43 mts. 50 cms., manga: 6mts. 27 cms., puntal 2 mts. 96 cms., calado 2 mts. 80 cms., desplazamiento: 365 tons., máquina: 360 caballos nominales, velocidad: 9 nudos, aparejo: goleta. Su armamento: 4 cañones Krupp de 75 mms., 4 ametralladores Nordenfelt, una de 25 mm. y 3 de 11 mm., 59 fusiles Remington y 24 carabinas del mismo sistema, su tripulación 59 hombres entre jefes, oficiales y cuerpo de equipaje.

            El Capitán de Navío Carlos Olivieri en su libro "Aportes a la Historia de la Marina de Guerra Nacional", así se expresa:

            “Para el 1° de Enero de 1904, festejando la fecha inicial del año, el comando y oficiales de la cañonera, habían preparado una recepción a la sociedad salteña, que desde luego, y por razones de fuerza mayor, fue suspendida.

            Fondeada la “Suárez” casi frente a la ciudad argentina de Concordia, que era en esa época como en otras tantas, un verdadero cuartel general de las huestes revolucionarias, a despecho de la vigilancia de la neutralidad oficial.

            Esta circunstancia, obligaba a la dotación de la cañonera a vivir, noche y día ojo avizor, pues había llegado hasta nuestro buque, la noticia que éste sería atacado por fuerzas revolucionarias que merodeaban por Concordia.

            Con tal propósito, se embarcarían en un vapor, encargado del trasbordo de los pasajeros desde esta ciudad, a la del Salto, río por medio.

            Atento a esta denuncia, todos los días, cuando en horas de la tarde, se avistaba el mencionado vapor, se tocaba zafarrancho de combate en la cañonera, y con la gente en sus puestos, estábase a espera de los acontecimientos en la forma en qué éstos llegaran a producirse.

            En verdad, la situación del buque, no era precisamente cómoda en aquel fondeadero que por otra parte, había imposibilidad de modificarlo dada la pronunciada bajante del río, pues, no obstante mantener los fuegos encendidos y la máquina lista para moverse, no era factible intentar ninguna maniobra, y se debía permanecer fondeado con la proa aguas arriba siempre presentando a la corriente, restando la parte de popa, es decir, la toldilla, con su ametralladora “Nordenfelt” de 25 mm. cómo única defensa para el caso de repeler el ataque que se produjera. 

            Al tranquilo horario de puerto de los tiempos de paz, habíase sustituido un régimen de actividad y vigilancia continua y sin el horario reglamentario, tanto de día como de noche, estableciéndose guardia de mar a permanencia.

            Teniendo muy en cuenta la peligrosa situación de nuestro fondeadero, imposibilitado para mover el buque estratégicamente, el Comandante Militar del Salto, coronel Teófilo Córdoba, jefe que se tuvo siempre muy presente, dispuso, de acuerdo con nuestro Comandante, que durante las horas de la noche, una fuerza de la guardia nacional salteña reforzara la dotación del buque, para desembarcar, inmediatamente después del toque de diana.

            Entre tanto, el comandante Escabini, continuaba pasando telegramas apremiantes a las autoridades de Montevideo dando cuenta de la situación comprometida en que se encontraba el buque.

            En ellos diariamente, se acompañaban las noticias del estado del río, diciéndose por ejemplo, en una de ellas: “queda agua justa para calado del buque”; en otra, que anunciaba: “¡ya no tenemos agua para bajar!”.

            Caso de producirse, como sucedió, lo temido por el comandante del buque, quedaría la cañonera, ¡único buque de guerra de la República! embotellado en aquel peligroso puerto.

            Vale la pena anotar que esta eventual ocasión, que nada tenía de imposible, como sucedió, repito, nunca se tuvo en cuenta sin embargo por los directores de la guerra.

            Por cualquier evento, todas las noches, de orden del Comandante Militar, un oficial de la cañonera, con seis marineros armados a máuser, después de arriado el pabellón, embarcaba en la lanchita “Itapebí” del servicio del resguardo local, recorriendo la costa hasta la barra del “Daymán”. Había noticias del posible pasaje a nuestras costas, de una expedición revolucionaria preparada en la costa argentina a inmediaciones del “Yeruá”, no solamente a vista y paciencia de aquellas autoridades, si no que se afirmaba por aquellos días, que merecían cierta protección.

            Finalmente, el día 6 de Febrero, de 1904, se pudo comunicar a Montevideo, que habiendo crecido el río, nos daba paso el “Corralito” peligroso alto fondo a dos millas aguas abajo del puerto del Salto, y entonces, vino la respuesta Oficial, ordenando bajar inmediatamente el río, haciendo rumbo directo a Nueva Palmira, a fin de establecer, decía la orden, un riguroso bloqueo a este puerto del litoral, y a toda la costa del Uruguay desde Carmelo, hasta la boca del Río San Salvador, pues desde tiempo atrás, esta zona de los departamentos de Colonia y Soriano, estaban virtualmente a merced de las fuerzas revolucionarias al mando de los Jefes blancos Gabino Valiente y Tomás Pérez, los cuáles cobraban contribuciones y utilizaban el puerto de Palmira, que en esos días precisamente, cargaban trigo para la exportación.

            La orden de movilizarnos, con nuestro buque aguas abajo fue recibida por la dotación con verdadero júbilo y franco entusiasmo, pues todos estábamos deseosos de tomar una parte más activa a fin de terminar la contienda que venía asolando al país. Y la vieja “Tactique”, enfiló su proa de dura y gruesa “roda” rumbo al Sur, a buena velocidad, pues la corriente favorable, las ventajas de su ancha y redonda popa bien hundida en el agua, favorecía notablemente su rápida marcha.

            Sin embargo, pese a que había crecido el río, y la escala de la estación del puerto de Salto, marcaba agua para el calado de la “Suárez”, aquella no fue lo suficiente para impedir, que al franquear el irregular paso del “Corralito” la ancha quilla de la cañonera, se deslizara sobre una gran piedra del estrecho paso, en cuya circunstancia el casco levantado a buena altura, perdió la estabilidad al caer al agua con un pronunciado balance de babor a estribor que duró algunas millas en su rápida marcha aguas abajo.

            Revisada de inmediato la sentina de popa a proa, para localizar alguna probable avería, nada anormal acusó el duro casco de la antigua “Tactique” construida en Francia el año 1863, certificó la excelencia de fábrica a pesar del fuerte arrastrón sobre las piedras del paso del Corralito.

            En las primeras horas de la tarde, llegóse a Paysandú, donde se fondeó por breve momentos para desembarcar al 2° comandante Antonio Magdaleno, que por Orden Superior, debía seguir a Montevideo.

            Concluida esta operación, viróse el ancla y se prosiguió la navegación rumbo al Sur en demanda del Puerto de Nueva Palmira, alcanzado el día 10, manteniéndonos sin fondear, iniciando desde este momento, una celosa vigilancia desde Punta de Chaparro a la Isla del Juncal.

            En esta vigilancia, continuada por los días y las noches, una mañana atracó a nuestro costado el vapor nacional “Ingeniero”, recientemente armado en guerra, venía a órdenes del capitán de marina Braulio Valverde, y trasbordó a nuestra cañonera, al teniente 1° de marina Eduardo Muró, que había sido nombrado 2° comandante de la unidad.

            Desde el día 10 de Febrero de 1904, empieza para la dotación de la “Suárez”, su verdadera actividad bélica frente al enemigo levantado en armas contra los poderes constituidos, desde el 1° de Enero.

            Los revolucionarios, filiación política nacionalista, tenían fuerzas apostadas en dos puntos estratégicos de la costa, uno, en Punta Chaparro arriba de Palmira, y otro en Punta de Solís, abajo de esta población.

            Teniendo en cuenta, la naturaleza de ambas posiciones, sobre la misma costa del Uruguay, en barrancas muy altas y cubiertas de frondosos bosques, no dejaban de entrañar un grave peligro para la navegación, en especial, para los buques gubernistas que con tanta frecuencia conducían tropas y pertrechos de guerra los cuales, forzosamente tenían que pasar por estos puntos dominados militarmente por las fuerzas insurrectas, en su navegación aguas arriba en busca de los puertos de destino.

            En tales circunstancias, puede suponerse cuál sería nuestra actividad en el continuo servicio de protección y vigilancia que teníamos encomendado, máxime teniendo en cuenta, que durante este primer bloqueo de Nueva Palmira, la “Suárez” era la única unidad de guerra destinada a este servicio.

            De día, de noche, con lluvias, fríos, brumas, pero ininterrumpidamente transcurrían las 24 horas recorriendo la costa y siempre, ¡ojo avizor!.

            Durante las horas de la noche, se navegaba silenciosamente, sin las luces de reglamento a media fuerza de máquina y lo más próximo a nuestra costa que se extendía desde el Arenal, hasta la Isla del Juncal. En una de nuestras acostumbradas recorridas de vigilancia por la costa fondeamos frente a la Isla del Juncal y se arrió un bote que tripulado por el que relata y cuatro marineros armados a máusser, fue comisionado para recorrer el interior de la isla a fin de indagar acerca de las novedades que había en este paraje tan próximo donde merodeaba el enemigo.

            Internados en ella, vieron de pronto aparecer de entre el espeso follaje de aquella exuberante vegetación, dos hombres en actitud pacífica los cuales al acercarse diéronse a conocer como el Agente de Rentas o Correo, Antonio Ragio y el Telegrafista del Telégrafo Nacional Osvaldo Falcón, ambos de Nueva Palmira, los cuales habían logrado escapar, no sin muchas peripecias en una vieja chalana, portando con ellos, al ser la localidad ocupada militarmente por las fuerzas de Valiente y Pérez, los valores de ambas dependencias.

            Estos funcionarios, fueron conducidos a bordo de la “Suárez”, donde permanecieron algunos días, hasta que se recibió orden de trasbordarlos a uno de los vapores gubernistas con destino a la ciudad de Colonia.

            En horas del día, se fondeaba frente a Palmira, más o menos, en el mismo fondeadero donde lo había hecho en Abril del 97 la cañonera General Artigas” cuando fue apresada por un grupo armado de aquella revolución. La gente de a bordo de la “Suárez”, donde había muchos que habían participado como tripulantes de aquella cañonera, recordaban siempre aquel insólito suceso, refiriendo sus detalles.

            Desde el fondeadero palmirense, veíamos con toda claridad las fuerzas enemigas que merodeaban por la costa y muelle local, lo mismo que la operación de traer a la costa para que abrevasen sus numerosas y “flor” de caballadas.

            En más de una ocasión, los oficiales de a bordo, ante perspectivas tan propicias, solían pedirle al comandante Escabini, autorización para hacerles unos disparos de cañón, a fin de inutilizar un elemento indispensable de movilidad, de triunfo tal vez y el único con que contaban estas fuerzas enemigas, pero la respuesta del comandante, fue siempre la misma, “no quiero que me llamen mata caballos”.

            Pasado un tiempo en este bloqueo, donde como se dijo, estaba a cargo únicamente de la cañonera “Cañonera Suárez”, un buen día, vino a ponerse a órdenes del comandante Escabini, el vaporcito “Cuestas” armado en guerra, cuyo comando, como si faltaran marinos, lo desempeñaba un Mayor de Infantería apellidado Mancebo.

            El buque, se le destinó a recorrer la costa desde Carmelo a Punta del “Dorado”, por el canal de adentro, y el cual, debiendo regresar cada día a entregar novedades, proveería también a la “Suárez” de carne fresca que adquiría en alguna estancia de aquellos parajes, que no estuvieran bajo el control de las fuerzas contrarias.

            Varias veces, fue el “Cuestas” sorprendido por el fuego del enemigo emboscado en algún punto estratégico de la costa cuando el vaporcito se acercaba en su recorrida y hasta llegó a tener algunos heridos, entre ellos el cocinero del buque, que fue herido en la cabeza. Cierta noche, en una de nuestras acostumbradas recorridas silenciosas, siendo las 11 horas p.m. y navegando aguas arriba, al enfrentar a Punta Chaparro, fuimos sorprendidos por cerradas descargas de fusilería disparadas desde lo alto de la barranca, tal vez, no sea del todo acertado, decir sorprendidos, pues siempre esperábamos un ataque de las fuerzas revolucionarias, tan estratégicamente colocadas en aquella alta barranca.

            El acto de esta agresión, se contestó de a bordo con fuego de ametralladoras y fusilería en forma tan enérgica, que se silenciaron los fuegos del enemigo, y para comprobarlo, se hicieron de ex profeso, varias pasadas con el buque aguas arriba y aguas abajo, sin que nuevamente se sintieran.

            Continuamos esa noche, nuestra habitual recorrida hasta llegar al través de la Isla del Juncal, y al regresar ya aclarando el día, en lugar de fondear en Palmira como era habitual, hicimos de nuevo rumbo a Punta de Chaparro.

            Apenas la cañonera, enfrentó a la barranca, una nutrida sucesión de descargas de fusil hizo blanco en nuestro casco y arboladura, pero como ésta se encontraba desde el principio de la guerra “recalado”, no ofreció peligro de caer a cubierta alguna verga o pico, al ser alcanzada por las balas la cabullería de la maniobra.

            De inmediato, contestóse al fuego, esta vez, usando los cañones de la batería de estribor, que fueron cargados con botes de metralla y granada. Al enfrentar a la pirámide que conmemora el desembarco de los “Treinta y Tres”, derribamos rápidamente, y de nuevo, se enfrentó al enemigo, pero esta vez, como la marcha era aguas abajo, se dispararon los cañones de la batería de babor, el andar de la cañonera, de ex profeso, era muy lenta, y al enfrentar mismo a la barranca, el comandante, paró la máquina, y en esta forma, se siguió combatiendo, constatándose un impacto de nuestra artillería, cuando se vió claramente desde a bordo, que una casa de material, próxima a la costa, pero entre el monte, desde donde se nos hacía fuego encarnizadamente, volaban las tejas de su techo, y caía un mojinete poco después.

            Pasado esto, el enemigo, apagó sus fuegos, visto lo cual, seguimos navegando hasta fondear en el paraje de costumbre, donde el personal de a bordo, se ocupó de la limpieza de los cañones, fusiles y ametralladoras usadas en el tiroteo, así mismo, el personal especializado procedió a la recorrida de la cabullería y maniobra firme del aparejo, cambiando las partes dañadas y el carpintero y su ayudante taponeó la obra muerta donde las balas cruzadas con el enemigo habían averiado levemente.

            Serían las dos de la tarde, cuando el centinela del puente, interesante y veraz coincidencia, que quiero recalcar para los que hayan leído el asalto y apresamiento de la “Cañonera Artigas” y recuerden detalles, el nombre de aquel muchacho llamado Nicolás Duque, que también era el centinela apostado cuando el paylebot “República Triunfante” abordó a la “Artigas” que sorprendido tal vez por el combate desarrollado en la cubierta de la cañonera, se arrojó al agua abandonando el puesto, pero en esta ocasión, Duque no se tiró al agua, sino que gritando con enérgica voz, como manda el reglamento, dijo: -¡cabo... de... guardia una embarcación con dirección a bordo!

            Se trataba de una ballenera que se había desprendido del muelle de Nueva Palmira, como se ha dicho en poder del enemigo, que izaba en su único palo, una bandera de “la Cruz Roja”.

            Al permitírsele atracar al buque, subieron a bordo el Vicecónsul Español, el de igual clase Argentino, el Dr. Murgia, médico del pueblo, y otros vecinos, que venían en la piadosa misión de socorrer a los heridos, que suponían habíamos de tener como resultado de los recientes combates.

            Al comunicarles que a bordo no los había, se retiraron nuevamente, no sin que antes uno de ellos, dijera confidencialmente al comandante, que los revolucionarios, habían tenido once heridos y probablemente un muerto”.

            Así transcurrían estos días, de nuestra vigilancia en las costas de Palmira, tiroteándonos todos los momentos en que en nuestra lenta navegación se pasaba frente a las guardias apostadas en los parajes indicados, pues jamás nos molestaron desde el pueblo. Se les había advertido por lo demás, que al primer disparo que hicieran desde esa localidad, se les bombardearía sin consideración alguna, como a cualquier otro enemigo, y nuca lo hicieron pues.

            Una tarde, al pasar en recorrida por debajo, y muy próximo por así indicarlo el canal, de la alta barranca, donde está la pirámide recordatoria de Solís, fuimos tiroteados encarnizadamente, por las fuerzas allí estacionadas, contestando la “Suárez”en debida forma.

            Vaya también, para amenizar en algo este historial, una anécdota que corrió a cargo de Matías Abril, mozo de cámara del comandante. Matías, influenciando sin duda por el estricto cumplimiento del horario interno, al marcar el reloj las 3 horas p.m. que era la reglamentaria para servir el té a los Oficiales subió al puente de mando, y dirigiéndose al comandante Escabini en el preciso momento que las balas enemigas cruzaban el puente en mayor proporción, tranquilamente, con su palabra seceosa le dice: “¿le sibo... el té... señod... comandante?” es de suponer la contestación que recibió el bueno de Matías...

            Otra: en ese mismo momento de este tiroteo, el Sub-Tte. José Aguiar, tomando bien la puntería con su ametralladora de 25 mm. instalada en la toldilla a un grupo de revoltosos que vestidos de blanco y agitando banderas del mismo color, estaban trepados de pie en las viejas fortificaciones, hecho el disparo no se vio ninguno de pie, dando motivo esta incidencia, para que la tripulación que apostada desde el castillo y la toldilla, hacían nutrido fuego, prorrumpieran en estruendosa gritería de entusiasmo.

            Cabe pregunta, ¿se tiraron prudentemente detrás de aquellas fortificaciones de espesas paredes de piedra?, ¿o cayeron definitivamente?, no lo supimos entonces, pero debió ocurrir lo primero, pues de lo contrario la cosa hubiera trascendido seguramente.

            Una noche, en nuestra habitual navegación río abajo, avistamos un gran vapor, que navegaba de vuelta encontrada rumbo al Norte, es decir Uruguay arriba, el cual, al enfrentar a la Boca del Bravo, apagó todas las luces.

            De inmediato, se tocó a bordo zafarrancho de combate haciendo proa al barco fantasma, al aproximarnos sentimos el murmullo de la gente que conducía, y ya puestos a través, reconocimos que se trataba del vapor de la carrera “París”, que al ser interrogado con el megáfono su Capitán, dijo ir al puerto de Paysandú, conduciendo por orden del Gobierno, los batallones 1° y 2° de Policía de la Capital.

            Se le advirtió que la tropa, debía retirarse de cubierta y en especial de la banda de estribor, guardar el mayor silencio navegando recostado al veril del canal argentino, pues desde Punta Chaparro, podían tirotearlos al aproximarse.

            La cañonera por su parte, navegó al costado del “París”, sobre costa Oriental, pronta a responder con su artillería cualquier agresión enemiga. La maniobra tuvo éxito, llegando el “París” a destino sin novedad. (Se recuerda al lector, que por aquellos días no existía la telegrafía en nuestros buques, por lo que no pudimos ser avisados anticipadamente del paso de este vapor con fuerzas armadas).

            Otra noche del mes de Marzo, encontrándonos fondeados frente a la Boca del Bravo, atracó a nuestro costado, el vapor “Ingeniero”, cuyo comando, continuava ejerciendo el capitán Valverde, transbordándose de su bordo, a la “Suárez”, el señor Luis Mongrel y un señor Olivera, los que de inmediato, penetraron en la cámara del comandante conferenciando extensamente, resolviendo así mismo, pernoctar a bordo y despachar el vapor “Ingeniero”.

            Permanecieron dos días de huéspedes del comandante, hasta que nuevamente, el “Ingeniero”atracó a la “Suárez” y los llevó.

            A propósito de esta visita de Dn. Luis Mongrel a la cañonera, el año 1904, añadiré que dos días después, recibió el comandante Escabini orden de abandonar el bloqueo de Nueva Palmira y seguir luego con su unidad, hasta el Salto, donde debía ponerse a las órdenes del coronel Carlos Gaudencio, Comandante Militar de este departamento y los de Paysandú y Río Negro.

            Aunque desde luego, no correspondía sino obedecer, cauzó cierta extrañesa lo inopinado de lo dispuesto.

            Aquí, reanudo el historial, añado que, al pasar frente a Paysandú, fuimos detenidos por la falúa de la Capitanía de este puerto, de la que al atracar a nuestro costado, subió a bordo el coronel Gaudencio y algunos ayudantes.

            El mencionado coronel, de inmediato impartió la orden de seguir la navegación aguas arriba en demanda del puerto del Salto.

            Al otro día después de las 12 horas fondeamos en el puerto de destino, donde desembarcó Gaudencio y sus ayudantes.

            Dos días después, nuevamente embarcamos al propio Comandante Militar con los suyos regresando enseguida a Paysandú, allí fondeamos en las primeras horas de la noche.

            Al otro día, nuevamente navegamos aguas arriba, fondeando en el puerto del Salto en las últimas horas de la tarde, procediéndose de inmediato a embarcar a bordo el armamento y pertrechos de guerra procedente del “parque revolucionario” tomado por las fuerzas gubernistas, al cabecilla insurrecto Abelardo Márquez, sobre el arroyo “Guayabos”.

            Cargado con este material bélico, nuestro buque, inició viaje aguas abajo descendiendo el Uruguay, hasta fondear en el puerto de Colonia, donde por orden Superior, fue reembarcado en los vapores “Cacique” y “Corsario” que lo condujeron a Montevideo.

            Después de permanecer unos días en este puerto, zarpamos aguas arriba, remontando el río, hasta la ciudad del Salto frente a cuya capital fondeamos.

            Pocos días permanecimos en este fondeadero, pues una noche, después de embarcar algunas fuerzas militares, seguimos aguas abajo, fondeando en Paysandú.

            El día 3 de Junio, se incorporaron a órdenes de la “Suárez” los vapores “Cuestas”, “Corsario” y “Tangarupá”, pequeños buques armados en guerra.

            En ellos, lo mismo que en la “Suárez”, se embarcaron en la noche de ese día, bajo una lluvia torrencial las fuerzas de la División del departamento de Artigas al mando del coronel Igidio Ramos el Batallón 3° de Guardias Nacionales (G.N.) de Montevideo, a órdenes del comandante de G. N. Antonio Bachini una vez terminada la maniobra de embarque, de este importante contingente militar, y distribuidos convenientemente en los distintos vapores, la “Suárez” inició su marcha aguas arriba, con los demás buques que componían la escuadrilla siguiendo sus aguas.

            La cañonera por su parte, conducía a casi todo el batallón 3° de G. N. con sus jefes y oficiales. La noche se presentó fría y lluviosa, con rachas huracanadas, y como la impetuosidad de la corriente formaba remolinos por la proa de las embarcaciones del convoy, vióse considerablemente demorada la marcha.

            La carga humana de la “Suárez” era tal, que no se podía libremente dar un paso, pues por todos los sitios del buque, cubierta, castillo, toldilla, sollado y cámara de oficiales se tropezaba con los soldados ciudadanos del 3°, acomodados por estos lugares como podían tratando del mejor modo de guarecerse de la torrencial lluvia que nos acompañó todo el viaje. Para paliar en algo la lluvia, se habían largado los toldos en la toldilla, alcázar y conves. Recién a las 3 horas de la tarde dio anclas la escuadrilla en las proximidades del puerto del Salto, para proceder de inmediato en la tarea, no fácil, de desembarcar los contingentes. A esas horas como en las del embarque en Paysandú y en las del viaje, sufríase una lluvia que por momentos convertíase en torrencial.

            El día 6 de Junio nuevamente navegamos, pero en esta ocasión aguas abajo en demanda del puerto de Paysandú, allí fondeamos en las últimas horas de la tarde, y la misma noche, recibimos orden de emprender nuevo camino, pero otra vez aguas arriba, hasta que fondeamos en Guaviyú, donde embarcó un destacamento de las fuerzas del Salto, que al mando del Capitán de G. N. Juan Pivel custodiaba el paraje, para luego seguir al Salto donde lo desembarcamos.

            El día 7, hubo orden de poner la proa aguas abajo rumbo a Paysandú; allí fondeamos en las primeras horas de la tarde, recibiendo a bordo al coronel Gaudencio quien viajó con nosotros hasta Fray Bentos donde permanecimos dos días, para regresar a Paysandú.

            Así, en este continuo ir y venir aguas abajo y aguas arriba, un día hallándonos fondeados en nuestro bien conocido puerto del Salto, supimos ser un día fausto para la causa constitucional.

            Ese día 2 de Setiembre, libráse la dura batalla de “Masoller” en que fue mortalmente herido el caudillo blanco Aparicio Saravia, circunstancia accidental pero que vino a significar la conclusión de la guerra civil, que llamamos del año 4.

            La “Suárez” entonces regresó a Paysandú y ajustada la paz de la República en forma definitiva, tornóse de nuevo a los trabajos interrumpidos, reemprendiendo el dragado y estudios hidrográficos en el importante Paso del Almirón, que se habían abandonado para empuñar las armas.  

            La cañonera, con su veterana dotación de guerra, quedaba incorporada a sus pacíficos trabajos auxiliares de utilidad pública, abandonándose definitivamente la etapa de aquellas continuas navegaciones de los días bélicos y todo lo que por espacio de diez largos meses había constituido nuestra única preocupación”. (2) 

            En cuanto a la posición del Gobierno de la República Argentina, así se expresa el Dr. José Romeu, Canciller uruguayo por carta de 18 de agosto de 1904, al Dr. Eduardo Acevedo Díaz, Jefe de la Delegación uruguaya en Washington D. C., Estados Unidos de América, según registro en el Tomo XXXVI de la Revista Histórica del Museo Histórico Nacional: 

            “Podría demostrar la complicidad de la Rep. Argentina con sólo referir algunos de los sucesos que se repiten a cada momento. El vapor “Paulita”, por ejemplo, llega a Concordia con dinamita y municiones para los revolucionarios. Denunciada y comprobada la existencia de los cajones que contenían aquellos artículos y puesta a bordo la correspondiente guardia, recorre el vapor una cuadra río abajo, desembarca el contenido de los cajones que es recibido y transportado por carros de la municipalidad en uno de los cuales se pone bandera roja porque conducía la dinamita; y siguen los pertrechos tranquilamente su viaje por ferrocarril, previa transformación del contenido de los envases, que habían quedado a bordo, convertidos desde ese momento en cajones de ferretería.

            Más tarde el mismo vapor “Paulita” fue a fondear en el Río de la Plata frente a Banco Chico a la espera de un gran lote de municiones y armas que había de trasbordar desde unas lanchas ocultas en el riacho más allá de la Plata. Al concluirse el trasbordo y pronto el “Paulita” para zarpar, envía el Gobierno Oriental el vapor “Toro” al Guazú para denunciarlo en cuanto pasara, o para apresarlo si pasaba al Uruguay en aguas orientales. Aparece entonces un vapor de la Prefectura Marítima de Buenos Aires apresa al “Toro” y lo remite a la dársena por el tiempo necesario para que el “Paulita”pase por aguas argentinas al Guazú y Paraná, hasta desembarcar en Puerto Ruiz, desde cuyo punto se remite el contrabando de guerra por ferrocarril a Concepción del Uruguay, Concordia y Caseros, a pesar de todas las denuncias y protestas de nuestro agente diplomático. Ese parque fue el que, pasado por Santa Rosa, y transportado por Abelardo Márquez, cayó en poder de las fuerzas legales en Paso Guayabos de Arerunguá.

            Más recientemente en la dársena, frente al cuartel de bomberos, el paylebot “Giardini”y la goleta “Quinto a Mare” cargan importante material bélico. Correctamente despachados para Port Stanley (Malvinas) salen ambos buques remolcados por el vapor “Hilda”; pero en lugar de dirigirse al Sur, hacen rumbo a las islas de San Fernando, donde completan su carga y siguen aguas arriba hasta Gualeguay, donde es detenido el armamento por un funcionario de aduana, quien en presencia del inspector del Resguardo y con todas las formalidades del caso, hace constar el contrabando de guerra, colocado ya en vagones a punto de marchar. Detenido y comprobado, no pudo menos el Gobierno Argentino que ordenar su traslado al arsenal de guerra. Como los vapores de la Prefectura no inspirasen a nuestro ministerio suficiente confianza, pidió fuera no transportado ese contrabando por un buque de la armada. Hízolo la “Maipú”, que atracó a la dársena a su regreso. Esperábase el desembarque, cuando, con el pretexto de que la “Maipú” debía desempeñar otra comisión, atraca a ella “El Argentino” de la prefectura, trasborda el material y desaparece de Buenos Aires después de haber permanecido dos días en riguroso aislamiento. Súpose poco después que “El Argentino” había desembarcado material bélico en Concordia, de donde fue trasladado en zorras al campamento de San Carlos y entregado al Comandante Bravo, jefe de un regimiento allí destacado y conocido por sus vinculaciones saravistas. Protestas de nuestro Ministro, explicaciones del Gobierno según las cuales el armamento de San Carlos no era el de Gualeguay, exhibición del recibo expedido por el jefe del Arsenal haciendo constar la entrada, etc., etc., incluso declaraciones del mismo Presidente Roca! Nuestros agentes, entre tanto, a pesar de la vigilancia extraordinaria ejercida después en San Carlos, descubren que los cajones allí depositados tienen las mismas marcas y dirección (Malvinas) que los del “Giardine”. Ellos son los que en estos momentos recibe la rebelión, por más que se haya querido dar a entender que tenían otro destino.

            La parcialidad argentina ha llegado a tal extremo que las autoridades de Caseros, al ser tomada Santa Rosa por los revolucionarios retirándose la guarnición legal en dos vapores y dos chatas, pretendieron incautarse de esas embarcaciones para cederlas a los revolucionarios, o, cuando menos, para que quedasen a disposición de éstos; y más tarde las mismas autoridades intimaron a esos buques saliesen de aguas argentinas, negando así a embarcaciones al servicio del Gobierno Oriental el derecho de navegar en aguas abiertas a la navegación de todas las banderas. Ese desconocimiento inaudito del derecho de un país ribereño motivó como es consiguiente, enérgica protesta y órdenes especiales del Gobierno a aquellas autoridades. Pero tal estado de cosas no puede continuar”. (3)           

            Continúa el Canciller uruguayo: 

            “Estados Unidos, por otra parte -Ud. puede apreciarlo mejor que yo- se encuentra en situación especial para ejercer la influencia benéfica y elevada del hermano mayor respecto de las naciones de Sud América. “Su Gobierno -así me lo ha repetido a menudo Mr. Finch- no anhela extensión de territorio ni desea intervenir en las cuestiones internas de cada una de estas repúblicas; pero no permitirá que en ellas intervenga ninguna otra potencia”. Y éste es el caso: tengo la más profunda convicción de que la presencia de un buque americano en nuestras aguas y la más leve insinuación que por parte de Estados Unidos se hiciera a la cancillería argentina darían los más proficuos resultados y elevarían el concepto de que a justo título debe gozar esa nación en la región del Plata”. (4) 

            En la misma carta el Canciller uruguayo transcribe el telegrama que el Ministro de los Estados Unidos de América en el Uruguay, Mr. William R. Finch, dirige a su Gobierno y agrega sus consideraciones al respecto: 

            “Uruguay está seguro que la revolución no hubiera durado dos meses si no fuera por la ayuda de vecinas repúblicas y confía poder sofocarla dentro de un mes si ésta descontinuara. Uruguay no pide ni espera ayuda. Suficientes recursos a mano. No hay negociaciones de paz pendientes. Presidente cree influencia moral de amistad Estados Unidos expresada en alguna forma o demostrada de alguna manera sería efectiva para que los vecinos fronterizos no ayudaran más a los insurrectos. Un buque de poco calado podría hacer viaje amistoso de observación Montevideo a Paysandú y volver, conocer la actual situación sin ofender a nadie”. Y continúa el Canciller uruguayo:

            “Como es lógico esto se refiere principal y casi exclusivamente a la Argentina. El Brasil acentúa cada vez más su neutralidad.

            Tiene Ud., pues, base para su actuación y espero sus noticias persuadido de que cualquier demostración de este gobierno tendrá influencia notable en los sucesos del porvenir.

            Con las expresiones de su amistad y consideración que hace extensivas a sus hijos y secretario lo saluda afectuosamente. José Romeu”. 

            Con referencia al telegrama del Ministro estadounidense Mr. William R. Finch al Secretario de Estado John Hay, la Armada de los Estados Unidos informará a este de inconvenientes de orden práctico, ya que “… no hay ningún barco de ningún tipo más cerca que el Cabo de Buena Esperanza”. 

            Sin embargo el biógrafo estadounidense Milton Vanger en su libro “José Batlle y Ordoñez” anota que el Ministro Finch estaba tan seguro del éxito de la solicitud que “… el 19 de agosto el consulado norteamericano de Montevideo anunció la inminente llegada de una escuadra naval”. 

            “… Herido de muerte el general Aparicio Saravia en el atardecer del 1° de setiembre, en momentos en que tenía prácticamente ganada la durísima batalla de Masoller, la noticia del hecho corrió como centella por el ejército revolucionario produciendo confusión y desánimo … 

            Al respecto, Saravia desoía burlonamente la advertencia constante de sus íntimos acerca del fácil objetivo que representaba para un buen tirador (sintomático que minutos antes de caer herido, su caballo recibiera un balazo en la paleta), con su gran sombrero blanco, precediendo en un par de metros a la bandera nacional desplegada por su abanderado, mientras recorría las primeras filas animando a sus hombres con su voz y su presencia. 

            Cabe preguntarse entonces –si Saravia con una cuota razonable de prudencia hubiese sobrevivido a Masoller y así acrecida la chance de la revolución- ¿qué papel habrían desempeñado los cuatro cruceros de la U.S. Navy en su tarea de patrullar el Río Uruguay y controlar el pasaje de armamentos? Puede que la nave capitana del contralmirante Chadwick, el crucero “Brooklyn” (9.915 ton., 618 hombres y 20 cañones) no hubiese podido por entonces internarse por aguas jurisdiccionales uruguayas más allá de Nueva Palmira o Fray Bentos; no así el “Atlanta” (3.000 ton., 300 hombres y 8 cañones), el “Castine” (1.117 ton., 158 hombres y 8 cañones) y el “Marietta” (1.000 ton., 150 hombres y 6 cañones). 

            … Aquel dedo de nacionalidad incierta que apretó un gatillo en la fría tardecita de Masoller obvió toda especulación al respecto. Desembarcados en nuestro puerto, los “marines” desfilaron desde la Aduana por la calle Sarandí hasta la plaza Independencia, realizando una ceremonia ante la estatua de Joaquín Suárez, que era la que se levantaba entonces donde hoy está la de Artigas. Según EL SIGLO (11-10-904), la flotilla abandonó nuestro puerto el día anterior. Por gentileza del historiador amigo Rafael de Santiago, sabemos que el “Brooklyn” se dirigió a Puerto Belgrano para ser carenado, mientras los barcos menores lo hicieron hacia Buenos Aires para saludar el día 12 la asunción a la presidencia del Dr. Manuel Quintana, sucesor de Roca” (5)   

El 7 de setiembre, Batlle recibió la confirmación de la muerte de Saravia. Un amigo suyo,  Pedro Figari, encargado de la asistencia médica a los ejércitos del gobierno y más tarde famoso pintor, estaba Batlle cuando llegó la noticia. Figari vió lágrimas en los ojos del Presidente, y en su libro "El manuscrito político 1910 - 1911", escrito en Montevideo, en 1911, registró que le oyó decir: "¡Pobre hombre! Lo han llevado al sacrificio las pasiones políticas, y era un gaucho bueno". 

Otro acaecimiento que protagoniza el ámbito fluvial en este caso el Río Uruguay, es con referencia al ataque y defensa de Santa Rosa del Cuareim, 19 de agosto de 1904, a cargo del jefe de la Plaza, teniente Coronel don Leonardo T. Vila, localidad esta situada en la confluencia del Cuareim con el Uruguay, el citado jefe expresa: 

            “Al tener conocimiento de que los revolucionarios se proponían atacar la plaza y que mi vanguardia, cambiaba los primeros tiros con ellos, puse el hecho en conocimiento del Comandante Militar por medio del siguiente telegrama: -<<Monte Caseros, Agosto 19.- Mis avanzadas dos leguas de aquí, se tirotean con fuerzas insurrectas, defenderé esta plaza hasta quemar el último cartucho>>”. (6) 

            El combate fue muy cruento para ambas fuerzas por lo que: 

            “En la imposibilidad de continuar la defensa, tanto por falta de munición, como por haber la escasa guarnición perdido más de la mitad, entre muertos y heridos en el combate que acababa de terminar, y de verme en el caso de iniciar nueva acción con fuerza muy superior en su mayor parte de refresco, dispuse la retirada hacia el puerto, impartiendo la orden por intermedio del único ayudante que me quedaba, pues los demás yacían muertos o heridos, capitán Agustín Rodríguez, valiente oficial de G.G. N.N. que pereció al trasmitirla.

            Confié el delicado encargo de proteger la retaguardia al hoy mayor don Ricardo Ramos. Con la debida anticipación ya había hecho alistar los vaporcitos “Satélite” y “Manduvirá” y una chata”.

               “Al llegar a la ciudad de Monte Caseros, creí que sería recibido por las autoridades locales, sino con atención, al menos con la consideración que se deben entre sí autoridades dependientes de dos gobiernos amigos, legalmente constituidos; más apenas pisé la tierra hermana comprendí mi grave error, pues de inmediato el sub-prefecto señor Pereira me manifestó: Que sólo me permitiría desembarcar los heridos y tomar víveres, debiendo de inmediato retirarme de aguas argentinas”.

            “... poco después me retiré de la ciudad de Monte Caseros, en virtud de notificación que se me hiciera por el sub-prefecto, pués aún que conocía perfectamente mi derecho, no quería ser causa de complicaciones, en momentos de por sí difíciles, por lo que me trasladé a una isla correntina, distante algunos centenares de metros de la ciudad de Monte Caseros.

            Poco hacía que me encontraba en la referida isla, cuando recibí la visita de un oficial de marina acompañado de dos soldados, el que me notificó, a nombre del antes referido sub-prefecto <<tan profundamente conocedor del derecho internacional de las leyes de la guerra y del derecho de hostilidades, de que me retirase de aguas argentinas o que me desarmase>>.

            Contesté el mensaje en términos adecuados, y guiado siempre del propósito de evitar complicaciones, me trasladé a una isla brasileña que tenía en frente, próximo a la cual se hallaba fondeada la cañonera de la república hermana <<Vidal de Negreira>>.

            Apenas llegado a la isla, fui gratamente sorprendido por una amable comunicación del distinguido y pundonoroso comandante Cortés, jefe de la referida cañonera, concebida en los siguientes términos: <<En la barra del Cuareim está fondeada la cañonera “Vidal de Negreira”, enviada por mi gobierno para hacer respetar la neutralidad de nuestro país, y verificar las complacencias con los revolucionarios por las autoridades argentinas>>. Lo que fue fácil comprobar por sí mismo, presenciando el incalificable pasaje de armamento y toda clase de municiones para la revolución; hecho llevado a cabo en las primeras horas de la mañana del día 25, a vista y paciencia del vecindario de ambas poblaciones, en botes en que flameaba la bandera Argentina, escoltados por fuerzas de la revolución, a cuyo efecto habían pasado el río el día antes, llevándose todo esto a buen término, sin el menor tropiezo, como si se tratara del acto más legítimo de la vida normal de dos naciones amigas; siendo en realidad un acto de hostilidad al gobierno de la República. (7) 

            Nos referimos al Capitán Ingeniero Naval don Juan Manuel Calveira Calpino quien: 

            “Durante la Revolución de 1904 sus servicios son requeridos, pero para una actividad hasta ahora diferente, comandar los vapores “Lavalleja”, “Conte Kalnoki”, “Cacique” e “Ingeniero”. Con el “Lavalleja” patrulló los ríos de nuestro litoral oeste y navegó por las costas atlánticas atracando en la Paloma y fondeando en varias oportunidades al reparo de Gorriti en Punta del Este. Con el “Conte Kalnoki”, patrulló el río Uruguay en proximidades de Palmira, vigilando las bocas del Paraná. Normalmente se navegaba de noche en procura de impedir el tráfico en apoyo al Partido Nacional, observando una rigurosa vigilancia en atención a las informaciones que continuamente circulaban de que existía la intención de hacer volar alguno de los buques empleando granadas de mano. Los revolucionarios nacionalistas se habían apoderado de Palmira y aun cuando su número era exiguo no permitían la recuperación del pueblo, permanentemente efectuaban cargas de fusilería desde el muelle hacia los buques, obligando a estos a tener que fondear o mantenerse fuera del alcance efectivo de las armas. Calveira reiteraba sus solicitudes de autorización para realizar un desembarco a fin de desalojarlos, cosa que siempre le fue negada, también navegó hasta el puerto de Río Grande. Con el “Cacique” trasladó municiones y apoyos a los Ejércitos de Paysandú, con el “Ingeniero” trasladó prisioneros y realizó varias navegaciones.

            También comandó el vapor nacional “Rayo”, y así lo registra el “Libro de Novedades” de la Isla de Flores, cuando informa que siendo las 9 y 30 p.m. del 23 de julio de 1904 arriba el citado buque al mando del capitán don Juan Manuel Calveira conduciendo 15 nuevos presos políticos, además de correspondencia y provisiones, regresando a las 10 y 30 p.m. con el practicante Sr. Aranguren y correspondencia”. (8) 

            La isla de Flores fue lugar de detenidos políticos desde enero de 1904, luego que el Presidente Batlle declarara “estado de guerra” con el objeto de combatir la Guerra Civil que duró nueve meses. 

            “Los pabellones donde moraban los presos, eran de madera ardidos por la humedad, llenos de moho y en un estado de bastante deterioro sin mueblaje alguno; el edificio de material existente también en la tercera isla era ruinoso.

            Todo allí era sórdido y repelente.

            Los desterrados en la tercera isla eran pocos y vigilados, rigurosamente.

            Se espiaban las más inocentes conversaciones que sosteníamos.

            El frío era intenso en los galpones destinados a leprosos. Corrían los días de julio de 1904 y todas las noches soplaba un viento tempestuoso. Las ráfagas se sucedían conmoviendo todo y produciendo una sonoridad extraña y violenta, como un rumor de cosas que entrechocaban. Le debemos al mar, a sus olas, a sus cóleras, a sus rugidos, sensaciones de cosas que no se borran jamás de nuestro espíritu.

            Las olas se deshacían impotentes contra las rocas que formaban el contorno de las islas y fueron tales sus violencias, tal la intensidad embravecida, que el espectáculo resultaba imponente. De día circulábamos por toda la tercera isla, gozando de una apariencia de libertad, seguidos de vista por los guardianes; al caer la tarde, nos encerraban en los pabellones custodiados toda la noche. Cada tres o cuatro días llegaba el correo. Las cartas, previa intervención oficial, eran entregadas a sus destinatarios. Los empleados recibían diarios y nos daban noticias de la guerra; con mal contenido júbilo nos narraban la derrota de los nuestros, y la victoria de los suyos, hablándonos de triunfos sobre las hordas de persecuciones, etc. cuyas aseveraciones tenían tanto fundamento como las que ofrecía el diario gubernista al decir que en el ejército nacionalista habían criaturas montadas en potrillos, que resultaron ser en Fray Marcos nenes de colmillo duro.

            Los días transcurrían terriblemente monótonos en espera de un mejor mañana.

            Por casualidad un día pude obtener un diario colorado -oficialista y lo leí deduciendo-. Nada para los nacionalistas. Ni el derecho a su parte de aire y de sol en la tierra nativa. Menos aún su colaboración en la administración pública.

            Era demasiado lo que tenían, era exagerada su coparticipación política desempeñando seis de las diez y nueve jefaturas en que está dividido el gobierno de los departamentos; estos eran feudos que habían que arrebatarlos porque debían y deben y deberán siempre ser perseguidos, para que no peligre la estabilidad del partido de la roja divisa en el gobierno de la República; la que no tiene color según la carta magna; la que no es patrimonio exclusivo de nadie; la que sólo hace distinción del mérito, del talento y las virtudes.

            La comida era infame se reducía a una inmunda colación de fideos de mala calidad. Todos los días se presentaban protestas que nunca fueron atendidas. Una vez al servirse el guiso, se sacó del tacho, una vaina de cuchillo y una chica de tabaco... La indignación fue grande; se llamó al cocinero un bruto y déspota para mostrarle en que forma venía la comida, pero se negó a presenciar los fundamentos de las quejas.

            Al día siguiente al presentarse el cocinero con el rancho, el tacho con su contenido se lo acomodaron de sombrero, lo que dio motivo a la intervención de las autoridades; nunca fue posible conocer quienes eran los autores del hecho, pero algo se consiguió en la mejora de los alimentos.

            En la visita, al ser interrogados los detenidos de cómo los trataban uno contestó: -La comida que nos dan es como para perros. El ministro se concretó a manifestar que tenían la obligación de dar de comer bien, que el Estado pagaba y efectivamente el gobierno abonaba a los proveedores la suma de veinte centésimos diarios por cada detenido. Era mucho pagar!”. (9)

 

            Hasta el final de la Guerra Civil de 1904 se procuró por el Gobierno del Señor Batlle interceptar buques con cargamentos destinados a los nacionalistas como así se expresa en la siguiente nota:

            “República Argentina. Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto. Buenos Aires, septiembre 7 de 1904. Señor Prefecto General de Puertos y Resguardos: La Legación de la República O. del Uruguay ha denunciado á este Ministerio que en el vapor “Rivadavia” que sale hoy para Concordia se embarcaron en calidad de medicamentos varios cajones que contienen explosivos y bombas destinados á las fuerzas revolucionarias.

            En consecuencia, sírvase V.S. ordenar se practique a bordo de dicho vapor una inspección rigurosa para saber si es exacto el hecho denunciado y en el caso de resultar comprobada esa información disponga sean retenidos los cajones que contienen dichos explosivos y bombas, conservándolos en esa Prefectura General hasta tanto el Ministerio disponga lo que considere conveniente. Saludo á V.S. con toda consideración. (fdo) J. A. Terry”. (10) 

            El sistema para construir un puente y transponer un río, era: 

            “Luego de atar la fila de animales en tierra firme, la pasan a nado -seguramente con una yegua madrina en punta- y con ayuda de una maroma de alambre, haciendo de estribo el primer caballo, pues no siempre se contará con yegua adiestrada. Asegurado el primero en la orilla opuesta, se matan todos los que constituyen la fila -posiblemente- como antes dije -de un puntillazo. Así se espera la hinchazón de los cuerpos, que por los gases de la putrefacción, flotan; como aquellas clásicas <<pelotas>> de uso colonial, hechas con cueros y que emplearan el marqués de Valdelirios y el conde de Bobadela, en el famoso encuentro del arroyo Sarandí, del Consejo, en la fastuosa reunión celebrada cerca de Castillos para la primera caracterización fronteriza de los dominios de España y Portugal”. (11) 

            Finalmente una reseña biográfica del Coronel don José María Pampillón, que conlleva un modesto pero justo homenaje: 

            “La foja de servicios recorre prácticamente su vida, pues desde muy joven, casi un niño, soldado a los 14 años en los dramáticos años de la Guerra Grande, empuñó las armas de la guerra, a las que abandonó apenas unos meses antes de su muerte, ocurrida el 18 de octubre de 1905, a los 74 años de edad.

            Durante el gobierno de Bernardo Prudencio Berro fue oficial de guardias nacionales destacándose en la lucha contra el general Venancio Flores y sus aliados brasileños. En el 70, su prestigio de hombre de coraje sin par alcanzó niveles muy altos y tan así fue que Ricardo Hernández lo describió con su pluma diciendo que “cuando el coronel Pampillón se arremangaba el chiripá hasta los muslos y la manga de la blusa hasta el antebrazo, blandiendo en la pelea su formidable lanza, ¿quién se le ponía delante?

            Por 1898 el entonces presidente provisional don Juan Lindolfo Cuestas lo sospechó de trabajos subversivos obligándolo a residir en Montevideo. Por 1904, el Presidente don José Batlle y Ordóñez lo creyó participando de la minoría nacionalista, pero Pampillón no era hombre ni de antesalas ni de “bien ganados descansos”, y refugiado en la Legación Argentina, pasó otra vez a Buenos Aires desde donde -de su propio peculio- organizó una expedición que desembarcando en Nueva Palmira, ante el fuego de los gubernistas que comandaba don Federico Fleurquin, se dispersó sin poderse unir a las fuerzas de Aparicio Saravia.

 

            La figura histórica del coronel José María Pampillón queda para siempre ligada a las páginas más gloriosas de la historia nacional. Su vida tiene jirones de la vida del país y su actuación militar es la evocación de sesenta años de guerra encarnizada y terrible... todos los ecos de la patria lo han vibrado”. Así comenzaba su discurso fúnebre el doctor Leonel Aguirre sobre la tumba recién abierta de José María Pampillón y finaliza su oración fúnebre: “... el jefe ha muerto, el caudillo ha caído, un héroe va a descansar para siempre, un luchador entra en el sueño eterno, un patriota cae en el regazo de esa madre patria, a la cual brindó el entusiasmo más puro de su alma, la savia más preciosa de su cuerpo...”

            Extraordinaria síntesis sobre una figura de tan altos valores en la forja de la patria. (12)

NOTAS 

1)  MARTINEZ MONTERO, Homero, Teniente de Navío (CIME)(R), “Armada Nacional - Estudio Histórico Biográfico”, Club Naval, Montevideo 1977, págs. 236 a 238. 

(2)  OLIVIERI, Carlos A., Capitán de Navío, “Aportes a la Historia de la Marina de Guerra Nacional”, Uruguay, 1952, págs. 188 a 196. 

(3)  REVISTA HISTÓRICA, Publicación del Museo Histórico Nacional, Tomo XXXVI, Montevideo, 1965, págs. 581, 582. 

(4)  Ibidem, pág. 583. (5)  PELFORT, Jorge, “Aparicio Saravia y la frustrada intervención de los “marines yanquis”, RE-VISTA, “Desmemoria” N° 5, octubre – diciembre 94, Buenos Aires, págs. 104 y ss. 

(6)  VILA, Leonardo T., Coronel, “Antecedentes y relación del ataque y defensa de Santa Rosa del Cuareim del año 1904”, Imprenta de la Escuela Naval, Montevideo, 1923, págs. 8 y 9. 

(7)  Ibidem, págs. 11, 12, 14 y 15. 

(8)  FERNÁNDEZ PARÉS, Juan José y SARAVIA, Jorge, “Biografías Navales”, Montevideo, 2002, págs. 254 y 255. 

(9)  ALBA (seudónimo), “Del pasado”, Revista Blanca N° 94, Montevideo, 1917, (págs. sin numerar). 

(10)       TERRY, J. A., “Nota de 7 de setiembre de 1904”, Archivo Histórico del Ministerio de Relaciones Exteriores, Caja N° 29. 

(11)       CAMPOS, Alfredo R., “Diario de un Teniente en la Campaña de 1904”, Montevideo, 1999, págs. 170 y 171.   

(12)       PEREZ, Wilfredo, “Grandes figuras blancas”, Montevideo, 2001, págs.  309 a 312.  

  

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