Historia y Arqueología Marítima

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El Doctor Juan Alberto Eirale y el Vapor Griego “POLYKTOR”

Indice Academia ROU Hist Mar.y Fluvial

Por:JUAN JOSÉ FERNANDEZ PARES   Capitán de Navío (CG) (R)  Publicado en Ciclo de Conferencias año 2003

 INTRODUCCION

El Doctor Eirale nació en Montevideo en 1870. Cursó sus primeros estudios en el Colegio Pío de Villa Colón. A la edad de 12 años fue enviado a Italia donde siguió los estudios, recibiendo el título de Doctor en Medicina y Cirugía en la Regia Universidad de Turín.  En Setiembre de 1900, encontrándose en Milésimo (Génova), durante una  inundación del río Bórmida, se distinguió en un acto de heroísmo consiguiendo salvar a dos mujeres y tres niños. Por esa acción fue condecorado por el Rey de Italia.

El 28 de abril de 1929 llegó a nuestras aguas  el vapor griego Polyktor, cuyo capitán presentaba síntomas de fiebre amarilla, por lo que, dejando al buque aislado, las autoridades nacionales dispusieron que el Inspector de Sanidad Marítima, doctor Eirale, fuera a ratificar el diagnóstico.

Confirmado que fue, la Capitanía ordenó al primer oficial del buque que abandonara el antepuerto y se dispuso que el capitán fuera aislado en el Lazareto de la Isla de Flores, donde falleció pocos días después.

 SUMMARY

Doctor Eirale born in Montevideo, 1870. He studied hisr first studies in Colegio Pío, Villa Colón. At the age of 12, he travelled to Italy, where followed studies, receiving a Ph Degree in Medicine and Surgery in the Regal University of Turín.  In September of 1900, being in Milésimo (Génova), during a flood of the river Bórmida, was distinguished in an act of heroism being able to save two women and three children. For that action it was honored by the King from Italy.

In April 28 1929 arrived to our waters the greek ship Polyktor whose captain presented symptoms of yellow fever.  The the national authorities ordered the isolation of the vesel and designad the Marine Sanity Inspector, doctor Eirale, to ratify the diagnosis.

Confirmed that it was yellow fever, the Port Authorities ordered the ship to leave toward Isla de Flores, in order to get the captain isolated in the Lazaretto, where he died a few days later.


            Nació el Doctor Eirale en Montevideo el 4 de Noviembre de 1870. Cursó sus primeros estudios en el Colegio Pío de Villa Colón. A la edad de 12 años fue enviado a Italia donde siguió los estudios, recibiendo el título de Doctor en Medicina y Cirugía el 18 de julio  de 1898 en la Regia Universidad de Turín. Tuvo por guía a médicos eminentes, algunos de fama mundial, como ser los célebres profesores Bizzósero, Giacomini, Angel Mosso, Pío Foá, Carlos Forlanini, Antonio Carle y César Lombroso. Fue, durante el bienio1894-1895, discípulo voluntario en la clínica del célebre cirujano Antonio Carle, en el Hospital Mauriziano Humberto 1º de Turín,  puesto muy ambicionado, en aquel entonces, y cuyo número se limitaba a dos.

            El 20  de Setiembre de 1900, encontrándose en Milésimo (Génova), el pueblo  de sus padres, durante una grande inundación promovida por la enorme creciente del río Bórmida, que arrastraba en su furiosa corriente árboles, casas y animales, se distinguió en un acto de heroísmo que honró a su Patria. Aventurándose, con riesgo de la vida, en las furiosas aguas del río, consiguió, después de varias tentativas y por la rotura oportuna de un puente, salvar a dos mujeres y tres niños, que se encontraban en una casa amenazada por las aguas. Por esa filantrópica y valiente acción fue condecorado por el Rey Humberto 1º con la medalla al valor civil. Esta clase de condecoración, de muy alto mérito, se otorga en solemnidad pública, en presencia de las autoridades civiles y militares de la localidad, tal vez, en este caso, sea la única que, conquistada lejos de su Patria, pueda ostentar sobre su pecho un ciudadano americano.

Relacionado con mi actuación en el asunto del vapor griego “Polyktor”, mencionado en mi “Biografía”, el diario “La Mañana”, de fecha 28 de abril de 1929, escribe lo siguiente:

            “Se rechazó un enfermo de fiebre amarilla. –ELCAPITAN DEL VAPOR GRIEGO “POLYKTOR” ATACADO POR LA PESTE.- Ayer a las 3 p.m. trascendió que a bordo del vapor griego Polyktor existía un caso, que se suponía era de fiebre amarilla. En efecto, el doctor Capelletti al subir a bordo, comprobó que el capitán del mismo, Spiro Ferentinos, griego, de 37 años de edad, casado, presentaba síntomas sospechosos de hallarse atacado de aquella dolencia. El referido facultativo, que según nos declaró al bajar a tierra, tuvo sus dudas respecto a la enfermedad que atacó al marino visitado, llegó tras un detenido raciocinio a la conclusión de que se trataba de fiebre amarilla, por lo que, dejando al buque aislado, pasó a dar conocimiento al Presidente del Consejo Nacional de Higiene, doctor José Scosería, quien de inmediato dispuso que el Inspector de Sanidad Marítima, doctor Eirale, fuera a ratificar el diagnóstico del joven facultativo”…

            En efecto, fui a bordo y, al hacer las primeras preguntas, el capitán, al mirarme, me reconoció: lo había asistido, dos años antes, por un ataque de enajenación mental. Su voz era ronca, como la de un borracho, fenómeno característico en los enfermos de fiebre amarilla. Presenté un informe, destacando los verdaderos síntomas de la enfermedad, que estaba en su segundo período, precursor de la muerte. Este informe debe estar en el archivo del Consejo N. de Higiene. En la prensa no se completó. Los síntomas, por mí observados, coincidían con los que había verificado, en Río de Janeiro, el Prof. Enrique Claveaux.- Volviendo al diario “La Mañana”.

            “- Trasladado al Polyktor el doctor Eirale verificó que el capitán Ferentinos presentaba los siguientes síntomas: extenuación general, púrpura, vómitos (de los llamados negros), diarrea, retención de orina, hinchazón del hígado, marcado color amarillo en su piel, inflamación de las extremidades inferiores y 39 grados de fiebre, disponiendo, en consecuencia, que la nave levara anclas y se dirigiera a la Isla de Flores, sin permitirle comunicación alguna con gente de tierra, por lo que la dejó completamente aislada, bajando enseguida a informar al Presidente del Consejo de su visita y de los resultados de la misma. – Aprobada por éste la resolución del Inspector de Sanidad Marítima, la Capitanía, enterada de la misma, ordenó al primer oficial del buque que abandonara el antepuerto y pasara a la rada, hasta que el Jefe del Lazareto, doctor Danza, se embarcara en el mismo.

“VIGILANCIA ESPECIAL. –En tanto se producían esas diligencias, el Capitán General de Puertos dispuso que se estableciera un cordón de vigilancia alrededor de la nave griega, con el vapor Lavalleja y una lancha a vapor, embarcaciones éstas, que no dejaron acercar a nadie al buque citado, el que a las 10 p.m., levó anclas pasando a la rada, donde poco después se embarcó el doctor Danza, dirigiéndose la nave a la Isla de Flores.

“RESOLUCION DEL PRESIDENTE DEL C. DE HIGIENE.

- Vista la gravedad del caso el doctor Scosería dispuso que el jefe médico del Lazareto, navegando en el Polyktor se dirigiese a la isla de Flores, para desembarcar al enfermo, quedando el buque aislado de tierra, sin comunicación alguna que no sea la médica, que considere necesaria el aludido facultativo. A la vez se ha dispuesto que el capitán Ferentinos sea aislado en una pieza  del Lazareto a prueba de mosquitos, que se desinfecte el buque en debida forma, tantas veces como sea necesario, y se adopten otras medidas coincidentes con esta.”

“UN CAPITAN DE AVENTURAS.-  El capitán Ferentinos, según se nos informa, hace dos años mandaba el buque griego Odysseus y navegando cerca de nuestras costas, sufrió un ataque de enajenación mental, por lo que su buque derivó hacia Montevideo, siendo visitado, en esa oportunidad, por el doctor Eirale, quien aconsejó su reclusión en una casa de salud, encerrándosele en Buenos Aires, donde permaneció 18 meses lejos de toda actividad. Con el Polyktor realizó el capitán Ferentinos su primer viaje, después de aquel ataque, y como se ve con peor suerte que en el anterior.”

En “la Mañana”, de fecha 30 de abril de 1929: “FALLECIO DE FIEBRE AMARILLA EL CAPITAN DEL “POLYKTOR”.- La autopsia efectuada ayer comprobó el acertado diagnóstico”.

Más tarde, en virtud de ciertas manifestaciones de carácter público alarmante e injustificadas, a las que se había unido la voz de un Senador, mencionando “el auxilio de la Divina Providencia”, tuve que publicar en el diario “El Ideal”,  de fecha 21 de mayo de 1929, para la tranquilidad del público, una extensa exposición, sobre las medidas de vigilancia, rigurosas y continuadas, que la Sanidad Marítima había tomado. La prensa de Buenos Aires las transcribió, no escatimando los elogios, que le merecían e instando a su Gobierno, para que las imitara. Ese mismo artículo publicó “La Mañana”, el día siguiente. Lo transcribiré en parte:

“Señor Director de “LA MAÑANA”.- Para la tranquilidad del público y en honor a la verdad, ruégole quiera publicar las siguientes líneas:

Han sido exageradas las manifestaciones hechas, sobre la mala defensa del país contra la fiebre amarilla. No se ha tenido en cuenta, para nada, la vigilancia continuada y rigurosa, que nuestra Sanidad Marítima, cuya dirección me ha sido confiada hace seis meses, ejerce sobre los buques sospechosos, que tocan el Brasil.

Anticipándose a las autoridades argentinas, el Consejo N. de Higiene, apenas vislumbró el peligro, estableció las severas medidas de defensa que hoy persisten en nuestro puerto y que cualquiera puede constatar personalmente”…

“Con todo eso, nuestras medidas no se alejan mucho de la cuarentena, dada la rigurosidad con que la Sanidad Marítima trata a los buques, que tocan puertos brasileños. Basta darse una vueltita por el puerto, para observar como esos buques fondean a más de cuatrocientos metros de distancia, mantienen la bandera amarilla izada, operan bajo vigilancia sanitaria, y como es imposible que una persona, ajena a las estrictamente necesarias para las operaciones del buque, pueda subir a bordo, sin la autorización correspondiente”…

“Después de una inspección médica rigurosa efectuada a cada buque, no habiendo novedades, sólo los pasajeros para ésta pueden bajar a tierra, donde son sometidos a una nueva vigilancia sanitaria, que dura seis días, empezándose a contar desde la hora del desembarque.

“A igual vigilancia vienen sometidos los estibadores, el personal de la Capitanía, Correo, Resguardo, Agencias, etc., que forzosamente tienen que subir a bordo. Con la misma severidad se trata a los buques de carga, a cuya tripulación no se la permite desembarcar”…

“Un caso evidente de que la vigilancia que se ejercen nuestro puerto resulta eficaz, es el del vapor griego Polyktor, cuyo capitán falleció en la isla de Flores. Ese vapor se dirigía a Buenos Aires cuando, cambiando de rumbo, entró de arribada a nuestro puerto. Llegó de sopetón, pues, no se le esperaba; asimismo, no pudo sorprender la alerta vigilancia de Sanidad Marítima y fue inmediatamente enviado al Lazareto de la Isla de Flores, llevándose a los prácticos, que habían subido a bordo.

“Puede, pues, dormir tranquilamente la población de Montevideo que; no obstante las voces de alarma, a la verdad algo tardías, está bien defendida contra la fiebre amarilla, aún “con el auxilio de la Divina Providencia”

“Saluda muy atentamente al señor Director,

                           Alberto Eirale”

A raíz de esto, el señor Juan Carlos Mendoza publicó en “La Mañana”, de fecha 26 de mayo de 1929, este comentario:

“CASOS Y COSAS DE LA CIUDAD: Salud y turismo.- Pocitos, Mayo de 1929. El Dr. Alberto Eirale, Inspector de Sanidad Marítima, ha puesto las cosas en su lugar, con lo que respecta a las medidas de defensa del país contra una muy remota probabilidad de que fuera invadido por la fiebre amarilla, y ha demostrado que nuestro país, muy respetuoso de las Convenciones Sanitarias Internacionales y especialmente del Código Sanitario Pan Americano, se ha limitado, sin mayores aspavientos, a poner en práctica las medidas pertinentes a la defensa, que el referido Código establece.  Esto es lo justo y honesto”… y sigue, en esa interesante publicación, sus ilustrativos comentarios.

Comenzaré a relatar el episodio, en que honré a mi patria, salvando a dos mujeres y tres niños, que estaban en peligro de ahogarse, por haber quedado en una casa bloqueada por las aguas, durante la gran creciente del río Bórmida del año1900, creciente que fue, según oí, la más grande, que se registró, agravada por la obstrucción del puente viejo.(Existe la marca, que señala hasta donde llegó el nivel del agua).

Me había establecido en Milésimo, con el propósito de ejercer mi profesión. No pensaba volver a mi país, pero lo hice, después,a instancias repetidas de mi padre. Moraba con una tía, en la misma casa, que ella había heredado, conjuntamente con mi madre y sus demás hermanos.

En los días a que me refiero, el tiempo se mostraba tormentoso. La lluvia, que antes caía a ratos, cayó después toda la noche del 28 de setiembre, en forma torrencial, cesando el día siguiente, a eso de las 12. De repente, se oye un rumor sordo, lejano, que aumenta con extraordinaria rapidez: “¡La inundación!”…”¡La inundación que llega”!...- gritaban quienes conocían el fenómeno.

Los que vivían en la parte baja del pueblo se apresuraron a sacar los efectos acumulados en los sótanos y, además, todos los útiles, expuestos a ser deteriorados por el agua. Nos reunimos al extremo Este de la Plaza Italia, cerca de “la roca caída”, que era la parte más alta del pueblo, presintiendo algo impresionante.

En efecto, no tardó en llegar, con el terrible estruendo de un trueno prolongado, una inmensa ola de agua espumosa, que arrastraba gran cantidad de árboles, arrancados de raíz, pedazos de casas, algún animal ahogado… En su avance rapidísimo, el agua se rompía contra la “roca caída”, con una violencia tal, que algunos árboles chocando, con sus raíces, contra ella y quedando en posición perpendicular, un tiempo, se arqueaban y quebrantaban, con fuerte crujido, al gran empuje de las furiosas aguas, sobre el vasto ramaje opuesto.

De pronto, otro espectáculo conmovedor desvía nuestra atención. Se oyeron agudos gritos de auxilio…Provenían de la orilla opuesta, de una casa que las aguas inundaban rápidamente. Los gritos eran dados en las ventanas del 2º piso, de donde unas mujeres daban gritos y gesticulaban, para que viéramos que estaban en peligro de ahogarse. Quedamos aturdidos ante tan aterradora escena, sino saber que hacer.

Se me ocurre una idea de pronto, y grito: “¡Traigan escaleras largas y cuerdas, muchas cuerdas!”… “¡Corramos a la otra orilla!” “¡Allá veremos lo que se puede hacer, para salvar esa gente!”

Pronto se consiguió lo que pedía. Acompañado por un carabinero y un pequeño grupo de vecinos animosos, me dirigí, apresuradamente, hacia el puente nuevo. (El viejo estaba sumergido, como las casas contiguas a su entrada).

Nos encontramos al fin en la otra orilla. Poco antes de llegar a la casa en peligro, a la izquierda, vimos al puente viejo convertido en dique: las aguas pasaban sobre el, con fuerza y rapidez tan grande, que saltaban lejos, varios metros, permitiendo ver, debajo de su curvatura, parte del puente y los obturados arcos. En su lado opuesto, se había formado un lago de turbulentas aguas, que sumergían el puente, dejando sólo al descubierto la vieja torre romana.

Un poco más adelante, estaba la casa inundada. Al enfrentarla, nos embargó una sensación de desaliento… Estaba en una situación dificilísima… Una impetuosa corriente, ancha de unos veinte metras, nos separaba. Se veía algún tronco de árbol arrastrado. Las escaleras, aún atadas unas a otras, no alcanzaban… A la derecha, la correntada,  chocaba con ímpetu contra la pared del edificio, dividiéndose en dos partes desiguales, convertidas en furiosas olas, que se levantaban rápidas, se rompían y se precipitaban ruidosamente, a los costados del muro: la de la derecha, la mayor, hacia el centro del río; la de la izquierda, la menor, entrando en un cauce reducido, se convertía en una rapidísima corriente, que barría la fachada de la casa. Frente a ésta, cerca del agua, estaba un árbol solitario, bajo el cual nos reunimos, para deliberar. Las mujeres se habían asomado a una ventana; el agua, subiendo por la casa, casi las alcanzaba…Mudas de espanto, miraban ansiosas aquellas mujeres nuestros movimientos.

Yo era buen nadador y físicamente, muy fuerte. Todos lo sabían. Propuse lo siguiente: atado, procuraría vencer a nado la corriente; llegado a la casa, ataría de algún modo la cuerda, cuya otra extremidad se aseguraría al árbol; luego, por intermedio de ese puente aéreo, procuraríamos la salvación.

Todos de acuerdo, y sin más pensarlo, me quité la ropa, que me podía estorbar. El carabinero me aseguró la cuerda a la cintura; caminé unos metros, corriente arriba, y, en el momento que creí más favorable, me arrojé al agua…

Inútil resultó mi intento. La excesiva fuerza de la corriente me arrastró enseguida, y, al frenarme, de golpe, la cuerda que me sujetaba, quedé sumergido, hasta que me sacaron del agua… Fue una inmersión total de pocos instantes.

Bien dice el refrán: “No hay mal, que por bien no venga”. La cuerda, que me ataba, al sujetarme de golpe, y sumergirme, me arrimó hacia la orilla, alejándome del centro de la correntada, en el preciso instante, en que pasaba, arrastrado un árbol, cuyas ramas alcanzaron a rozar mi cuerpo… ¡Grande fue el susto de mis compañeros, al ver el peligro, del que me había salvado por milagro!... No querían que me arriesgara, nuevamente. Me costó trabajo el persuadirlos de que había otra manera de intentar el salvamento, menos peligrosa y quizá más realizable: era nuestra obligación ensayar. Discutimos, pero por fin, accedieron.

Después de descansar un rato recostado al árbol, me levanté resuelto a intentar el nuevo procedimiento. Caminé una media cuadra en dirección contraria a la corriente, para tomar distancia y facilitar, así, mi llegada a nado hasta la casa. El carabinero, que tenía la cuerda, asegurada a mi cintura, seguía mis movimiento. Nadando, me dejé llevar por la corriente, que era allí menos rápida de la que pasaba frente a la casa. Todo iba bien… Pero, al llegar cerca de la meta, la gran ola, que se formaba en el lado izquierdo de la casa, por el fuerte choque de las aguas contra el muro, me levantó de golpe, me arrolló y me arrojó contra la orilla.

Cansado y dolorido, me recosté de nuevo contra el árbol. Me cubrieron con una capa, forrada de bayeta roja, que, me dijeron usaba el ejército uruguayo. La habían traído de Montevideo. Desde los doce años faltaba de mi país y desconocía ese detalle. (¿No sería un presagio? Cuatro años después, me abrigaba con una capa igual- “poncho Patria”- en la revolución del 1904).

El nivel del agua se mantenía fijo; la casa estaba cimentada sobre roca; las inundaciones del Bórmida subían y bajaban, rápidamente… En esas consideraciones, esperábamos los acontecimientos con menos inquietud y algo más de confianza, cuando oímos un estruendo extraordinario… Miramos hacia la izquierda, de donde provenía y notamos que el cercano puente sumergido volvía a verse, pero, el puente romano solamente; el trozo nuevo, que lo prolongaba hasta la orilla, había desaparecido, dejando una gran abertura, por donde se precipitaba la inmensa masa de agua, ya mencionada. Esto produjo la rápida bajante del río, permitiéndome, con la ayuda de otros, sacar de la casa a las mujeres y a los niños.

Cuando llegué a la orilla con el último chico, de corta edad, lo entregué a la madre, que lo recibió en sus brazos, sin pronunciar palabra. La sonrisa que le iluminaba el rostro lo decía todo… Pocos apretones de manos… pocas felicitaciones… La ansiedad nerviosa, por tanto tiempo prolongada, nos había dejado casi sin habla.

Yo estaba cansado, abatido. Me cubrieron con el poncho; y el pequeño grupo acompañante, me llevó, casi en andas, hacia el puente nuevo, camino al pueblo; en el largo trayecto pude reponerme. Al otro lado del puente nos esperaba gran parte de la población, que me recibió con aplausos prolongados, y me acompañó hasta mi domicilio.

A los pocos días llegó el Prefecto de Génova. Nos encontramos en la plaza y, al serle presentado, me felicitó muy cordialmente.

Después de siete meses, un apuesto carabinero, en uniforme de gala, - que complementa el característico bicornio adornado con un gran penacho-, me entrega un sobre de parte del alcalde, señor Luis Delfino. Era una citación, que conservo; tiene estampado un sello interesante: representa el puente romano, en su estado primitivo, en que era suficiente para pasar el río, cuyo cauce era angosto, en aquella época.

La copia de la citación es la siguiente:

 COMUNA di MILLESIMO, 12 Maggio 1901.

Egregio Dottore e Caro amico.

Ho I´onore di comunicare alla S.V. che con drecreto 5 maggio corrente, S.M. il Re concedevale la Medaglia di bronzo al Valor Civile, per l´atto filantropico e coraggioso compiuto, durante la inundazione delli 29 settembre 1900.

E mentre La prego di gradire le mie piú vive e sincere congratulazioni, per la meritata onorificenza, Le significo che la consegna. Le verrá fatta oggi stesso nella Casa del Comune- dinanzi a la Giunta Municipale- ore 14 – a termini dell´artº 8, R.D. 30 aprile 1851.

Gradisca i miei ossequi e saluti.

                                   Il Sindaco,

                                                           Luigi Delfino

Sig.Dottor Alberto Eirale – Millesimo.”

 Antes de la hora fijada, me encontré en la gran meseta de la escalinata, situada frente al Palacio de la Comuna. Banderas nacionales adornaban los balcones. Me esperaban las autoridades civiles, las militares, representadas por el Brigadier de los carabineros y sus subalternos, y algunos prestigiosos vecinos de la localidad. Gran parte de la población se había reunido frente a la escalinata. La Banda Musical del pueblo tocó la Marcha Real Italiana, que fue ovacionada. Luego, en el gran salón de la Comuna, a las 14horas, el vicepresidente, Consejal señor Esteban Lamberti, en nombre de S.M. el Rey, colocó sobre mi pecho la Medalla al Valor Civil, entregándome la Notificación correspondiente.

Profundamente emocionado, pronuncié unas palabras de agradecimiento a S.M. el Rey, a los presentes, y terminé refiriéndome a mi lejana Patria…

¡ASI ME HONRO UN PAIS, QUE NO ES EL MIO!

 

  

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